Esquirla (15+1)÷2: Ssssssssinceridad

Igneel vestía de blanco, por supuesto, ropa ancha, deshilachada en las mangas, con la que se cubría la mayor parte de su cuerpo. A pesar de ir sin armadura, seguía siendo igual de corpulento de lo que Skaiell recordaba. A través de la tela se percibía con absoluta claridad una piel agrietada, gris como las piedras volcánicas, músculos prominentes y restos de alguna que otra herida. Pero a pesar de las circunstancias con las que no se habían despedido la última vez, no parecía agresivo, sino más bien indiferente, tranquilo. Aun así la joven se escondió una pizca tras Azrael, por si acaso, al ver cómo se le encendía la mirada al verles. Pero este no dijo nada. Los tres se observaron en silencio, sin moverse, hasta que Igneel comenzó a caminar hacia ellos. Skaiell se tensó, nerviosa y algo de sudor en la frente, pero el templario paso a su lado sin siquiera mirarla para bajar por las escaleras.

Los dos esperaron a que sus pisadas dejaran de sonar para recobrar la movilidad. La joven suspiró de alivio y se apartó de Azrael.

―¿Qué hace aquí? ―le preguntó, eso sí, en susurros por si Igneel podía escucharles.

―Ni idea ―reconoció―. Pregúntaselo a él.

―No estoy mal de la cabeza, ¿sabes?

El elfo se encogió de hombros con desgana y se internó en la sala. A Skaiell le recordó a los vestuarios de un gimnasio: por la disposición del mobiliario y el inconfundible olor. Arrugó la nariz. Esa fue la única parte de su cuerpo que reaccionó, pues se encontró incapaz de dar un solo paso y enfrentarse a las cestas de ropa que había al fondo y que el otro estaba empezando a observar con curiosidad. Por su mente pasaron mil complicaciones: sudor, garrapatas, polvo, excreciones corporales, hongos, bacterias, grasa, mocos… Asqueada, se aclaró la garganta:

―Oye, me muero de hambre, ¿qué tal si comemos primero antes de darles nuestras bolsas?

Azrael se giró y asintió con la cabeza. Parecía estar pensando todavía en Igneel y su encuentro. Dejó caer la ropa sin apenas mirarla y regresó donde el equipaje donde empezó a hurgar de mala manera, apartando frascos y tarros que tintinearon en un ruido tan chirriante que Skaiell temió que acabaran por romperse. Al final el alquimista dio con varios trozos de empanada y le pasó la mitad en silencio. La comida, a pies de las escaleras, duró tanto que Fagus acabó asomándose con curiosidad para ver qué pasaba. Ella, a pesar que la empanada estaba fría y dura como la piedra en la que se había sentado, se recreaba en cada mordisco, saboreando con desgana para convertir así aquel momento en interminable. A su lado, Azrael comía con el mismo desinterés, más pendiente de sus cavilaciones que de lo que le rodeaba. Hasta que la comida desapareció y volvió a levantarse para cambiarse de ropa. Skaiell hizo un mohín mientras se sacudía las migas de la mano y se preparaba para lo inevitable. Pero al ver sus bolsas, se le iluminaron las ideas y la mirada. Revolvió la suya un poco antes de dárselas al dríade para que pudiera examinarlas.

Cuando Azrael regresó, vestido con piezas dispares que parecía haber seleccionado sin fijarse, pareció despertar de su ensimismamiento al verla en camisón.

―¿En serio? ―masculló con una carcajada entre dientes.

―Blanco, bonito y mío ―presumió mientras giraba un poco, haciendo revolotear el bajo de la falda―. Es perfecto.

Divertido, el elfo sacudió la cabeza  y procedió a bajar por las escaleras. Skaiell fue a seguirle cuando se dio cuenta que iba sin zapatos. Miró atrás, al montón de sombras blancas que se amontonaban de manera desordenada, y recordó el asco que despertaban en ella, luego probó a dar dos pasos, pero se detuvo enseguida. La piedra estaba helada y le arañaba las plantas de los pies. Y caminar por un bosque iba a ser muchísimo peor. A regañadientes, se adentró en las penumbras de la sala para agenciarse trozos de ropa que no parecían especialmente sucios. Luego se puso sus botas y las disfrazó por encima. Si Igneel podía hacer lo mismo para cubrir su piel oscura, nadie podría recriminárselo a ella.

