Esquirla 20-(4²-4): El monstruo es bello

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Azrael estaba asomado a las almenas cuando Mäer le encontró. La luz del ocaso bañaba los muros pero aun así la túnica del paladín resaltaba, brillante en blanco como si no entendiese de sombras o claroscuros. Acompañado del revuelo de la tela, se acercó hacia el elfo que miraba con aire meditabundo el patio. Cuando se puso a su lado, el alquimista giró un poco la cabeza para mirarle de reojo. Estaba inusitadamente serio y parecía debatirse entre pedirle que se fuera o tolerar su presencia.

―Pareces preocupado. ―Señaló Mäer mientras apoyaba también los brazos entre los huecos de una almena.

―Tú también estás preocupado.

―Pero yo estoy preocupado siempre. Me preocupa que las cosas salgan mal, que lo imprescindible se tuerza, que haya otra brecha en la muralla o que lo estropees todo con alguna tontería. Me preocupa lo que hay en las Tierras Oscuras, las brujas y desde que se rompió el Prisma, nada me preocupa más que lo que suceda en el futuro. Si es que tenemos un futuro. ―Añadió con algo de duda, de miedo e inseguridad―. Estoy siempre preocupado, pero ese no suele ser tu caso.

―Me preocupo a mi manera. ―Con un suspiro cansado, Azrael se dejó caer hasta apoyar brazos y barbilla sobre la piedra de la muralla―. Pero hay cosas con las que ni siquiera yo bromearía. Y ahora mismo me preocupa muchísimo que Riot haya desaparecido. Hay pocas criaturas capaces de derrotar a un vampiro y ninguna tendría que estar en este lado de los muros.

―Recuerda que estamos en el centro de Miscelánea y que la frontera está muy debilitada. Sin el Prisma es solo piedra. ―Suspiró el paladín. El cansancio se le marcaba en la cara, en el inicio de ojeras y en los ojos ligeramente enrojecidos―. Hace meses que tenemos avistamientos de trasgos por los Reinos y problemas con los monstruos menores. Son los primeros que están intentando cruzar el muro y algunos lo han conseguido. Pero no hay nada maligno cerca. Cualquier paladín lo habría notado. Yo lo habría notado.

―Ya… ―Había desconfianza en su voz, recelo, incredulidad. Azrael se incorporó para mirarle―. Así que no hay nada monstruosamente grande, maligno por esencia ni propio del corazón de las Tierras Oscuras. Justo lo que podría derrotar a un vampiro, entonces, ¿qué ha pasado?

Mäer agachó la mirada. Había empezado a juguetear con su anillo. Intentaba mantener la calma, seguir siendo el único que en los últimos días no había sucumbido al ánimo más bien derrotista que había envuelto a Sapraz, pero en gestos como aquel delataba que también estaba intranquilo.

―Afyll cree que Riot ha matado a Skaiell. Que no pudo contenerse y por eso ha huido, para que no le rematemos.

―Paparruchas ―bufó―. Sé que Riot nunca haría eso. La última vez que hablé con él me dijo que no la soportaba.

―Y tú más que nadie sabes que solo bebe de aquellos con los que tiene afinidad, ¿no? ―Enarcó una ceja mientras le miraba.

A lo que Azrael contestó con una sonrisa, la primera en los últimos días.

―No necesariamente. Es más bien que no quiere desarrollar otra dependencia a una sangre tan potente.

Mäer sacudió la cabeza. También había esbozado una sonrisilla, débil, que reflejaba a la perfección su cansancio.

―Estoy preocupada por ella, ¿tú no?

―Más que antes. Hay pocas cosas que pueden derrotar a un vampiro y eso me inquieta por los dos. Ya no es el ataque de un fauno o alguien de poca monta. Es algo que no puedo imaginar y eso me molesta. ―Torció la boca en un gesto enfurruñado sin darse cuenta―. Pero tampoco me preocupa mucho. Es fuerte.

El paladín le miró sin comprender.

―Es frágil, es humana.

―Pero tiene mucha fortaleza, más que Riot. Por eso él sí me preocupa.

―¿Tú crees? No se me había ocurrido pensarlo. ―Parecía sorprendido, sin embargo, suspiró y se apartó de la muralla―. Creo que deberíamos regresar. La fortaleza está cada vez más nerviosa y la mitad ni siquiera saber por qué. Pero la sospecha se ha contagiado y ahora están todos preparándose para lo peor.

