Esquirla (38÷2-4²)x(√4)+2: Mientras tanto, en una fiesta muy diferente…

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La música del festival se le había metido en la cabeza y ahora revoloteaba como un eco cacofónico. Archímedes tambaleó cuando cruzaba bajo un portón. Su sensibilidad a los sonidos era en ese momento un arma de doble filo que le rasgaba las orejas por dentro. Incapaz de evitarlo, miró atrás, a la silueta de la fortaleza. Sus muros se recortaban sobre la noche, brillantes en colorines. Ansió estar ahí, escondido en una esquina en vez de deambular por unas calles inundadas por el desmadre. Albricias era algo más que una fiesta: era confeti en el aire, gente enmascarada que bailaba y las calles convertidas en riadas de vino. El silfo intentaba caminar, pero lo único que consiguió fue que le arrastrase la corriente. Envuelto por su capa para protegerse del mundo, parecía un sudario blanco en el que solo se distinguían ojos y piernas. Cuanto más se alejaba del castillo, más ganas tenía de encontrar a Nabu y regresar.

Tras dejarse arrastrar por varias calles, logró escapar de la muchedumbre y escabullirse a un callejón inmerso en una oscuridad tranquila. Tomó aire y cerró los ojos. «Nabu, ¿dónde estás?». Su amiga había desaparecido por la mañana para matar sus pensamientos en el ambiente de la fiesta y desde entonces no había regresado. Y por algún motivo que ni siquiera él tenía claro, había ido a buscarla al ver que no volvía. ¿Estaba preocupado por ella? Quizás sí, definitivamente no. Sabía que Nabu era más que capaz de cuidarse ella sola, sin embargo, desde que había regresado del rescate una sombra le empañaba la mirada. Y eso preocupaba a Archímedes, por no saber el por qué tras el cambio de actitud. También le agobiaba quedarse solo. Sin las chicas, la fortaleza se había vuelto aún más solitaria. Y la ansiedad le había atrapado entre sus dedos, congelándole en miedos infundados: ¿y si no volvían? ¿Y si le abandonaban para siempre? Todavía le perseguía la despedida de Flauta, convertida ahora mil agobios diferentes.

En ese momento, tiritando de frío y angustia, en un callejón perdido de la ciudad, Archímedes se arrepentía de su decisión. Ojalá fuera tan sencillo como retroceder y volver por dónde había venido, pero las calles estaban inundadas de cuerpos y a cada hora la bacanal se hacía más intensa. Le bastó un vistazo afuera para convencerse que por ahí no pensaba volver. Ignorando las náuseas y la ansiedad asentada en su estómago, el chico dio media vuelta y se enfrentó al entramado de callejuelas que crecía a la sombra de las avenidas. Nada podía ser peor que lo que había atrás.

Solo necesitó caminar un poco para ver un par de sombras a lo lejos, tan pegadas que en un principio pensó que era un único cuerpo. Un ruido de succión, acompañado por varios gemidos, le arrancó de la parálisis en la que se había quedado su cuerpo al ver que no estaba solo.

Cambió de idea y dio media vuelta para enfrentarse a las calles grandes, su ruido y su gente.

La determinación le duró un par de pasos. Acobardado, se quedó en el límite entre una zona y otra, envuelto en la capa y con la cabeza embotonada por la música. Volvió a preguntarse qué hacía él ahí. Todo el miedo que sentía porque Nabu no regresaba había desaparecido, sustituido por una ansiedad generalizada que iba desde el estar perdido como el no encontrarla. Se agachó hasta quedarse de cuclillas y esperó sin esperar, anclado en la indecisión de no saber qué hacer. Pese al vocerío y la música, escuchó unas pisadas que se deslizaban entre los resquicios que dejaba el ruido. El silfo se tensó. Despacio, giró la cabeza con miedo a lo que pudiese encontrar tras su espalda. Fue un gesto instintivo que nació de la necesidad de confirmar que no había nada.

