Esquirla (35×1.5-0.5)÷2²-5: Si la fiesta no va con Azrael, Azrael va a la fiesta

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En la interminable lista de inventos que Miscelánea necesitaba y ya, estaban las maletas. Nabu tuvo que prestarle su bolsa, un engendro de piel de aspecto informe, para que guardase la ropa que quería llevar para el viaje. Lo más frustrante de preguntarle a los elfos y no entenderse era con el concepto del tiempo. Había preguntado por activa y por pasiva cuánto duraría el viaje para organizarse y nadie, ni siquiera Mäer, le había dado una respuesta concreta. Así que se las estaba apañando para llevarse toda su ropa y aun así iba con medio a quedarse sin mudas. «Bueno, tengo que contar con el vestido futuro que me debe Azrael», anotó. A decir verdad, no confiaba mucho en que al final el alquimista cumpliese su parte del trato. Con lo escéptico que estaba no tardaría en descubrir de qué manera le había engañado. Por un lado, Skaiell deseaba que lo descubriese para gritarle en la cara que ella también podía hacer bromas y se lo merecía por todas las jugarretas del pasado. Por otra, maldita sea, ¡quería ese vestido!

Tomó la bolsa entre ambas manos. Estaba tan llena que parecía a punto de estallar y su forma desdibujada había cambiado. En ese momento recordaba a un estómago. La olisqueó. También olía como un estómago. Conteniendo una mueca de repulsión, cargó con ella y se giró hacia sus compañeros. Magnolio roía un hueso en el suelo y parecía ajeno a todo, mejor porque menudo disgusto estaba a punto de darle. Archímedes estaba sentado en una esquina, igual de triste y apagado que los últimos días. Desde la marcha de Flauta el chico se había encerrado en un estado mustio y distante del que todavía no habían podido arrancarle. La única que estaba preparada para despedirse de ella era Nabu, quien también estaba extraña. Intentaba disimularlo, pero en esos momentos en los que se distraía y bajaba la guardia se la notaba meditabunda, preocupada por esos pensamientos que la perseguían día tras día.

―Portaos bien ―le dijo Skaiell―. Y cuídame a Magnolio.

―¿No va contigo?

―Me voy a uno de los lugares más seguros del mundo, donde no hay ni monstruos ni salamandras que quieren matarme. Y no creo que les haga mucha gracia que me traiga a un lobo gigante ―añadió bajando el tono de voz―. Creo que estará mejor aquí.

―Entiendo. ―Asintió con el ceño levemente fruncido, aunque no tardó en sonreír―. Pásalo bien. Ojalá te hubieras quedado, habría sido… ―susurró con algo de color sobre el verde de sus mejillas― habría sido genial que estuvieras aquí en Albricias.

A Skaiell casi se le escapó un «Otra vez será» por inercia. Espantada, se contuvo para no darse un golpe en la cabeza. Ella no quería ni repetir ni siquiera vivir un cambio de estación: quería volver a su mundo y estaba harta de repetirlo. Tras despedirse de Archímedes, huyó antes que Magnolio se enterase de nada y volviese a pegarse a sus talones. Era el último monstruo que le quedaba y no le transmitía mucha seguridad llevárselo consigo al hogar de los refinados elfos. Camino al patio se preguntó cómo serían los Reinos. No pudo evitar imaginárselos como palacios inmensos, relucientes y lujosos, un lugar donde nunca se pasa frío ni falta comida. Solo de pensar en el brillo y la comodidad se le pasó la pereza del viaje. «Nada de peligros, ni esfuerzo físico, ni dormir en un catre asqueroso…», enumeró para sí misma, «pues oye, no está mal».

La comitiva se apilaba con desorden en el patio. Sin saber muy bien cuál era su papel y con pocas ganas de acercarse a los animales, se fue a buscar a Mäer. Pese a estar convencida que no le resultaría difícil dar con él, había demasiada gente, demasiadas armaduras, demasiados mozos que corrían de un lado a otro y demasiados caballos que pifiaban cada vez que ella pasaba cerca. Aferrada a su bolsa, la joven desistió en buscar la ropa blanca del paladín y se escabulló a una esquina antes que le diesen por encasquetarle algo de faena.

