Esquirla 13-(3+1+1): La chica de azul conoce a la chica de verde

Al cuarto día de su regreso a Sapraz, Skaiell empezó a preguntarse quién era la desconocida que parecía haber enraizado a la entrada de la muralla y porqué nadie parecía fijarse en ella. Puede que sí, que la fortaleza estuviera a rebosar de trabajo y recién llegados, pero estaban empezando a ser demasiados días. En realidad a ella también le había pasado desapercibida al principio, pero como no tenía nada que hacer y se había acostumbrado a dar paseos por el patio con Magnolio, poco a poco empezó a fijarse en aquella joven. La primera impresión que tuvo de ella es que parecía un árbol: era alta, de miembros robustos y se movía exactamente lo mismo. Es decir, nada de nada. No había modificado su postura en todos esos días, como mucho el viento le había sacudido los rizos o las hojas que tenía enredadas en el pelo, pero por lo demás, parecía una estatua viviente. Que vistiera un sencillo vestido verde que dejaba a la vista hombros, brazos y pantorrillas quemadas por el sol, además de las ramas y hojas engarzadas en la ropa y la cabeza, también habían contribuido a que la relacionara sí o sí con el mundo vegetal. Incluso la luz le arrancaba a la cascada de rizos enredados y rubios destellos algo verdosos.

Como referirse a ella como “la chica planta” no tenía gracia si nadie más sabía quién era y su aburrimiento estaba empezando a alcanzar proporciones apoteóticas, al cuarto día se dirigió hacia ella dispuesta a saciar su curiosidad.

―¡Eh! ―la llamó, eso sí, detrás de Magnolio que nunca se sabía, cuando se puso enfrente suyo―. Hola, ¿estás bien? Llevas mucho tiempo así.

La joven parpadeó y sacudió la cabeza de tal manera que se escuchó igual que el estremecimiento de las ramas de un bosque. Skaiell esperó que fueran imaginaciones suyas y no cosa de los huesos de la desconocida.

―¿Ya estoy? ―le preguntó a su vez con una voz que no parecía muy dada a hablar. Demasiado lenta y rasposa, con toques de somnolencia y desubicación. Su mirada parecía igual de desorientada. Y quizás fuera porque tenía el iris tan negro que no se le distinguía la pupila, pero Skaiell no sentía que la estuviera mirando―. Ya he llegado.

―¿Sí? ¿No? ―se llevó las manos a la cintura, contagiada por su confusión―. Lo siento, creo que me estoy perdiendo.

―¿Estás perdida? Qué lástima, yo ya me he encontrado.

―No me refería a eso ―sacudió la cabeza―, da igual. ¿Quién eres?

―Azazeu.

―¿Y quieres algo o…?

―He venido a Sapraz y estoy esperando a que me reciban ―asintió con una sonrisa amplia.

Podía haber seguido preguntándole, como quién tenía que recibirla o a qué había venido, pero además de vegetal aquella chica tenía mucho de pordiosera, así que Skaiell decidió callar e irse. Ni Azazeu ni Magnolio parecieron darse cuenta: una porque regresó a su ensimismamiento y el otro porque estaba muy entretenido olfateando a la recién llegada. Aunque en cuanto la joven alcanzó los muros de la fortaleza, la bestia aulló y trotó tras ella. Cuanto más tiempo pasaba a su lado, menos incómoda se sentía. La idea seguía sin parecerle tan maravillosa como repetía Nabu siempre, pero tenía que reconocer que tener un monstruo a su lado era bastante disuasorio. Y ahora que sabía que por su naturaleza los animales se llevaban bien con ella, ya no recelaba tanto de Magnolio. Era como un perro, pero en versión descomunal, colmillos de más y zarpas capaces de arrancar cabezas. Quitando eso, seguía siendo un perro.

El asunto es que a ella nunca le habían gustado ni los perros ni los animales en general.

