Esquirla (14÷2)+1: Ssssssssecreto

―Esto servirá.

Skaiell aceptó las hojas que le tendió Azazeu. Eran de un rojo apagado, amorfas, sin similitud entre ellas y con bordes arredondeados como coágulos. Sus manos se cernieron sobre ellas con cuidado, evitando que a ninguna le diera por escurrirse y caer al suelo.

―¿Esto es todo? ―Se aseguró.

―Sí. ―Asintió la hechicera. Cuando sonreía parecía muy feliz, entusiasmada, como un rayo de sol. Deslumbraba y era capaz hasta de contagiar su humor a la humana cascarrabias―. Hay que hacer una infusión con ellas.

―Qué fácil parece ―refunfuñó la chica, como echándoles en cara a las hierbas y herborista que aquello le parecía injusto, a pesar que era ella la beneficiada―. En fin, gracias… ¿Te puedo pedir consejo para algo más?

―¡Claro! ¡Ningún problema!

―¿Hay alguna planta que sirva para viajar a otros mundos?

―Por supuesto ―asintió, logrando que a la joven el corazón le diera un vuelco―. Hay muchas hierbas que actúan como puentes espirituales de una dimensión a otra. También hay una pócima para viajar al reino de las hadas y puedes caminar por el mundo de los muertos mientras mantenga un fruto en concreto en la base de la lengua.

―Interesante ―comentó con los ojos muy abiertos y el corazón acelerado por aquel atisbo de esperanza―. ¿Y para viajar corpóreamente a otro mundo?

―No.

Todas sus ilusiones se estrellaron en un estrépito que sonó a cristales rotos.

―¿No? ―farfulló― ¿Cómo que no?

―Para viajar se necesitan agujeros, pasadizos que tienes que atravesar por completo. Mis plantas te pueden ayudar a que una parte de ti traspase las rendijas que de normal hay en el mundo ―suspiró―, pero solo de manera provisional y fragmentada. Para ir de un lugar a otro hay que cumplir una serie de condiciones y ninguna hierba o flor las puede cumplir todas.

Skaiell se mordió la lengua. Había estado a punto de delatarse, de decir que ella había surgido de la nada, sin cruzar ningún agujero y, por supuestísimo, sin saber cuáles eran esas condiciones y si las había cumplido. Esa era su realidad y no podía aceptar que de repente existiera burocracia para algo que en ella había sido tan natural como una catástrofe. Le dio las gracias por la información, a lo que la hechicera respondió con una sonrisa bobalicona, y esperó a que su pulso volviera a la normalidad tras el desenfreno emocional que acababa de sufrir. Estaba guardando las hojas en una bolsa cuando se escucharon voces provenientes del laboratorio. Curiosa, la joven se levantó. Azazeu, por su parte, siguió a lo suyo, tatareando una melodía que sonaba a gotas de lluvia mientras acariciaba los peciolos de un arbusto. La chica le lanzó un último vistazo a la hechicera verde y luego se encaminó al arco que llevaba al laboratorio. Lo hizo abriéndose paso entre los árboles y sus molestas ramas. Era la primera vez que visitaba el famoso huerto. Lo había hecho para pedirle un favor a la experta en plantas y se había encontrado con un desbarajuste vegetal que no se merecía dicho nombre. Se le quedaba corto y encima era un ultraje con tantos rastrojos, árboles dispuestos de forma desordenada y agrupaciones de flores mezcladas entre ellas. Y aunque ella del tema sabía más bien poco, había visto lo suficiente para determinar que aquello no tenía ninguna funcionalidad.

Alcanzó el arco maldiciendo por lo bajo y quitándose ramitas y hojas que se le habían quedado enganchadas. Por suerte, ninguna había llegado a desgarrarle la ropa. Llegaba a suceder y ya se encargaba ella de podar lo innecesario. Que, desde su punto de vista, era todo.

Se asomó con discreción, oculta tras una pared, y cotilleó la que parecía una reunión inesperada. Estaba Azrael, por supuesto, pero también Mäer, Oviseth, un elfo desconocido y la Inmaculada. O alguien que dedujo que sería la señora de la fortaleza y a quien por fin podía verle la cara. Reconoció su voz y estilo del encuentro de la otra vez, también de refilón y a escondidos, además que no necesitaba fijarse mucho para saber era quien mandaba, quien tenía la voz cantante y quien concentraba la atención a su alrededor. Todo giraba a su alrededor, desde la conversación hasta su disposición, bien situada en el centro del laboratorio. Denotaba poder, seguridad y fortaleza. Y una ropa carísima, como se fijó con su ojo experto, aunque de un gusto más bien cuestionable. Como había intuido el otro día, estaba en sus treinta, y como había descubierto el otro día, esos treinta quizás eran trescientos o más.

