19/52-Lo que ordena la reina

¿Nuevo por estos lares? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capirreto semanal.

Este es un capítulo muy triste, tristísimo: entre otras cosas, porque no aparece Capucha Mostaza. Sé que todos estáis leyendo esto por nuestra heroína vestida de amarillo favorito y que siempre que le toca a otro personaje ponéis mala cara, pero es lo que toca. En realidad esto se va alternando de manera aleatoria y Capucha Mostaza tiene el 50% de probabilidades de aparecer, las mismas que Hägermarzen porque estos dos son ahora un pack indivisible. Alettia tiene un 12’5%, al igual que la rata, Masacre y Colisión y el comodín para sucesos que no encajan con ningún personajes. En un sencillísimo ejercicio de matemáticas, la suma de todos es un perfecto 100%.

Hay soldados y soldados: a algunos les gusta jugar al soldadito inglés, a otros matar al soldado inglés y a algunos muy concretos las matemáticas. A este en particular, un pobre hombre que caminaba por donde no tendría que haber nadie, le apasionaban la estadística, las probabilidades y la magia de los números. Era lo único en lo que creía: su vida se resumía en una serie de circunstancias más bien tristes y desagradables. Como si un dios caprichoso hubiera metido en una batidora todas las desgracias habidas y por haber, las catastróficas y las minúsculas, y del resultado hubiera salido él, el hombre torcido, medio tuerto y con los huesos puestos del revés.

No había llegado a la mitad del siglo, pero ya tenía decidido que no tenía motivos para seguir viviendo.

Mientras se arrastraba por los pasillos del palacio, por su mente rondaban números y porcentajes. ¿Cuántas probabilidades tenía de encontrarse con alguien después de media hora tras el aviso de desalojo? ¿Cuántos morirían si estallaba la bomba? ¿Qué porcentaje de ciudad quedaría arrasada?

Aunque que le gustara calcular no implicaba necesariamente que se le diera bien. Era un hombre simple, bastante derrotista por motivos más que comprensibles y en su mente había predilección por ciertos números: como 100%, 50%, 25% y 13%. El 12’5 lo arredondeaba siempre para convertirlo en ese otro número que era casi más desafortunado que él, odiado por todos y sin motivo alguno. Algo francamente estúpido: si lo pensaba bien, no recordaba que en ninguna de sus desgracias hubiera habido un trece implicado. Nunca. 0%.

Se detuvo en un pasillo limitante con la zona que los militares tenían prohibida. Sus pasos terminaban ahí, también su vida. En su fuero interno, esperaba que no lograran desactivar la bomba y esta le matara de inmediato. 0% de probabilidades de supervivencia.  Pero conociendo sus antecedentes de desdicha e infortunio, no tenía mucha fe en ello. Solo un 48% de esperanza. Así que también se había traído su pistola reglamentaria por si tenía que ponerse fin de una manera más manual y menor tasa de éxito.

Esperó con la misma tranquilidad con la que esperaba al bus o a la policía cuando había un accidente cerca suyo. Esperó con el arma en la mano derecha y una foto desgastada, quemada en los bordes y con manchas de tinta en la izquierda. Esperó mientras de fondo sonaba una canción que había empezado como murmullo y se iba haciendo más clara e intensa según pasaba el tiempo. La canción no existía, no podía existir: habían desalojado el palacio, ya no quedaba nadie vivo.

La canción seguía y parecía resonar directamente en su mente. Quizás no existía, quizás era fruto de su imaginación cansada y su cerebro incompleto.

No sucedió nada.

El soldado levantó la cabeza. Qué todos hubieran pronosticado un 53% de posibilidades que el palacio explotase no significaba que fuera a suceder. La gente solía olvidarse de eso, que era probabilidad y mientras no fuera cien podía suceder cualquier cosa. A las minorías les gustaba ganar en los momentos más inesperados, sorprendiendo, fastidiando las apuestas y trastocando los planes. Pero él había contado con ello y por algo había traído la pistola.

Se introdujo el cañón del arma en la boca. No dudó al disparar y por una vez no se equivocó.

En el intervalo entre vida y muerte, en el segundo antes de desaparecer para siempre, le pareció escuchar una voz de mujer, fuerte y autoritaria, la misma que había estado cantando la canción:

“Come, mata y destruye. Sigue caminando y no te detengas hasta que te corten la cabeza.”

Todavía quedaba alguien en el palacio, alguien que no había sido evacuado porque ni siquiera estaba vivo: dos mujeres, la cabeza de un gato y un mal minúsculo del que ni siquiera los dioses tenían constancia.

Anuncios

¿Algo que opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s