―Es por esa segunda teoría que alguien la ha sacrificado para algún ritual oscuro, ¿verdad? ―Azrael sacudió la cabeza con desagrado.

―No es descabellado. Hay indicios que cultos siniestros han comenzado a movilizarse en las Tierras Oscuras. De todas formas, yo no creo que sea eso. De ser así ya se habría notado. La magia de un ritual es muy evidente para los que estamos acostumbrados a rastrearla. No, creo que está viva y quiero seguir investigando esa línea. El problema es que no soy el único que piensa así.

―¿Problema? ―El elfo le miró sin comprender.

―Nabu quiere usar a Magnolio para ver si puede olfatear el rastro de Skaiell.

El alquimista rompió a reír con carcajadas estruendosas. Mäer se llevó las manos al puente de la nariz y suspiró. Sabía que iba a reaccionar así y por eso había tardado tanto en decírselo. Se enderezó un poco y se cruzó de brazos para encararse a él.

―Todos sabemos que no va a funcionar ―continuó―. Es la misma bestia que se trajo Igneel y nunca ha servido para nada. Es inútil y esa niña quiere irse a darse un paseo que a saber cómo acabará. Es tu culpa que el monstruo esté aquí así que la Inmaculada quiere que te encargues de sus daños colaterales. Como este. Vas a ir con Nabu. Calmad los ánimos y evita que le dé por hacer alguna estupidez.

―¿Y si por casualidad nos encontramos con los desaparecidos? ―Se incorporó con los ojos brillantes―. Yo no sé pelear y tengo entendido que ella tiene más ilusión que destreza.

―Eso no va a pasar ―Determinó Mäer rebosante de seguridad―. Pero por si acaso os topáis con algo peligroso os acompañaran un par de soldados. ¿Te parece?

Azrael asintió mientras se aproximaba a él un poco.

―Qué decepción. ―Suspiró mientras le pasaba una mano por los hombros―. Había albergado la esperanza que hubieras venido para ver cómo estaba.

―También lo he hecho. ―Bufó mientras se la apartaba de un manotazo―. Puedo hacer varias cosas a la vez.

―¿De verdad? ―Sonrió con interés acercando su cara a la suya―. ¿Qué cosas?

―¿Azrael?

―¿Sí?

―Piérdete.

Desde que había negociado con Talbot los días de cautiverio se habían vuelto considerablemente mejores y eso le hacía sentirse una pizca culpable. Pero el sentimiento desaparecía al comer en caliente, dormir en suave y tener la independencia de moverse, estirar las piernas y pasear por los perímetros de los árboles en los que acampaban. A falta de poder hacer algo mejor, solía pasar el tiempo preguntándose cómo era posible que estuviese en el interior de uno. Es como si hubiesen encogido para esconderse en un tronco hueco. Esa era su teoría favorita y la más racional de todas. Sus paseos terminaban siempre que empezaba a acercarse a donde estaba Riot. El vampiro no había vuelto a decir nada más y evitaba por completo el contacto con los demás. Skaiell sentía un ramalazo de pena siempre que le veía acurrucado, tapándose con los brazos y la estaca saliente del pecho. Las heridas de los golpes de Talbot no se habían curado y ella no sabía si era porque sus poderes estaban contenidos o por la falta de sangre. Le alimentaban cada tres días y para ella, glotona y acostumbrada a las cinco comidas de su mundo, le parecía que era con cantidades ridículas. Pero Riot no se quejaba ni hacía amago de exigir más sangre como esa otra vez. Parecía como si se hubiese rendido ante lo que fuese a suceder.

Dentro de los árboles, la joven dormía o paseaba lejos del campamento. Los trasgos le seguían repeliendo así que hacía todo lo posible para evitarlos, mientras que Talbot hacia todo lo posible para evitarles a todos. Se centraba en sí mismo, en sus cálculos y los mensajes que a veces escribía. Desde su nueva posición de observadora, la chica descubrió que los golems tenían runas de conjuración grabadas en la palma de las manos y que a partir de ellas el elfo podía invocar o hacer desaparecer objetos. Así había conseguido la estaca y así se carteaba con quien estuviese al otro lado. Eso le escamaba. Le tenía por un solitario y la sospecha de otros compañeros no encajaba con la imagen que se había hecho de él. Aunque, si lo pensaba bien, ella también se había convertido en una de sus cómplices y aun así él la ignoraba como si todavía fuese mercancía. Quizás solo fuesen allegados o subalternos. No parecía alguien que relegaría algo importante en otros. Si no, no habría ido a por ella en persona en vez de encargarle la misión a alguien más.

