Esquirla (37-5×45)+6³-20: La fiesta

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La noche ahí olía diferente. A sándalo y purpurina. Skaiell se asomó por el balcón y aspiró con los ojos cerrados. Cuando parpadeó, las sombras de los árboles regresaron a su campo de visión. Incómoda, se llevó una mano a los hombros. Pese a estar al aire libre, se sentía atrapada, envuelta por paredes que se curvaban hacia ella en un abrazo que asfixiaba. Por más que girase sobre sí misma, estaba rodeada por el bosque sin posibilidad alguna de escapar. Era una prisión amplia y, aun así, a ella ya se le había quedado pequeña. Su humor se había ido agriando desde que llegaron. En el viaje había sido oscilante, a ratos malhumorado, a ratos emocionado, pero en ese momento era una caída libre al desdén y el aburrimiento. Se sentía terriblemente sola, un objeto decorativo para cientos de miradas que le recordaban a Talbot. Volvía a sentir por dentro la sensación de perder su valor como persona, de ser menos de lo que era. Y eso la irritaba.

Haberse visto en un espejo tras tanto tiempo, no había ayudado a sofocar su mal genio. El arreglarse y disfrutar de un baño perfumado, comida decente y un lecho suave, sí que la había calmado un poco. Hasta que comenzó la fiesta de las Albricias y está se devino como mucho más aburrida de lo que suponía. A su espalda, en el gran salón, un centenar de elfos bailaba, bebía y charlaba, todo con tranquilidad y parsimonia. Disfrutando de, tal y como se había enterado, la noche más larga del año. La joven se apoyó en la barandilla y se miró la mano. La tenía reluciente, con las uñas iguales y sin rastro de roña. Por motivos como ese no tenía del todo claro si hubiese preferido quedarse o no en Sapraz.

Al levantar la mirada, le pareció ver una silueta entre las raíces de dos árboles inmensos. Skaiell se incorporó como sacudida por un resorte. No estaba a mucha altura del suelo, pero las desproporciones del paisaje confundían. Entrecerró los ojos. Había alguien, de eso estaba segura. Lo único que se le escapaba es quién era y qué estaba haciendo. Parecía que nada, pues estaba inmóvil. Quizás esperase a alguien, quizás observaba, especuló.

―Hola, ¿y esta estrella? ¿Se ha caído del cielo?

La voz la sobresaltó de lo inmersa que estaba en sus especulaciones. Tras un ligero sobresalto, Skaiell se giró con los ojos entrecerrados para ver qué quería Azrael. El alquimista estaba ligeramente arreglado. Llevaba ropas diferentes a las habituales, pero el estilo desgarbado y muy descuidado era el mismo. «Ya podría ponerse guapo por una vez», se dijo para sí misma.

―Tenemos tantas ramas sobre nuestras cabezas que no sé si hay estrellas o no ―le respondió de manera seca sin ningún motivo.

―Pero tú reluces. Hay que reconocerle su mérito al vestido. ―Azrael lo contempló con una sonrisa satisfecha y mirada de quien ha hecho una buena inversión―. ¿No había ninguno más brillante?

Coqueta, Skaiell tomó un pliegue antes de dar una vuelta sobre sí misma. Sin elfos de por medio que la hiciesen sentir incómoda, regresaba a ella la satisfacción de saberse centelleante. Su vestido era una pequeña constelación de azul oscuro salpicada por brillos. Pero no era solo el vestido lo que la hacía sentirse reluciente, en general, era el haberse lavado y arreglado. Llevaba un poco de maquillaje. Las pinturas ahí eran diferentes, pero había logrado apañárselas. También les había escamoteado a sus anfitriones varias prendas nuevas de lencería, lo que acentuaba el sentirse cómoda y feliz.

Al terminar su vuelta, la joven miró de nuevo tras el balcón. Ya no había nadie entre las raíces nudosas. Fuera quien fuese, ya se había ido. Si es que hubo alguien desde un principio.

Azrael se puso a su lado. Tras apoyar los brazos sobre la barandilla, suspiró y miró al cielo.

―Qué lástima de tiempo ―murmuró―. Es una noche terrible.

Había brisa, no viento; un par de nubes que se distinguían entre las hojas de los árboles y una temperatura más bien fresca, pero tolerable. Skaiell no entendió a qué se refería.

―¿Me tomas el pelo?

―Esta vez no. ―Para dar más énfasis a sus palabras, negó con la cabeza―. No siento que esté en los Reinos, sino más cerca de Sapraz.

―Llevas mucho tiempo sin estar aquí ―le recordó.