Skaiell sacudió la cabeza como si así se pudiera eliminar el tema de la longevidad de sus pensamientos. Y siguió espiando.

―…y no se hablará más del tema ―estaba diciendo en ese momento la Inmaculada.

―¿De verdad es la mejor idea? ―bufó Azrael. Estaba de brazos cruzados en una esquina ensombrecida y alejada de los otros.

―Es la mejor ―corroboró la elfa.

―¿Sí? ¿Y qué opinan los paladines de enviar tan lejos a tan singular y ansiado ingrediente para ritos malignos?

Skaiell frunció el ceño.

―Es un buen plan ―asintió Mäer, aunque sin entusiasmo―. Ahora mismo hay demasiadas personas en la fortaleza. Oviseth ha hecho un buen trabajo controlando a todos los que han entrado a trabajar y Riot vigila en las sombras, pero… ―suspiró con cansancio―. Es inabarcable. Necesitamos tiempo para calmar la situación y asegurarnos que no se ha vuelto infiltrar nadie más como el fauno. Alguien le envió, Azrael, y ese alguien no se contentará con un único fracaso.

―Además ―el tono de la Inmaculada se endureció―, tu broma con la bestia ha llamado la atención de todos los nobles y caballeros. Es un monstruo y la última vez que alguien tuvo de mascota a un lobo lunar fue Igneel. Y todos recordamos cómo acabó.

―Me pareció divertido. ―A Azrael se le escapó una sonrisilla que solo sirvió para caldear el ambiente.

―Así que por eso tú y la humana os iréis al bosque Sacramento. Estaréis unos días, cumpliréis asimismo con la misión que nos han pedido y regresaréis cuando os avisemos, ¿entendido?

Era una orden y tenía la fuerza de todas las voces de autoridad del mundo. No aceptaba ni réplica ni alternativas, solo una cabeza gacha y una aceptación resignada. A pesar de conocer apenas un atisbo de los tejemanejes que se cocían en la corte de Sapraz, a Skaiell no le quedó la menor duda que eso era un castigo. Y todos lo sabían, por eso estaban ahí para trasmitir una orden que no necesitaba tanta presencia. Pero el mensaje entre líneas estaba claro: estás solo, a nadie le ha gustado tu última jugarreta y ahora te toca fastidiarte.

El único que no pareció entenderlo fue el propio Azrael, que esbozó una sonrisa bobalicona y aceptó con un entusiasmo excesivo.

―¡Por supuesto! ―exclamó y luego se giró para examinar los estantes casi vacíos del laboratorio―. Hace tanto que no visito Sacramento… Y podré reponer mucho especímenes perdidos.

Y siguió hablando, enumerando para sí mismo todas aquellas ventajas que iban convirtiendo el castigo en premio. Al final, tal y como Skaiell constató, la única perjudicada era ella.

―¡Un momento! ―exclamó, saliendo de su escondrijo con tal ímpetu que hizo sobresaltar a la mayoría. Menos a Azrael, que ya sabía que estaba ahí y a Mäer, que solo abrió mucho los ojos al verla―. ¿Qué está pasando aquí?

Intentó mirar a la Inmaculada directamente a los ojos, pero se encontró apartando la mirada. Fuera por su presencia o porte, lo cierto es que se sentía algo cohibida.

―Que nos vamos de viaje ―canturreó Azrael, ajeno de nuevo al ambiente―. Te encantarán: han decidido usarte como sacrificio humano.

―¿Cómo qué?

―¡Azrael! ―le recriminaron, al mismo tiempo, el paladín y la Inmaculada.

―Bueno, sacrificio, cebo… Llega a ser casi lo mismo.

Para Skaiell no era lo mismo y no podía decir que ninguna de las dos ideas le apasionara. En realidad le llenaban de miedo, aunque quería creer que no iban a hacer nada para ponerla en peligro. Era una invitada especial y ellos tenían esa ética que les llevaba a hacer lo contrario que a los seres del lado tenebroso. Y si unos querían matarla, los otros no, ¿verdad?

