Esquirla 36÷8+16’5-√9-10: La fiesta está cada vez más cerca

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En el momento de partir, Skaiell comprendió que montar a caballo no era tan sencillo como parecía. El animal ni se inmutó cuando intentó ordenarle que se moviese. La joven agitó las riendas para arriba y para abajo, le dio en los flancos con los talones y hasta le llamó mentecato para ver si por fin le hacía caso. Nada funcionó. A su alrededor, todo el séquito avanzaba hacia delante, todos menos ella, que intentaba dar un único paso, y Azrael, que había dejado de camuflar su sonrisa para reírse abiertamente.

La joven le lanzó una mirada furibunda, de esas que atraviesan, horadaran y queman.

―¡Tú, pedazo de lo que seas! ¿Qué está pasando?

El elfo se dobló por la risa. Estaba a punto de caerse del caballo y ni eso era capaz de calmarle.

―¡Azrael!

―Es… obvio ―logró decir con lágrimas en los ojos.

―Como sea cosa del caballo te voy a tirar de una torre.

―No es cosa del caballo.

Y volvió a deshacerse en carcajadas cada vez más estridentes y agudas, de las que nadie era capaz de ignorar. Incómoda por esas miradas que se iban posando en ellos, Skaiell agitó de nuevo las riendas a la espera que sucediese algo. Como respuesta, el caballo movió la cola.

―¿Pero qué le pasa? ―gruñó―. ¿Azrael?

―¿Sí? ―El aludido se restregó las lágrimas con el dorso de la mano.

―¿Qué sucede?

―Pues que no sabes montar a caballo.

―¿Y? ¡Con Hipoplato esto no pasaba!

―Porque es un caballo y no un hipogrifo, ¿qué te creías?

La joven dejó de hacer el paripé con las riendas y le miró muy fijamente, con los ojos entrecerrados en una fina línea azul.

―Te odio ―siseó.

El elfo que no era un elfo asintió con la cabeza en una cortesía burlona. Luego miró arriba, a los jirones de nubes que se deshacían en el cielo y las motas que las atravesaban.

―Va a ser un viaje estupendo ―determinó.

Ella no opinaba igual. Y como descubrió más adelante, así fue. Porque el viaje duró días. Aquellas bestias tan magníficas no parecían entender ni de velocidad ni de premura. Eran unos caballos preciosos, pero lentos. Dio la impresión de que la comitiva se arrastraba por los caminos como jalea. Se deslizaban en una masa informe con una jerarquía voluble a sus ojos, donde no había un inicio fijo ni una cola que se mantuviese siempre igual. Para su alivio, al final no montó a caballo. Fue en una diligencia menuda y aun así se le entumecieron las piernas por estar tanto tiempo sin moverse. No quiso ni imaginar cómo sería si le hubiera tocado cabalgar. Por lo que tenía entendido, era horrible. O eso le habían dicho.

Pese a que era quien debería vigilarles, tuvo pocas oportunidades para hablar con Mäer. El paladín estaba siempre ausente, ocupado en otros quehaceres. Pero en esas pausas para comer o dormir, logró conversar un poco con él. Y lo primero que hizo fue preguntarle por Azrael.

―No, no es un elfo ―le aseguró, serio y sin permitir ningún margen de duda.

―Pero se parece a vosotros, ¿verdad? O eso me dio a entender. ―Aunque en ese momento no confiaba en nada que hubiese dicho o insinuado Azrael.

―Estamos relacionados, sí. ―Asintió―. Su raza es más antigua que la mía. ¿Recuerdas el origen de Miscelánea y los cinco entes elementales? La primera raza que creó el elemental de la Tierra fueron unos elfos primigenios. O eso cuentan las leyendas. ―Sonrió―. Ninguno de los nuestros ha vivido tanto y Azrael ha olvidado mucho. Ni siquiera él recuerda los orígenes.

―¿Y tú le crees?