―Pero sé cómo se debería estar aquí. Desde el Prisma esto es un desbarajuste.

La joven asintió pensativa. A la cabeza le vino una conversación parecida, que no idéntica, que traslucía el mismo mensaje pese a referirse exactamente a lo contrario. Era una ironía que chirriaba de manera tan evidente que no podía ignorarla. Tal y como hacía últimamente, la archivó en su mente y apoyó la espalda sobre la barandilla. Ya tendría más adelante tiempo para meditar sobre ella.

―¿A qué has venido? ―le preguntó―. ¿También te aburrías dentro?

―Mäer nos dijo que estuviéramos juntos. Pero sí ―una sonrisa centelleó en su rostro―, tú lo has dicho, esta reunión es terrible.

―Ahora entiendo a qué te referías cuando me dijiste en el viaje que aquí no te sentías libre.

―No, todavía no lo sabes ―comentó de manera enigmática―. Y eso que no te imaginas cómo son las fiestas en Sapraz.

―No me interesa.

―Sé que sí.

―No, en absoluto.

―Tu negativa es el sí más afirmativo que he escuchado nunca ―la picó―. En la ciudad, la fiesta dura todo el día.

―Azrael ―se giró para mirarle―, he dicho que no quiero saberlo.

Pero él, para variar, no la hizo ni caso.

―Todo el día, sí señora, desde la noche hasta el amanecer. Las bebidas riegan las calles y es todo música y color. No te gustaría nada ―aclaró―, acabas con la ropa rosa por el vino y arroz en el pelo. Es estruendo, nada de esta música agradable, y hay tal descontrol que todos los años se acaba quemando una casa.

La envidia de Skaiell, una semillita naciente, desapareció.

―Vaya… ―murmuró. Le creyó porque esa historia no tuvo problemas en imaginársela. Era una fiesta para seres como Nabu o Flauta, que solo era capaz de suceder en un lugar como Sapraz―. Dicho así, esta no es tan terrible.

―Esta no debería ser terrible para ti. ¡Es tu fiesta! ―Le pasó un brazo por los hombros y con el otro tomó su mano izquierda para dirigirla hacia el salón―. Mira, Skaiell, mira el lujo y esos bailes tranquilos, cuadriculados, esas bandejas con comida ordenada. Míralo y dime que esto no es para ti. ¿A que prefieres hablar en una esquina mientras comes un pastelillo a desmelenarte entre la muchedumbre?

―Sí ―reconoció a regañadientes.

―Pues entonces… ―A la joven se le escapó una exclamación de sorpresa cuando él la hizo girar como si fuese una pieza de baile―. No te enfurruñes en una esquina. Sé que ser tú es mitad odiarlo todo, mitad adorar lo lista y guapa que eres, pero disfruta de este momento.

Le dolió en su orgullo reconocer que él tenía razón. Se soltó de una sacudida y miró de nuevo el interior de la sala, esta vez con otros ojos. Si no fuese porque no conocía a nadie, habría intentado ser el centro de atención. «Bueno, ya lo soy», pensó con amargura. Al verla tan indecisa, el alquimista le tendió una mano que era una invitación silenciosa. Ella le miró de reojo, aún más dubitativa.

Pero aceptó.

Caminaron adentro. Una vez ahí, ella le soltó sin darse cuenta, abstraída por los destellos que iluminaban hasta las esquinas. Eran farolillos de papel y cristal, que brillaban como no deberían hacerlo. Con sus prioridades claras, primero fue a la mesa del banquete. Esta era tan descomunal como la lista de invitados. Larga y rectangular, se extendía de un extremo a otro, con su superficie a rebosar por bandejas y copas. Skaiell deambuló con curiosidad y bastante aprensión. Aquella comida era extraña para ella y no toda parecía apetitosa. Se giró hacia Azrael, que caminaba unos pasos tras su espalda, con el cuerpo torcido y la mirada no del todo presente.

―¿Qué es esto? ¿Y esto? ―le preguntó―. ¿Y esas cosas? ¿Se comen?

El alquimista se puso a su lado y empezó a explicarle qué era cada cosa. Sin equivalentes humanos a los que referirse, su explicación fue mas bien pobre. Y ella no terminaba de creerle cuando le decía que cierto pastelito era maravillosamente dulce y ese otro, suave como la leche. Al cabo de un rato, y tras abrírsele el apetito, la joven tomó uno de su bandeja. Su aspecto era bastante apetitoso, pero no podía evitar desconfiar.

―Es minak de crema azul ―le explicó Azrael―. Muy sabroso.