Una mano se posó en su hombro, sobresaltándola una pizca, hasta que se fijó que era Oviseth.

―No pasa nada ―aclaró la elfa con una sonrisa amigable―. Se trata de unicornios.

―Ah, unicornios ―repitió, intercalando las palabras con un suspiro de alivio―. Eso no es malo, ¿verdad?

―En absoluto.

―¿Y lo del cebo?

―¿Recuerdas lo que pasó con el hipogrifo? ―intercedió Azrael, acercándose a ellas. De fondo, el elfo desconocido, Mäer y la Inmaculada hablaban entre ellos mientras se encaminaban a la salida del laboratorio―. Pues lo mismo sucede con los unicornios, pero aderezado con un bosque muy particular y unos animales muy esquivos a los que no les gusta dejarse ver. Pero sienten muchísimo interés por las doncellas humanas, así que te quieren usar de cebo para que un magnífico alquimista pueda curar una pata herida de un ejemplar en particular.

La chica se cruzó de brazos con evidente desagrado.

―No me gustan los unicornios.

―A mí no me gustas tú y me aguanto.

―Pues yo no pienso aguantarte en un viaje.

―Tendrás que hacerlo ―Azrael esbozó una sonrisilla malévola que contrastaba con la resignación de su tono de voz―, porque el bosque está bastante lejos.

Skaiell frunció el ceño. Y se puso a pensar en ausencia de carreteras, coches o aviones, de la falta de moteles y gasolineras. Pensó en los caballos que siempre había por el patio y los carruajes bamboleantes, en fogatas en medio del camino y dormir al raso, a merced de mosquitos, saqueadores y el propio clima. Y cuanto más pensaba, más empalidecía y más claro tenía que eso no iba suceder si estaba en su mano evitarlo.

―¡Ni hablar del peluquín! ―exclamó―. Tu podrás aguantarlo, pero yo no.

Oviseth se revolvió, inquieta ante lo que pudiera suceder, y le lanzó una mirada recriminatoria al alquimista. Pero este se encogió de hombros, como si señalar lo evidente no fuera culpa suya.

―Skaiell, entiéndelo, tienes que irte unos días ―intercedió la elfa con voz conciliadora―. Y eres la única que puede hacer esa misión en el bosque y…

―¿Pero y el viaje? ¿Acaso no será peligroso? Además de exageradamente largo, incómodo y desagradable ―sacudió la cabeza y se encaró a Azrael, señalándole con el dedo―. Y a ti te hace la misma gracia, ¿verdad? Alianza.

―¿Cómo? ―exclamaron los dos elfos, una con confusión y el otro con interés.

―Alianza para reducir el viaje ―explicó mientras tendía su mano―, ¿te parece? Colaboremos para ahorrarnos mutuamente nuestra presencia.

Y el elfo aceptó, estrechando su mano con una sonrisa de absoluta satisfacción. Ni que lo tuviera todo planeado.

―¿Qué propones? ―Había algo de esperanza en su pregunta.

―Yo pongo un hipogrifo y tú el permiso para irnos volando.

Oviseth se llevó una mano a la frente con algo de desespero, pero también risa. Quizás otro les habría dicho que no, ni hablar, pero la elfa parecía encontrar la idea divertida.

―Además ―le dijo Skaiell, sonrisa zalamera y cejas en alto ―, ir volando no solo es más rápido, también más seguro, ¿quién podría atacarnos?

―Los silfos ―comentó Azrael, encogiéndose de hombros con dejadez―, un dragón, una manananggal, otro hipogrifo…

―Vete a la porra ―puso los ojos en blanco―, que supuestamente somos aliados.

―No, si la idea me parece fantástica ―se apresuró a asentir―. Ovi, dile a Inma que… No, mejor no digas nada: lo desaprobará. Nos vamos ya ―añadió, girándose hacia la joven―, si esperamos un rato se organizarán para impedirlo solo para molestar.

―A quién me recordará ―murmuró Skaiell con una mueca―. Pero ya no es ya, ¿verdad? Tengo que tomarme una infusión y hacer el equipaje.

―No tienes equipaje.

―Sí tengo.

―Quiero decir que no necesitas equipaje ―al ver su cara de incredulidad, se apresuró a añadir―. Ya te lo explicaré por el camino.