El viaje hasta Sacramento fue lento y aburrido, pero Skaiell lo prefería a lento y angustiante. Tardaron muchísimo en llegar y cuando por fin se distinguía el bosque a lo lejos, antes de continuar hicieron otra pausa en un árbol cualquiera. Ahí los trasgos desmontaron el campamento y los golems se parapetaron en un rincón reteniendo al vampiro. Talbot le miró con desconfianza, asegurando sus cadenas, antes de hacer aparecer ropa blanca de una de las manos de piedra y barro.

Skaiell se vistió incapaz de contener la ilusión de ropa nueva. Incluso ella reconocía que su emoción estaba fuera de lugar, pero era algo que tenía tan grabado en su manera de ser que lo ignoró. En aquella ocasión, era un conjunto completo. Falda que se arremolinaba en el suelo, mangas largas, guantes, camisa cerrada hasta el cuello y un velo para cubrirse la cara.

―Tampoco hace falta tanta parafernalia ―le comentó al elfo mientras intentaba colocarse el tocado―. Quiero decir, los unicornios hicieron conmigo una excepción la última vez. Como les atraigo no les importa tanto si voy cubierta del todo o no.

―No me interesa que te reconozcan los guardianes de Sacramento. ―Él también se había vestido de manera similar, haciendo especial énfasis en cubrir las partes más oscuras de su cuerpo―. Y no quiero malgastar una oportunidad de conseguir al unicornio.

―Así que Riot tendrá que quedarse aquí, ¿verdad? ―Comprendió―. No puedes llevar a alguien herido y preso al bosque.

―¿Si lo sabes por qué lo preguntas?

Ella se encogió de hombros y siguió mirando a su alrededor. Eran los únicos vestidos de blanco. Los trasgos parecían ocupados en esos otros quehaceres que no les permitían ni un instante de tranquilidad.

―¿Y ellos no vienen? ¿Ni uno? ―Preguntó con extrañeza.

―No. A Sacramento no le importa quien cruce, pero los guardianes sí se harán preguntas si ven a dos “elfos” acompañados de criaturas inmundas.

A Skaiell no le pasó desapercibido el tono que había usado para referirse a los trasgos. Fue a decir algo más, a preguntarle sobre la manera en la que precederían. Había mucho que ella no había imaginado: ¿Cómo sacarían al unicornio sin que los guardianes sospechasen? ¿Con qué lo retendrían una vez afuera de Sacramento? ¿Saldrían directamente hacia las Tierras Oscuras? Pero Talbot suspiró con cansancio y se alejó sin decir nada. Su paciencia para responder había acabado a pesar que por su mirada se entendía que tenía una solución a todas esas preguntas. La joven se encogió de hombros y siguió jugueteando con las telas. Se detuvo al notar la mirada del vampiro encima suyo. Riot había alzado la cabeza para mirarla con un odio que se sentía, que desprendía fuego y parecía querer fulminarla.

―No lo… hagas. ―Su voz, tras tantos días en silencio, sonó más desgarrada que de costumbre.

A Skaiell le costó ignorar ese odio asesino. Terminó de retocarse el vestido y le dio la espalda con altanería.

―Ya es tarde para cambiar de idea.

―Te… matarré, te lo… prrrometo. ―El vampiro hundió las uñas en la madera. Aquel sonido de fibras rotas logró que un escalofrío le recorriese a la joven. Se giró para verle―. Porrrque él no te soltarrá… Y entonces conocerrrás el infierrrrno… ―La idea parecía hacerle feliz a su manera.

―El infierno es estar aquí ―Bufó con fastidio―. Di lo que quieras, alimaña de pacotilla, pero todo esto es culpa tuya. Piénsalo, ¿vale? Si me hubieras hecho caso cuando te dije que nos fuéramos no habría sucedido nada de esto. Hablo de la taberna y de las dos veces con las que te propuse escapar. Ahora no me vengas con quejas.