Llevaba un rato esperando cuando Azrael se acercó a ella. Lo vio venir desde el interior de la fortaleza, con una mano en el cuello como si se hubiese cortado al afeitarse. Se preguntó si se afeitaba. El aspecto del elfo era extraño, de un descuidado que parecía a propósito, pero no se lo imaginaba afeitándose. Ni a él, ni al resto y aun así eran todos barbilampiños. Supuso que sería cosa de elfos, uno más de esos detalles que perfilaban las diferencias entre ambas razas.

La saludó al llegar a la misma sombra donde descansaba. Ella le respondió con un gesto de cabeza.

―¿Y eso? ―Le señaló el cuello.

―Riot y su manera de despedirse.

Se miraron. Él sonriente, ella suspicaz y con la mirada entrecerrada.

―¿Me estás diciendo que…?

―Sí, voy con vosotros ―exclamó sonriente.

―Mäer te va a matar.

―¿Qué pasa conmigo?

Skaiell se giró sobresaltada. A cuatro pasos de ellos, el paladín los miró con extrañeza. Estaba envuelto por una capa tan inmensa que hasta le hacía parecer incluso corpulento. Cargaba con su báculo, pero eso no le impidió cruzarse de brazos.

―¿Sucede algo? ―insistió de nuevo.

La chica miró al alquimista de reojo en un silencioso «Venga, díselo, no te hagas de rogar». Azrael no se demoró mucho.

―Ayer me convenciste ―explicó, zalamero y con un toque burlón en sus palabras―. Así que he decidido sumarme al viaje.

La expresión de Mäer se enturbió. Fue apenas una sombra que se contuvo para no reflejar todas sus emociones. En respuesta, la sonrisa del otro elfo se ensanchó.

―Tenía entendido que no querías volver a pisar los Reinos ―siseó.

―Llevo doscientos ocho años sin hacerlo, a veces romper la rutina es bueno. ―Se encogió de hombros, restándole importancia al asunto―. Te advertí en la reunión que no pensaba quedarme solo y aburrido en Albricias.

―Y yo te advertí que como te diese por hacer una de las tuyas te quemaba el laboratorio.

―¡Ah! ―exclamó, señalándole con el dedo―. Pero no dijiste nada de ir con vosotros. Si te preocupa mi seguridad, no pasa nada, no pienso despegarme de ti.

Mäer no dijo nada, su mirada era de por sí elocuente. Y de ella saltaban chispas y remolinos. Skaiell se preguntó, una vez más, qué clase de relación tenían esos dos. Era en momentos como ese, en los que la tensión era tan afilada que cortaba el aire, en que se preguntaba si de verdad eran amigos. También podía volver a preguntarse qué clase de relaciones en general tenía Azrael con el mundo entero. Porque incluso la suya estaba algo extraña últimamente, menos punzante y combativa. «Pero sigue siendo un papanatas», determinó. Y Mäer parecía opinar igual, pues suspiró de cansancio y procedió a darles la espalda.

―Ay que ver lo simple que eres ―dijo―. No te separes de Skaiell. Sigues siendo un protector y aunque tengo dos ojos no puedo vigilaros si os desperdigáis.

A la susodicha eso no le hizo ni pizca de gracia. Taladró con la mirada a Azrael, quien se despedía del paladín con un brazo. Su alegría era casi contagiosa, pero ella no estaba en ese momento de humor para tonterías. Se cruzó de brazos y esperó a que le prestase atención. El elfo no tardó en fijarse en su postura impaciente, aunque tardó en bajar el brazo.

―¿Estás preparada? ―le preguntó.

―No, ni pensaba estarlo hasta dentro de un rato. Oye, ya que estás aquí, ¿no tendrás mi vestido?

―Te lo daré en los reinos. Es más adecuado.

Le indicó con un gesto que fuese tras él. Skaiell dudó un poco, pero acabó por recoger sus cosas y seguirle. Caminaron entre las monturas, cada una más sucia e inquieta que la anterior. Echó de menos a Hipoplato y sus viajes fugaces, cómodos en comparación. Cada vez más consciente de lo que se venía encima, la chica tragó saliva. Al percatarse de su mirada, Azrael se detuvo.