Cuando bajó, los otros tres estaban esperándola en la base del templo. Parecían dispuestos en fila, pero dos a los extremos, separados por cuanta más distancia mejor, y el dríade en el centro, remarcando su papel neutral.

―¿Vamos ya? ―preguntó Skaiell con la vana esperanza que le dijeran que no, que antes había que descansar. El cansancio del viaje se le había pegado al cuerpo y con la tripa llena se sentía más pesada que antes.

―Por supuesto ―asintió Fagus con una alegría exagerada dada la tensión que había en el ambiente―. Habéis llegado en el mejor momento: los unicornios prefieren la luz de la luna y las noches.

―Pero si estoy yo da lo mismo lo que prefieran, ¿verdad? ―Se atrevió a preguntar, ganándose una mirada de reprobación por parte de Igneel que la hizo estremecerse.

―Emm… Sí… ¿no? ―dudó entre tartamudeos―. Solo los unicornios saben lo que prefieren.

―Pues menudo fastidio ―refunfuñó para sí misma mientras terminaba de bajar.

“Y luego dicen que la impaciente es la humana”, pensó, “Qué hipócritas y racistas.”

Entre lo malo y lo peor, decidió no elegir y dejar que Azrael e Igneel se adelantasen tras el dríade, que empezó a marcarles el camino a pesar que ni siquiera estaban en el bosque. Con paso desganado, anduvo tras la comitiva mientras abandonaban el templo y caminaban hacia la foresta. Al llegar a su linde, constató que no había ningún camino ni señal que alguien hubiera pasado por ahí ni en mucho tiempo ni nunca. Era lo que algunos llamarían un bosque virgen, agreste en todos los significados de su definición, que crecía sin más control que el de la naturaleza y donde estaba prohibido interferir tal y como Fagus repetía mientras se adentraban entre los árboles. Les advirtió de ir con cuidado, de prestar atención por donde pisaran y que evitaran romper ramas o pisotear raíces. Skaiell se encontró avanzando con paso de caracol reumático: no podía rozar nada, ni apartar las ramas que se interponían en su camino o se le enganchaban a la ropa, también tenía que tener cuidado por donde pisara para no chafar a las plantas o a las florecillas que crecían por todas partes y evitar por todo lo posible aplastar a los bichos que correteaban por el suelo. Aún más lento que ella, Azrael se entretenía de tanto en tanto en recoger flores mustias u hojas caídas para guardárselas con disimulo. Y aun así, el que tenía más problemas para avanzar era Igneel: gracilidad y cautela no estaba ligado a su cuerpo más bien mamotreto. Y eso sin contar que a ratos le salían chispas que recogía con las manos para no provocar un incendio o que se tenía que limpiar las lágrimas oscuras con un pañuelo que enseguida escondía.

Y a pesar que uno estaba desvalijando el bosque en su beneficio y el otro era una bomba de relojería que en cualquier momento podía estallar, la primera reprimenda se la llevó ella al intentar matar un mosquito.

―¡Ni se te ocurra! ―gritaron los tres al escuchar su intento de palmada asesina.

Por suerte había fracasado y el bicho seguía revoloteando en torno a ella, con su zumbido desagradable y ansia persistente. Todos suspiraron de alivio, menos ella, por supuesto, que solo podía dar saltos y agitar las manos para espantarlo en vano.

―Es una alimaña ―se quejó.

―Pero no puedes matarlo ―le recriminó Fagus―. La agresión y la violencia están prohibidas en Sacramento. Pensé que estarías advertida. ―Añadió, lanzándole una mirada recriminatoria a Azrael.

El elfo se encogió de hombros.

