21/52-Llave que lleva a ninguna parte

¿Nuevo por estos lares? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capirreto semanal.

Agazapada en una esquina con los ojos semicerrados, Capucha Mostaza observaba los movimientos de los terroristas, Alicia y su amigo. Estaba aprovechando la oscuridad de la esquina y la capucha que le cubría la cara para mirar sin que se fijaran mucho en ella. Solo tenía que fingir que no se enteraba de nada para que la ignorasen como a un mueble más bien hortera. Así vio cómo las secuaces de la niña recogían todo lo que había que recoger mientras esta hablaba con Hägermarzen, también cómo cargaban con útiles de limpieza con los que se deshacían de cualquier posible rastro que hubiesen dejado o se organizaban para transportar cajas de embalaje y cartón, con indicaciones escritas en permanente negro que desde donde estaba no pudo distinguir. Algo como “Abre fácil” y similares. Cuando todo pareció terminar, Alicia se dirigió a un armarito que había empotrado a un lado, el típico armario para materiales  como escobas, regaderas o podadoras. De su bolsillo sacó una llave, tan diminuta que ni sobresalía en su mano en miniatura, que centelleó entre sus dedos mientras la llevaba hasta la cerradura del armario. Ambas, llave y cerradura, no tenían nada en común: una era de una normalidad insignificante y la otra más bien llamativa, sugerente de misterios y otras realidades. Era obvio que no eran pareja y, sin embargo, encajaron. Olvidando su discreción y la amenaza que pendía sobre su cabeza, Capucha Mostaza dio un par de pasos para ver mejor. La llave había abierto el armario, pero el interior no era el que ella había supuesto en un principio. En primer lugar, porque no conducía a un armario, sino a otro sitio, uno que se intuía inmenso y que mezclaba tonos como púrpuras y rojos. Una a una, la banda terrorista cruzó el armario para entrar en aquel lugar, cargando consigo las cajas y trastos. Hasta que todos lo atravesaron. La heroína contuvo un gañido de rabia y decepción al ver que Hägermarzen también iba, sin mirarla, sin decir nada, en las nubes como siempre. Al final solo quedó Alicia en el umbral, sacando la llave para llevársela consigo. Antes de cruzar, la niña se giró para dedicarle una mirada que era burla e invitación.

Se fue dejando la puerta abierta y Capucha Mostaza no dudó. Sin pensárselo, corrió para alcanzar el armario y atravesar su interior de un salto. Resbaló al llegar al otro lado, perdiendo casi el equilibrio. La puerta se cerró ras ella. Al girarse, vio que su diseño había cambiado. Ahora era una puerta cuadrada, grande como un toro, pero sin adorno alguno. Solo una plancha blanca como una hoja sin escribir y de la que nacía un picaporte que parecía una gota de tinta a medio derramar. La puerta estaba en una pared que se curvaba hasta arriba. Capucha Mostaza miró a su alrededor. Había llegado a un lugar que era mezcla de palacio, jardín para tomar el té, madriguera y seto de rosas. Y aunque no había ni ventanas ni espacio abierto por el que se filtrase el sol, tampoco lámparas. Estaba iluminado y punto, de alguna manera que escapaba a la comprensión, aunque todo ahí escapaba a la comprensión. Había pasillos que iban hacia arriba, habitaciones por todas partes, raíces que salían de las paredes y plantas que crecían con absoluta naturalidad del suelo de baldosas.

Y gente, aquello estaba lleno de gente, todos con algún símbolo de la baraja tatuado y un objetivo claro en mente. La chica se apartó un poco al ver que estaba estorbando. Podían ser criminales, pero ella era ante todo educada y, además, tenía que dar ejemplo. Entre la maraña de desconocidos distinguió a Hägermarzen andando por un pasillo junto a Alicia. La niña hablaba con entusiasmo, como contándole cosas, mientras que él parecía estar caminando por hacer algo. Quizás hacia el oeste si es que aquel sitio tenía puntos cardinales. Capucha Mostaza los dejó estar. Seguía dolida y tampoco quería buscarle las cosquillas a una niñata que controlaba un ejército y tenía la llave para salir de ahí. Además, en algo conocía al encantador de pájaros. Podía no saber en qué pensaba la mayoría de veces, pero sí que su mayor fijación era ir rumbo al oeste. No tardaría en aburrirse y volver afuera, con los pájaros, los destinos claros y los lugares que atracar.

Tomada su decisión, de la que en realidad no estaba del todo satisfecha, la joven comenzó a curiosear. Tenía que descubrir cuantos más detalles mejor para luego chivárselos a la policía. Revisó entre las plantas, esquivó los pinchos de las rosas y se asomó por todas las habitaciones por las que pasó, constatando que no había puertas en ningún lado, a lo sumo cortinas, pero en general, arcos vacíos que separaban un lugar de otro. Estaba deambulando cuando se sintió atraída por unas voces más bien escandalosas, que sobresalían sobre el bullicio de fondo. Incapaz de contener su curiosidad, se acercó a una de las habitaciones donde había un grupo reunido. La heroína se agachó, espalda apoyada contra la pared, y asomó un poco la cabeza para espiar. Había ahí unos cuantos en la que parecía una celebración. ¿Alguna victoria? ¿Algún plan maligno que había salido bien? Se abrazaban, se daban palmadas en la espalda y muchos besos en la mejilla. Parecía, también, un reencuentro. Capucha Mostaza se fijó en dos mujeres en particular en las que parecía girar toda la atención. Debían de haber sido las artífices de aquello, fuera lo que fuera, que había salido bien y de ahí la ovación y las felicitaciones. ¿Otra bomba? Se estremeció solo de imaginarlo. Ahora que lo pensaba, no sabía qué había sucedido con la bomba del palacio. Las miró con renovado odio ante la posibilidad que aquella bomba hubiera detonado por su culpa.