―Pero tengo que tomarme una infusión…

El elfo puso los ojos en blanco. Con un bufido, le dio la espalda mientras empezaba a dirigirse hacia sus estantes.

―Bueno, si insistes. Ve a hacer tu infusión mientras hago mi equipaje.

―¿Pero no has dicho que no necesitamos…? Mira, me da igual ―se giró hacia Oviseth, quien aunque parecía disfrutar del espectáculo, en ningún momento se había confirmado como aliada. Solo espectadora imparcial que acabaría por delatarles―. ¿Me ayudas?

Se sacó las hojas del bolsillo, mostrándoselas un poco, lo suficiente para captar su atención y complicidad. La elfa asintió sin dudar, aceptándolo quizás como una excusa para no decirle todavía nada a la Inmaculada. El porqué escapaba a su comprensión, seguramente alguna pelea interna o diferencia de opiniones. Y como en aquel momento le beneficiaba, Skaiell no dijo nada ni preguntó. Se limitó a seguirla hasta las cocinas y a esperar a tener una infusión que sabía a óxido.

Cuando regresó a su cuarto, dispuesta a hacer algo de equipaje a pesar de lo que le habían dicho, se encontró con una joven desconocida hablando con Nabu. No necesitó fijarse mucho para saber que era una criada: por su ropa, su porte y los enseres que llevaba consigo. Al acercarse más, constató que era una mestiza. O eso dedujo. Era otro batiburrillo de criaturas, ninguna que ella ubicase, cuyo rasgo más excepcional eran unos ojos violetas que parecían contener el fuego de un dragón. Por lo demás, muy normalucha: constitución ágil, una mata de pelo negro descuidado y el recuerdo de más de una herida en sus brazos.

―¡Skaiell! ―saludó Nabu agitando un brazo con entusiasmo―. Esta es Phyras. Es nueva en la fortaleza.

―Oh, ¿Skaiell? ―repitió la extraña con curiosidad―. Nunca había oído ese nombre. Es muy peculiar. ¿Tiene otro significado?

―¿A qué te refieres?

―Yo soy Phyras. Es mi nombre, pero en las tribus del sur también se llama así al fuego. Archímedes puede significar arquero según a quién preguntes y existe un instrumento musical que también se llama flauta. ¿Y Skaiell? ¿Hay algo más que se llame así?

―Para nada ―se le escapó una sonrisa bravucona que destilaba orgullo―. Es mi nombre, es único y aquí no hay nada que signifique lo mismo.

―¿Nada de nada?

―Nada ―aseguró con satisfacción que la criada se encargó de boicotear con una mirada decepcionada.

En aquellos ojos, cualquier sentimiento reflejado tenía más poder de lo esperado.

―Bueno, me tengo que ir ―se despidió con una leve inclinación de cabeza―. Todavía tengo mucho trabajo que hacer. Hasta luego.

La muchacha enfiló por el pasillo, cargando sus cosas, una mezcla que incluía cesta, sábana y armas. Skiaell le lanzó un último vistazo de reojo y luego le dio la espalda para adentrarse en el cuarto. Este estaba envuelto por un silencio tranquilo, ininterrumpido por los gruñidos que se le escapaban a Magnolio de su sueño. La bestia se había acurrucado en una esquina y dormía, feliz y saciado. No necesitó preguntar nada para saber que la criada le había traído la comida. Se le escapó un suspiro al verle. No podía llevárselo en el viaje. Con el plan original sí, pero en el vuelo era imposible. Con todo el sigilo que pudo, empezó a empacar unos cuantos enseres que le podrían ser útiles, como muda, peine o el camisón. Entre susurros, le explicó a Nabu a grandes rasgos la misión y su importancia, adornándola para que la chica captara lo que a ella le interesaba. Como que convenía que Magnolio siguiera durmiendo para que no la molestara al irse con el hipogrifo.

―¿Lo tienes todo? ―le preguntó la muchacha, que había acabado ayudándola a hacer un macuto.

―Eso espero ―suspiró―. Bueno, gracias por todo y hasta dentro de unos días…

La mestiza pegó un brinco para darle un abrazo con tanto ímpetu que casi la hizo caer.

―Pásatelo bien ―susurró con esfuerzo, obligándose a ser discreta por una vez―. Y saluda a los unicornios de mi parte. Siempre he querido ver uno ―fantaseó de tal manera que casi parecía que los ojos le brillaban―. Dicen que son preciosos.

