20/52-Ni peros ni peras

¿Nuevo por estos lares? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capirreto semanal.

La sargento se acuclilló ante los restos del soldado. “Lástima de desgraciado”, comentó internamente aunque en realidad aquella muerte le era de un indiferente absoluto. Como mucho, sentía asco ante la masa cerebral extendida en el suelo y el mal estado del cadáver. Hacerse volar la cabeza no era la más agradable de las ideas, y mucho menos encontrarse su resultado tras una esquina. Afortunadamente, habían sido otros los que habían dado con el muerto. Ella solo venía a meter las narices y, en caso que fuese necesario, el cañón de su arcabuz. No obstante, en aquella ocasión no era necesario. El cadáver se mantuvo cadáver, inamovible como le tocaba, sin atisbo alguno de que comenzaría a andar, morder y asesinar.

―Todo en orden. ―Asintió.

Sus subalternos se relajaron lo justo. No era ningún secreto que en el corazón de aquella fortaleza elegante se ocultaban zombis y que el mal que los hacía moverse se contagiaba no necesariamente a causa de un mordisco. La mordedura solo mataba, algo que, en fin, no era nada desdeñable; muchas veces como consecuencia de llevarse consigo una buena libra de carne y arterias de la víctima, lo que llevaba al desangre. O a causa de destrozar el cuello, lugar al que tendían a mordisquear. No había nada extraño en que los zombis matasen, el contagio, sin embargo, era otra historia. Y a día de hoy, todavía no se había descubierto. Había teorías, conjeturas con más contradicciones que aciertos, así que se seguía investigando. En concreto, a la reina de corazones. Era un caso inusual con una característica que la hacía única: era una muerta consciente. Eso sí, sin atisbo alguno de raciocinio. Solo hablaba, lo que ya era en sí un hecho alucinante. Aunque todavía no habían conseguido que se centrara en una conversación coherente. La reina daba órdenes que solo los muertos acataban sin dudar. Órdenes como matar y devorar. Vamos, que era cosa suya que los zombis fueran tan agresivos y el motivo que llevaba al centro de investigación a contratar a gente con el cerebro dañado, como el soldado recién fallecido, que nunca resucitaría en caso de muerte. Esos eran los únicos que entraban en contacto con los zombis de aquella fortaleza oculta. Los científicos, a los que más les valía tener todo su sistema nervioso intacto, vestían con los mismos trajes aislantes que casi eran escafandras y que se usaban tanto en caso de ébola como a la hora de encarar a muertos reanimados.

Aclarado aquel asunto, la amenaza de un rebrote zombi que había invariablemente ante el fallecimiento de un trabajador, la sargento enfundó su arcabuz y se fue. Su secretario aguardaba su llegada en la calle, con los informes del desenlace de la bomba, desactivada gracias a un muy bien avenido chivatazo.

―¿Algo nuevo? ―dijo al alcanzarle.

―Todo solucionado, aunque no hay rastro alguno de los terroristas…

―Entonces no está todo solucionado ―remarcó con un bufido de cansancio, consciente del trabajo que tendría en las semanas venideras.

―Ya. ―Se revolvió con nerviosismo. En momentos como ese, de descuidos y la consecuente inseguridad, delataban que no era más que un becario―. Aun así, central ha informado de algo.

Aquello atrajo su interés.

―Oh, ¿de verdad?

―Resulta que las cámaras que hay en las calles han retrasmitido a un chico y una chica, de unos veinte cada uno, que estaban en la zona acordonada cuando la amenaza de la bomba. Y su actitud era un tanto… ―torció el gesto, dejando que la mujer dedujera lo que era obvio.

―Déjame ver ―extendió el brazo, recogiendo así las hojas que llevaba consigo el chaval―. Ah, ellos ―comentó con el más absoluto laconismo―. Que los de central se olviden. Esto no es un indicio ni nada.

―¿Y eso?

―Conozco a la chica. Es una heroína de tres al cuarto o eso dice ella. Se llama Jersey mostaza o algo así ―se encogió de hombros―. Nos ayudó con el caso de la ballena blanca de la otra semana. Me imagino que vino en busca de los terroristas.

―¡Es una civil! ―se indignó el secretario―. ¡Debería de dejar estas cosas a la guardia urbana!

―Ya… ―Una sonrisa entre cansada y divertida afloró en su rostro.

Y los dos siguieron caminando. La sargento en ningún momento volvió a tener en cuenta a los dos intrusos. Sabía que sus intenciones no eran malas (Obviamente, no conocía los antecedentes delictivos de ninguno de los dos) y que no dejaban de ser extranjeros en aquella nación. Y los terroristas, o quién los dirigía, era alguien que conocía muy bien el secreto de la ciudad y los monstruos que se ocultaban. A fin de cuentas, el objetivo de la bomba era de un descarado más que evidente: destruir a la reina de corazones, la duquesa y su gato risueño.

Quizás los altos cargos deberían de considerar el eliminarlos sin destrozar media urbe en el intento. Los zombis eran como bombas atómicas que uno creía controlar en un autoengaño con consecuencias catastróficas. Demasiadas variables rodeaban a aquellos monstruos: ambición, una rotura en el traje, un fallo en el informe médico… Un error y la enfermedad devoraría la ciudad y a sus habitantes. Que a su vez intentarían devorar el mundo.

No, lo mejor sería deshacerse definitivamente de todos los zombis, los que tenían ellos y los residentes que había en las ciudades del oeste. Y en concreto, erradicar a la reina de corazones.

No había nada más terrorífico que un muerto racional.

Lejos, muy lejos, al otro lado del océano, en un continente diferente, Alattia sintió algo inaudito en su estado de cadáver: ganas de estornudar.

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