Tras corretear un poco, sorteando a los grupos más numerosos de soldados o cortesanos, que todavía seguían mirando a su protector con asombro y recelo a pesar que la sorpresa era ya vieja, llegó al laboratorio de Azrael. Entró sin avisar, sobresaltando a dos elfos que parecían aprendices. Los dos, al verla, se escabulleron. Quizás por Magnolio, quizás por estar lo más lejos posible por si volvía a provocar un incendio. Azrael, en cambio, la ignoró. Estaba en una esquina, clasificando un montón de hojas, flores y hierbas prensadas que tenía en una mesa. De madera. Definitivamente, no espabilaban.

―Oye ―le pidió―. Hay un asunto que quizás te interesa. Tiene que ver con plantas.

―Ya tengo plantas ―le comentó sin darse la vuelta pero abarcando con sus manos el material que estaba clasificando.

―Es una chica planta, eso quizás te gusta.

Se le escapó bastante malicia con el comentario. Quizás demasiada, porque cuando el elfo se giró tenía una mirada un tanto extraña. De recelo, pero al mismo tiempo, interés.

―Se llaman ninfas ―le explicó―. O hadas según si tiene la piel verde o cubierta de corteza.

Skaiell frunció el ceño.

―La chica esta no tiene ninguna de las dos.

―Entonces no es del linaje de la tierra ―se encogió de hombros y volvió a darse la vuelta―. Y a mí no me interesa.

La joven puso los ojos en blanco y se dispuso a salir. Estaba ya cruzando el umbral cuando Azrael volvió a dirigirse a ella.

―Por curiosidad, ¿por qué dices que es una chica planta si no tiene nada de planta?

Skaiell meditó su respuesta. Había hecho una asociación tan fuerte e irrevocable que ahora no encontraba palabras para justificarla.

―Viste de verde.

―Y tú de azul y no eres una sirena.

―Lleva hojas en el pelo y en la ropa. Y también ramitas enganchadas.

―Se habrá caído.

―Y lleva como cuatro días plantada en la entrada sin moverse ni dormir ni comer ―suspiró con cansancio―. De acuerdo, no tiene nada de planta, pero es que me recuerda a un árbol. Si la vieras seguro que también…

Calló al ver que Azrael había dejado lo que estaba haciendo. Había una chispa de curiosidad en los ojos del elfo. Skaiell se hizo a un lado al ver que este de repente se incorporaba y salía de forma apresurada del laboratorio. Le llamó, pero no la hizo caso. Fastidiada, pensó en dedicarse a otra cosa ahora que el asunto de Azazeu pasaba a otras manos, pero recordó que seguía sin tener nada que hacer, así que decidió seguirle.

A pesar de su ausencia inicial de interés, Azrael se detuvo en el patio para observar a la recién llegada con una expresión difícil de descifrar. En cualquier otro podría haber sido sorpresa u entusiasmo, pero en él solo podía ser lo que no parecía que fuera. O así es como ella entendía que funcionaba su retorcida cabeza. Tal y como interpretó, parecía  muy interesado en Azazeu. Pero era un interés difícil de clasificar: si de ver a una chica guapa con toque vegetal o por los beneficios que reportaría a su laboratorio o vete a saber qué.

“Seguro que nada bueno”, dictaminó para sus adentros. Pero a pesar de repetirse que aquello no la concernía, se acercó un poco más para cotillear la conversación entre ambos. Azrael fue directo a presentarse, con una galantería y voz melosa un tanto sospechosa, y Azazeu sonrió y volvió a repetir aquellas frases tan raras. Que ahora ya no lo eran tanto, pues el elfo la invitó a seguirle adentro de la fortaleza.

Quizás no fuera una mendiga. Aun así Skaiell no lograba deshacerse del recelo. El recuerdo del incidente con el fauno estaba demasiado fresco en su cabeza, al igual que el miedo que se había dedicado a inculcarle Mäer a base de advertencias y encasquetarle un cuchillo afilado que había dejado en su cama para no cortarse mientras andaba.