―¿Sabes montar?

―No. Monté una vez a caballo en una excursión del colegio, pero fue hace muchos años y con ponis amaestrados.

Y los equinos que en ese momento la rodeaban eran monstruos en comparación de los de sus recuerdos. Eran tan inmensos que duplicaban su altura y parecían capaces de tragársela a dentelladas. Tenían la mirada de un animal salvaje, indómito, sin apenas parecido con los ojos mansos de los caballos que había visto en su vida pasada.

Azrael se acercó a uno. Era evidente que lo hacía al azar, pues se dirigió a un caballo del montón, pardo y con motas negras. Puestos a elegir, ella se habría fijado en ese otro que era completamente blanco o uno negro con una estrella en la frente. Sin embargo, el elfo se encaminó al más irrelevante dentro de los irrelevantes y le palmeó el cuello.

―No deberías preocuparte, tienes un don con los animales, ¿recuerdas?

―Pues… sí. ―Asintió, sorprendida.

Él la animó a hacer la prueba. Todavía aferrada a su bolsa, Skaiell se acercó al caballo. Pese a que el animal la imponía por su monstruosa presencia, se sintió más segura al recordar su habilidad. Y aunque ese era un don que nunca le había terminado por entusiasmar, en ese momento se sintió más orgullosa que de costumbre por ser quién era. Tras pasarle la bolsa a Azrael, hizo amago de subirse al lomo. Fue directa, ni se permitió dudar. Se agarró a la montura e intentó escalar. Sus dos y únicos intentos terminaron con ella escurriéndose.

―Esto es difícil, ¡es demasiado alto! ―protestó―. Ya podría agacharse o algo.

―¿Te echo una mano?

―Claro.

A él se le escapó una sonrisa torcida.

―Para lo orgullosa que eres mira que te cuesta poco que te ayudemos.

―Soy orgullosa pero no tonta.

―Está bien. Aunque antes de montar te aconsejaría guardar tu macuto en las alforjas.

Mientras le indicaba el dónde y cómo, Skaiell se preguntó si había algún problema en subirse a ese caballo. Que estuviese ya ensillado indicaba muchas cosas, entre otras, que podría tener dueño. Como no le apetecía buscar otro, determinó que en caso de problemas le echaría la culpa a Azrael.

Una vez la bolsa estuvo en su sitio, la joven se plantó a un flanco del animal y miró hacia arriba. Estaba tan alto que le entró vértigo solo de imaginarse ahí subida. Giró un poco la cabeza en busca del elfo. Su sonrisa no terminaba de tranquilizarla. Era, como todas las suyas, una invitación al recelo y la desconfianza.

―¿Y bien? ―le increpó.

―Agárrate a la silla, así, muy bien. Ahora levanta una pierna y sujétate al estribo…

Siguió sus indicaciones punto por punto. A su alrededor, pronto hubo un escándalo de metal y cascos que casi eclipsaron las palabras de Azrael. Este acabó acercándose más a ella para hacerse entender por encima del ruido, acompañando con gestos a sus indicaciones.

―Sujétate más fuerte o te vas a escurrir de nue… Nada, te lo dije.

Tras recolocar la silla, volvieron a empezar. Era un proceso frustrante, pero por algún extraño motivo él parecía divertirse y ella tampoco estaba muy molesta. Era mejor que esperar sin hacer nada al momento de irse. Skaiell se agarró por enésima vez a la silla. Siguió sus indicaciones y esta vez no dudó a la hora de poner la mano y sujetarse con fuerza. Tras levantar la pierna y pasar así el empeine por el estribo, se giró hacia atrás y asintió. Azrael la sujetó por la cintura.

―¿Lista? ―susurró.

Estaba tan cerca de ella que su voz le hizo cosquillas en la oreja. La joven se estremeció un pelín. Tras sacudir el cuello, asintió de nuevo. El elfo la aupó un poco, lo justo para que pudiese alcanzar la silla y pasar la otra pierna por el lomo del caballo. Y lo logró, sin gracia y por los pelos, pero lo consiguió. Y de repente se vio arriba, a dos metros por encima del suelo. De la impresión estuvo a punto de escurrirse, pero consiguió mantenerse firme. Miró abajo. Azrael tampoco parecía creérselo. En ese momento se masajeaba un brazo, evidenciando la poca fuerza física que tenía.