―Tengo que creerle. ―Por el matiz en su voz, dejaba claro que era una cuestión diferente a la que ella había preguntado―. No es un elfo, o por lo menos, no uno como nosotros. Es un Antiguo.

―¿Y qué diferencia hay? Quitando las orejotas y ese aspecto tan raro que tiene en general.

A Mäer se le escapó una sonrisa divertida por el comentario. Por alguna razón, Skaiell estuvo segura de que la trataba de ingenua. Y esa idea le tocaba la moral.

―Son más puros.

―Cuesta de creer.

―No mucho si lo piensas detenidamente.

―Eso o nuestro significado de «puro» ―hizo hincapié en la palabra, arrastrando cada una de sus letras― es diferente.

―Puede ser, no lo negaré. O puede que estés pensando en un significado de puro más simple. Los Antiguos son de antes de que el ente de la Oscuridad se llevase un pedazo de Miscelánea. Cuando ocurrió, los elfos nos dividimos en dos. ―Se detuvo, sorprendido, al ver que Skaiell le prestaba atención con un interés inusitado―. Los liosalfar y los dopkalfar.

―Que quieren decir…

―Los elfos de la luz y los elfos de la oscuridad.

«Ya estamos con lo mismo», bufó para sus adentros. Pese a todo la historia le interesaba, así que intentó que no se notase mucho. Al ver que le animaba a seguir hablando, Mäer sacudió la cabeza.

―No hay mucho más que contar. Cada uno vive a un lado de la muralla. Los liosalfar gobiernan en sus bosques sin preocuparse mucho y los dopkalfar arrastran consigo el caos y la desgracia.

―¿Otra vez?

―Sí, otra vez.

―Vuestras leyendas son un poco aburridas, ¿sabes?

―Porque no son leyendas, son nuestra historia y esta es la que es.

―Dice mucho de vosotros que vuestra historia esté casi olvidada y sea todo tan impreciso. ―Torció el gesto―. No me gusta. Cualquiera puede llenar esos huecos y cambiar lo sucedido.

―Seguro que ha ocurrido, pero no relevante. No nos interesa el pasado.

―Normal que llevéis siglos atascados en el mismo presente.

El comentario debió de molestarle, aunque se tragó su opinión tras una sonrisa gélida, pues la conversación terminó ahí. Tras esa hubo unas cuantas más, pero ninguna tan interesante según su punto de vista. Aunque nunca lo reconocería, le interesaba saber un poco de Miscelánea. Visto que su estancia iba para largo, quería conocer su estructura, si es que la tenía, para entender ese mundo y poder algún día abandonarlo para siempre. Y todavía había dudas que le perseguían dentro de la cabeza, y cuanto más sabía, mas se afianzaban en ella. La sensación de que estaba ocurriendo algo era cada vez más real, pero era tan impreciso que le irritaba no entender más.

La mayor parte del viaje la tuvo que hacer con Azrael. Y aunque seguía enfurruñada con él, saber que por una vez había sido sincero, fue suficiente para perdonarle un poco. Obvió la jugarreta del caballo consolándose que ella le había engañado de una manera más astuta y endiablada con la apuesta y que pronto tendría un vestido. Y los días eran cada vez más eternos, como si las horas se estuviesen alargando según ellos se alejaban de la muralla. Su compañía, aunque mejorable, fue el mejor remedio contra el aburrimiento.

Al enésimo día de viaje, se atrevió a preguntarle algo que llevaba tiempo reconcomiéndole dentro de la cabeza.

―Una cosa, ¿no se supone que en tres días era Albricias? ¿Por qué vamos tan lento? Cuando lleguemos habrá acabado.

―Albricias es un cambio de estación, obviamente que no va a ser algo inmediato.

―¿Qué entendéis aquí por cambio de estación? Porque de donde vengo es un día irrelevante. Luego las noches se alargan o se acortan, pero ya está.