―Eso está por ver ―se le escapó a Skaiell.

Los imaginaba como caballos con un pincho en la frente, pero caballos a fin de cuentas, un animal que nunca le había entusiasmado y mucho menos considerado bonito. Cargando el macuto en brazos, demasiado ligero para su gusto, enfiló hacia la salida. Rozaba el umbral cuando se giró una última vez hacia la mestiza.

―¿Y Nabu? ―preguntó, haciéndose eco de un pensamiento que llevaba todo ese tiempo zumbándole en la cabeza―. ¿Significa algo?

―Viene de Nabucodonosor ―explicó con entusiasmo y una sonrisa tan amplia como exagerada. Parecía que aquel tema le era muy importante―. Fue un rey tritón muy famoso y sabio.

Skaiell no tenía ni idea de lo que era un tritón, así que asintió por compromiso. Tras despedirse de ella con un gesto con la mano, le dio la espalda al cuartucho.

Encontró a Azrael en una de las cuadras, donde se había improvisado un espacio lo suficientemente amplio para guardar al hipogrifo. No estaban solos, pero lo parecía: todos mantenían una distancia prudencial respecto a la bestia, evitando su lado y pasando lo más rápido delante suyo a pesar que el animal no parecía interesado en nada que no fuera comer. Solo levantó la cabeza, haciendo amago de reaccionar ante un estímulo, cuando la joven apareció, adentrándose con desgana en el establo. No le pasó desapercibido que más de uno la miraba con desagrado, molestos quizás que, por su culpa, el castillo se estuviera llenando de monstruos.

―¿Lista? ―le preguntó Azrael. También llevaba consigo su propio paquete, aunque más irregular y con contornos geométricos―. Ya he dado la orden, ahora solo falta la jinete.

A ella no se le pasó desapercibido que el elfo tampoco se atrevía a acercarse al hipogrifo.

―Me extraña ―comentó con algo de inseguridad, sin dejar de mirar a su alrededor y a la puerta como si en cualquier momento fuera a irrumpir el ejército― que no venga nadie a tirarnos de las orejas.

―Los elfos tardan en tomar decisiones ―le explicó, intercambiando con ella una mirada cómplice―, incluso para algo tan simple como esto. Necesitan pensarlo, ponerse de acuerdo y actuar. Y el tiempo es más veloz que su capacidad de reacción. Tú, sin embargo, como buena humana, eres un ciclón que hace lo que dice en el momento.

Aquello la hizo sentirse orgullosa, al igual que saber que era la única que se atrevía a acercarse al hipogrifo. Sacudió la cabeza en un gesto vanidoso que hizo ondear su pelo y se acercó al rincón donde descansaba la bestia. No había vuelto a acercarse a ella desde la noche en la que la usó para fugarse. La recordaba impresionante y así era, una criatura que imponía incluso tumbada de lado y briznas de paja entre las plumas. Pero tras esos días con Magnolio, no se sintió tan insegura cuando entró en su cubículo.

―Nos vamos ―le dijo, plasmando en su voz toda la confianza del mundo―. Nos vamos de viaje volando, ¿te apetece?

El animal parpadeó. Si la entendía, no lo parecía.

―Que nos vamos ―repitió con un deje de impaciencia―. Así que levántate, Hipoplato.

―¿Hipoqué? ―se desternilló Azrael.

―Es su nombre. Necesita uno y… ¡Mira! Le ha gustado.

Aquello tenía mucho de casualidad, pero el hipogrifo estaba por fin levantándose. Aun así, Skaiell se anotó el tanto. No era muy imaginativa con los nombres y aquel le había costado más de lo que quería reconocer. Guiaron al hipogrifo hasta afuera. En ningún momento tuvieron que pedirles a los que estaban rondando el patio que le dejaran sitio para despegar: con una coordinación excepcional, precisa y silenciosa, todos se fueron apartando al ver salir a la bestia.

La joven suspiró al saber que había llegado el momento de montar de nuevo. Con una cautela que rayaba el pánico, se acercó poco a poco, buscando el punto entre su cuello y sus alas para montarse. Detrás suyo, Azrael se las iba ingeniando para atar los macutos con cuerdas. Que ambos paquetes estuvieran juntos le llenó de una pizca de confianza ante su tejemaneje. Esperaba que no fuera tan palurdo como para hacer mal el nudo y que los dos se perdieran en el vuelo. Por si acaso, le aclaró que si eso pasaba él iría a recogerlos en plena caída libre.