Riot recibió su ataque como una puñalada. El vampiro se encogió y no dijo nada más. Observó en silencio los últimos preparativos, cómo los dos monstruos vestidos de blanco desaparecían y las alimañas se quedaban encerradas en el tronco del haya. Sin el portador del corazón, la luz disminuyó un poco, pero nadie la echó en falta. La mayoría eran seres de tinieblas, engendros del otro lado o un no-muerto. Al llevarse la mano a la cara se dio cuenta que había empezado otra vez a llorar. No lo entendía. Llevaba tantos días llorando que las lágrimas se le deberían de haber terminado pero aun así no había manera de detenerlas. Tampoco a sus recuerdos. Las escenas se habían desatado nada más reconocer a Talbot y ahora se sucedían en su cabeza. Riot se acurrucó con las manos en las sienes como si así pudiera contener el torrente de imágenes, de memorias borrosas y aromas imprecisos. Intentó aferrarse al dolor del pecho o a las llagas que le estaba ocasionando el bozal para olvidar, para ignorar, pero sus recuerdos se sucedían, desatados, y no había manera de controlarlos.

Todo empezaba en un jardín.

Olor a flores, un escenario borrado por el tiempo. Había sido hace cientos de años y nunca más había vuelto a pisar un jardín élfico. Lo que recordaba tenía mucho de imaginado, de sueños, de escenas sustraídas a algún libro. Era el único lugar que había llegado a conocer del castillo en el que nació: el jardín oculto en el corazón de una mansión vegetal. No era el único niño. Siempre eran dos o tres. A veces uno se iba para no regresar al cumplir el medio siglo. Atravesaba por fin las verjas para internarse en el mundo de los adultos como uno. Los demás esperaban. Los niños elfos son delicados. Tardan en crecer, en controlar sus habilidades y aprender un conocimiento que requiere décadas. Así que esperaban en el jardín secreto, ajenos al tiempo, nunca molestos por esos años de cautiverio. Siempre había alguna novedad, un libro nuevo que estudiar, una planta desconocida, una visita que rompía la rutina y que se presentaba para enseñarles una pizca de ese mundo inmenso que había afuera de lo poco que conocían. Profesores, maestros, buhoneros y artistas. Elfos que solo hablaban de más elfos, de su historia, de lo que hacían, de las cortes y fiestas. Las demás razas eran un añadido, una pincelada que apenas despertaba su curiosidad. Porque por encima de todo, los niños querían saber más de ellos mismos. A Riot le faltaba poco para llegar a los cincuenta cuando conoció al primer monstruo. Vino acompañado de un ser de fuera: un cachorrillo de lobo lunar. Iban a entrenarlo como guardián y quien lo regaló quiso enseñárselo a los niños del jardín. Riot se quedó maravillado. Era un sentimiento que nunca iba a olvidar, esa sorpresa al ver algo que hasta entonces solo conocía de dibujos. Se enamoró del animal, de aquel cachorro arrancado a su madre al que todavía había que cuidar. El elfo que lo trajo le enseñó a hacerlo. Era hermoso, como todos los elfos, aunque distante. Tenía algo de salvaje, de muy lejos, que le convertía en diferente. El niño tuvo muchísima curiosidad por él, por si había visto más animales, otros monstruos. El elfo respondió a sus preguntas con amabilidad. Le habló de las Tierras Oscuras y los Reinos, de todos los lugares que había visitado y las bestias que había conocido. Y la telaraña empezó a tejerse con palabras motivadoras, secretos y confidencias. Así conoció a Talbot. Así Talbot le descubrió.

Fue el visitante que más veces regresó al jardín, siempre con el pretexto de cuidar del cachorro. Riot fue el único niño que, pasada la sorpresa, siguió acercándose para seguir hablando con él. Por primera vez ansiaba ser mayor, crecer y salir al otro lado. Quería conocer el mundo que el otro le iba descubriendo poco a poco. Hasta que una noche, Talbot regresó a una hora inesperada. Para despedirse, le dijo. Su trabajo había terminado. Riot lo lamentó, pero no le dio importancia. El tiempo a su alrededor se deslizaba con calma y él nunca había sido especialmente impaciente. Sin embargo, Talbot le dijo algo que lo cambiaría todo. Había olvidado las palabras concretas, el veneno que se deslizó en forma de propuesta, de señuelo. Salir un momento, un instante para que pudiera enseñarle la caravana que él tenía. Un regalo de despedida que resultó ser una maldición.

