Esquirla 34×3²÷18-√81: De todas las cosas que tienen que suceder antes de la fiesta

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El regreso de Mäer a la fortaleza fue tan oportuno que Skaiell se vio incapaz de aprovecharlo. Le abordó en un pasillo, justo antes de que se encerrase en ese habitáculo que era su despacho. Una a uno, todos los que habían estado afuera de Sapraz regresaban. Faltaba la Inmaculada, que seguía entretenida con sus asuntos élficos, motivo por el cual la joven continuaba deambulando por el castillo a sus anchas. El paladín no preguntó mucho sobre ese dato y eso que ella se estaba asegurando de que Magnolio la acompañase cada vez más a menudo. Prefería soportar a un monstruo con complejo de perro amoroso a que la volviesen a encerrar como a la princesa del cuento. En ese momento, además, iba acompañada por Azrael. Lo cual no quería decir mucho, pero a ojos ajenos podía parecer que estaba más protegida.

―Mäer, tengo que pedirte consejo. ―Le tendió una tabla donde el alquimista había garabateado el alfabeto―. ¿Está bien? ¿Hay alguna trampa o truco?

El elfo tomó la tabla. No necesitó más que dedicarle un vistazo a Azrael para entender el por qué de aquellas preguntas. Leyó con atención, sin perdonar a ni una sola línea, hasta que, finalmente, asintió y se la devolvió.

―Es un alfabeto normal. No hay nada extraño, al menos no a primera vista.

―Gracias. Por cierto, una cosa más…

Y antes que se enterase por boca de otros, le contó lo sucedido con las arpías. Fue un resumen que obvió muchos detalles y que simplificó lo ocurrido por si a Mäer le daba otra vez por ponerse pesado con su seguridad. Para salvarse las espaldas, reforzó su papel de tal manera que casi parecía que todo se había solucionado gracias a ella. Azrael no dijo nada. Escuchó en silencio, aunque a ratos se le escapaba una risa nada disimulada en tos. Al paladín, por el contrario, no le hizo nada de gracia ese relato pese a ser una versión alterada.

―Hay que reforzar tu seguridad ―determinó.

―No es por nada, pero cada vez que hacéis una de las vuestras acabo peor.

―Aun así, es imprescindible que continúes entrenando. Tus lecciones con Oviseth no se han detenido, ¿verdad?

―No, estos días han estado un pelín en pausa entre una cosa y otra, pero antes hemos trabajado muchísimo.

―Entiendo.

Skaiell se fijó en que aferraba con fuerza el báculo. Aunque se le veía con ganas de decir más, ella no le había dado motivos para preocuparse en exceso. O eso quería creer. Intentó mostrarse resuelta mientras el elfo cavilaba en silencio.

―Lo mejor será, entonces, que vengas con nosotros ―dijo para sí mismo―. Sí, será mejor que dejarte sola…

Se despidió de ellos y entró en su despacho sin dejar de murmurar entre susurros. Skaiell le lanzó una mirada de reojo a Azrael. No solo le sorprendía lo poco insistente que había estado en esa ocasión, también eso último que había dicho y que abría puertas a suposiciones.

―¿A qué se refiere? ―le preguntó.

―¿Te recuerdas que te dije que vas a necesitar un vestido y no para qué?

―Ajá.

―A eso mismo. Aunque si lo que dice Mäer hace referencia a lo que creo ―torció el gesto―, no es lo que a mí me gustaría. Una lástima, me voy a quedar sin compañera ahora que Azazeu duerme con los árboles.

Y se hizo a un lado para invitarla a caminar por el pasillo. Skaiell rompió a andar, no sin antes mirarle con desconfianza.

―¿Me estás usando como reemplazo? ―gruñó―. Si es por un vestido bonito no me importa fingir que me caes bien y eso, pero podrías habérmelo dicho directamente por una vez.