Tras asegurarlo todo, y un par de indirectas impacientes de parte de sirvientes y escuderos que esperaban a que se fueran para seguir con su trabajo, montaron. Skaiell se agarró a las plumas de su cuello y con toque de talones en los flancos, le dio la señal para que echara a volar. Con una sacudida que casi les tiró hacia atrás y que obligó a Azrael a sujetarse a ella, Hipoplato sacudió las alas y despegó. El viento les sacudió la cara y les pitaron los oídos, aunque a uno más que otro, según cogían altura.

―¡Dile que ya está bien! ―chilló el elfo cuando la fortaleza se había reducido hasta caber en la palma de una mano.

―¡No sé cómo!

―¡Inténtalo!

Desesperada y con algo de miedo revoloteando en su pecho, Skaiell tiró de las plumas, aunque no con mucha fuerza para no arrancárselas. El animal pio, pero se detuvo y comenzó a planear, aunque en dirección al otro lado de la muralla.

―¿A dónde tenemos que ir? ―le preguntó, haciéndose oír por encima del batir de alas.

―¡A dónde estamos yendo seguro que no!

Azrael se inclinó para señalarle a un punto hacia la izquierda.

―¡Sigue la muralla! ―le indicó―. ¡No hay pérdida! Cuando Sacramento aparezca lo verás.

―¡Hay muchos bosques! ―Le señaló. Da igual donde mirara, si a un lado u otro de la línea de piedra que serpenteaba por el suelo: había bosques por todas partes, de diferentes colores, pero bosques en definitiva y los espacios que había entre ellos.

―Sacramento es muy especial ―insistió, se había acercado a ella para hablarle directamente al oído sin necesidad de seguir gritando.

―Ya que tenemos mucho viaje ―comentó mientras probaba a guiar al hipogrifo con relativo éxito―, podrías contarme cosas sobre el bosque. Como porqué es tan especial.

Azrael pareció meditar aquella propuesta.

―Debería ―reconoció―, porque hay bastantes cosas que tienes que saber antes de entrar en él. Empezando porque es un bosque sagrado, el santuario de los unicornios. Es el único lugar donde pueden vivir así que hay unas cuantas reglas para preservarlo.

―¿Cómo una reserva natural?

―Exacto.

―Bueno, ¿qué reglas son?

―Nada de romper ramas, arrancas hojas ni, en definitiva, hacer daño a las plantas.

―¿Pero tú no quieres llevarte unas cuantas muestras? ―se giró un instante para mirarle con suspicacia.

―A ver, listilla, nada me impide coger las ramitas que ya están en el suelo. Segunda regla, está prohibida la violencia. En el bosque no se puede herir, matar, engañar y tampoco los derramamientos de sangre.

Eso le recordó que se había dejado el cuchillo en su sitio: debajo del colchón.

―Me parece estupendo ―asintió Skaiell con una sonrisa―. Creo que me está empezando a gustar el bosque.

A Azrael se le escapó una risilla más que sospechosa.

―Tercera regla, hay que vestir de blanco.

―¿De blanco? ―se quejó.

―De blanco. Hay unos templos afuera donde los vigilantes del bosque te dejan ropa y puedes guardar tus pertenencias. Porque hay muy pocas cosas que te permiten llevar adentro. Cualquier posible arma se tiene que quedar afuera. Vamos, que por eso te dije que no hacía falta que hicieras equipaje.

―Cada vez me caen peor los unicornios ―refunfuñó―. Pero oye, ¿no soy súper magnífica y especial por ser humana? Vendrán a mí igualmente, así que no hace falta que me ponga ropa usada por otros.

Y por su tono de voz, era más que evidente que lo que realmente le molestaba era la idea de vestirse con ropa ajena, lo más probable que sin lavar, y sudada por desconocidos. Porque ella, en su afán de coleccionar prendas azules, no contaba con ningún recambio.

―Ni lo intentes. Todas estas reglas son por algo: puedes afectar a los unicornios, física y mentalmente, incluso hacerles daño. Vestir de un color que no sea el blanco, por ejemplo, les puede dejar ciegos.