―¿Sí? Pues prueba tú.

Se lo ofreció y él lo atrapó con la boca. Aquello le pilló tan desprevenida que casi se le cae el pastelillo al suelto. Le dio un golpe en el hombro a modo de regañina, sin embargo, reía. Era una risa inesperada y suave, que desapareció enseguida. Azrael se cubrió la cara, conteniendo la risa, mientras masticaba.

―Delicioso ―dijo tras tragar―. ¿Cuánto esperarás para saber que no está envenenado?

―No sé si tenemos tanto tiempo. ―Tomó otro de la bandeja y lo miró con recelo―. Venga, me arriesgaré.

Era tan pequeño que le cabía entero en la boca. Al momento de rozarlo con la lengua, le sobrevino el picor más agudo que nunca antes había sentido. Lo escupió al suelo sin poder evitarlo ni preocuparse por las miradas horrorizadas de los asistentes más cercanos a ellos. Toda la boca le ardía como si se hubiese enjuagado los dientes con extracto de guindilla, un montón de avispas y lava líquida. Todavía con el eco del escozor y los ojos anegados en lágrimas, miró a Azrael con odio. Este reía sin disimularlo mucho. No paró ni cuando ella volvió a golpearle. Una y otra vez. Eran golpes débiles, que no buscaban hacer daño, sino vengarse.

―Idiota, ¡eres un idiota! ―chilló. Al fijarse en el pastelillo mordisqueado y encharcado en babas en el suelo, se le escapó una carcajada―. ¡Ni siquiera era azul!

Él se cubrió un poco la cara con un brazo, pero no se defendió. Porque sabía que era justo y que se lo merecía. Cuando Skaiell se detuvo, jadeaba un poco, pero el picante casi había desaparecido.

―Ha sido horroroso ―gimoteó―. ¿Cómo lo has soportado?

―Estoy acostumbrado al sufrimiento.

―Eres masoca.

―No lo negaré.

La joven se giró sin llegar a darle la espalda y avanzó un poco al lado de la mesa. Quería y no probar más pasteles. Aquella sorpresa había sido terrible, pero momentánea. Ahora que parte de sus papilas gustativas habían resucitado se veía capaz de probar más comida.

―Venga, esta vez dime alguno bueno de verdad ―le pidió―. O te tiro una bandeja a la cabeza.

―¿Lo harías? ―En sus ojos centelleó un brillo anhelante―. ¿Delante de toda esta gente? ¿Te imaginas sus caras?

―Sí. ―Y sin quererlo, ella respondió a su sonrisa.

Se miraron fijamente, compartiendo sin quererlo una idea y ese sentimiento común de aburrimiento. Skaiell tomó una bandeja con dudas que se fueron evaporando según la levantaba de la mesa y hacía con ella un arco. Azrael se escabulló antes que el metal le diese, aunque parte de la comida le rozó una manga.

La bandeja cayó al suelo y su tañido fue similar al de un espejo encantando al romperse. Uno se fragmentaba en esquirlas y otro rompía la tranquilidad. Se hizo silencio y decenas, miles de miradas, se enfocaron en la pareja. Skaiell sintió que le faltaba el aliento ante tanta atención, pero pronto el agobio se disipó por una carcajada que le nacía desde el estómago y subía aceleradamente.

Los dos rieron, incapaces de evitarlo, mientras más de una mirada ofendida se apartaba de ellos o arrugaba la nariz. Pese a tener los ojos entrecerrados, la joven distinguió a un grupo bastante cercano que mascullaba entre murmullos.

―Qué bestiales son estos humanos ―dijo una elfa.

―Terribles. Tan destructivos y por civilizar… ―dijo otro―. ¿Quién es el que la acompaña?

―No lo sé ―dijo un paladín al que Skaiell conocía muy bien y que en ese momento bebía mientras miraba a otro lado―. No los conozco de nada.

La joven se enderezó y, con cuidado para no manchar el bajo del vestido, se alejó del estropicio. Azrael fue tras ella con un salto grácil que poco tenía que ver con sus movimientos torpes y desganados de antes.

―¿Y ahora? ―le preguntó.

―Comamos en serio, ¡tengo hambre!