―En ese sentido tengo a Riot. ―Sonrió―. No, el reemplazo que necesito es para plantar tomates. Se acerca Albricias y el huerto necesita muchas manos, no que la hechicera verde se ausente varias semanas.

―A mí no me vas a ver nunca manchada hasta las cejas de tierra. No, ni hablar. Que te ayude Riot también.

―Me parece una falta de respeto pedirle a un vampiro que trabaje con nosotros bajo el sol. Y sí, te tocará ayudarnos. Ese será tu castigo como pierdas la apuesta.

Skaiell entrecerró los ojos al mismo tiempo que la sonrisa de Azrael se hacía más amplia.

―Ahora sí te entiendo ―concluyó la joven―. Mira que te gusta ser retorcido, ¿tanto te cuesta ser directo?

―Ah, pero si no te hubiese dicho lo del vestido nunca habrías aceptado.

«Eso es cierto», pensó ella, «Eso y que ahora tengo curiosidad por lo que va a suceder».

―¿Qué es eso de las Albricias? ―le preguntó―. Venga, ahora que ya sé qué es lo que quieres no pasa nada porque me lo digas.

―Oh, pasa muchísimo. Pero sí, no hay nada malo en que te lo diga. Imagino que te acabarías enterando al igual que Mäer habría descubierto que nos falta un monstruo y una silfo. Albricias es un cambio de estación.

Y sin añadir más, le señaló por dónde torcer. Skaiell fue tras él.

―¿Y?

―Ya está.

―Eso no aclara nada.

―Pues no voy a decirte nada más. Tampoco deberías darle tantas vueltas si lo que quieres es aprender a leer. Tienes hasta Albricias para conseguirlo.

―¡Eh! Dije que el resto de las condiciones las ponía yo.

Azrael silbó entre dientes, divertido y zalamero.

―Ya, pero después de las Albricias la apuesta no tendrá sentido.

―Mira que puedes llegar a ser pajarraco.

―Hablando de llegar…

Se detuvieron ante las puertas de la biblioteca. El elfo posó una mano sobre las aldabas sin llegar a abrirlas del todo. La miró con una sonrisa que conseguía ser seria e informal al mismo tiempo.

―Dentro no podremos hablar mucho ―le advirtió―, así que antes de comenzar la lección te advierto de que ya no hay más trucos. Mi interés es que pierdas, así de claro te lo digo, pero no soy de los que juegan sucio de esta manera. Voy a intentarlo dentro de lo posible, sin trampas ni engañifas. No las necesito ―concluyó encogiéndose de hombros― porque sé que los humanos adultos tardáis mucho en aprender y tienes pocos días.

―Suficiente ―dijo ella. Se adelantó y abrió la puerta, que se deslizó entre crujidos. Tras hacerse a un lado, le indicó que pasase en una parodia del gesto cortés de Azrael de antes―. No soy idiota: nunca acepto una apuesta si no estoy segura de que voy a ganar. Prepara ese vestido.

―Prepararé una azada ―susurró antes de entrar.

Ella le siguió. La biblioteca era tal y como recordaba, descomunal y sumergida en sombras. El bibliotecario hizo amargo de asomarse al verlos, pero el elfo le indicó con un gesto que no era necesario. Mientras bajaban las escaleras que llevaban a las mesas, se giró hacia ella.

―Por curiosidad, ¿por qué tenía que ser Mäer quien confirmase el abecedario?

―Porque de ti no me fío y de él sí. Y es de los pocos que sé que saben leer.

―Entiendo, pero ¿y Oviseth? Has perdido un tiempo precioso al esperar todo un día a que Mäer volviese.

―¿Tú crees? ―Skaiell le miró.

Y su sonrisa dejó sin palabras a Azrael. Ella le adelantó, todavía risueña de esa manera enigmática y plagada de segundas intenciones, de secretos y verdades ocultas. El alquimista parpadeó, aturdido, antes de ir tras ella. En el momento en el que se sentaron en una mesa, la joven descubrió que él dudaba. Su confianza había flaqueado, llegando quizás a preguntarse si ella contaba con algún as en la manga que él no hubiese sospesado. De entre los márgenes de su capa sacó un libro menudo y se lo puso delante.