El resto es una tormenta imprecisa. Los recuerdos están mezclados y no se distinguen entre ellos. Un aroma dulzón que roba el conocimiento, la esencia propia. Había barrotes, los sentía. Fríos, ásperos. No podía verlos porque todo era oscuridad. La de una tienda. La de un carromato. La puerta se abría a veces. Comida. Otro niño. Agua. Una chiquilla. Alguien más que no regresaría nunca a casa. Dríade, hada, silfo, ninfa y elfo. Se agazaparon en una esquina, abrazados entre ellos, apegados sin importar si tenían sangre o savia, piel o corteza. Les unía el miedo y el atontamiento de la droga que flotaba en el aire. A veces Talbot pasaba a verles. La calidez había desaparecido sustituida por una frialdad indiferente, cruel. Los niños juntaban las cabezas y se agrupaban en busca de la compañía de los demás. Él fue al único al que tocó. No sintió nada, apenas era consciente de lo que sucedía. Su mente estaba en blanco y su cuerpo solo recordaba después una molestia imprecisa que podía significar cualquier cosa. En aquel limbo en el que estuvieron atrapados, el tiempo parecía haberse congelado para siempre y lo que ocurría solía olvidarse. Se convirtió en una mancha inmensa en la memoria, una herida que olía, solo olía. A especias, azahares y hierbas. A sudor, a inmundicia y bestia enjaulada.

Cuando cruzaron la muralla ya no hubo necesidad de mantenerles drogados. La realidad regresó, se hizo hueco entre el delirio para encarnarse en pesadilla. Solían llorar, hablar entre ellos, unir los pedazos de sus historias incompletas para buscar algo de calor y esperanza. A veces Talbot regresaba. Y en esos momentos, Riot sí fue consciente.

El viaje finalizó en un agujero que parecía la entrada al infierno. Primero les llegó su olor: a sangre, azufre y miedo, de animales encerrados y brasas. Era un mundo nuevo, uno que se internaba en roca. Criaturas monstruosas, señores oscuros y seres indefinibles incluso para los cuentos que conocían se reunían en aquel lugar. A ellos les encerraron en lo alto, en un piso que compartía piedra excavada y hierro que rozaba el vacío. Había paja y agujeros en el suelo que dejaban ver la sala inmensa que había abajo y donde se congregaban los monstruos. Apenas se les distinguía, peros sus voces llegaban amplificadas por la acústica. Gritaban precios, ofertas y pujas que no terminaban nunca. En el piso solo solían estar los sirvientes de Talbot cuidando de las jaulas que había amontonadas las unas encima de las otras, de todo tipo, inmensas y diminutas, de plata, de barrotes y hasta cristal. Fue ahí donde les marcaron con fuego. Un emblema que también estaba pintado con sangre en la gran sala que había abajo, donde se subastaba lo imposible a cambio de precios descabellados.

Uno a uno, los niños fueron entregados al vampiro.

Riot fue el tercero. Unas manos como tenazas le agarraron con fuerza, separándole de los demás y le arrastraron hasta un cuarto oscuro donde el sol no podía llegar. Le empujaron a pesar que él se revolvía, que gritaba y peleaba. Había encontrado fuerzas en el miedo, en el pánico exacerbado que sentía en impulsos inconstantes. Fue inútil. Cayó en la oscuridad acompañado de un portazo. Ocho ojos escarlatas brillaban sobre las penumbras. Los colmillos centellearon antes de atraparle el cuello. Fue un instante fugaz, el único que apenas dolió. La muerte le atrapó cuando intentaba gritar. Y murió. Aquel momento concreto ya no existe en su memoria. Está borroso, como si hebras grises se hubieran llevado el momento exacto en el que su corazón se detuvo. En cambio, su primer día en la no vida está grabado para siempre. Su primer despertar, volver a ser él pero no sentir nada. Vacío, un mundo gris y sed recorriéndole la garganta. Le ardía desde el estómago hasta la boca y las encías sangraban ahí donde asomaban unos colmillos que surgían a la fuerza, rompiendo, deformando el resto de dentadura. El mundo se sumergió en penumbra y así siguió siendo para siempre. Pero era una oscuridad diferente. Podía ver en ella y también distinguir olores que nunca antes había imaginado, pero ya no sentía el color, un roce suave sobre su cuerpo. Sus emociones también se habían congelado, rendidas ante esa sed. LA SED.

En una habitación donde el sol no existía, los vampiros neófitos descubrieron el arte de la magia roja, el convertir sus cuerpos en sombras, pero también el dolor, el hambre insaciable que solo se podía apaciguar, nunca eliminar. Era un ansia desesperante, que roía el sentido hasta hacer desaparecer todo lo que alguna vez había importado. Riot se encontró buscando a Talbot, cambiando sangre por dolor. Creía que ya no le importaría, que su cuerpo apenas recibiría el daño, pero por dentro sentía morir una vez más.