―Pero tú les puedes curar, ¿verdad, señor magnífico alquimista?

―Yo hago pócimas, no soy un curandero ―su tono había ido perdiendo jovialidad hasta volverse cada vez más frío―. Espero que no estés insinuando que por un vestidito no te importa hacer daño a un animal.

Skaiell agachó la cabeza algo avergonzada, pero lo enmascaró con la excusa de mirar abajo y confirmar que seguían volando por encima del trazo que dejaba la muralla.

―Y hay una regla más ―continuó Azrael―. Dentro del bosque está prohibido mentir.

―Menuda tontería.

“Tonterías y más tonterías”, se dedicó a pensar mientras volaban, ahora en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. A ratos ella señalaba algún bosque de aspecto inusual para preguntarle si habían llegado, a lo que el elfo siempre le decía que no. Llevaban ya tanto tiempo que había empezado a sospechar que quizás la estaba guiando por donde no era. El recelo aumentaba según pasaban las horas y la idea de viajar a lomos de Hipoplato dejaba de parecer tan maravillosa. Tenía los ojos y los labios resecos por el viento, el pelo despeinado, los dedos irritados de sujetarse y los muslos escocidos. Cuando las tripas empezaron a rugirle, ya no pudo más.

―¿No podemos hacer una pausa? ―le pidió, aunque con dignidad, evitando implorarle y perder así la compostura.

―Sigamos. No queda mucho y así llegaremos antes del anochecer. Además, he traído comida.

―¿De verdad?

―Sí, está en mi bolsa.

―La bolsa ―se giró para lanzarle una mirada de odio, que buscaba taladrarle la frente y llegar así a su cabeza para ver si estaba hueca o no―. ¿Esa bolsa bien amarrada?

―Exacto ―sonrió como su todo fuera culpa de la chica―. Podría intentar deshacer el nudo, pero no me gustaría que se cayera nada.

―Te odio ―lloriqueó, tragándose su orgullo. Estaba demasiado cansada como para asumir con dignidad que no comerían hasta aterrizar.

Los dos pasaron hambre.

El cielo se había oscurecido en morado cuando una mancha irrumpió en la lejanía. Brotaba donde tendría que continuar el muro, ajeno a la división que desaparecía justo en la linde de algo que no podía ser más que un bosque, uno grandioso, donde abundaba el verde con motas rosas. Skaiell, a pesar que le dolía todo, se enderezó al verlo.

―¿Es ese? ―exclamó.

―Sí.

Todavía les faltó un buen trecho para alcanzarlo. La joven presionó a Hipoplato para que acortara distancias, impaciente por llegar, aterrizar, estirar las piernas y masajearse los hombros. A pesar que llevaban horas volando, aquel momento se le hizo interminable, con un objetivo que no parecía llegar por mucho que insistieran. Hasta que el bosque se hizo cada vez más grande, ocupando por completo todo lo que veían y vuelo del hipogrifo empezó a perder altura. Tal y como Azrael le había contado, habían pequeños templos desperdigados en torno al bosque, dispuestos de manera precisa y separados por la misma distancia. Ella guio a Hipoplato al más cercano, uno que nacía justo donde la muralla terminaba. Skaiell frunció el ceño al ver el hueco nada desdeñable que había entre santuario y bosque.

―Oye, ¿y no han pensado invadiros por este sitio?

―Nadie se ha atrevido, se atreve o atreverá ―explicó Azrael con parsimonia―. Todos intentan cumplir las reglas incluso cerca del bosque. Guiar aquí un ejército o una escaramuza con riesgo de sangre o violencia es un disparate. Incluso los monstruos lo saben.

―Sigo pensando que es muy estúpido.

―Unicornios ―dijo como si eso lo explicara todo.

Aterrizaron y la joven bajó de un salto. Le temblaban las piernas al hacerlo, así que estuvo casi a punto de tambalearse y caer. Pero logró mantener el equilibrio, aunque gracias a que se sujetó al tronco de un árbol cercano. Azrael también descendió, con más gracia y destreza que ella, e Hipoplato pio con desgana, reflejando el agotamiento de tantas horas volando. Al escucharle, Skaiell se sintió algo culpable. Tras liberarle de los paquetes, se acercó a él para acariciarle, como si eso fuera suficiente recompensa.

―Descansa ―comentó aunque no contaba con que el bichejo la entendiese.