Sin embargo, una silueta se desgajó de la oscuridad del callejón. Caminaba hacia él, bamboleándose en pasos desiguales. Archímedes se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos y un brazo levantado como si así pudiera protegerse. Las piernas le pesaban, entumecidas por un miedo frío que convertía sus músculos en madera. Quiso moverse, pero su cuerpo no le respondió.

Se le escapó un grito ahogado cuando el ser salió a la tenue luz de esa noche iluminada por farolillos.

Se sintió extremadamente estúpido al ver que se trataba de Riot.

El vampiro se detuvo. Por su andar y la mirada algo desubicada era evidente de que estaba borracho de sangre. Tenía la boca manchada de rojo y cuando fue a limpiarla con la manga de la túnica, solo consiguió embadurnarse aún más. El silfo lo miró todavía paralizado, incluso con el brazo en alto. Cuando el otro le miró, lo bajó lo más deprisa que pudo como si no hubiese sucedido nada.

―¿Todo bien? ―preguntó. Su voz sonaba algo pastosa y tenía la mirada ligeramente vidriosa, pero parecía plenamente consciente de lo que le rodeaba y sucedía.

―Sí… ―murmuró, respondiendo sin pensar.

―No lo parece.

―Me he perdido.

―El castillo está arriba. ―Con una mano señaló tras su espalda―. Solo tienes que seguirlo, es como la Muralla: demasiado grande.

Archímedes asintió. Tras ponerse en pie y sacudirse la suciedad de la ropa, miró atrás. Palideció al ver que habría incluso aún más seres que antes. Aquello era ahora un torbellino de plumas, escamas y dientes. El vampiro rio al entender su problema.

―Eres tan pequeñito que te arrastran.

Picado, se giró y le miró a la cara.

―¡Somos igual de bajitos!

―Pero tú eres más ligero.

Riot dio un paso hacia delante, tan veloz que el silfo no se dio cuenta hasta que unas manos le atraparon y le levantaron unos centímetros.

―Pareces una nube.

―¡Ya basta! ―Molesto, más rosa que blanco y azul, Archímedes se zafó de él y regresó a la seguridad del suelo―. Estás borracho.

―Un poco ―reconoció―. Creo que he bebido lo de toda una vida en una noche. ―Al ver su mirada recelosa, se apresuró a levantar las manos en señal de inocencia―. Eh, que los únicos borrachos que no son peligrosos somos los vampiros. Ya no estoy sediento. Pero podría seguir. ―Reconoció con una sonrisilla torcida.

―Ya… ―Tras lanzarle una última mirada de desconfianza, el silfo se giró un poco para ver si las calles se habían calmado. Con suerte encontraría un hueco por el que escabullirse y seguir avanzando. O retroceder a contracorriente y regresar al castillo.

Estaba tan convencido de que Riot se iría, que le sorprendió escucharle y que se había puesto a su lado.

―¿Qué haces aquí? No te pega estar en el festival.

―Buscaba a Nabu ―reconoció.

Se calló sus motivos, acostumbrado como estaba a esconder sus miedos.

―¿Necesitas ayuda?

Dudó, se encogió de hombros y al final asintió. Riot se asomó. Aunque entrecerró los ojos al verse deslumbrado por los farolillos, no aparto la cabeza. Al ver a la muchedumbre, chasqueó los colmillos.

―Qué fastidio, normal que te escondieses aquí. Aunque no deberías haberlo hecho, esta parte de la ciudad no es para criaturas como tú.

―Me he quedado en el límite. ―Se defendió.

El vampiro le miró de tal manera que el chico giró la cabeza.

―Te he olido antes, por eso sabía que estabas aquí. Y a mí no me parecía que estabas precisamente en el límite.

―Quizás me habré asomado un poco ―reconoció―. Pero enseguida me he ido.

―Te ha dado miedo, ¿eh? ―La burla dejó paso a la compasión―. Hay muchas cosas que te dan miedo.

Archímedes se llevó una mano al nacimiento de la espalda. Desde la marcha de Flauta aquella zona dolía. Era ocasional, pero frecuente, como un burbujeo de carne y tendones que, pese a todo, no era real.

―Preferiría no hablar de eso ―dijo con voz estrangulada.