Cuando estuvieron listos, los nuevos vampiros fueron vendidos uno a uno. Todos por sumas desorbitadas, pero diferentes según la raza. No todos tenían la mismas habilidades y eso los compradores lo sabían. El último fue Riot. Su antigua naturaleza de elfo le convertía en el más valioso.

Tardó un siglo en escapar de la Fosa. Su cuerpo abandonó convertido en esclavo, reducido a nada, a objeto, a arma. Pero una parte de su mente, un recodo importante, seguía ahí dentro, entre barrotes, bozales y cadenas. Disminuyó con el tiempo, pero nunca se curó. Estaba rota para siempre, tejido cicatrizado a la fuerza y con desgana.

Y ahora Riot sentía que todas las heridas se habían abierto y ocupaban por completo su ser. Se abrazó con fuerza y siguió llorando. Nunca había podido enfrentarse a Talbot. Le había inculcado el miedo con fuego y latigazos.

Skaiell tembló al llegar al bosque. Había pasado más de una semana pero el recuerdo de la última vez era vívido. Lo sentía a flor de piel, en ecos que traían de regreso ese caos entre miedo y valentía. Se quedó aparte mientras Talbot hablaba con dos guardianas que habían salido a recibirles. En aquella ocasión sí se intuía la presencia de más dríades, no solo en las que habían salido a saludar y recordarles las reglas. Nada de ropa que no fuese blanca, nada de mentiras o engaños, nada de agresiones. “Y nada de sangre”, añadió la joven para sus adentros. Les repitieron las reglas con especial énfasis. Ellas también parecían recordar el último desastre y eso que no habían estado presentes. El elfo, sin embargo, hizo gala de una galantería que contrastaba con el desprecio apático que solía mostrar siempre. Dominaba el lenguaje pese a ser alguien que no disfrutaba hablando y entre florituras, cortesía y mentiras creó un ambiente de confianza. Les dejaron pasar sin ninguna complicación. Quizás con demasiada facilidad. A Skaiell le temblaron las rodillas cuando pasó junto a ellas, inmersa en su papel de elfa altanera que desprecia a las demás razas, y se encaminó para cruzar el bosque. En aquella ocasión, ninguna les guio. Cuando se lo preguntó a Talbot, este le explicó que como seres del linaje de la tierra se daba por sentado que sabrían caminar por el bosque sin dañarlo.

―No es la primera vez que oigo eso del linaje de la tierra ―comentó la joven. Tenía problemas para que no se le enganchase el bajo de la falda entre las raíces y esa frustración quedó traslucida en su voz.

―Todos los seres pensantes de Miscelánea provenimos de cinco linajes: tierra, agua, aire, fuego y oscuridad. ―Le explicó a regañadientes―. Somos los descendientes de los cinco dioses elementales que permiten que el mundo exista.

―Según eso, los elfos sois primos hermanos de las dríades. ―Señaló ella.

Aquello le ganó una mirada de odio que supo a gloria.

Caminaron con una lentitud exasperante para la chica y eso que era culpa suya. Talbot se desenvolvía con elegancia y no tenía problemas para esperarla. Se detenía con tranquilidad y aguardaba a que ella se pusiese a su altura o la ayudaba a desenredar la ropa o sobrepasar algún obstáculo. A veces alguna ramita se rompía por error. Skaiell escuchaba los chasquidos, pero al girarse, no veía nada anormal. Solo la hierba de colores, ceniza y hojas caídas. A pesar que ella había estado apenas una semana, no recordaba el camino de vuelta al claro. Le indicó a grandes rasgos donde podría estar y se dispusieron a dar vueltas. Era lo que les habían dicho las dríades: que caminaran a ver si con suerte veían a algún unicornio. Lo que ellas no sabían es que ella era humana y no necesitaba andar mucho para encontrárselos.

Los cascos trotaban sobre la hojarasca con una delicadeza inusitada. Los dos se quedaron quietos al escucharlos.

―Ya no hace falta buscar más. ―Jadeó la joven, cansada por el esfuerzo tras tantos días de mal dormir y demasiado caminar.