―Se lo dije. Skaiell ―la miró a los ojos con una severidad inusual―, no puedes matar a nadie en el bosque.

―No es nadie.

―¡Ni a nadie ni nada! ―rugió Igneel.

Escucharle por primera vez le hizo sobresaltarse, pero el templario no añadió nada más. Parecía molesto y la furia encendía su fuego interior. Al callar, esta se enfriaba. De nuevo en silencio, aunque uno interrumpido por los zumbidos de mosquitos, abejas e insectos desconocidos, retomaron el camino. El dríade, a pesar que era el único que se desenvolvía con naturalidad, sin rozar las hojas que surgían por todas partes y sin siquiera dejar huellas sobre el suelo, iba buscando los huecos más espaciados entre los árboles o los senderos naturales que a ratos surgían. Aquello provocaba que en vez de ir en línea recta no pararan de dar vueltas, retroceder y deshacer el camino. Skaiell sentía que llevaban horas andando e intuía que apenas habían avanzado. Y bajo la sombra de árboles gigantescos, la luz era cada vez más tenue, hasta que Fagus no tuvo más remedio que sacar de su túnica unas piedras azuladas que emitían una aureola brillante. Entre la oscuridad y que cada vez necesitaba poner más atención a dónde pisaba, la joven no se fijó en cómo era el bosque. Molesto, abundante, con muchos árboles y arbustos. Había ramas por todas partes, hojas que crujían bajo sus pies y flores que no había visto nunca, pero se estaba fijando tan poco en ellas que tampoco es que pudiera asegurarlo. A ratos sí que tropezaba con cosas verdaderamente inusuales: troncos que se curvaban en espiral, hojas más grandes que ella o enredaderas cuadradas, pero quitando las rarezas, era como cualquier otro bosque.

Caminaban cuando a la chica se le escapó una sonrisa aviesa.

―Oye, Azrael ―comentó con un tono de voz que era casi ronroneo―, ¿conoces alguna manera de volver al mundo de los humanos?

Satisfecha, notó cómo el aludido daba un respigo. Igneel se giró, curioso, para mirarles. Al ver que la respuesta tardaba en llegar, la muchacha insistió:

―Estás mintiendo por omisión ―señaló, logrando que el nerviosismo de todos aumentara, en especial el del dríade que asintió con vehemencia, dándole la razón.

―Hay un amuleto ―respondió el elfo a regañadientes― que sirve para cruzar mundos. Está hecho con madera de Yggdrasil y conecta con todas las dimensiones donde crezcan árboles.

Skaiell sonrió con una de esas sonrisas que de por sí solas pueden iluminar el mundo.

―¿Y con ese amuleto podría regresar a casa?

―Sí, pero… ―se encogió de hombros―. Es complicadísimo encontrar uno y casi imposible crearlo. Hay pocos y están desperdigados por todos los universos existentes. Ten por seguro que nadie que tenga uno estará mucho tiempo en Miscelánea.

―No me extraña ―asintió ella.

―Un momento ―añadió Igneel, para sorpresa de ambos. Había fruncido el ceño y parecía molesto―, hay uno en la fortaleza, ¿qué le estás diciendo?

―¿Cómo? ―A Skaiell casi se le escapó un chillido.

―Ya no ―gruñó Azrael, con un tono casi igual de elevado―. Se perdió con el laboratorio. La madera arde muy bien, ¿lo sabíais?

―¿Qué el laboratorio qué…? ―El templario parecía confuso.

―El laboratorio sufrió un pequeño accidente ―carraspeó Skaiell, con las mejillas ligeramente coloreadas―. Demasiada madera junta.

―Entiendo.

La joven arrastró los pies, con desánimo, pero sin descuidar del todo sus pisadas. Se sentía furiosa, consigo misma y el destino, si es que este existía. Todo aquello empezaba a tener demasiado de ironía cósmica y no estaba dispuesto a aceptarlo. No era culpa suya que en otra vida hubiese sido una persona horrorosa y lo estuviera pagando ahora.

