Esquirla (25-√4)÷2’875: Algo que no le gustará a Ratamoteada

La espera estaba resultando ser interminable. Había empezado antes siquiera de apostarse en el pasillo, mucho antes incluso de la mañana. Había sido en el momento de tomar la decisión, se repartirse los roles y ponerse en marcha. Agazapados tras una esquina, los dos aguardaban con los hombros juntos, asomándose lo justo para ver si había alguna novedad pero sin ser especialmente llamativos. No querían ser vistos y mucho menos atraer atención innecesaria. Suerte que era un pasillo poco transitado y quienes lo hacían estaban demasiado atareados como para fijarse en ellos. Eso no evitaba que se sintiesen como intrusos, detractores que no deberían estar ahí. Se les escapó un suspiro de alivio al ver salir a su compañera, tan sola como había entrado, sosegada, como si momentos antes no se hubiese adentrado en territorio enemigo.

Flauta se plantó ante Archímedes y Skaiell. Sonreía y eso les tranquilizó.

―Azrael no estaba en el laboratorio ―anunció―. Así que he cruzado, he ido al huerto y he intentado que Azazeu me hiciese caso, pero no ha habido manera. Un novicio que estaba regando me ha dicho no sé qué de un trance verde. Que no iba a reaccionar en mucho rato.

―Mecachis. ―Skaiell chasqueó la lengua con fastidio―. ¿Y no se sabe cuándo reaccionará?

―Eso depende de con qué árbol haya entrado en comunión ―dijo una voz detrás suyo. A Flauta se le exclamó un “¡Anda!” sorprendido, mientras los otros dos daban un brinco. El susodicho elfo estaba detrás de ellos―. ¿Por qué queréis hablar con…?

Azrael enmudeció ante la mirada de odio gélido, desprecio concentrado y cuchillas visuales que le estaba lanzando la joven. Skaiell no decía nada, no lo necesitaba, todo su enfado y pensamientos estaban concentrados en sus ojos. El alquimista retrocedió un poco, cohibido. Le había hecho gracia encontrarles maniobrando en el pasillo como delincuentes: entre sombras y susurros. Les había escuchado y por eso mismo se había acercado sigilosamente, para dar un susto, pero también por algo de curiosidad. Lo que no se esperaba era esa mirada tan furiosa que de frío pasaba a fuego en un parpadeo. El elfo se llevó la mano al cuello, ligeramente inquieto. Se le había olvidado por completo que la chica seguía enfadada. A él ya se le había pasado, diluido ante un nuevo interés, pero ni Riot ni Skaiell parecían perdonar tan fácilmente. Y el odio de ella, además, ahora abarcaba a dos. Tomó aire y suspiró:

―Lo siento.

La humana enarcó una ceja. Si estaba sorprendida, no lo parecía.

―A buenas horas te disculpas ―masculló―. Pues mira, no te perdono. Fuiste un completo mentecato y yo no olvido tan fácilmente.

Azrael se encogió de hombros, como dando a entender que lo comprendía. O que le daba lo mismo, según como lo interpretase cada uno.

―¿Y bien? ¿Para qué quieres hablar con Azazeu? Si es de un asunto vegetal quizás puedo ayudarte. No soy un hechicero verde pero sé bastante. Es mi trabajo.

―¿Ahora intentas ser amable y arreglarlo? ―Skaiell le lanzó una mirada suspicaz―. Pero sí, claro que sabes lo que le quiero consultar, al fin y al cabo te has llevado todos los libros de la biblioteca. Iba a preguntarle sobre las algas de Grisaia, pero ya que estás aquí… ―Le apuntó acusadoramente con el dedo―. ¿Por qué tanto interés en libros sobre humanos?

―No es asunto tuyo.

―Lo es porque quiero esos libros. Dame alguno. El de las profecías, por ejemplo. Quizás entonces te perdone.

―¿Para qué? Qué más te da ―Se le escapó una sonrisilla―. No sabes leer.

―Eso ya lo solucionaré yo.