Visto que los elfos picoteaban sin interés aquellas montañas fastuosas de dulces, rollitos, pastelillos y canapés, Skaiell decidió homenajearlas comiéndoselas ellas a dos manos. Una vez descubría algo que le gustaba, zampaba tres y seguía adelante. Lo maravilloso de aquella comida es que no llenaba. Podía comer sin hartarse, aunque poco a poco fue sintiéndose algo llena. A veces se llevaba una sorpresa de sabores amargos, desagradables para ella o demasiado fríos, y aunque muchos eran tretas entre las recomendaciones de Azrael, se lo tomó con humor. Pero humor del alegre, del que responde a la broma con la misma gracia. Compartieron bocados y ella le tiró a la cara los que no le gustaban. Al sentir que la euforia le subía hasta las mejillas, entendió que más de uno debía de estar relleno de licor. Tras pasarse la lengua por los labios, se enfrentó a las copas. Porque si la comida en general era decente, la bebida también tendría que serlo.

En las copas no había variedad. Skaiell tomó una tras cerciorarse que eran todas iguales, tanto en el diseño del vaso como su contenido: un líquido ámbar, con la misma viscosidad del agua y sin atisbo de espuma.

―Vamos a probar.

Brindó con Azrael y bebió su contenido de un trago. Al instante, un cosquilleó le recorrió la garganta de arriba a abajo. Se le escapó una risilla mientras la cabeza se le llenaba de confeti imaginario. Sabía a ciruelas y cerezas con un toque que no supo apreciar.

―No está mal ―rio con más estridencia de la que debería.

Tomó otra. Esta vez la saboreó con cuidado para retener la experiencia y disfrutarla. Abrió los ojos sin saber que estos brillaban de júbilo.

―Algo bueno que tienen los orejudos ―dijo con una risa floja entre palabras―. El alcohol está buenísimo.

―Sí ―asintió él pese a atrapar su mano―, pero no abuses.

―Solo una más.

―No. Tres son las que tomaría yo y soy inmortal.

A regañadientes, pero sin soltarse, Skaiell se apartó de la mesa. La mitad de su cuerpo se sentía satisfecho, puede que algo lleno, mientras que la otra flotaba entre nubes.

―Enséñame a bailar ―le pidió―. Si ellos pueden no sé por qué no yo. Parece faaaacil.

Los ojos de Azrael brillaron. Él también parecía más colorado que de costumbre, chisporroteante en sus movimientos.

―Por supuesto. ―Se apartó de ella para hacerle una reverencia torpe y sin elegancia a la que ella le encontró mucha gracia―. ¿Me permites?

La joven tomó su mano.

―Claro.

La guio hasta la pista de baile. Bien fuese porque estaba algo obnubilada o porque directamente no estaba claro, el límite entre una zona y otra era difuso. Ella no entendió por qué se agrupaban en lugares concretos para comer, bailar o charlar. Eso la hizo detenerse a medio camino de la docena de parejas que se mecía al compás de la música.

―Aquí ―le retó.

Él la miró con sorpresa, pero valorando la propuesta.

―¿Aquí mismo?

―Sí. Hay espacio de sobra.

―Muy bien. ―Le pasó una mano por la cintura y con la otra tomó su mano derecha―. ¿Lista?

―No. ―Negó pese a que no paraba de reírse.

Y él compartió su sonrisa.

―Probemos pues.

Skaiell necesitó dos pasos para pisarle el pie y seis para enredarse en su propio vestido. Entre carcajadas, empezaron de nuevo todas las veces que fueron necesarias. Y fueron muchas. En una vuelta acabaron tropezándose con la mesa y en otra se enredaron en sus brazos con tan mala fortuna que cayeron al suelo, uno encima de la otra.

―Es lamentable. ―La joven sacudió la cabeza―. Creo que los dos lo hacemos muy mal.

El golpe era una molestia que no tardó en desaparecer. Ni siquiera le dio importancia. En realidad, estaba muy cómoda tumbada sobre la madera. Era fresca y ella en ese momento sentía que la piel le ardía, que le sobraba la ropa. Azrael se incorporó un poco con dificultad, enredado como estaba en el vestido.

Y entonces se acercó aún más, pegando su cara a la de ella. Estaban tan cerca que pudo constatar que los triángulos bajo sus ojos eran simétricos.

―Tengo que confesarte una cosa ―susurró.

―¿El qué? ―dijo ella también en voz baja.

―Que no sabía bailar.

Y volvieron a reírse, sin importarles ni el ruido ni el espectáculo que estaban haciendo. El alquimista se dejó caer al suelo. Rodó un poco por encima de ella, pese a las protestas de la joven, para acabar medio tumbado y con los ojos cerrados. Skaiell se incorporó un poco para atusarse el pelo. Por el rabillo del ojo le pareció ver que varias figuras se acercaban.

―Oh, oh. ―Se le escapó.

―¿Qué pasa?

―Viene Inmaculada.

―Vaya.