―Nada mal ―asintió―. Llegas a caerte de nuevo y te traigo el taburete.

―Ah, ¿había un taburete?

―Claro, ¿cómo crees que suben con esas armaduras tan pesada? Aunque no todos lo necesitamos… ―Se encogió de hombros y, en un alarde, se aupó de un salto al caballo que tenía más cerca.

Skaiell lo contempló con los ojos muy abiertos. Casi se le pasó la indignación al ver la soltura con la que se aupó. Lo hizo con pericia y elegancia, sin despeinarse ni inquietar a su montura. Orgulloso, Azrael tomó las riendas de su caballo y se acercó a ella. Le brillaban los ojos y la sonrisa.

―¿Ves que no era tan difícil?

―Te mereces todas las jugarretas del mundo ―siseó con los ojos entrecerrados y una mueca que no llegaba a ser enfado del todo.

―Ten cuidado, que las devuelvo. ―Se giró para saludar a Mäer.

Skaiell se inclinó un poco, con cuidado para no perder el equilibrio, y vio al elfo. Caminaba con otros paladines, inmerso en una conversación de la que perdió el hilo al verlos. Tras devolver el saludo, siguió con los suyos hasta desaparecer entre el gentío. La chica observó su alrededor, disfrutando de las vistas. Le sorprendió la cantidad de elfos, caballeros y mozos que se amontonaban.

―¿No somos muchos? ―murmuró.

―¿Puede ser? ¿Quizás? Hace tiempo que no formo parte de ninguna comitiva ―reconoció.

―¿Y eso?

―Soy un ser de laboratorio, me gusta quedarme con mis plantas.

―¿Y por qué has cambiado de idea?

―¿A ti no te entra un impulso repentino de hacer lo contrario de lo que te dicen?

―No ―exclamó―. Creo que ahora entiendo porque Mäer dijo que eres muy simple. Es raro, porque también eres muy retorcido al mismo tiempo.

Azrael se las ingenió para hacer una reverencia con florituras.

―Digamos que consideré que esto es más interesante que quedarme en la fortaleza ―confesó―. Entre otras muchas razones.

―Tanto como interesante… ―Volvió a mirar a su alrededor, inquieta por la parsimonia con la que se organizaba la comitiva. Todavía no había visto a la Inmaculada y eran de los pocos que estaban ya a caballo―. ¿Cuándo nos vamos?

―En algún momento.

―Mira que los elfos podéis ser lentos cuando os lo proponéis, ¿eh?

―Pueden ―la corrigió con un matiz misterioso.

―Podéis. ―Insistió ella―. Que para elfo tranquilo y relajado con lo que suceda te tenemos a ti.

Azrael apoyó la cabeza sobre una mano. Era tan sorprendente como inquietante ver la tranquilidad con la que cambiaba de postura en el caballo sin siquiera sujetar las riendas. Se movía con la confianza de quien sabe que no le sucederá nada y así fue. En ese momento sus ojos la miraban fijamente en silencio. Por una vez su expresión era transparente, de meditar si seguir hablando o no. Impaciente, Skaiell se las apañó para cruzarse de brazos durante dos segundos. Luego volvió a sujetar las riendas con fuerza.

Tras un rato que se hizo eterno, el alquimista se desperezó.

―Creo que es un buen momento para que lo sepas ―comentó. Su mirada seguía fija en ella. Parecía evaluarla como había visto en otras ocasiones, atenta a la reacción que estaba a punto de conseguir.

―¿Saber el qué? ―Se puso a la defensiva. Todo en él, desde su postura hasta sus palabras, despertaban su suspicacia.

―Sí, deberías saberlo.

―¿Pero el qué?

―Algo así como un secreto a voces como el tuyo.

Skaiell suspiró.

―¿Podrías ser concreto y decírmelo?