No pensaba quedarse tranquila hasta no saber más sobre ella.

Así que se acopló a la pareja. Cuando les alcanzó, Azrael le estaba hablando de su huerto y la flora de aquellas tierras, a lo que Azazeu asentía con una sonrisa bastante interesada. Doblemente sospechoso: ¿a quién le podía parecer tan interesante saber hasta el último detalle de un huerto de pacotilla? Al no ser que entre ambos hubiera una conversación oculta con un lenguaje en clave, lo que reduplicaba sus sospechas.

Les siguió siempre dos pasos por detrás de ellos, sin ocultar su presencia, que era a fin de cuentas bastante descarada, pero tampoco sin participar en la conversación. Solo escuchando por si encontraba algún sentido a todo lo que decían.

―Espera aquí ―le pidió Azrael cuando llegaron a una puerta inmensa que a Skaiell le resultó muy familiar.

La chica asintió y el elfo sonrió antes de girarse y abrir la puerta sin llamar. Skaiell, por si acaso, retrocedió un poco. Le había bastado un instante para atisbar parte del interior de la sala, lo suficiente para saber que se trataba de un lugar que detestaba: la habitación en la que había aparecido por primera vez. Solo que esta vez estaba llena. Desde su posición solo distinguió a Oviseth y Mäer, pero habían muchísimos más, todos desconocidos y con ropajes de un ostentoso más bien hortera y que ni siquiera ella se pondría. Todos elfos, todos sentados en torno a la mesa y ninguno feliz de ver a Azrael. No había que ser ningún genio para imaginar que este les había interrumpido y que encima había sido a propósito. Recordando que tenía el título de alquimista principal de la fortaleza, Skaiell se preguntó por qué no formaba parte de la reunión. Quizás le habían castigado por el tema de Magnolio. Según le había contado Flauta, a la Inmaculada le había ofendido que hubieran metido un monstruo dentro de los muros sin consultárselo.

Y dado que la Inmaculada estaba también en la reunión, sentada en el mismo trono en el que ella se había sentado en su primer día, le hizo gestos a Magnolio para que no se acercara a la sala. Lo último que le faltaba es que al animal le diera por colarse en la reunión y ponerlo todo patas arriba.

―¡Azrael! ―rugió la señora de Sapraz.

O la que tenía que ser la señora de Sapraz. Skaiell no podía verla muy bien desde donde estaba, pero se quedó con que tenía el pelo oscuro, recogido en un peinado engalanado con piedras preciosas y aparentaba treinta años. Era una de las personas más mayores que veía en Miscelánea y aun así seguía siendo demasiado joven.

―Tenemos una recién llegada ―comentó el aludido con un tono cantarín―. ¿No vas a preguntar quién?

―No porque me lo vas a decir ahora mismo. Y más te vale que sea importante o te envío a la corte real.

Eso en cualquier otra situación tendría que ser un ascenso. O así parecía según la lógica de la joven: largarse de una fortaleza siempre en guerra para formar parte de la corte real, ¿dónde está el problema? Pero por el tono usado y el contexto, parecía que tenía bastante más de castigo que de premio.

Azrael se demoró un poco por responder, quizás diez segundos, pero fueron suficientes para que el ambiente se tensara aún más.

―Una hechicera verde ―dijo al fin.

De nuevo, otra combinación con colores que para Skaiell no significaba nada pero que ahí tenía bastante más connotación de lo que se podría haber supuesto. Porque todos los presentes empezaron a susurrar por lo bajo, acompañados de una ovación tímida, menos la Inmaculada, que no dijo nada. La joven miró a Azazeu con incipiente interés. Definitivamente, no era una pordiosera. No podía descartar todas sus sospechas, pero al menos sabía que era lo suficientemente importante como para que la señora de Sapraz no cumpliera su amenaza y le perdonara la interrupción a su siervo más molesto.