―Oye ―comentó de nuevo, logrando que a Azrael se le pusieran tiesas las orejas―, ¿cuantos humanos han aparecido antes que yo?

―Unos cuantos ―murmuró―. Nunca he perdido el tiempo en contarlos.

―Estuvo Éline la salvadora ―contribuyó Igneel―. Fue quien trajo la paz cuando la batalla entre seres del mar y la tierra. Y Dysthe, quien rescató el prisma de las sucias garras de los monstruos y restableció la paz en Miscelánea…

―De nuevo por lo que parece ―apostilló Skaiell.

―Yo me acuerdo de una tal Lira o Lara ―murmuró el elfo.

―Sí ―el templario se agachó para esquivar una rama―. La magnífica Lira que derrotó a la encarnación de las fuerzas oscuras tal y como decía la profecía.

―¿Y algo de un chaval que se puso en contacto con los dioses?

―Sí, pero eso fue hace mucho, mil años, creo. Yo ni siquiera había ascendido a la superficie. Rubén, si no me confundo…

―¡Esperad! ―gritó Skaiell, que había empezado a quedarse sin aliento―. ¿Estáis diciéndome que todos aparecemos aquí por una causa especial?

Había algo de rabia en su voz, pero también esperanza al encontrar un propósito en su desgracia. Al hacer una pausa constató lo cansada que estaba. Había empezado a dolerle la tripa y las piernas le ardían, incapaces de dar un paso más. Y aun así, no se atrevió a sentarse a riesgo de espachurrar bajo su peso a todas esas plantitas y bichitos que tan poco le importaban. Se llevó las manos a la cadera y respiró profundamente mientras esperaba su respuesta.

―Sí ―asintieron a la vez. Y Azrael añadió―. Siempre que aparece un humano suele estar relacionado con una causa mayor que atañe al futuro de Miscelánea. Bueno, casi siempre ―añadió con una mueca.

―¿Casi siempre?

―Muy de tarde en tarde ―al ver su cara de extrañeza suspiró y siguió hablando―. En la mayoría de ocasiones os desmiembra antes. Solo unos cuantos sobreviven para descubrir cuál es su destino… y muy pocos lo hacen enteros.

La chica tragó saliva mientras un escalofrío le recorría todo su cuerpo. Aunque en aquel momento lo sentía más como un lastre que otra cosa, no pensaba desprenderse de ninguna de sus partes, ni siquiera de un mechón de pelo. “Tengo que regresar cuanto antes”, pensó, ligeramente angustiada, recordando que estaba en presencia de un enemigo y envuelta por la oscuridad repleta de sonidos inquietos de un bosque desconocido.

―Ni siquiera mi desgracia es original ―bufó con altanería para enmascarar el miedo mientras cerraba con fuerza el puño derecho―. Pero oye, ¿ha pasado algo así especial últimamente? Porque eso de derrotar a encarnaciones del mal no va mucho conmigo.

De nuevo, ambos coincidieron, pero con voces diferentes.

―El prisma.

―¿El prisma qué? ―insistió ella, curiosa, mirada entrecerrada. No se le había pasado inadvertida la rabia que se le había escapado a Igneel y cómo apretaba los puños con furia.

Y él fue el primero en gritar.

―¡Un traidor destrozó el prisma!

―El prisma se rompió ―simplificó Azrael con tono sosegado.

―¿Y eso es importante? ―Porque a ella, al menos, le costaba imaginarlo como tal.

―¡Por supuesto!

―Bastante.

―¿Bastante? ¿Bastante dices? ―rabioso, el templario se encaró al elfo―. ¿Es que no ves el cielo, alquimista? ¿Dónde está la luna? ―al mismo tiempo que hablaba había levantado el brazo para señalar al cielo purpúreo―. Tú mismo me contaste que el primer síntoma de un mundo en decadencia es que la luna altere su ciclo.

―Recuerdo haber dicho muchas cosas ―sonrió, aunque desviando un poco la cabeza.