―Deberías. Tienes que superar ese miedo, algún día volarás. Está escrito en tu sangre. ―Se relamió de manera inconsciente―. No es algo que puedas elegir. Cuando llegue el momento, lo mejor es que sea una liberación, no una pesadilla. Y ahora puedo ayudarte. Eres muy liviano. Si me transformo puedo cargar contigo y llevarte a otro sitio. A donde Nabu, quizás. ―Le tentó.

El silfo se había empezado a morder los labios sin darse cuenta. Cada una de esas palabras eran puñaladas inconscientes sobre sus omóplatos. Riot no tenía intención de hacerle daño, pero lo estaba haciendo. Y dolía, tanto como si las heridas fuesen reales. Dolía como una caída y magulladuras por todo su cuerpo. Archímedes se cubrió con la capa y se acurrucó sobre el suelo.

―Déjame en paz ―murmuró tras capas de tela.

Y esperó a que el vampiro se largase.

No le escuchó irse. Entre la capucha sobre su cara, el flequillo y los ojos cerrados no veía nada, pero sabía que no se había movido. El único sonido que oyó no fue de pisadas, sino más bien el del tacón de una bota golpeando el suelo con impaciencia.

―Esa no es manera de enfrentarse a tu enemigo ―le riñó.

―Me da igual.

―Pues a mí no. Detesto a los cobardes y a los mentirosos.

―Bien que estás con Azrael.

―No es lo mismo. Y no me cambies de tema, polluelo, que si te lo digo es porque me preocupas. Eres una paradoja y una muy peligrosa, ¿es que quieres destruirte cuando te toque volar? ¿No te preocupa que…?

Harto, ahogado en una frustración que había logrado acallar a parte de los miedos, Archímedes sacó un brazo de la capa y se le tendió hacia el vampiro.

―Bebe, calla y déjame en paz.

Y como siempre que había sangre de por medio, la expresión de Riot se detuvo, congelada en ansia. En aquella ocasión fue menor que la de otras veces, no transformó sus rasgos, tampoco parecía dominarle, pero estaba ahí y eso era suficiente para que el vampiro callase y su sed empezase a controlar sus pensamientos.

―Eso no es justo.

―Tampoco que me recuerdes lo que más me duele. ¿Crees que no lo sé? ―La voz le salió estrangulada por las ganas de llorar―. Soy lamentable, no hace falta que insistas en ello.

―No, no lo eres. ―Haciendo un esfuerzo para ignorar el brazo, su piel y la sangre que latía bajo ella, el vampiro se sentó a su lado―. Eres admirable. Y de un valor muy diferente al que el mundo está acostumbrado.

―No sé de qué valor me hablas ―gruñó, desmotivado y apagado―. ¿Del que no existe?

―Hablas conmigo. Pocos se atreven.

Archímedes se quedó en blanco. Cómo decirle que en realidad sí le tenía miedo. O lo tuvo. En ese momento sus ideas y sentimientos estaban algo confusos al respecto de ese tema. Quizás es porque se había acostumbrado al vampiro y hablar con él era ya tan normal como hablar con Nabu y Skaiell.

―¡Pero tengo miedo de los demás! ―Logró decir―. A Mäer, por ejemplo.

―Es un paladín que quema gente, es absurdo no temerle. Yo también le tengo miedo ―reconoció encogiéndose de hombros.

Lo dijo con tanta normalidad que el silfo se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos.

―¿En serio?

―Sí. Soy al primero al que quemará como haga algo que no esté bien. O si vuelven a cambiar las leyes.

―Vaya… La Inmaculada y los elfos también me dan miedo.

―Y a mí. Mucho ―murmuró con la sombra de un pasado sucio asomándose tras su mirada.

Archímedes levantó la cabeza. Se preguntó qué más le daba miedo. Si se ponía a contarlo se quedaba sin dedos.

―La gente que no conozco ―dijo con voz seca―, las Tierras Oscuras, los monstruos, viajar, conocer lugares nuevos… las alturas ―concluyó.