―No. Y ahora, si no te importa, tengo cosas que hacer.

Y se abrió paso entre ella y Archímedes, pese a unas miradas incendiaras que parecían aún más furiosas que antes. Skaiell observó cómo cruzaba el mismo tramo de pasillo que antes había tomado Flauta, para adentrarse en el laboratorio. Con un brillo en la mirada, la joven tomó a sus dos compañeros del brazo y tiró de ellos. Necesitaban alejarse pero sin perder de vista aquella puerta. Confiaba en sus ojos y en lo que había visto, no pensaba dejar que él volviese a sorprenderla. Y menos ahora que había dado con una idea para vengarse.

―Escuchadme ―susurró cuando consideró que ya estaban suficientemente lejos―. Ahora cuando salga del laboratorio y no haya nadie, le robaremos los libros.

Flauta sonrió, divertida, mientras Archímedes ponía cara de espanto. Ni siquiera él parecía tener del todo claro qué hacía ahí con ellas.

―Pero él tiene razón ―pio angustiado el silfo―. Si no sabes leer, ¿cómo…?

―Le pediré ayuda a Oviseth. O a Mäer. Seguro que está encantado si a cambio le prometo no volver a perder el cuchillo.

―A ver, tanto como encantado… ―A Flauta se le escapó tal carcajada que tuvo que llevarse las manos a la cara para contenerla.

―Es una cuestión de orgullo, honor y rencor. Llamadlo venganza.

―¿Pero qué venganza hay en quitarle unos libros?

―Uy, el bibliotecario tiene muy malas pulgas. O malas arañas. No creo que le hará nada de gracia cuando se entere que los ha perdido.

―Pero…

―Ni peros ni peras. Ahora escuchadme ―Chasqueó los dedos para centrarles―. Archímedes, tú te encargarás de vigilar. No va a malas, pero es que eres al que más ignoran de los tres. Cuando Azrael salga del laboratorio iras tras él y nosotras entraremos a quitarle los libros. En caso que le diese por cambiar de opinión y regresar, silba o algo y nos esconderemos o saldremos pintando, ¿entendido?

El silfo estaba pálido, sin palabras, así que fue Flauta la que respondió por él. A ella el plan sí parecía entusiasmarle, igual que no había tenido problemas antes en hacer de expedicionaria. En realidad a Skaiell tampoco le terminaba de emocionar su propia idea, pero el rencor le anegaba su calma habitual. Y después de lo último que había vivido, arriesgarse a volver a enfadar al elfo no le asustaba ni un ápice. Camino a la cocina para trapichear provisiones, las dos aprovecharon para convencer a Archímedes. La seguridad que tenía el chico en sí mismo era ocho veces más que la que tenía con el plan. Al final Flauta decidió cambiar su papel con el de él, asegurando que cuando quería podía ser muy discreta.

―A ver, somos silfos, nuestros huesos están huecos. Podemos ser tan sigilosos como el viento si queremos.

―Adjudicado.

Comieron en unos escalones tranquilos, lejos del bullicio que solía haber en el patio u otras galerías. Desde que contaba con su papel privilegiado, sin más vigilancia que la de sus amigos y Magnolio, a quien había encerrado en su cuarto para que no la molestase, y sin otra obligación que asistir a sus clases con Oviseth, la vida en Sapraz se había vuelto bastante cómoda. Relajada cuanto menos. Mäer ya no le insistía lo mismo que siempre, es más, apenas le veía ahora que estaba más centrado en otras preocupaciones, y las lecciones con Oviseth eran muy cómodas y no ocupaban mucho rato. La elfa no solía tener mucho tiempo. El día anterior se había despedido porque tenía que guiar a unas tropas al otro lado de la muralla, posponiendo las clases hasta nuevo aviso.

En definitiva, y dentro de unos límites, Skaiell tenía la libertad de hacer lo que quisiese sin más preocupaciones que sus banalidades de siempre. Como arreglárselas para que el pelo no se le enredase entre los goznes de esas birria de puertas.