―Entiendo ―dijo la Inmaculada. Aunque su tono dejaba claro que en absoluto no le había perdonado y que seguía bastante furiosa―. Pero si sabes que esto te concierte a ti, ¿por qué has venido a interrumpirnos?

―Pero tenía que informarte primero ―ronroneó Azrael, provocando a propósito, caldeando en furia dos grados más la sala.

―Ya estoy informada, ahora vete.

El elfo hizo una reverencia tan exagerada que solo podría clasificarse como parodia, y salió. Tenía una sonrisa entre cruel y satisfecha cuando cerró las puertas que desapareció al volver a dirigirse a Azazeu.

―¡Bienvenida a Sapraz! ―celebró―. Deja que te guie a nuestros jardines.

Y en aquel punto, Skaiell consideró oportuno intervenir:

―Vamos a ver, las ganas que tienes de llevártela al huerto son bastante descaradas, pero no has pensado que quizás quiera descansar algo. ¿O comer? ¡Por el amor del mundo, que ha estado cuatro días o más de pie sin descansar y encima parece que viene de viaje!

Los dos la miraron con extrañeza, confirmando lo que era evidente: que seguía sin entender cómo funcionaban las cosas en Miscelánea. O que ella era el único ser en toda la redonda que anteponía su comodidad a cualquier otro asunto. Pero en aquel caso, ya no era solo una cuestión de pereza, sino de asuntos vitales.

―Es una hechicera verde ―le dijo Azrael como si fuera evidente que para Azazeu no se daba lo que para los demás era imprescindible para seguir vivos.

―Eso ya lo sé ―gruñó―. Lo que no sé es porqué es tan importante.

―Una hechicera verde es importante porque es una hechicera verde ―Sonrió con burla.

―Responder a las dudas de los demás es importante para que no te vuelvan a quemar nada ―Sonrió con maldad.

Estaba jugando con fuego, lo sabía y aun así había hecho el comentario propósito. Azrael la lanzó una mirada airada, de esas que intentan calcinar hasta reducir a cenizas. Y aunque sonreía, su sonrisa parecía estar diciendo “No tienes sentido del humor”, a lo que ella asintió con un “Por supuesto que no”. A ver si así lo entendía de una vez por todas. Que las gracias le gustaban poco y las de él las que menos.

Aquel diálogo silencioso se mantuvo durante unos segundos de miradas calcinantes, deseos de estrangular al otro y sonrisas rígidas. Hasta que Azazeu les interrumpió.

―Gracias por preocuparte por mí ―cuando sonreía parecía bastante joven, quizás de unos veinte o menos―, pero no necesito comer. Solo agua.

―¡Por fin alguien me responde! ―Skaiell exageró su reacción clamando al cielo―. Vale, no comes, hasta aquí nada muy fuera de lugar, ahora a ver si me respondes a lo otro, ¿qué es una hechicera verde?

―Una herbolaria.

―Una experta en plantas ―tradujo Azrael como si hubiera acaso posibilidad de duda.

Seguía sin entender nada, pero llegado a ese punto ya no le importaba. Lo único que tenía claro es porque el alquimista parecía tan emocionado con la llegada de Azazeu. Al ver que ella no parecía que iba a decir anda más, el elfo le dio la espalda y tomó del brazo a la otra chica para guiarla hasta el huerto. Por algún impulso desconocido, o más bien por inercia, Skaiell se encontró siguiéndoles. Por mucho que se repitiera que era porque no tenía nada que hacer, lo cierto es que quería saber algo más de la hechicera verde. Le parecía alguien intrigante, aunque solo fuera por ese papel tan espectacular para todos menos para ella. O porque no podía deshacerse del recelo que sentía. No entendía por qué, pero desconfiaba de ella a pesar que todos le habían abierto las puertas sin dudar y ni siquiera Magnolio había olfateado en ella una amenaza.

Quizás la respuesta era más simple de lo que parecía.