―Pero no te asusta hablar contigo. Y tus miedos son bastante comprensibles, pero al menos no te matan. A mí uno sí: el sol. Me aterra el sol. ¿Sabes lo que es vivir con miedo a que se haga de día y te pille sin resguardarte?

―Pero es normal, ¡eres un vampiro!

―Exacto. Es un miedo al que he tenido que acostumbrarme, pero pasan los siglos y sigue ahí. ―Se llevó una mano al pecho―. Y es horrible. También tengo miedo de que la sed pueda conmigo y algún día le haga daño a alguien que me importe. Afortunadamente, no me importa mucha gente y hay uno que puede que incluso disfrutaría. ―Se le escapó una risa amarga―. También tengo miedo de dejar de ser útil y me reemplacen, aunque… no sé si me importaría o no. ―Suspiró y cambió de postura. Levantó una pierna y dejó el brazo apoyado sobre la rodilla―. Ser vampiro es un sufrimiento, ¿sabes? Y es algo que nunca cambiará. Por eso odio a quienes tenéis la oportunidad de vivir libremente y no lo aprovecháis. Que no te aten tus miedos: no hay nada que los sostenga. Tú que puedes, no elijas vivir en la pesadilla.

Archímedes apartó la mirada. Tenía la garganta seca y los ojos humedecidos. Abrió la boca, pero solo se escuchó un silbido que venía desde sus pulmones. Le pareció que estaba empezando a ahogarse. El aire no le llegaba por más que diese bocanadas. Riot le miró, asustado. Le puso una mano en el hombro mientras decía su nombre, pero el silfo se zafó con un golpe. Sin decir nada y sin dejar de hiperventilar, peleó con su capa hasta arrancársela. La prenda cayó al suelo con un golpe seco. El chico se quitó el jubón que llevaba. Le costó pese a que era una prenda simple y sencilla. Sus movimientos estaban descoordinados y le temblaban los dedos. Cuando lo hizo, se giró y se abrazó las rodillas. Tras su espalda, el vampiro contuvo una exclamación ahogada. Notó una mano fría como la de un cadáver sobre su piel.

Sobre los muñones que tenía en la espalda.

―¿Qué…? ―Por primera vez, Riot se quedó sin palabras.

Pero a él le salían a borbotones. Llevaban demasiado tiempo encerradas y ahora que la caja se había abierto, nada las contenía.

―Me crecieron las alas, ya no sé cuándo, ¿quizás demasiado pronto? Es lo que tenía que ser, pero me entró miedo. Yo… Yo no sé cómo es arriba. Cuando fui a volar, dudé. ―Se le escapó un gañido al recordarlo. El barranco, la angustia, el mirar arriba y temblar, el mirar la posible caída y vomitar―. ¿Y si fallaba?, pensé, ¿y si no estaba preparado? Fui a saltar, pero me eché atrás. Tropecé, fallé… ¡ya no me acuerdo! Creo que me enredé en una rama o tuve mala suerte, no lo sé. Me caía y no conseguía volar. Me moría de miedo. No fue un gran golpe, pero… dolió. Dolió mucho. Creía que me había partido por la mitad.

Le faltó voz para completar la historia. El vampiro lo hizo por él.

―Las alas… ¿se rompieron?

―Una sí, la otra no, pero me entró miedo y no me atreví a volver a intentarlo. Es ese miedo que te come, ¿sabes? Ese que piensas en hacer algo y al final no puedes ni moverte. Y no había nadie más como yo. Si se lo pudiera haber dicho a alguien… no sé, quizás habría sido diferente. Pero me ahogaba en miedo y lo pospuse. Hasta que llegó otoño y las alas se pudrieron y se cayeron con las hojas.

Se hizo un silencio denso, incapaz de romper. Archímedes apoyó la frente sobre las rodillas y cerró los ojos. Pensaba que decirlo en voz alta, completar la última parte de su historia, era lo que necesitaba para que dejase de dolerle, pero el peso en su estómago era aún más real. Como una piedra candente.

―No me importa el miedo a las alturas ―reconoció― porque nunca más voy a volar. Yo no iré al cielo ni volveré a ver a Flauta, estoy atrapado aquí para siempre. ―«Como yo», le pareció que murmuraba Riot―. Así que no quiero superarlo porque me da lo mismo. A mí lo que me asusta es quedarme solo.