―La nuestra es una lengua muy complicada ―le advirtió.

―¿De verdad? ―Skaiell apoyó la cabeza sobre ambas manos. Seguía sin dejar de sonreír, disfrutando de esos pequeños instantes en los que el elfo vacilaba―. Hablamos el mismo idioma, no sé si te has dado cuenta. Solo tengo que entender cómo se escribe, así de fácil.

―Vas a sufrir con nuestras reglas ortográficas.

―No si son iguales que las mías.

Saboreó el momento exacto en el que Azrael comprendió que quizás había cometido un error. No obstante, el elfo se sentó a su lado con normalidad y no tardó en blandir su propia sonrisa rebosante de confianza.

―Ya veremos, porque aprender a leer con fluidez no se aprende en tres días.

―¿Eso es figurativo o…?

―No, Albricias es en tres días. ¿Lista para intentar un imposible?

Ella se apartó el pelo con algo de coquetería y mucha autosuficiencia.

―Después de todos los que ya han sucedido, este no será gran cosa.

Azrael se inclinó a su lado y le pidió que le pasase la tabla. Ella se la dio. Tras un roce brevísimo de piel contra piel, dejó el abecedario encima del libro y luego pasó las hojas del volumen hasta detenerse en una en concreto. Pasó la mano por la página, palabra a palabra, mientras se decidía por cuál empezar. Hasta que se detuvo en una, a la que golpeó con varios toques de dedo. Skaiell se agachó para verla mejor. Al hacerlo sus hombros se rozaron.

―Muy bien, futura recolectora de patatas, este primer día vamos a hablar de letras.

La joven le dejó hablar. Sus murmullos se elevaron por la cúpula de la biblioteca, redoblados por su acústica, sin pausas ni lapsus. Y ella se mordió el labio para no interrumpirle. Tras apoyar la cabeza sobre una mano, se encontró observando con interés a Azrael. Quién lo diría, pero se le veía entretenido explicando el por qué de las palabras y el valor de cada letra. Ese día no hicieron mucho más: uno habló y la otra escuchó. Lo más sorprendente fue la ausencia de mentiras. Porque si hubo engaños, ella no vio ninguno.

En el segundo día regresó la Inmaculada y Skaiell apenas tuvo tiempo de tocar ni un solo libro. La señora de Sapraz volvió con todo su séquito y pompa, que desbarajustaron la calma del castillo hasta ponerla patas arriba. Había mucho que hacer en todas partes, desde guardar caballos hasta adecentar alcobas. Había tanto trabajo que apenas tuvo tiempo para ver a Archímedes y Nabu. Incluso Azrael estuvo entretenido, o eso le dijo él tras escabullirse entre los recién llegados. Ella ni quiso ni pudo darle importancia, porque pronto la Inmaculada se interesó en saber qué hacía lejos de la torre y por qué faltaba un hipogrifo.

La historia que le contó tenía aún menos parecido con la realidad que la que le había dicho a Mäer. En esta ocasión se dedicó a remarcar lo inútil de estar encerrada en una torre, llegando incluso a echarle la culpa de que todo hubiese acabado en desastre, y lo bien apañada que era ella para librarse de complicaciones. Tocó deliberar, pero esta vez no fue a espaldas del resto de nobles. La convocaron en una reunión donde apenas pudo reconocer caras. Tras lo ocurrido al otro lado de la Muralla, parecía que la Inmaculada había determinado que no tenía sentido mantener el secreto. Para lo lentos que eran los elfos a la hora de tomar decisiones, aquella reunión fue fugaz, instigada seguramente por la presencia cada vez más cercana de Albricias. Skaiell seguía sin tener ni idea de lo que significaba un cambio de estación. Intuía que era importante de una manera que se le escapaba y que no llegaba a imaginar. En ese plebiscito fugaz e impaciente, se aceptó que continuase a sus anchas siempre bajo la protección de algún miembro de la fortaleza. Luego la echaron pese a continuar debatiendo sobre ella. Porque Mäer tenía algo que proponer, algo en lo que Azrael no parecía estar de acuerdo y a ella no le dieron ni voz ni voto, únicamente le recordaron dónde estaba la puerta.