―Está celosa ―aseguró Ratamoteada con un chillido que sonó a “Iiiiic iiic ic.”

 

“Estoy paranoica”, pensó Skaiell.

Desde el incidente con el fauno había empezado a tener pesadillas. Las olvidaba siempre al despertar, pero el desasosiego no desaparecía. Ya no estaba tan tranquila como antes. Quería aparentarlo, pero la visión de las murallas no era suficiente como para sentir que no le iba a pasar nada. Aun así, por orgullo y terquedad, todavía no aceptado la propuesta de Oviseth de hace dos días de entrenarla. Una cosa era ser realista y otra aspirar a imposibles.

Cuando llegaron al laboratorio, Azazeu cruzó el arco que llevaba al huerto y se quedó de nuevo plantada, aunque esta vez para mirarlo todo, antes de empezar a caminar entre arbustos y rastrojos de hierbas. Azrael se la quedó mirando con el pecho hinchado por el orgullo. Lo que sentía por su huerto era de un paternal bastante ridículo o así era a los ojos de Skaiell.

―Entonces ―empezó a decir, pero al ver que no le hacía caso, carraspeó antes de continuar―, ¿hay que regarla o algo?

―Sí, algo así ―asintió el elfo, aunque sin apartar la mirada de lo que había afuera.

Su huerto. O la hechicera verde.

―¿Me puedes explicar ahora por qué es tan importante una hechicera verde? ¿Y por qué se la llama hechicera si solo es una herborista?

El elfo suspiró y se apartó del arco para girarse y quedar así ante ella.

―Herbolaria ―le corrigió.

―Lo que sea.

A Azrael se le escapó una risilla, pero siguió hablando:

―Los hechiceros verdes son los herbolarios perfectos ―explicó―. Dedican toda su vida a entender el mundo vegetal y aprender todos sus secretos. No son como yo: a mí me encantan las plantas e intento aprender todo lo que puedo, que no es poco, pero ellos… ―sacudió la cabeza―. Es complicado de explicar si no eres un hechicero verde.

―Pero lo importante: ¿hacen magia?

―Hacen magia ―asintió―. Magia verde.

―Ah, ¿ahora la magia tiene colores?

―Siempre los ha tenido ―rio―. De normal es púrpura, pero según qué rama tiene un color que otra. La verde es la magia que hace crecer a las plantas y también en muchos casos, magia curativa. Es tan compleja y particular que solo la ejercen los que se dedican a comprender a los árboles y las flores por completo ―señaló la figura de Azazeu―. Es decir, los hechiceros verdes.

―Qué original ―se burló la joven―. Entonces, ¿la magia rosa es del amor y la roja de la sangre?

Azrael le lanzó una mirada súbitamente seria que la hizo enmudecer. Hasta que recordó que las expresiones del elfo no siempre se ajustaban a lo que pensaba, aunque sí a lo que quería trasmitir.

―Mejor no hablemos de magia roja ―dijo con voz seca―. Y yo de ti la olvidaría: es desagradable. Muy desagradable.

―Si lo dices así entonces no lo olvidaré.

―Tozuda.

―Psicología inversa.

El elfo asintió con cara de no tener ni idea de lo que le estaban diciendo. Lo que la sentó de maravilla: de normal era ella la que ponía esa misma expresión. Como en aquel día y encima por culpa suya.

―Así que ―la chica giró la cabeza para ver a Azazeu. La hechicera se había acuclillado en el suelo para examinar alguna flor de cerca―, ¿se dedica a hablar con las plantas o algo?

―No lo sé con certeza ―reconoció Azrael, volteándose también―. Según tengo entendido, lo que hacen es vivir en paralelo, desde que se rompe la semilla hasta que sienten que ya lo saben todo sobre la planta. Y así con todas las especies. Por eso mismo son peregrinos: viajan de zona en zona y hasta que no saben a la perfección todas las especies no van a otro sitio. Y así en ambos lados del mundo, no te creas. Son de los pocos a los que nadie ataca, ni siquiera los monstruos. Riot me comentó que su sangre sabe a sabia ―se le escapó una risilla entre dientes―. Son más útiles vivos que desterrados, muertos o entre rejas. Les abres tus puertas y ellos te ayudarán siempre que les pidas consejos o haya alguna catástrofe.