El animal la miró fijamente, ladeando un poco el cuello y luego se apartó para descansar a un lado del muro donde había sombra. Tras hacer unos cuantos estiramientos, Skaiell empezó a acercarse al bosque. Estaba intrigada, más de lo que le gustaría reconocer, pero apenas llevaba unos pasos cuando alguien se interpuso en su camino. Era un árbol que tenía más de hombre que de árbol, conservando solo corteza, hojas en vez de pelo y dedos nudosos y desiguales en cada mano.

―¡La ropa! ―chillaba mientras corría hacia ella, agitando los brazos―. ¡Tenéis que cambiaros antes de entrar!

―Lo sé, solo estaba mirando ―gruñó, aferrándose por instinto a la camisa que llevaba.

―Un vigilante ―silbó Azrael, a quien la aparición no le había sorprendido―. Venimos de Sapraz. Somos quien ya sabéis.

―Oh. ―El hombre se detuvo. Si se le miraba de cerca, era posible distinguir rasgos detallados sobre la corteza―. Mi nombre es Fagus ―se inclinó mientras lo decía.

―Es un dríade ―le susurró a Skaiell―. Por si te lo estabas preguntando.

La chica le respondió con un gruñido y dejó que fuera él quien les presentase. El vigilante se incorporó entre crujidos y el revoloteo de un par de hojas. Tras intercambiar buenos deseos y un par de fórmulas ceremoniales, se apresuró a guiarles al santuario.

―Hay ropa para que os podáis cambiar ―les iba explicando mientras caminaban―. También tendréis que dejar vuestras cosas. Yo me encargaré de examinarlas. Lo que no pueda entrar se tendrá que quedar aquí, pero no os preocupéis. Los novicios se encargarán de su mantenimiento, en caso que fuera necesario, y se cuidará para que nada se rompa o extravíe.

No parecía contemplar en ningún momento la posibilidad de un robo. En aquel punto, Skaiell ya no sabía si aquello era un exceso de ingenuidad o si de verdad había una magia pacífica envolviendo el bosque y sus terrenos. Esperaba que fuera eso último. Aunque la aceptara a regañadientes, sentía curiosidad por ver algo de magia que cumpliera sus expectativas. Hasta el momento, todo lo que había contemplado eran poco más que trucos de feria.

El templo era circular y terminaba en una cúpula que se elevaba varios metros, coronada por un abalorio que bien podía estar simulando un cuerno de unicornio. Había un par de escalones antes de llegar a los arcos de piedra que separaban exterior de una estancia igual de circular, toda ella del mismo material que el resto del templo. Parecía piedra, pero era de un gris casi blanco, plateado según cómo incidiera la luz, y Skaiell no pudo reconocerla. La estancia era fría, alumbrada apenas por candelabros, y de la que nacían escaleras que conectaban con los pisos superiores. El inferior era un tablero redondo con múltiples arcos como el que habían pasado, al subir y llegar al siguiente, dieron con una estancia idéntica pero sin ventanas y decorada con dibujos de unicornios.

―Podréis cambiaros arriba ―iba diciendo Fagus mientras subían a las siguientes escaleras―. Encontraréis ropajes de diferentes tallas. Podéis elegir la que queráis. Tenemos otro invitado que ha llegado momento antes, espero que no os moleste…

―¿Otro invitado? ―preguntó Skaiell mirando a Azrael.

―Hay muchos que no se atreven a venir a Sacramento. Bien porque no pueden, bien porque les da pánico. A Riot le mataría, por ejemplo ―le explicó en voz baja―. Pero quitando eso, este es un sitio de peregrinaje. ¿Por qué crees que hay tantos templos, vigilantes y ropa?

―La verdad es que no lo había pensado ―reconoció mientras agachaba la cabeza para no golpearse con el techo―. Oye, ¿y la gente para qué quiere ver a los unicornios? ¿Si cualquiera puede venir entonces por qué tengo que hacer de cebo? ―Añadió con algo de malhumor.

―Que vengan no significan que los vayan a ver ―rio―. Tú eres una garantía. Por lo demás, a saber. Cada uno tendrá sus motivos. Podrías preguntárselo a…

Enmudeció al alcanzar la tercera planta. Porque ahí, envuelto en blanco, aguardando como un mal augurio y con chispas contenidas revoloteando a su alrededor, estaba Igneel.

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