El aullido de la loba

Penúltimo cuento para el reto anual de El aullido del lobo, ¡ya no queda nada para acabar!

La loba entró en el claro calcinado con cierta angustia en su pecho. El humo y la ceniza cegaban sus sentidos, reduciéndolo todo a brumas inconsistentes por las que trastabillaba. Algo faltaba y ella no sabía el qué, pero lo sentía. ¿Era la luz? ¿La hierba, las ramas, las flores caídas bajo sus patas? Sacudió la cabezota. No, no era eso. ¿Los árboles? ¿El olor a resina? ¿El canto de las cigarras, el de los pajarillos que revoloteaban siempre en lo alto? Su ausencia se marcaba por el sonido de sus pisadas al crujir sobre la hojarasca quemada. Los echaba en falta pero sabía que no se trataba de lo que ella notaba en falta. ¿El rastro de los suyos? ¿Los olores que impregnaban la madera, sobre rivales, presas, miembros de la manada u objetivos? La loba lloriqueó. La ceniza le abrasaba las fosas nasales, convirtiendo en extraño aquel lugar.

Porque todo lo conocido ya no estaba. Había desaparecido en gris oscuro, negro, motas brillantes que ardían al tocarlas. Su bosque ahora quemaba, irritaba, hería; era áspero, desagradable, la repudiaba al lastimar todos sus sentidos.

La loba echó la cabeza hacia atrás para aullar. Su queja sin voz se elevó más allá de los árboles, haciéndose sitio entre el eco del bosque muerto.

No encontraba su camada.

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