La noche empezaba a deslizarse por los correderos cuando ellos pusieron en marcha su plan. Para asegurarse, la joven se asomó por el laboratorio. Esbozó una mueca intermedia entre desagrado y sonrisa al ver que Azrael estaba triturando hojas en un mortero. El elfo se dirigió a ella sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo, lo que indicaba hasta qué punto estaba centrado en esa tarea y el buen oído que tenía.

―¿Querías algo?

―No de ti. ¿Azazeau ha vuelto en sí?

―Todavía no.

La joven asintió y salió apresuradamente. Con señas les indicó que el elfo seguía adentro y también que, hasta nuevo aviso, ninguno de los tres debería abrir la boca. Que la entendiesen o no, no quedó muy claro, pero dado que no hablaron, a Skaiell le valió. Elegir el escondite les había llevado buena parte de la tarde. Ningún rincón era bueno y ninguna sombra suficiente cuando se trataba de alguien con tan buena vista. Al final se desperdigaron tras columnas, rincones y escaleras bajo la premisa que una cosa era ver en la oscuridad y otra tras las piedras. Esperaron un buen rato, uno que se hizo interminable por el frío, la necesidad de estar en silencio o el no moverse. Azrael tardó tanto en salir que casi parecía que lo estaba haciendo a propósito y no les habría sorprendido.

Afortunadamente, el elfo no pareció verles. Salió y enfiló en dirección contraria a donde se había escondido Skaiell. Ella vigiló atentamente cómo desaparecía por el pasillo y luego le hizo una seña a Flauta. La chica asintió y salió de su escondrijo, demostrando que lo que entendía por cautela incluía andar por medio del pasillo, sin amago alguno de esconderse. Pero no hacía ruido. Sus pisadas eran tan sutiles que, si cerraba los ojos, ella no podía escucharlas. Y aunque no sabía si servirían contra Azrael, la joven las dio por válidas. Esperó a que Flauta también desapareciese e hizo un poco más de tiempo antes de salir.

―A… ahora… ―susurró Archímedes, sobresaltándola.

Skaiell le miró sin entender, demasiado sorprendida por el hecho que hubiese hablado como para reaccionar a su tartamudeo.

―¿Por qué ahora?

―Me lo acaba de decir Flauta ―El chico había salido de su escondite. No parecía ni cómodo ni seguro, ni siquiera le miraba a la cara, pero había confianza en su voz.

―¿Cómo? Yo no he oído nada. ―Frunció el ceño―. Y si tú la oyes, ¿Azrael no podría escucharla también?

―No es eso. Es un silbido… ―Abrumado, empezó a agitar las manos para ver si se hacía entender―. Es… Cosas de silfos. Podemos hacer sonidos que solo oyen otros del linaje del aire.

―¡Anda, como los murciélagos! ¿Y desde cuándo os comunicáis así?

―Desde siempre, creo. No sé, es natural entre nosotros. O eso me parece…

El chico se había puesto tan nervioso que había empezado a retorcer la punta de su capa. Skaiell se compadeció de él y su nerviosismo y dejó de insistir. Sabiendo que quizás no tenían mucho tiempo, se dirigió al laboratorio. La puerta estaba abierta y la sala en silencio, iluminada por completo por el cielo nocturno. Las estrellas e incluso algunas nubes se reflejaban en los potes y tarros que decoraban unas estanterías que, ahora que se fijaba, eran de hierro. Envueltos por destellos de colores, brillos y etiquetas, los dos se adentraron y empezaron a rebuscar. Había luz, la suficiente para distinguir siluetas, pero también para convertir esquinas y formas en hatajos de sombras, objetos irreconocibles, manchas informes. Y ellos tenían que ir hueco por hueco, superficie por superficie, para asegurarse que aquello que podía parecer un libro en realidad era una caja llena de hierbas. En un momento dado les pareció escuchar algo, un ruido seco, un crujido. Los dos dieron un brinco y se quedaron quietos, con el corazón tan desbocado que casi se les podía escuchar. Pero no se oyó nada más. Skaiell se incorporó y se asomó para ver el huerto. Azazeu estaba ahí, entre matorrales y plantas, de rodillas ante un arbusto de tamaño promedio. Aunque estaba de espaldas se intuía que seguía ausente, con la mente perdida entre sabia y pensamientos de madera. La joven humana respiró algo más aliviada y le dio la espalda antes de seguir registrando el laboratorio.