Y con su profesor perdido entre reuniones que no acababan, no hubo mucho más que hacer. Durmió la siesta, enredó a Archímedes para que se distrajese con ella (pero no logró sonsacarle nada más sobre las Albricias ya que tenía incluso menos idea que ella) y robó comida para zampársela en un lugar tranquilo en el que ni nadie ni el ruido la molestase.

De noche asaltó a Mäer al verle caminar por el mismo pasillo que ella cruzaba. Le preguntó por lo que estaban decidiendo, pero él no pudo darle ninguna respuesta.

―Todavía no se ha decidido nada. ―Se disculpó con una sonrisa―. Te mantendré informada.

―¡Y tanto que lo harás! Se supone que es algo que me incumbe, ¿no?

―Claro.

―¿Al menos puedo saber qué sucede? Azrael no para de darme largas y ya estoy un poquito harta.

Mäer sacudió la cabeza. Sonreía, divertido por su frustración.

―No tiene mucho misterio. En Albricias los elfos vamos a los Reinos para reunirnos en la capital. Aunque la fortaleza no se queda desprotegida, bien nos aseguramos de eso, está más vulnerable que de costumbre. Y tras lo sucedido no quiero volver a perderte de vista, así que mi intención es que vengas con nosotros. Lo que significa improvisar, algo que los míos detestan, de ahí que la Inmaculada esté tardando tanto en tomar una decisión. ―Suspiró―. Y a Azrael no le hace gracia porque no quiere abandonar la fortaleza ni que le dejemos solo. Se aburre y creo que cuenta contigo para solucionar ese aburrimiento.

―Más bien quiere que le ayude a plantar patatas.

―Sí, su sentido del humor siempre ha sido muy cuestionable.

Skaiell se pasó la mano por el pelo.

―Hay algo que no termino de entender ―comentó―. Con la de veces que Azrael entre una cosa y otra ha salido de Sapraz para irse a un bosque o a la otra punta del mundo, ¿cómo que ahora no quiere abandonar la fortaleza? ¿Le han vuelta a castigar?

―Perdón, no me he explicado bien: Azrael no quiere ir a los Reinos. Lleva evitando las ciudades élficas desde que le conozco.

A ella se le escapó una sonrisa socarrona.

―¿Más enemigos? ¿Le han echado o algo?

―Eso tendrás que preguntárselo. Aunque es capaz de decirte la verdad haciéndola pasar por mentira.

―Sí, muy capaz. ―Suspiró―. Hablando de Azrael y mentiras, ¿puedo contar contigo para una cosa? Necesito un testigo de confianza.

―Por supuesto.

En el tercer día, el estrés en la fortaleza no remitió. Sus pasillos siguieron hirviendo en actividad de hormiguero y no hubo silencio en los patios. Skaiell por fin se enteró, gracias a Nabu, que la Inmaculada se había traído a una invitada muy especial. Tuvo la oportunidad de conocerla ya que fue convocada a un saloncito particular donde solo estaban la señora de Sapraz y una mujer desconocida, tan joven y anciana al mismo tiempo como solo pueden serlo los elfos. Era sorprendentemente bajita y poco estilizada, aunque tenía la misma piel de árbol y orejas puntiagudas que el resto de los suyos. Le pareció que estaba envuelta por un aire salvaje, de llevar demasiado tiempo entre plantas y animales. Llevaba el pelo muy corto y ensortijado en rizos tan negros como sus ojos.