―Lo que me estás contando es un disparate y lo sabes, ¿verdad? Incluso para ser este sitio.

Azrael se giró, sorprendido.

―¿Por qué?

―¿Pero tú sabes cuánto tiempo es eso? La vida no da para tanto.

―Ah, sí ―se le escapó un suspiro triste―. Cualquier especie puede ser un hechicero verde, así que su biorritmo se acaba adaptando a la vida de todas las plantas. En elfas como ella, su esperanza de vida se acorta muchísimo.

Silencio. Silencio incómodo. Silencio incomodísimo con una asimilando lo que acababa de escuchar y el otro sin entender su cara de confusión.

―¿Se acorta? ―preguntó Skaiell con un tono que dejaba claro que no lo entendía ni estaba segura de querer entenderlo.

―Sí, se acorta ―repitió Azrael. El elfo frunció el ceño y se cruzó de brazos―. Porque lo sabes, ¿verdad? Todos lo saben.

―¡Por mis bragas de colores! ¿Pero no te ha quedado claro que no sé nada de vosotros?

―¡Pero todos los tuyos que han venido aquí lo sabían!

―¿Pero el qué?

El alquimista bufó y se llevó la mano a la frente con desespero.

―Los elfos pueden vivir hasta mil años ―dijo.

A la joven se le escapó una risa entrecortada.

―¿Bromeas? ―le preguntó. O casi se lo imploró.

―No ―y por una vez estaba serio. De voz, de tono, de mirada y expresión―. Estaba seguro que lo sabías.

Skaiell se echó hacia atrás hasta apoyar la espalda sobre la pared. No tenía ni idea, ni se le había ocurrido que aquello fuera posible. Caballeros fénix e hipogrifos sí, longevidad no. Aunque ahora había mucho que empezaba a entender, detalles que le habían escamado pero a los que no había dado excesiva importancia achacando a los sinsentidos que regían aquel mundo. Y que ahora empezaban a no serlo tanto.

Se llevó las manos a la cabeza. Le mareaba solo de empezar a extrapolar edad, aspecto y mil años. De repente había pasado de sentirse la mayor a ser una cría, un centello en vidas que desde su punto de vista eran casi inmortales. Porque aquellas semanas que llevaba ahí en comparación de cien años no eran nada. Y eso la convertía en insignificante, en mosca, en anécdota de historias interminables. Pensar en ello la hacía quedarse sin aliento.

Escuchó como Azrael se acercaba a ella, pero no le hizo caso. Porque si levantaba la cabeza y retomaba la conversación, acabaría preguntándole su edad y la del resto y eso era algo que todavía no le apetecía saber.

―No es siempre igual para todas las razas ―le explicó a pesar que ella no quería saberlo―. Las ninfas y dríades viven lo mismo que su árbol mientras que los silfos son aún más longevos ―aquello la hizo jadear solo de imaginárselo―. Y los mestizos…

―Calla ―se apartó con brusquedad y empezó a dirigirse a la puerta―. No quiero saberlo.

―¿De verdad? Quizás nos entenderías mejor.

Skaiell dudó. Su mano se había congelado en el umbral y el corazón detenido. No quería, pero al mismo tiempo sí, deseaba saber más.

―Creo que ya he entendido suficiente ―barbotó con inseguridad―. Sois así porque tenéis todo el tiempo del mundo.

―Cierto ―reconoció con una sonrisa soñadora―. No somos tan impacientes como los humanos, siempre con prisas, exigencias…

―Viviremos menos ―le interrumpió al mismo tiempo que se giraba para lanzarle una mirada cargada de orgullo de ser lo que era―, pero aprovechamos cada segundo. No perdemos el tiempo y por eso tenemos resultados.