Tras lo que debió de ser más de una hora buscando, moviendo muebles, estantes y tarros, no les quedó otra que asumir que los libros no estaban ahí. Quizás nunca lo habían estado y Azrael los había estado consultado en su habitación. Molesta consigo misma por no haber valorado esa posibilidad, Skaiell le indicó con señas a Archímimedes que ya podían irse. Este suspiró de alivio y la siguió. Una vez afuera, la joven pateó el suelo con fastidio mientras el chico le informaba de lo sucedido a Flauta con voces invisibles.

―Dice que está sola, que vayamos con ella ―informó―. Que me indicará el camino.

―Mejor dile que vuelva ella. Estoy cansada y creo que vosotros también. ―Se le escapó un bostezo―. Vayamos a dormir que esto ha sido un fracaso.

―Flauta dice que tiene una idea.

Skaiell se restregó el cansancio de los ojos y asintió. Sentía curiosidad y eso era superior a su sueño. Archímedes la guio a través del mismo pasillo que habían tomado antes Azrael y Flauta, pero con dudas, traspiés, pausas cada dos pasos. Se detenía ante cada bifurcación y al rato elegía, seguramente tras recibir una respuesta por parte de su compañera. A ratos se escuchaban pisadas lejanas, quizás de los guardias que patrullaban, y a ellos les tocaba esconderse para evitar preguntas indiscretas. El camino se hizo lento precisamente por aquello, pero sin errores. Al subir por unas escaleras y llegar a un pasillo con el suelo tapizado por una alfombra rojo oscuro, encontraron a Flauta. Esta estaba sentada delante de una puerta, sin más disimulo que el que había tenido antes.

―Es su cuarto ―informó―. Ha entrado aquí y no ha vuelto a salir.

―Supongo que los libros también estarán ahí ―Skaiell se cruzó de brazos al llegar a su altura―. ¿Y bien? ¿Cuál es tu plan?

―Dicen las lenguas, las malas y las deslenguadas, que la habitación de Azrael está siempre abierta.

―Ya, bueno, ¿y para eso no es mejor que él esté afuera?

―No, no ―A la chica se le escapó una sonrisa. Parecía a punto de romper a reír―. Es precisamente cuando él está dentro que su cuarto es muy… concurrido.

―No sé qué estás insinuando pero me parece mala idea.

―Estoy hablando de convencerle.

―No parece que estés diciendo eso. Bah, da igual, ya me da lo mismo todo. Por probar ―Skaiell se acercó hasta la puerta y comenzó a golpearla. Primero con los nudillos, luego con el puño. Porque, pese a lo que Flauta le había dicho, la puerta no estaba abierta.

Y tampoco tenía cerradura, solo una superficie con un trazado simbólico que escapaba a su comprensión. Mientras ella llamaba, cada vez más insistente y pesada por retroalimentación, la silfo se puso en pie para apoyarla mientras Archímedes hacia como que no tenía nada que ver con ellas.

La puerta empezó a abrirse de sopetón, acompañada por un chirrido leve y una sarta de improperios malhumorados. El elfo tenía cara de sueño y el pelo tan revuelto que parecía que le acababan de despertar. Skaiell no se arrepintió: eso también contaba como parte de su venganza.

―¿Pero qué queréis? ¿Se puede saber que os pasa a estas horas? ―Medio bufó medio bostezó el alquimista.

La puerta estaba entornada, pero no lo suficiente como para ver que solo llevaba un batín mal abrochado. Flauta silbó, Archimedes se cubrió la cara con su capa y Skaiell, sin inmutarse, le lanzó una mirada desafiante.