Se sentó con cuidado, las piernas levantadas para rozar cuanto menos posible, y se abrazó las rodillas. Talbot se mantuvo en pie, con los brazos cruzados y mirada paciente. Apenas soplaba viento y solo se escuchaba un trotar cada vez más cercano. Skaiell hundió la cara entre las rodillas y cerró los ojos con fuerza. Volvía a sentir el miedo que acompañaba al galope de los unicornios. Se tensó como impulsada por un resorte al escuchar el sonido de un arbusto al estremecerse. Al girar la cabeza, vio al primer animal asomando entre la foresta. Su rostro caballuno era tan irrelevante como de costumbre y aun así el elfo parpadeó con sorpresa, conmocionado al verlo. Primero uno, luego varios. La manada surgió en una elipsis en la que ellos eran el centro. Su comportamiento era diferente al de la última vez. Skaiell no tardó en notarlo: más natural, de animal, menos fantasmagórico. Movían las cabezotas con curiosidad y hasta sacudían las colas. Sin la furia desbocada de la sangre sus ojos parecían hasta amables. La joven descubrió que había empezado a lagrimear. Un vistazo a esa mirada negra, profunda y consciente la había desbordado de culpabilidad. Y al mismo tiempo, los unicornios parecían decir que la perdonaban, que entendían su naturaleza egoísta. La chica sacudió la cabeza para apartar las lágrimas. Talbot parecía igual de conmocionado, pero de una manera diferente. No buscaba perdón, una justificación para lo que hacía: solo un nuevo tesoro. Se adelantó un poco. Primero con cautela, luego con confianza al ver que los unicornios no se apartaban. Es más, estos seguían avanzando, pendientes de la joven humana que seguía abrazándose las piernas.

Debajo de la tela, Skaiell podía sentir el vendaje de la herida.

―Elige el que más te guste. ―Logró decir con la voz ronca―. Pero date prisa.

El elfo se acercó un poco más. Examinaba a las bestias con mirada crítica, evaluando como un experto. Desechó a un par de seguida y se aproximó a los ejemplares que más parecían interesarle. Para ella eran todos iguales. Y seguían siendo, pese a las burbujas de emociones que flotaban y estallaban en su pecho, caballos psicópatas.

Se apartó la falda con discreción y empezó a juguetear con las vendas. La herida no estaba curada. Los trasgos no habían recibido órdenes de sanar, sino de cubrir para que la sangre no escapase. Al apartar el vendaje se encontró con una costra purulenta, zarcillos sanguinolentos y más amarillo anaranjado que marrón. Skaiell contuvo las arcadas al verlo y luego cerró los ojos. Se mordió los labios cuando hundió las uñas con fuerza, arrancando la poca costra que había logrado formarse. Pus y algo de sangre se escurrieron entre sus dedos. Sentía aprensión en el pecho y aun así clavó con fuerza. Arañó, rascó, se desgarró la propia herida mientras contenía las ganas de llorar o chillar.

El aroma a sangre era discreto, un perfume que se fue extendiendo con lentitud pero al que los unicornios reaccionaron al instante. Al abrir los ojos, la joven se encontró con que todos estaban paralizados. Ollares dilatados, ojos sumidos en la frialdad exterminadora de su deber.

―¿Qué sucede? ―comentó Talbot que seguía dándole la espalda. Había retrocedido un poco, receloso ante el cambio.

Era tan engreído que siempre había evitado mirarla.

―No lo sé ―logró decir Skaiell pese al dolor palpitante de la pierna.

Parálisis expectante. Luego un casco hacia adelante, la cabeza baja. El elfo dio un brinco cuando los unicornios que tenía más cerca le atacaron. Un cuerno le rasgó el brazo y de la herida brotó sangre que se congeló en cristal. Talbot era ágil, pero había una manada envolviéndoles, cada vez más encabritada. Todos trotaron hacia ellos, hacia los dos, los cuernos apuntando como lanzas.

―¡No lo entiendo! ―chilló Skaiell mientras se cubría con las manos―. ¡No sé qué está pasando! ¡Esto no sucedió la última vez!

Los unicornios pasaron a su lado. La ignoraron con miedo y un relincho de dolor. Talbot abrió los ojos cuando el primer cuerno le atravesó la espalda. Era veloz, era ágil, era un ser cuasi inmortal pero ahí había una decena de unicornios, quizás más, que se cernían sobre él en un anillo blanco sucio y cabezas armadas. Los cuernos le atravesaron el estómago, el pecho, la espalda, los omóplatos. El elfo se dobló sobre sí mismo sin dejar de escupir sangre que se congelaba antes de llegar al suelo. La joven lo contempló sin apartar la mirada a pesar de las arcadas que sentía. Estaba paralizada, se le había congelado la voz y el miedo estaba ahogado en asco y una especie de delirio por el que todo le era ajeno. Quería creer que estaba lejos, que no veía lo que sucedía ante ella. Había más sangre de la que nunca había creído que vería, derramándose entre carne rota y tela desgarrada. Pero había más. Restos de órganos que surgían de las heridas o que goteaban entre los cuernos de los unicornios. No pudo soportarlo más y las arcadas que sentía se convirtieron en vómito que salpicó el suelo y el bajo de su falda.