―¿Resultados?

―Internet, tecnología, coches, antibióticos…. ―enumeró―. ¿Qué tenéis vosotros? Magia demasiado compleja que pocos entienden, un sistema anticuado, guerra y muchas muertes.

Azrael sonrió. Era una sonrisa taimada, burlona, que desdeñaba todo lo que ella decía.

―No eres la única impaciente que hace las cosas al momento ―le recordó―. Y por eso los elfos gobiernan, los del linaje de la tierra no salen de los bosques y los silfos siempre vuelan.

Entendió lo que le estaba diciendo, pero no quiso aceptarlo. El mensaje estaba muy claro y no hacía falta leer entre líneas para descubrirlo. Tampoco es que tuviera que importarle: a ella no le atañía porque no pensaba quedarse ahí por mucho tiempo. No era relevante, pero por mucho que se lo repitiera no podía quitarse aquella idea de la cabeza. Y solo de pensarlo sentía la garganta seca y que le zumbaban los oídos.

―Entonces, tú has vivido mucho, ¿verdad? Pero más que vivirás ―Azrael asintió―. Entonces, proporcionalmente y pensando en tu raza, todavía eres un crío.

El elfo empalideció y ella le dedicó una sonrisa rabiosa antes de dar la vuelta y marchar. Enfiló por el pasillo, seguida por Magnolio que se empeñaba en acercar su cabezota a su mano. Pero por más que intentara alejarse del laboratorio, aquel pensamiento no desaparecía. Era demasiado insistente para ser algo que no le importaba. Se lo tuvo que repetir varias veces, que la vida de elfos, silfos o mestizos le daba lo mismo, que ese no era su lugar y no tenía por qué asimilar nada ya que algún día se iría. Pero no podía. Cuanto más pensaba en ello, más se angustiaba. Al final se detuvo cerca del patio, al lado de una ventana alargada en la que se sentó en su alféizar. Y se afanó en pensar en cualquier otra cosa. Buscó y buscó, hasta dar con un problema real, que le atañía a ella y que acabaría por ser horroroso dentro de poco.

Nabu, Archímedes y Flauta la encontraron ahí al cabo de un rato, acariciando con mirada meditabunda a Magnolio en un acto que en ella solo podía ser inconsciente.

―¡Ah! ―exclamó al verles―. Ya era hora.

Bajó de un salto elegante y se acercó a ellos. En concreto a la mestiza, a quien se acercó para susurrarle algo al oído. Los dos silfos intercambiaron entre ellos una mirada curiosidad y algo ofendida por sentirse excluidos.

―¿De qué habláis? ―preguntó Flauta―. ¿Es un secreto?

―¡Es un secreto! ―confirmó Nabu asintiendo con vehemencia―. Asuntos de mamíferas.

―Pero tú no eres mamífera.

―Oh, cierto ―la muchacha miró a Skaiell con un mohín triste―. No puedo ayudarte ahora mismo, ¡pero puedo hacer todo lo posible para intentarlo! ¡Confía en mí!

Después del asunto de Magnolio, no pensaba dejar en sus manos impacientes algo tan delicado. Agradecía su entusiasmo, pero este podía llegar a ser excesivo, casi alocado por su costumbre de hacer las cosas sin reflexión, terminando al momento para luego volcarse en otra cosa con la misma energía.

―Da igual, no te preocupes ―por su mente pasó una figura vestida de verde―. Creo que se lo pediré a una experta en plantas. Ella seguro que podrá ayudarme con alguna hoja milagrosa.

―¿Pero el qué? ―imploró Flauta―. ¿Es un secreto?

No, por supuesto que no. Era de un común incluso aburrido, pero ninguno de los tres lo entendería al igual que ella no entendía lo que significaba vivir mil años.

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