―Quiero los libros.

―Ven en otro momento.

Fue a cerrar la puerta pero ella puso el pie, evitándolo.

―¿Sabes que es más molesto que te despierten? ―insistió―. Que te empujen a un maldito lago. Dame esos libros, me lo debes.

En realidad estaba disfrutando. Él le había trastocado una noche, ahora podía vengarse a gusto y encima sintiendo que eso era lo justo, que no estaba siendo cruel, sino siendo solo un incordio. Sencillamente perfecto. Azrael se restregó los ojos.

―En serio, no me parece que sea el mejor momento para discutir.

―¿No? A mí me parece perfecto.

―Skaiell, cariño ―intercedió Flauta―, te mereces un monumento. No entiendo como sigues tan centrada teniendo en cuenta las vistas.

―No hay nada nuevo. ―Se encogió de hombros al rememorar el desliz en los baños donde ni siquiera había un batín―. Y hemos venido a por los libros, ¿no?

Flauta sonrió y Skaiell la miró fijamente.

―¿Qué? ―La muchacha intentó contener una risilla―. Quería ver si era cierto lo que dicen: que esta habitación está más popular que un lupanar y hay lecho para dos.

―¿De verdad dicen eso?

―Sí, sí. Tú porque siempre estás afuera o con algo entre ceja y ceja, pero aquí se cuentan muchas cosas y a nosotros nos acaban llegando todo tipo de rumores.

―Bueno, no te creas todo lo que dicen. Mírale, no le pega mucho.

―Sabéis que estoy aquí delante, ¿verdad? ―Azrael se había llevado la mano a la cara. Parecía confuso y algo cansado ―. Lo que haga con mi vida privada es asunto mío. Que sea comidilla no significa que me lo monte en el salón.

―¿Entonces es verdad? ―Flauta dio un paso adelante para apoyar con suavidad la mano sobre la puerta pero sin traspasarla. Una invitación sutil―. ¿Puedo pasar?

―¿Por qué preguntas si lo sabes?

Skaiell se giró para buscar a Archímedes y ver si él estaba tan confundido como ella. Pero el chico seguía con la cara cubierta por la capa. La vergüenza ajena que debía de estar sintiendo era bastante evidente. La joven fue con él mientras la puerta se cerraba y el silencio volvía a hacerse en el pasillo.

―No me esperaba esto ―murmuró―. De él quizás, es así de raro, ¿pero de Flauta?

―Es caprichosa ―Logró decir mientras se apartaba la capa―. ¿Entonces a…?

―Sí.

―¿Nos vamos?

―Claro ―Bostezó―. Estoy cansada, ¿tú no?

El chico asintió. Regresaron en silencio, acompañados solo por el replicar de sus pisadas. Al rato, Skaiell se percató que había cierta incomodidad entre ambos, tensa, que antes no estaba. Se preguntó si era cosa suya o venía de antes y no se había dado cuenta hasta ese momento. Le observó fijamente. El silfo parecía estar haciendo un esfuerzo para no mirarla directamente a los ojos. Le extrañó, pero quizás eran imaginaciones suyas. Quizás lo que ella quería era que la mirase para ver si así hablaban sobre lo sucedido, establecer un vínculo, la sensación de no  estar andando sola. La joven se aclaró la garganta y optó por preguntarle directamente en vez de esperar a que la atmósfera desapareciese sola.

―Oye, ¿tú sabías que a Flauta le gustaba Azrael?

Archímedes dio un bote y agachó la cabeza.

―No le gusta, le atrae ―murmuró―. Pero lo de esta noche es solo un capricho. También se le insinuó a Nabu, pero ella le dijo que prefería otro tipo de relación.

―¿Un capricho? Curiosa manera de definirlo. ¿Y a ti no…?

―No, no ―se apresuró a responder―. Creo que me ve como un hermano pequeño. Lleva con esa idea desde que Nabu le enseñó a su familia en el poblado. Nosotros no tenemos de eso y a su manera podríamos ser como hermanos.