―Pues un cambio de estación es un cambio de estación. ―Señaló a la ventana―. ¿Ves? Todo sigue inmutable. Albricias todavía no ha llegado a esta región.

Skaiell no estaba segura de apreciar la diferencia. El paisaje era muy dispar al de las Tierras Oscuras o al que rodeaba Sapraz. Desde hace unos días avanzaban por un bosque naciente, de árboles diminutos y verde por doquier. Y lo que se extendía ante ellos era una muralla vegetal que cubría hasta el cielo. Pronto se internarían en el bosque real, tan espeso que desaparecerían entre sus árboles. Era una perspectiva más bien asfixiante.

―Albricias avanza lentamente ―continuó―. Y por dónde pasa la estación cambia. Si mis cálculos no son erróneos, en unos días llegaremos al palacio de Inopia. Y al poco después, lo hará Albricias.

Aquella idea mareaba. Incapaz de evocarla, Skaiell prefirió pensar que era una broma que entenderla como algo real. Aburrida de ese tema, le preguntó por los Antiguos, pero el alquimista se mostró sorprendentemente evasivo. Y ella no tardó en averiguar que no era porque no quisiese hablar del tema, sino por que no podía responder a sus preguntas. Nunca le había dado muchas vueltas a la inmortalidad, más allá de envidiarla, pero en ese momento pudo vislumbrar una pizca de su lado oscuro, ese menos reluciente donde las consecuencias existen y son evidentes como verrugas.

Poco a poco, el bosque se fue haciendo más frondoso. Y ocurrió lo que ella imaginaba: los árboles se tragaron a la comitiva. El cielo desapareció, pero no llegó a hacerse oscuridad. Parapetada tras la ventana, la joven contempló con asombro cómo surgía un paisaje único, sorprendente para ella, de árboles cuyas ramas se curvaban en espiral y hojas que se mecían por su cuenta. Era brillante y colorido, casi con más violeta, rosa y azul que verde. Y vivo. El bosque era un ser orgánico y pulsátil que no paraba quieto. Rama a hoja, sus matorrales se arrastraban y de la corteza de los árboles salían seres que les observaban desde la distancia, con la curiosidad pintada en sus ojos negros y siempre una postura prudente en sus cuerpos de madera. Para su desgracia, también había bichos, una infinidad de ellos. Eran escarabajos que se confundían con las piedras, arañas que caían de las ramas unidas a ellas por un hilo finísimo y bandadas de mosquitos. Si se hubiese fijado con atención habría visto que ni los escarabajos eran escarabajos, ni las arañas, arañas, pero observar con interés insectos no era una idea que la entusiasmase. Prefería esconderse tras la ventana y agitar un pañuelo cada vez que alguno hacía amago de entrar en la diligencia.

―Cristales ―mascullaba―, estas ventanas necesitan cristales.

―Hay cortinas ―le señaló Azrael tras toda una mañana de quejas.

―Pero si echo la cortina no veo lo que hay afuera.

―Buen punto.

Skaiell le miró. La mirada del alquimista estaba perdida en el bosque desde que habían llegado a sus dimensiones. De reojo, pudo ver que se le escapaba una mirada soñadora, a ratos suspirante, que se acentuaba según lo que les rodeaba se fue haciendo más estrafalario y único.

―Este no lo destruyas, ¿vale? ―le pidió de sopetón, logrando que la joven arrugase la nariz.

―Tengo hobbies más interesantes.

―Por si acaso.

Intentó ignorarle y continuar mirando el exterior desde su ventana, pero la mirada se le fue escabullendo cada vez más hacia Azrael. El exterior había dejado de sorprenderla. Era simplemente un espectáculo al que había acabado por adaptarse. Él, en cambio, era un misterio que ahora le intrigaba con una curiosidad nueva.

―Este lugar debe de encantarte ―comentó.