Tras reír un rato más, sin dejar de felicitarse y compartir mensajes en clave que hacían referencia a los astros del cielo y un dulce en particular, el grupo se acomodó en un sofá inmenso que había situado en el centro del cuarto. Capucha Mostaza asomó un poco más la cabeza para verles sentarse mientras las dos protagonistas conectaban la que parecía una cámara a la televisión. Hablaban de manera muy aguda y con sonrisas tan exageradas que hasta a ella le dolió las mejillas. Tras enchufar y encender la pantalla, se sentaron junto al resto. La heroína era la única que no veía nada, así que empezó a arrastrarse como una lagartija por el suelo, muy lentamente para que nadie la escuchara, mientras de fondo se oía el vídeo. Gritos, aquello eran gritos, gritos grabados con macabra intención. Y los terroristas celebrándolo con alabanzas, comentarios fuera de lugar como la ropa que llevaban aquellas dos o el día que hacía. Capucha Mostaza se tuvo que morder los labios con fuerza para no hacer ninguna estupidez y siguió arrastrándose. Los gritos desaparecieron, pero no las voces, que seguían comentando entre ellas. En la grabación se hizo silencio y luego comenzaron a sonar unos cánticos de ultratumba, que reverberaban sobre el eco de donde se estuviera situando la acción y que acabaron acompañados por voces en un idioma desconocido. La joven alcanzó la parte de atrás del sofá con el corazón encogido. “Un ritual demoníaco”, pensó, “O algún sacrificio a los dioses oscuros”. No es que hasta la fecha tuviera motivos para creer en la existencia de los dioses (Pero los había y eso todavía no lo sabía), pero no era alguien dado a descartar suposiciones. Y menos si se trataba de villanos, maldades y futuros enemigos.

La joven tardó un cuarto de hora en lograr asomar la cabeza por encima de las cabelleras de sus enemigos sin que estos se dieran cuenta. Por suerte para ella, seguían comentándolo todo con frivolidad. Pero una cosa era arrastrarse sin hacer ruido y otra muy diferente ponerse detrás suyo para ver la televisión. Cuando lo consiguió, en la pantalla se venían a las dos mujeres, engalanadas en la ironía de vestidos blancos y flores en las manos. Luego la grabación se cortó, pasando a una celebración. Sintió escalofríos solo de entender la psicología de aquella banda. Había conocido a unas cuantas, pero era la primera que organizaba semejante bodorrio para celebrar unos cuantos asesinatos. Por suerte se había perdido la parte de la sangre y el ritual, porque no habría sido capaz de contenerse. Con eso solo cerraba los puños con fuerza y se agachaba siempre que le parecía que alguien giraba en su dirección. Tras unas horas de fiesta interminable, con sus bromas, sus tartas, sus congas y copas, la escena pasó a algo más íntimo. Muy íntimo, de ropa deslizándose sobre la piel y luz entornada. Avergonzada, Capucha Mostaza se agachó para dejar de ver lo que estaba viendo. Que lo que cada uno hiciera era cosa de cada uno, pero eso de exponerlo cual película no le parecía del todo apropiado.

Hasta que al minuto, la grabación se paró.

―¡Y ya está! ―chilló una de las mujeres―. A alguien ―enfatizó la palabra para que a todos, incluso a la desconocida vestida de amarillo, le quedase claro a quién iba referido― se le olvidó cargar la batería antes de irnos y…

―¿Pero y lo bien que estaba todo lo demás grabado? Además, si no fuera…

Capucha Mostaza las dejó discutir. Arrastrándose de nuevo, salió de la habitación para regresar a la seguridad del pasillo. Estaban adentro todos tan absortos en hablar, sugerir algo y contribuir a esa acalorada conversación que se iba encendiendo más y más, que la joven se puso en pie con la certeza que no la harían mucho caso. Solo era alguien que pasaba por el pasillo. Antes de irse por otro lado a seguir investigando, le dirigió una última mirada a la pantalla. Se notaba que habían dejado la cámara en una mesilla para que siguiera grabando mientras ellas dos hacían cosas de dos. Pero en aquella ocasión no se fijó en la imagen central, aunque algo desviada a la derecha, sino en el cielo que se veía a través del gran balcón. Había algo junto a las estrellas, un punto ominoso que no pudo ubicar.

“Será un fallo de la grabación”, determinó mientras se encogía de hombros. Y siguió caminando en su búsqueda de más información.

 

 

Apostado en un punto del cielo, Masacre observaba todo lo que existía. Se había centrado tanto en Luzuardo, guiando sus pasos para obtener la trama que le interesaba, que había perdido de vista a Capucha Mostaza. Y aquello le inquietaba, pues en el presente del mundo, la heroína ya no existía. Como si  estuviera en ninguna parte.

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