―Ah, ¿y a ti ella…?

―No me importaría que fuese mi hermana.

Se hizo silencio de nuevo mientras Skaiell asimilaba las últimas novedades. Se estaba dando cuenta de la de cosas que se había perdido. No formaba parte del grupo. La división entre ella y los otros tres estaba clarísima y había empezado de antes de sus continuos viajes afuera o accidentes. Era el muro que había trazado ella misma el primer día al considerarse superior, diferente y en un estatus inalcanzable. Aquella verdad se retorció en su carne como una espina minúscula que no era capaz de ignorar.

Al cruzar por un arco, próximos ya a su cuarto, Archímedes se dirigió a ella. Había alzado la cara pero seguía sin mirarla a los ojos, como si no se atreviese.

―¿Es verdad que…? ―Tragó saliva, abrumado―. ¿Es verdad que eres humana?

Skaiell estaba tan acostumbrada a que todos lo supiesen que le extrañó la pregunta. Ni se acordaba de que había quienes no lo sabían. No le inquietó el cómo lo había sabido: no era algo que ella se hubiese esforzado en mantener en secreto. Y el chico era pensativo, quizás no muy espabilado, pero atento a los detalles. Debía de haber escuchado algún rumor y atado cabos. Dado que confiaba en él y no se le ocurría cómo podía perjudicarle, decidió ser sincera.

―Sí, lo soy.

Archímedes abrió muchísimo los ojos. Se detuvo, obligándola a pararse si no quería dejarle atrás. La joven se cruzó de brazos mientras esperaba que asumiese aquel dato, pero entonces, y para su sorpresa, se encontró reflejándose en él. Era igual que cuando ella había descubierto que estaba en un mundo de elfos, salamandras y vampiros, que sus compañeros eran silfos y una mestiza que a saber qué mezcla de razas tenía en su ADN. Aligeró el gesto y su postura y fue a ponerse a su lado.

―Siento no haberlo dicho, pero era un secreto. Es por eso que estoy en peligro y acabo siempre envuelta en incidentes.

―Creo… que ya lo entiendo todo mejor ―farfulló―. El por qué no sabes nada o pareces tan importante. Pero… ―Sacudió la cabeza―. Pensaba que los humanos eran cuentos.

―Yo nunca había oído hablar de los silfos ―confesó―. La verdad es que no sé nada de vosotros y siempre me estáis sorprendiendo. Aquí todo me tiene desubicada, pero vosotros los que más. No parecéis formar parte de ningún esquema, sois… ¡Sois raros! Honestamente, no os entiendo y eso a veces es muy frustrante.

―Me lo imagino. A mí también me cuesta imaginarte como… como humana.

―¿Hacemos un trato? Yo te hablo de los humanos y tú de los silfos, ¿te parece?

El chico alzó la cabeza, tenía los ojos muy iluminados y cuando asintió a Skaiell se le escapó una sonrisa. Camino al cuarto le estuvo contando cosas de su mundo. En el fondo le emocionaba que alguien por fin estuviese dispuesto a escucharla con asombro e interrumpiéndola solo para preguntarle más cosas. Le habló de los coches, de la electricidad y el sistema de alcantarillado; del velcro, las botellas de agua y los rascacielos. Estos últimos parecieron abrumarle tanto que tuvo que aclarar que había muchísimos tipos de casas y algunas parecidas a las de Miscelánea. Eso pareció tranquilizarle, o por lo menos, le ayudó a imaginar mejor ese otro mundo.

Él en cambio, sentado ya en su catre, acurrucado contra la pared y cubierto por manta y capa, le habló de los silfos.

―Somos del linaje del aire, ¿conoces los linajes?

―No y eso que no paráis de hablar de ellos, pero hasta ahora nadie me los ha explicado. De todas formas, creo que me los imagino. No hay que ser muy perspicaz: agua, tierra, fuego y aire, ¿verdad?