La presentaron como la Arquera de las estrellas y no dijo nada en ningún momento. Se limitó a observarla con interés, intrigada por ver a una humana a la que no le hizo ni pizca de gracia perder el tiempo para ser tratada como un animal exótico.

A media tarde lograron repasar los signos de puntuación, pero no duró mucho. Pronto Azrael fue convocado a una de esas reuniones de consejo a las que súbitamente estaba tan interesado. La lección se quedó a mitad, pero ella se quedó en la biblioteca pasando hojas de libros, con la mente más distraída en lo que sucedería en Albricias que en la apuesta y en aprender a leer.

Al cuarto día, Azrael le dio la oportunidad de cancelar la apuesta.

―Incluso yo reconozco que no ha sido muy justa ―le dijo cuando fue a buscarla por la mañana―. Y ya se ha decidido que no podré entretenerte con el huerto.

―¿Significa eso que has perdido?

Él asintió con un suspiro largo y hondo.

―Aquí tienen muy poco sentido del humor y no han tenido una idea mejor que condenarme a estar solo en Albricias.

―Pero tienes a Riot, ¿no?

―Los días son muy largos y no quiero encerrarme en las catacumbas, prefiero recolectar fruta y bailar en la ciudad ―refunfuñó.

Ella se encogió de hombros, dándole a entender que no podía hacer nada por él.

―¿Listo? ―le preguntó.

―¿Para qué?

―Para tu segunda derrota. Quiero mi vestido.

Hubo un destello azulado en los ojos del elfo, quien sonrió, tan divertido como escéptico.

―No estarás intentando engañarme, ¿verdad? Es imposible que hayas aprendido a leer.

―Eso veremos ahora, ¿no crees? Ya te dije que hablamos el mismo idioma, solo tenía que aprender el alfabeto.

―Ya te digo yo que no es tan fácil como eso. Tenemos reglas diferentes.

―Cuestión de aprenderlas.

―Está bien. ―Aceptó el reto con una sonrisa y llevándose las manos a la cintura―. Vayamos a por un libro. Y lo elijo yo.

―Haz lo que quieras, pero Mäer le dará el visto bueno. No quiero que me engañes.

―Ahora mismo soy yo el que tiene miedo a que le engañen.

Ella le puso las manos en los hombros. Por una vez, su sonrisa eclipsaba a la del elfo.

―Lo sé ―le susurró con voz tierna―. Y es una sensación maravillosa. ¿Nunca te han dicho que la venganza es un plato que se sirve frío? Ahora vamos a por ese libro.

En vez de ir a la biblioteca a por uno, Azrael la guio hasta su laboratorio donde cogió un manual pesado, de letra apretada, menuda y muy emborronada, con ilustraciones de flores en los márgenes y hojas prensadas entre sus páginas. Era un tocho tan tocho que le costó sacarlo del estante y a ella casi se le escurrió de entre los brazos cuando fue a cogerlo.

―Ten cuidado ―le advirtió―. Es un libro muy importante.

Su estado de fragilidad era tal que decidieron no moverlo de ahí. Tras dejarlo sobre una mesa, el alquimista fue a por Mäer. Ella se entretuvo paseando por los límites del laboratorio y luego al huerto. Aunque reconocía que tenía su encanto, no se veía ahí ni echando una mano. Lo único que merecería la pena era Azazeu que continuaba en la misma postura de la última vez. No reaccionó ni cuando chasqueó los dedos delante de su nariz ni al sacudirle el polvo de los hombros. La mente de la elfa continuaba lejos, de viaje por profundidades que escapaban a su entender.

―¿Y vas a estar así tanto tiempo? ―murmuró.

Regresó al escuchar que los elfos habían llegado. Mäer sonrió al verla.

―Ha intentado sobornarme ―le advirtió―. No deberías participar en sus juegos, no es de fiar.

―Pero tú sí.