Igneel bajó el brazo, con el puño apretado con tanta fuerza que había chispas recorriendo sus nudillos. La furia latía bajo su piel y todos lo sentían como uno nota que un volcán está a punto de entrar en erupción. Pero la salamandra respiró profundamente y dejó que el frío de la noche y la tranquilidad mitigasen parte de la rabia. Aunque por lo que Skaiell intuía, solo estaba guardándosela para no estallar. Pero seguía ahí, una bomba que nadie parecía estar tomándose en serio.

Por una vez, agradeció estar bajo las reglas pacíficas de la magia de Sacramento.

―El prisma era fundamental para Miscelánea ―murmuró el templario con voz rota, de piedras pulverizadas y cenizas. Se dirigía a ella, mirándola directamente a los ojos―. Era el auténtico muro. Lo que queda ahora no son más que rocas que terminarán por romperse. Pero quizás sea mejor así… ―Se le escapó una risa amarga que logró que Azrael le mirase con desdén.

―Si el muro se rompe no habrán dos partes ―siseó―. Se romperá el equilibrio.

―¿Sigues entenderlo, mentecato? Nunca hubo equilibrio. Eso solo lo inventasteis vosotros, los del linaje de la tierra para imponer el control.

―El prisma no era solo eso ―constató, aunque Skaiell se fijó que no había refutado su acusación. Quizás porque no podía―. Era el clima, el cielo, las estaciones y la magia. También tu bonita luna.

―Lo sé, claro que lo sé, por eso no entiendo porqué protegéis al traidor que lo destruyó.

―¡No hubo ningún traidor! Menos tú, ya que sale el tema.

La discusión había empezado a derivar en derroteros que escapaban a la comprensión de Skaiell. Y dado que no sabía hasta qué punto le importaba para seguir escuchándoles o no, carraspeó, sacudió los brazos y finalmente chilló para captar su atención.

―¡Eh, una cosa! ¿El prisma tiene que ver conmigo?

―Sí.

―No… Bueno, seguramente ―reconoció Azrael―. Demasiada casualidad.

―Vale, ¿y se puede arreglar?

―No.

―No.

―Perfecto, podéis seguir discutiendo.

Se agachó lo justo para sentarse encima de sus talones.

―¿Qué estás haciendo? ―le preguntó Azrael.

―Descansar.

―¿Y por qué es perfecto que el prisma no se pueda arreglar? ―Igneel parecía tan confuso como molesto. Demasiado tarde Skaiell se fijó que había malinterpretado sus palabras.

―Ah, no, no me refería a ese perfecto ―se explicó con tanta vehemencia que estuvo a punto de caerse. No le quedó otra que levantarse a regañadientes―. Si no se puede arreglar el prisma significa que todo el asunto ni me va ni me viene, solo eso.

Estaba empeorando las cosas, pero ya le daba lo mismo. Harta, buscó con la mirada a Fagus. Le costó encontrarle porque se había plantado junto a un árbol, de tal manera que estaba perfectamente camuflado con el ambiente. Le recordó a Azazeu, que se desatendía con facilidad de la realidad para abstraerse en sus quehaceres vegetales.

―¿Cuánto falta? ―le preguntó.

―No mucho. ¿Continuamos?

No mucho resultó ser un tramo interminable que les llevó hasta el corazón del bosque, más desvíos y vueltas, para acabar junto a un riachuelo. Agotada y tras confirmar que no había nada que se pudiera romper, quebrar o aplastar, se adelantó hasta la orilla y se dejó caer completamente agotada. Gruñó al notar que su cuerpo se había convertido en un puzle, donde cada pieza era una parte aquejada por un dolor diferente: calambre, angustia, flato… Se quitó las botas para masajearse los pies y luego estiró las piernas para humedecerse los dedos con el agua del río. Esta estaba helada, pero aun así se le escapó un suspiro de alivio. Mientras tanto, detrás suyo, Fagus explicaba que aquel era un lugar muy frecuentado por los unicornios. Ahora solo quedaba esperar a que aparecieran, fuese cuando fuese.