Sabía que él estaba cultivando el momento perfecto, que disfrutaba de esa expectación y que cada pausa era a propósito, pero a ella le faltaba paciencia para aguantar que la mantuviesen en vilo de esa manera. Y más si olía a chamusquina, a descubrir algo que seguramente volvería a poner parte de su mundo patas arriba.

Azrael golpeó los flancos del caballo para que se acercase aún más al de ella. Pese a estar tan cerca, bajó la voz y ella tuvo que inclinar la cabeza para poder entenderle.

―Es algo que todos los elfos saben o suponen ―susurró en tono confidente―, pero no les interesa que el resto lo sepa.

La joven enarcó una ceja.

―¿Y yo sí?

El alquimista se inclinó sobre el flanco del caballo, casi parecía estar apoyándose en él. Una sonrisilla burlona le bailaba en los labios, era tan irritante que Skaiell bostezó a propósito para demostrarle su desinterés. No funcionó.

―No soy un elfo ―comentó de pasada.

Ella se lo quedó mirando. Pese a que se había dicho que no le daría la satisfacción de reaccionar, acabó frunciendo el ceño por la confusión.

―¿Perdona? Azrael, como broma esto no tiene sentido.

―No es una broma, ¿crees de verdad que me parezco a esos elfos?

―Claro… ―Dudó.

Se fijó en él, esta vez con nuevos ojos. Se fijó en esas orejas tan grandes, puntiagudas como las del resto, pero incomparables a la de los demás. Se fijó en esos ojos rasgados como los de un gato, los único así que había visto hasta el momento. Se fijó en las marcas azules de sus mejillas y recordó las que tenía en los omoplatos. No había visto a ningún otro elfo marcado de esa manera, ni siquiera a Mäer a quien había tenido la oportunidad de fijarse en detalle con el desliz de los baños. Se fijó también que era el único con la piel tan clara que no parecía la corteza de un árbol.

La joven apartó la cabeza, confundida. Porque ahora que lo pensaba, las diferencias de Azrael con el resto eran muchísimas, tantas y tan evidentes, que se preguntó por qué nunca antes se las había cuestionado. Y él sonrió, satisfecho por esas dudas, esa inseguridad entre creerle o no.

―Suelen llamarme elfo, no es del todo incorrecto ―comentó―. Y me ahorra malentendidos.

Skaiell se llevó una mano a la frente. Seguía asimilando ese hecho o, al menos, intentándolo. Pero la cabeza le daba vueltas, dividida entre aceptar esa información o tomarla por una broma. Ahora que se fijaba era evidente lo diferente que era Azrael al resto de elfos, pero si no era uno de ellos, ¿qué era además de un bromista con tendencia a la mentira?

―Le preguntaré a Mäer ―concluyó tras un suspiro―. Te creo pero no. Es lo que pasa cuando me has tomado el pelo tantas veces.

―Lo entiendo, es muy comprensible.

La joven le lanzó una mirada de reojo.

―De ser cierto, ojo, solo de ser cierto, ¿por qué me lo dices ahora?

―Vamos donde los elfos, te ibas a enterar de todas maneras. ―Suspiró. Y aunque no dejaba de sonreír, hubo un matiz en su voz que parecía de resignación―. Ellos sí le dan mucha importancia a quién soy.

―Más bien creo que es porque algo les habrás hecho.

―También ―reconoció con una sonrisa soñadora.

Se hizo silencio, uno en el que él la miraba con curiosidad, atento a sus reacciones, y en el que ella seguía confundida. Por una vez la historia de Azrael tenía sentido o parecía tenerlo. Era una pieza que encajaba en muchos detalles que hasta entonces le habían parecido extraños. No solo su apariencia era inusual, también su comportamiento, esa actitud solitaria de no formar parte de nada y la relación tan especial que tenía con Riot. Cuanto más lo pensaba, más deseaba que fuese cierto. Así entendería mucho, desde la razón por la que Mäer se preocupaba tanto por Azrael y esas insinuaciones de que solía estar en un peligro como el de ella donde todo giraba en torno a quién eres.

Se miraron al cabo de un rato.

―¿Cuándo nos vamos? ―preguntó Skaiell.

―A saber. Ya te he dicho que los elfos se toman su tiempo en reaccionar.

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