―Y Mäer.

―Vaya, vaya.

―Y unos cuantos más.

―Vaya, vaya y unos cuantos vaya más. ―Abrió los ojos y la miró―. ¿Huimos?

―A la de tres.

Y en una cuenta atrás acelerada, lograron levantarse de un salto. Skaiell resbaló, pero él la sujetó del brazo para que no perdiese el equilibrio. Y corrieron en dirección contraria de esa media docena de elfos que caminaba hacia ellos con un paso indignado que superaba a la música. La joven, al darse cuenta de que iban en dirección al balcón, es decir, un callejón sin salida, le agarró de la manga con fuerza.

―¡Por ahí no!

Torcieron ligeramente desviados, casi rozando el tropiezo. Al dar media vuelta y tomar un camino diferente, se encontraron con que, a unos metros, la mesa les bloqueaba el camino.

―¡Te cogería en brazos y saltaría, pero pesas demasiado!

―¡Pasemos por debajo!

Corrieron sin detenerse, cogidos de la mano y bajo la mirada perpleja ya de todo el mundo. Y al alcanzar la mesa, se lanzaron al suelo para deslizarse por debajo de ella, llevándose consigo el mantel y parte de la comida.

Si no les atraparon fue porque todos los invitados estaban paralizados.

Skaiell se incorporó con torpeza. Tras sacudirse el pringue de encima, le tendió una mano a Azrael, quien parecía tener más dificultades en incorporarse. Tiró de él con energía y luego le miró a los ojos.

―Es ahora o nunca ―susurró con los ojos chispeando determinación―. ¡Vámonos!

Y huyeron sin dejar de reírse, en una carrera loca en la que nadie les persiguió, y que los llevó a abandonar la sala por una puerta y perderse por pasillos que parecían iguales, todos sombríos y plagados de recovecos. Se detuvieron en una esquina donde se derrumbaron sin aliento. A Skaiell le latía el corazón con tanta fuerza que sentía que se le iba a salir de las costillas. Los dos se miraron, jadeantes, con las mejillas coloradas e incapaces de sostenerse en pie.

Y rieron de nuevo. Como si no hubiese suficientes risas y el silencio tuviese que morir bajo ellas.

―Pobre Mäer… ―logró decir la chica―. Mañana estará muuuuy enfadado.

―Puede… Aunque, ¿qué se esperaba que sucedería? ―Sacudió la cabeza―. Lástima, enfadado no está tan guapo.

―No sé, es bastante guapo. Menos que yo, claro.

La joven escuchó un ruido de ropa al plegarse. Azrael estaba ahora hombro con hombro con ella.

―No sabría qué decirte… ―Le sujetó muy suavemente con una mano la barbilla. Ella se estremeció ante esa caricia sutil―. Hoy no sé qué decirte… Brillas, ¿te has caído del cielo?

―No soy una estrella, soy una luz de neón y vengo del mundo humano.

Y al ver que él no hacía nada, fue ella la que se adelantó y le besó. Fue un beso diferente al del bosque, sincero y ávido, real en todas sus formas. Se enredó en él en un jaleo de extremidades mientras se besaban otra vez. El calorcillo que llevaba cultivando toda la noche en su pecho implosionó, recorriéndola por dentro y por fuera. Se separaron una pizca, todavía con el pecho muy junto, las piernas enredadas. Él se puso en pie y ella le imitó. Le tendió una mano que acabó enredándose en su cintura, la otra entre su pelo. Entre los besos hubo algún mordisco: en los labios, en el cuello. De él y de ella. Rodaban más que caminaban, tropezando, colisionando contra las paredes. Hasta que cruzaron tras una cortina para caer en un dormitorio que ella supuso que era el de Azrael. Y si no, le daba igual. En la caída había acabado encima suyo. Tras apartarse el pelo de la cara, Skaiell se agachó para besarle sin hacer caso de la mano que se paseaba por la curvatura de su espalda. Era agradable, demasiado. Ya no sabía si ese estallido eufórico venía de la bebida o de su propio cuerpo. La mano se detuvo en su trasero y avanzó hasta dar con el fin del vestido. Y volvió a subir, esta vez bajo la ropa, apartando capas mientras se deslizaba por la piel. El cosquilleo se intensificó al llegar al interior del muslo. La joven se mordió el labio y se incorporó un poco. Él la miró, apartándose ante su vacilación.

―¿Pasa algo? ―le preguntó.

―Lo siento, no estoy tan borracha como para follar sin protección.

ESTRAS

No viene a cuento, pero creo que no había subido estos extras todavía por aquí.

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