“Ni magia de doncellas ni porras”, pensó, “Esto es estadística pura: los unicornios algún día tendrán que venir a beber.”

Dado que su papel en realidad era meramente presencial, Skaiell barajó la posibilidad de probar a dormir. El suelo estaba asqueroso, había mosquitos por doquier y un frío pegajoso surgía de las aguas del río, pero estaba tan agotada que todos los inconvenientes parecían meras anécdotas. Así que apoyó la cabeza sobre sus rodillas mientras probaba a cerrar los ojos.

―Te vas a dormir ―le advirtió Azrael, que se había acuclillado junto a la orilla del río para limpiarse la cara.

―Eso quiero.

―Te vas a perder a los unicornios.

―Me da lo mismo. ―Bostezó.

El elfo puso los ojos en blanco, pero no añadió nada más. A pesar que le pesaban los párpados como losas, una parte de ella se resistía a dormirse. Bien fuese por orgullo o por una mota minúscula de curiosidad por los unicornios. Hasta que se fijó que el otro estaba haciendo un cuenco con las manos para tomar agua y beber.

―¡Desgraciado! ¿Qué estás haciendo? ―le advirtió―. Es agua sucia, hiérvela o algo.

Azrael la miró sin entender y luego bebió igualmente. Al verle la chica constató dos cosas: primero, que tenía la garganta más seca que un desierto, y segundo, que conocía más enfermedades de las que le gustaría por beber agua contaminada.

―Allá tú ―gruñó y cerró los ojos.

En algún momento debió dormirse, pues cuando quiso darse cuenta tenía la cabeza espesa y alguien le sacudía el hombro. Parpadeó con dificultad, sin ver más que sombras, brillos sobre el agua y una mancha blanquecina a lo lejos. Se restregó los ojos con una mano manchada de barro. Fagus se encontraba en la otra orilla. En algún momento de su duermevela debía de haber cruzado. Y próximo a él, un animal asomaba el hocico a través de la foresta. A pesar de todas sus quejas e incredulidad, Skaiell se encontró con la boca abierta y los ojos como platos. El unicornio era tal cual se lo había imaginado, aunque no tan blanco como uno esperaba. Quizás lo había sido en algún momento, pero aquel ejemplar estaba sucio, con barro en las piernas, hojas enganchadas a las crines y un montón de porquería que le volvía de un tono entre gris y marrón apagado. Menos su cuerno, que brillaba como todas las estrellas del mundo, hipnótico.

Skaiell se abrazó. Había empezado a sentir un frío diferente, repulsivo, que la hacía temblar. A duras penas giró la cabeza para ver a los demás: Igneel y Azrael estaban en su misma orilla, maravillados ante la criatura, en especial el templario: la miraba con lágrimas en los ojos, negras a su pesar. Al otro lado del río, Fagus había hecho una reverencia hacia la criatura y musitaba una especie de discurso en el que realzaba la gloria que sentían al verle. “Ni que fuera un dios”, pensó la chica. Pero ella no sentía ese gozo del que hablaba el dríade, sino desasosiego y algo defraudada. Aparte del cuerno, no había nada que justificase tanta adoración ni las penurias que había sufrido para verlo.

Era un caballo, solo un caballo.

Se escucharon más cascos sobre la tierra y el crujir del follaje. Skaiell giró la cabeza hasta ver a otros dos unicornios a la izquierda, esta vez a su lado de la orilla. Eran diferentes, pero ella no sabía lo suficiente de anatomía equina para entender porqué. Uno más grande y otro más pequeño. Uno más oscuro y otro más claro. Al estar más cerca podía verlos mejor, lo suficiente para determinar que no le parecían ni siquiera bonitos. Además, tenía algo de antinatural verlos tan quietos. Estaban inmóviles, casi como petrificados, y aun así parecían estar observándolo todo sin necesidad de girar la cabeza.