Azrael rezongó por lo bajo. Estaba ya donde el libro y pasaba sus páginas entre crujidos de papel. Hasta que se decidió por un pasaje en particular.

―Muy bien, sorpréndenos con el milagro. ¿Qué dice aquí?

Skaiell se acercó. Rozó las palabras con el dedo mientras les buscaba un significado. La de la espiral era una a, la que parecía un triángulo era una eme, y así con todas. Mientras trazaba letras con la punta de la lengua, escuchó cómo Mäer hablaba con el alquimista.

―Nos iremos mañana. Quédate aquí y no hagas tonterías, ¿entendido? Me entero de que vuelves a cruzar por tu cuenta un camino de calabazas y yo mismo te quemaré el laboratorio, ¿te ha quedado claro?

―Eso es cruel incluso para ti.

―Lo pones difícil para castigarte. Siempre tengo la impresión de que en realidad te estoy premiando.

―Porque me gusta que me castigues.

―Azrael ―dijo Skaiell de golpe, interrumpiendo la conversación―, ¿qué porras es esto?

―Un libro.

―No, ¿qué clase de libro es?

―¿Qué clase de libro parece?

Ella se giró. No sabía si reír o enfadarse.

―Precisamente un compendio de poemas eróticos no, ¡y yo no pienso leer esto en voz alta!

El elfo reía cuando Mäer se acercó a la mesa con el ceño fruncido. Ella se apartó para dejarle leer. El paladín pasó la mano bajo las palabras mientras las murmuraba entre dientes.

―No, no lo parece ―reconoció con cansancio―. ¿Por qué las hojas de parra?

―Esto es un laboratorio botánico ―respondió como si eso aclarase algo.

El paladín y Skaiell intercambiaron una mirada de hartazgo.

―Aquí dice «piernas» ―leyó la humana tras apuntar a una palabra concreta― y aquí «amar». Esta última se repite de maneras distintas: amaría, amarte, amante…

―Bueno ―el paladín cerró el libro de un manotazo como si le molestase siquiera ver su contenido―, creo que podemos determinar que Skaiell ha aprendido a leer. Buen trabajo. ―Y añadió en voz baja―. Por fin algo que has hecho bien.

Y se fue tras decirle a la joven que mañana iría con ellos de viaje a las tierras élficas. Ella asintió sin decir nada por miedo a que se le escapase la risa. Cuando por fin se quedaron solos, llevaba rato haciendo un esfuerzo para no deshacerse en carcajadas y perder la compostura. Lo había logrado. Lo mejor era la expresión de Azrael, tan atónita como escéptica: porque le había mostrado una verdad indiscutible, otro imposible realizado sin trampa ni cartón. En teoría. El alquimista se adelantó a la mesa y pasó las páginas del libro.

―¿Aquí qué pone? ―preguntó señalando una palabra.

―Semilla.

―¿Y aquí?

―Flor. ―Cada vez que hablaba se mordía la lengua para que no se le escapase la risa. Carraspeó―. ¿Qué hace este libro aquí?

―Lo compré porque pensaba que iba de plantas y me hizo gracia, así que lo tengo para incomodar a los novatos. ―Lo cerró y, tras acariciar la cubierta, lo guardó con mucho esfuerzo. Cuando estuvo en su sitio, la miró con el ceño fruncido―. ¿Cómo lo has hecho?

Ella se acercó un poco. Fue tan sutil como girar la cabeza hacia él y desplazarse un pelín hacia la derecha, sentándose en la mesa. Su mano acabó encima de la del elfo, quien la apartó por reflejo, sorprendido por esa proximidad que le arrinconaba.

―Ya sabes lo que dicen: leer es el mejor arte que hay que aprender ―susurró con una vocecilla risueña que hizo referencia a algo que él no entendió―. También puedes llamarlo venganza. Ahora me debes un vestido. Y que esta vez sea opaco, por favor.

―Eso no responde a mi pregunta.

―Una buena maga nunca revela sus trucos.

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