¿Cuánto tiempo se quedó así, hecho un guiñapo? Una vez las palabras volaron, solo quedó un cuerpo que se abrazaba a sí mismo con fuerza, temblando, hueco sin llegar a sentirse libre. Al contrario de lo que el vampiro decía, él no se sentía ligero: cargaba con demasiados miedos que eran como rocas en su estómago. Moverse era difícil, por eso prefería acurrucarse en un rincón y no interferir. Y en ese momento le faltaban fuerzas para levantarse. La música le pareció que era cada vez más lejana, quizás de otro mundo donde había una fiesta y la gente se divertía.

No supo cuánto rato se quedó así, pero acabó con Riot tirándole la capa a la cabeza.

―La calle está algo más vacía ―le dijo. Estaba de pie y miraba afuera―. Vámonos.

Archímedes asintió con suavidad. Se vistió con ansia. Tenía frío, pero por más que se abrigaba, no dejó de tiritar. Quizás porque el frío venía de dentro y, en vez de arañar su piel, recorría sus huesos. También le daba vergüenza que le vieran. Esas cicatrices eran culpa suya. Por su cobardía e indecisión se había convertido en un ser que orbitaba lejos de todos los demás.

Anduvo tras el vampiro arrastrando los pies. Él parecía saber a dónde iba. Cruzó la calle sin dudar y luego se desvió hacia un puente. Pasaron cerca del gran árbol quemado y de varias tabernas. En más de una ocasión Riot se giró para asegurarse que él le seguía. Y en una de ellas, al silfo le pareció que dudaba de si acercarse a él y agarrarle del brazo para que caminase más rápido. Pero al final no pasó nada.

Encontraron a Nabu en una plaza. La mestiza estaba sentada con las piernas cruzadas en el borde de una fuente. Tres sirenas vomitaban agua y ella bebía de una jarra de barro. A Archímedes se le pasó parte de la angustia. Gritó su nombre y corrió hacia ella, aliviado por fin al encontrarla. Tras su espalda, Riot sonrió y hundió las manos en los pliegues de su túnica.

La chica levantó la cabeza al verle llegar. Tenía la mirada enturbiada y ligeramente desubicada. Como todos en el festival, también estaba borracha.

―Holaaaa, Archi… ―Arrastró un poco las palabras mientras ladeaba la cabeza―. ¿Qué te trae por aquí?

―¡Te estaba buscando! Llevas todo el día fuera. ―Titubeó. Se sentó a su lado y luego la miró a los ojos―. ¿Estás bien? Te veo extraña desde que regresaste.

Nabu agachó la cabeza. Con una mano jugueteó con torpeza con la jarra, salpicando el suelo de gotitas doradas.

―No ―reconoció―. No lo estoy. ¿Qué haces cuando la persona que amabas quiere matar a la que te gusta ahora?

―¿Cómo? ―Abrió los ojos, incapaz de entender a lo que se refería.

La mestiza se restregó los ojos con una manga. Los tenía enrojecidos y por lo que parecía, llevaba así todo el día.

―No puedo dejar de pensar en eeeello. Igneel me gusstaba, peeero… ―Apoyó la cabeza sobre el hombro de Archímedes―. Quiero proteger a Sssskaiell, pero ssssi esssso esssignifica enfrentarrrse a Igneeeel, no sssé si podré.

Y entonces, rompió a llorar. Abrumado, Archímedes se quedó paralizado, incapaz de reaccionar. Su amiga le abrazó con tanta fuerza que por un momento temió que le partiese por la mitad.

―¿Por qué todo tiene que ssser asssí? ―sollozó―. ¡Yo sssolo quiero que los dosss seeean felices!

Con dificultad, el silfo la abrazó. La entendía de una manera diferente, con otros sentimientos, pero compartía su dolor y esa sensación de estar perdido en una encrucijada en la que ninguna decisión era la correcta.

Cuando levantó la mirada, descubrió que Riot ya no estaba

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