Igneel dio un paso trémulo, dubitativo, hasta la pareja, y luego se detuvo para esperar su reacción. Pero estos seguían sin moverse. Era una imagen fantasmal y que todo estuviera tan oscuro no ayudaba a que la joven se deshiciera de aquella idea.

No se atrevió a decir que estaba asustada porque le parecía ridículo, pero entonces notó una puñalada de dolor en las entrañas. Conteniendo un gemido, se llevó las manos a las tripas y cerró los ojos con fuerza.

Los volvió a abrir al escuchar el chillido.

Se giró lo más veloz que pudo para ver a Fagus ensartado por el cuerno del unicornio. El rostro del dríade estaba lívido, congelado en una mueca sin vida mientras la sangre surgía del agujero que le perforaba el pecho. Ella abrió la boca, dispuesta a gritar, pero se encontró sin aliento. El unicornio se deshizo del cuerpo, desensartándolo para girar su cabeza hacia ellos. La joven pudo ver con absoluta claridad sus ollares dilatados, oliendo algo que le hacía sacudir la cabeza y escupir algo de espuma entre los dientes.

Alguien tiró de ella, obligándola a ponerse en pie. Los unicornios de su lado habían agachado la cabeza, apuntándoles con sus cuernos, pero todavía no se habían movido. Todavía. Y había más ruidos en el bosque: de trote ligero, cuerpos atravesando arbustos y relinchos encabritados.

―¿Qué…? ―Logró murmurar.

―Sangre ―gruñó Azrael―. Maldita sea, ¡las reglas son por algo! ―Le gritó a Igneel.

―¡Claro que lo sé! ―rugió, ofendido, pero sin dejar de vigilar a los dos unicornios que habían empezado a separarse.

Skaiell giró la cabeza. El cuerpo del dríade estaba cubierto por gemas de color rojo, irregulares, que seguían el mismo rastro sobre su cuerpo y el barro que había seguido su sangre. A su lado, el unicornio levantó la cabeza para mirarla directamente a los ojos. Y ella tembló, auspiciada por un terror indefinible que la hizo temblar, sentir como empequeñecía y que las piernas se le volvían de gelatina. Habría perdido el equilibrio si Azrael no la estuviera cogiendo del brazo. El elfo tiró de ella, alejándola de la orilla.

Lívida, la joven distinguió manchitas rojas sobre sus huellas. Frescas, casi brillantes.

―No… ―jadeó―. ¡Maldita sea, no!

Los otros dos se giraron, sorprendidos por su chillido rabioso.

―¿Qué pasa? ―Le preguntó Azrael, mirándole por error a la cara en vez de vez de agachar la cabeza y entenderlo por sí mismo.

Skaiell apartó la mirada, pero por más que lo intentaba, solo veía la presencia cada vez más abundante de los unicornios desbocados.

―Se me ha bajado la regla ―confesó, finalmente, con un susurro apagado y la cara colorada.

Se escuchó un relincho y los unicornios empezaron a trotar hacia ellos. Cabeza gacha, cuernos apuntando, cuerpos que surgían por todos los lados. El elfo masculló algo, incapaz de hacer nada. Ella tampoco tenía ni idea. Solo se le ocurrió mirar a Igneel con la esperanza que este, el único que sabía defenderse, les protegiera. Pero el templario estaba paralizado y ni siquiera hizo amago de moverse. Se quedó quieto, hombros gachos, mientras los unicornios trotaban hacia ellos desde todas las direcciones.

No, no todas.

Sin pensárselo dos veces, Skaiell agarró a Azrael del brazo y tiró de él hacia el río. Chilló al notar el azote del agua, pero siguió adentrándose en él, arrastrando al elfo consigo hasta que el agua les llegó a la cintura. Se detuvo al ver que al otro lado estaba el unicornio que había matado a Fagus, esperándoles en una inmovilidad aterradora. Tragó saliva y miró atrás. Había más media docena de unicornios trotando hasta ellos. Alcanzaron a Igneel, pero pasaron a su lado, ignorándole.

Y siguieron adelante, hasta que sus pezuñas se detuvieron a la orilla del rio.

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