Asintió y Skaiell se contuvo para hacer un comentario mordaz. Por una vez, estaba interesada en el tema.

―Somos los descendientes de los dioses elementales que crearon Miscelánea. Los cinco ―aclaró mirándola de soslayo―. Los cuatro elementos puros y la oscuridad.

La joven no pudo evitarlo y puso los ojos en blanco.

―Sigue, por favor ―dijo mientras se mordía la lengua para no criticar aquel concepto tan manido.

―Hace ya muchísimos e incalculables años, los cinco elementales crearon este mundo. La sangre de cada uno se mezcló con él y de ahí, con el paso del tiempo, fueron saliendo las diferentes razas. O la mezcla de ellas, como los mestizos. Los grandes océanos que rodean la tierra fueron para las sirenas, leviatanes y cecaelias; las cordilleras volcánicas para dragones y salamandras, el continente se dividió equitativamente para los vástagos oscuros y dríades, elfos y ninfas. Y el aire fue para los silfos y nuestros parientes.

―El aire.

―Sí.

―No lo visualizo.

―Nosotros ―El chico se abrazó un poco, cubriéndose aún más con las mantas― vivimos en las nubes. Cuando una pareja decide anidar deja caer sus huevos. Son tan duros como la piedra, pero blancos e irregulares, aunque supongo que es por la caída. Yo solo he visto cáscaras. Les da lo mismo donde caiga, se desatienden de él. Nunca sabrán que será de su cría, ni siquiera si logró salir del cascarón. Por eso mismo a Flauta le impactó tanto la familia de Nabu, nosotros no tenemos de eso. Es un concepto extraño, incluso a mí me costó asimilarlo. En realidad me da envidia ―confesó con un hilillo de voz―, ver a otros con sus diferentes relaciones. No sé qué es eso, me gustaría pensar que nosotros cuatro también somos una familia. Aunque algún día nos tengamos que separar.

―No digas eso ―masculló, intranquila por la tristeza que había en sus palabras.

―Es verdad, tú volverás a tu mundo y nosotros… ―Suspiró―. El huevo puede caer donde sea, aunque supongo que intentarán que sea en el continente. A los del linaje de la tierra no les importamos. Somos como visitantes que estarán aquí un suspiro de su vida, con los monstruos… ―Tragó saliva―. Los monstruos son monstruos.

―Gran reflexión. No me mires así, no era sarcasmo.

―El caso. Crecemos donde caímos y empezamos a vagar. No formamos parte de nada y por eso tendemos a buscar acúmulos de gente. Como la fortaleza. Si no molestas y colaboras no tienen problemas en abrirte sus puertas. Así vivimos hasta que nos volvemos adultos, entonces nuestras alas maduran y rompemos a volar. Regresamos a los cielos y nunca más volveremos a Miscelánea.

―¿Cómo que nunca?

―Un silfo volará eternamente hasta que nuestras alas se estropeen y muramos al estrellarnos. Somos aún más longevos que los elfos. Si tenemos suerte, podemos ser eternos.

―¿Pero no podéis bajar?

―No, si nuestras alas se detienen, aunque sea un momento, se atrofian, se pudren y acabarán cayéndose a pedazos. Y entonces no podremos regresar a las nubes con los demás. Por eso Flauta es así. En realidad no quiere apegarse a nada porque sabe que algún día tendrá que dejarlo todo atrás. Solo podrá irse con lo puesto y por eso le tiene tanto cariño a los andrajos y las joyas que lleva. También sabe que esta vida que tenemos es una oportunidad irrepetible. Así que se dedica a cumplir todos sus caprichos y antojos. ¿Le atrae alguien? Querrá hacer un buen recuerdo que atesorar para el resto de su vida.

―Así que eso somos para vosotros ―Skaiell notó que tenía la garganta seca―, recuerdos.

No tenía por qué sentirse así, triste, dolida, afectada, si en el fondo era como ellos: alguien que estaba de paso y que también lo abandonaría todo cuando llegase el momento.

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