Parecía que el bosque también había contenido el aliento. También las plantas estaban inmóviles, sin aire que revolviese las hojas o hiciese temblar las flores. Los restos de aquel cuerpo roto estaba sumido en silencio y los unicornios estaban detenidos como estatuas. La mayoría ensartaban al elfo y los demás lo observaban con esa quietud sobrenatural. Y entonces, aquella parte del bosque suspiró. Árboles, matorrales y hasta el suelo se estremecieron antes de deshacerse en ceniza.

Los árboles, el propio suelo, la hierba y las plantas caídas, las flores y los restos de sangre. Todo desapareció en gris, en partículas diminutas que perdían forma y que caían en ondas. Skaiell tosió cuando la ceniza le azotó la cara. Estaba limpiándosela cuando lo escuchó: un lamento que se hizo más agudo y elevado por momentos. Los unicornios gritaban y su grito le perforaba los tímpanos. La joven se llevó las manos a los oídos mientras chillaba ella también, pero por miedo, confusión y dolor. El cuerpo del elfo cayó al suelo cuando las bestias se apartaron de él sin dejar de aullar. Lloraban, más confusas que ella y al alejarse del cadáver habían empezado a tropezar entre ellas. La chica lo miró sin entender. Estaba quieta, paralizada, mientras los animales trotaban histéricos y comenzaban a huir. Lejos, lejos de la ceniza que manchaba su pelaje y que había eliminado por completo cualquier atisbo de vegetación. En un área inmensa, Sacramento había desaparecido.

Skaiell tardó en ponerse en pie. Sentía en la pierna herida un dolor atroz y parte de su cuerpo todavía temblaba en réplicas de todo lo sucedido. Caminó a trompicones, arrastrando los pies y con la mirada desorientada. Se acercó hasta el cadáver. Tenía algo de satisfactorio mirarlo desde una posición elevada, con desdén y superioridad. Aun así, una parte de ella, todavía le tenía una pizca de miedo. No por lo que había representado, sino por lo que se había convertido: en un ser destrozado, desagradable y vomitivo.

Hizo un esfuerzo para agacharse, para acercar un brazo al amasijo de sangre y cuerpo agujereado. Se contuvo para no cerrar los ojos y, con el asco presente en la boca, le arrancó el corazón de la dríade de la mano. Al rodearlo con los dedos, notó ese latido que reverberaba en una superficie que parecía de madera pulida. Lo apretó con fuerza como si fuese un amuleto y luego se dispuso a arrastrarse lejos de aquel lugar.

Quería regresar a Sapraz. Su mente repetía aquel pensamiento, ese deseo que se convertía en el impulso que la hacía seguir caminando. Por mucho que despreciase a la fortaleza, tenía todos los requisitos para haberse convertido en su refugio, en un pobre sustituto de su hogar.

Riot rozaba la duermevela cuando sintió el olor de la sangre. Se enderezó por instinto, incapaz de resistirse al aroma. Por el agujero recién abierto sobre la corteza, Skaiell se adentró en el tronco casi bamboleando. Llevaba el corazón en la mano y eso hizo que las sombras se aclararan. Estaba sucia, despeinada, cubierta de ceniza y con sangre en la pierna. Y sola. Todos la miraron: los trasgos que habían cesado sus actividades, el vampiro encadenado y el lagarto, el único que no la miraba con extrañeza, sino con ese apego inexplicable que sentían muchas bestias por su naturaleza. La joven les ignoró y comenzó a cojear hacia Riot. Parecía exhausta y si seguía en pie era únicamente por cabezonería. Pero caminaba con orgullo y seguridad y eso logró que los trasgos se quedasen en su sitio, confusos ante lo que sucedía. A pesar que intuía que había algo anormal en aquello, el vampiro se puso en guardia. Abrió la boca y levantó las manos convertidas en garras mientras se incorporaba.

―Deja de hacer el idiota. ―Le riñó ella con cansancio―. Talbot está muerto.

Riot abrió los ojos, atónito, mientras las cadenas que no se podían ver comenzaban a deslizarse, liberándole de su abrazo.

El monstruo estaba muerto.

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