El Antiguo asintió sin apartar la vista de los árboles de colores y sus hojas dispares. Lo que se leía en su rostro era una nostalgia tan evidente que Skaiell se preguntó qué hacía en Sapraz, cuidando de un huerto ridículo cuando podía vivir en un bosque.

―¿Por qué? ―le preguntó.

Consideró innecesario explicarse. En el tono se sobreentendía mucho y esperaba que él la entendiese. Azrael aligeró su postura, de manera que ahora estaba ante ella, pero todavía con la mirada pendiente en el exterior.

―El bosque puede volverse muy pequeño ―comentó de manera enigmática.

Consciente de que no le iba a sonsacar nada más, Skaiell no insistió. Regresó a su postura cara a la ventana, pero con la atención oscilante en sus pensamientos. Miró sin ver, la mejilla sobre la mano y la cabeza en esas nubes que ya no se distinguían.

Llegaron y ella no se dio cuenta. Cuando la comitiva se detuvo, bajó para estirar las piernas y se encontró con que había un castillo ante ellos. Era de madera y emulaba a las fortalezas de piedra pero de manera grácil y delicada, con muros cubiertos de hiedra y flores, torreones delgados y construcciones que se ramificaban sobre la cúpula de los árboles. Por un momento le pareció que levitaba, pero no tardó en reconocer su error. Anonadada, se mantuvo inmóvil mientras a su alrededor todos desmontaban y se dividían según las órdenes. Azrael se acercó a ella para quedarse relegado en un discreto segundo plano.

―Es extraño ―reconoció la chica en voz alta―. No sé si me gusta o me da vértigo.

―Si te preguntan, di lo primero. Los elfos están muy satisfechos con sus construcciones.

―Es tan diferente ―continuó. Hablaba más para sí misma, sin apenas escuchar lo que le decían. Se giró hacia Azrael―. ¿Cómo es por dentro?

―Laberíntico. Y muy marrón. ―Se encogió de hombros―. Pronto lo descubrirás. No somos los únicos que hemos venido a este castillo a celebrar Albricias, quizás tardan en abrirnos las puertas.

―Celebrar ―repitió ella―. ¿El qué? ¿Que la estación cambia? ¿Es eso lo que no querías contarme?

―Veo que tienes tan buena memoria como siempre. Sí, a Albricias se la recibe con una fiesta.

Y ella fue la única que se sorprendió.

Sus puertas acabaron por levantarse, pero no entraron en marabunta ni de manera desorganizada. La corte de la Inmaculada avanzó seguida de los paladines y, tras ellos, los guerreros. Skaiell se encontró entre los nobles, a dos pasos por delante de Mäer y con Azrael a su lado. Esa posición tan céntrica, tan expuesta, le hizo sentirse incómoda. Y sola, pues al cruzar al interior, pronto aparecieron más elfos. Aquello no era Sapraz con su variedad de macedonia, sino una multitud de rostros todos igual de bellos y coloreados con los diferentes tonos de las cortezas de los árboles. Al mirar atrás, a los suyos, la joven descubrió que todos los caballeros que los habían acompañado tenían las orejas puntiagudas. No le sorprendió.

La sensación de estar en el lugar equivocado, de resaltar y no encajar, se acentuó paso a paso. La joven era consciente de las miradas que despertaba, de los murmullos que la acompañaban a modo de sombra. Sorprendida, descubrió que le alegraba que Azrael estuviese a su lado y de conocer su secreto. Le hacía sentirse menos sola, menos atracción de feria y curiosidad.

Media docena de elfos y elfas salieron a recibirles. Por sus ropajes y porte supuso que ostentarían un cargo especial, pero lo cierto es que ahí todos vestían con lujo y sus cuerpos estaban rectos por el mismo orgullo. No les prestó mucha atención. Hablaban por turnos y parecían dirigirse únicamente a la Inmaculada. Skaiell les dejó conversar mientras su miraba deambulaba por el interior del castillo. Este era amplísimo y de sus paredes surgían multitud de pasadizos. Y muchos de ellos no parecían tener en cuenta la altura. No había tapices, todas las decoraciones eran con flores o setos, y estaba tan iluminado que sorprendía, pues no había candelabros por ninguna parte. La luz flotaba de forma natural, como si sol incidiese directamente dentro del castillo. Al levantar la cabeza, descubrió que así era: había paredes, pero no techo. Las ramas de los árboles hacían de uno parcial. Eran tan enormes que de ellas salían peldaños y nuevos pasadizos.

Era difícil discernir en qué punto comenzaba el castillo y en cuál el bosque. O si ambos eran lo mismo.

Azrael la sacó de sus cavilaciones con un codazo. Molesta, la joven le lanzó una mirada incendiaria que él ignoró descaradamente. Tras pasarle un brazo por los hombros, e ignorando la quietud general que reinaba entre los elfos, la arrastró a un lado para que pudiese ver a los seis que hablaban con la Inmaculada.

―Son los seis señores y señoras de Inopia ―le susurró―. Los del cabello blanco son mellizos y la de la armadura es Syuran, en ocasiones ha defendido los Reinos, pero es una guerrera de paripé. A su lado está Byaom, es quien toma muchas de las decisiones. La que está tras él no la conozco y la última es Erendimia, mi prometida.

Skaiell se despegó de él con los ojos muy abiertos.

―¿Tu qué? ―siseó.

―Mi prometida.

Parpadeó.

―¿Tu qué?

―Mi prometida.

―Bromeas, ¿verdad?

―En absoluto.

Cada vez le costaba más contener el tono de voz y no atraer más atención de la innecesaria.

―No me lo creo, ¿o ahora tu fama de libertino es en realidad un mito?

―A ella no le importa siempre que sea en Sapraz. Lo que ocurre fuera de los Reinos no le incumbe y acostarse con no elfos no es, a su parecer, sexo real. ―Con un gesto, le restó importancia―. Y he dicho prometida, no esposa. Sin un voto que nos ate, los dos tenemos la posibilidad de vivir como queramos. Ven, te la presentaré.

Y sin que ella pudiese añadir nada más, la agarró del brazo y tiró. Fácilmente podría haberse desasido, pero a ella las apariencias sí le importaban y no quería hacer aún más el ridículo. Así que se dejó arrastrar, pero dejando patente que era en contra de su voluntad. La Inmaculada se tensó cuando llegaron a su altura, pero Azrael hizo como si no hubiera visto nada. Tras soltar a la humana, les dedicó a sus anfitriones una reverencia exagerada.

―Tiempo sin vernos.

―Siglos, si no recuerdo mal. ―Asintió a quien había señalado como Byaom. Pese a aparentar poco más de treinta años, era quien parecía el más mayor de todos. La edad se le acumulaba de manera difusa, lo que daba la sensación de ser muy joven y muy anciano al mismo tiempo.

Tras incorporarse, y obviando al resto, Azrael sonrió a Erendimia. Como todos los de su raza, era una joven muy hermosa, con ojos felinos y una cabellera que caía por su espalda como tinta líquida. Vestía con una túnica que crujió al moverse y responder al saludo con una leve inclinación.

Atrapada entre ambos, Skaiell no supo qué decir.

En las ruinas del castillo, los dos roedores seguían discutiendo. Ratablanca obvió la esquirla del beso dándole la espalda y cogió una del montón para tendérsela a su amiga.

―¡Ic! ―chilló. O lo que es lo mismo―. ¡Mira, Azrael está prometido!

Ratamoteada tomó el trozo de cristal. En su superficie se podía ver que la historia avanzaba, mostrando una escena nueva que seguía a la llegada a la fortaleza vegetal. Ella no hizo ni caso. Sin valorar lo que sucedería a continuación, la tiró al suelo en un chasquido despedazado.

―Ya no ―comentó mientras se sacudía las patitas.

Ratablanca se llevó las suyas a la cara antes de chillar de espanto.

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