18/52-Capucha Mostaza en el país de las maravillas

¿Nuevo por estos lares? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal.

A pesar de la presión de la pistola sobre su cabeza, de las amenazas de los terroristas y la oscuridad del sinfín de pasillos por los que caminaban, Capucha Mostaza se sentía calmada. Furiosa, pero calmada. Con cada paso que daba se imaginaba pisoteando lo que le quedaba de su orgullo, hundido por no haber imaginado aquella complicación. Era todo culpa suya, de su ego, del creerse invencible, de olvidar que ella no tenía ni poderes ni una armadura milagrosa, solo una capucha vieja y la compañía de un amigo al que acababa de poner en peligro.

Tras andar por varios pisos, llegaron a una puerta entreabierta que conducía a una habitación ovalada, tan destartalada como el resto del edificio y, para su alivio, iluminada. La luz era bastante pobre, dos faroles dispuestos en una mesa, pero al verla la joven sintió que se relajaba un poco. Se le llegó a escapar incluso un suspiro de alivio que le granjeó una mala mirada por parte de una terrorista. A empujones, les hicieron entrar en el cuarto. Había un puñado más de hombres y mujeres, todos vestidos de negro, con prendas sencillas y discretas. Pero al observarles con calma, y gracias a la lumbre, Capucha Mostaza pudo fijarse que todos tenían un símbolo tatuado en la frente: dos de picas, cuatro de tréboles, seis de corazones, as de diamantes… “Parecen las cartas de la baraja francesa”, pensó, “Quizás indicarán el rango que tienen dentro de la banda.”

Y entonces la jefa, la líder, la mandamás de la que antes habían estado hablando las otras dos, se apartó de la mesa para acercarse a los prisioneros. La chica torció el ceño al ver que era una niña, no muy bajita, edad indefinible, cabello rubio, mirada azul de repipi y gesto aburrido. Llevaba una corona que solo podía definirse como roja y agitaba un reloj de bolsillo entre sus manos.

―Alicia ―murmuró Hägermarzen al reconocerla.

Su amigo seguía igual de impertérrito que siempre, tan tranquilo como si en vez de estar amenazados por pistolas estuvieran comiendo un helado, pero en su susurro Capucha Mostaza captó algo de sorpresa. Aunque era más el tipo de sorpresa de cuando uno se encuentra con una vieja conocida en un edificio abandonado, rodeados de terroristas y la amenaza de una bomba a punto de detonar encima de sus cabezas.

Y la niña, la recién nombrada como Alicia, abrió los ojos también por la sorpresa:

―¿Hägermarzen? ―exclamó―. ¡Qué inesperado! Oí que te habías ido a las Américas.

De fondo, una de las terroristas le dio una codazo a la otra en un silencioso “Te dije que no teníamos que matarles”.

―Volví ―respondió él, tan escueto como siempre.

―Eso ya lo veo ―Alicia dio un par de saltos para acercarse hasta él con la gracilidad de un hada traviesa―. Oye, no estarás ocupado en nada, ¿verdad? Y aburrido, tienes pinta de aburrido. El mundo es terriblemente aburrido y las explosiones nunca llegan ―hastiada, miró el reloj―. No, no explota. Tendría que haber explotado ya ―lanzó el reloj hacia atrás, con desgana, sin mirar ni a dónde caía, y ladeó la cabeza al escuchar como los engranajes se rompían―. Qué fortuito encuentro este. Pareces caído de la madriguera justo cuando lo necesitaba. Porque me ayudarás, ¿verdad?

―Claro.

Capucha Mostaza no pudo soportarlo más y se giró hacia ellos. La brújula que era su rabia ahora apuntaba a ellos dos, a la niña psicótica y al encantador inconsciente.

―¡No puedes estar hablando en serio! ―bramó.

―Tú ―dijo Alicia, formando un canuto perfecto con los labios―. No sé quién eres, pero los antifaces son de dibujos animados y héroes. No serás una heroína, ¿verdad? Entonces tendré que convertirte en abono para flores.

―¡Soy una heroína! ―gritó con orgullo insesto.

―Que te vuelen la cabeza.

La joven parpadeó, sorprendida por el frío de su voz, aquella indiferencia absoluta en una decisión que para ella era vital. Se escuchó un chasquido metálico y el cañón de un arma le presionó la cabeza. Faltaban segundos, comprendió, segundos para que el dedo terminara de apretar el gatillo, pero Hägermarzen hizo lo que más le gustaba: los robó, se hizo con ellos e impidió algo que parecía ineludible con la única ganzúa de unas palabras bien dichas.

―Alicia, te presento a Capucha Mostaza ―dijo el encantador de pájaros―. Es mi amiga y también una criminal, aunque no quiera reconocerlo.

Las dos chicas le miraron, una con una pizca ínfima de curiosidad, la otra con espanto.

―Desde que nos conocimos me acompaña a mis robos y nunca los impide. Hace poco incluso estuvo conmigo en un atraco.

―¡Con los ojos cerrados! ―se defendió Capucha Mostaza. Le temblaba la voz y no podía hacer nada para evitarlo.

―Esa es una filosofía extraña para una heroína ―constató Alicia, cada vez más interesada.

―¿Sabes por qué se esconde tras un antifaz, una capucha y un pseudónimo? ―continuó Hägermarzen.

―Ni se te ocurra decirlo ―Capucha Mostaza apretó los dientes con fuerza―. Una palabra más y te encerraré en el zoológico con los peces.

El joven la miró. Y aunque sus gafas le ocultaban la mayor parte del rostro, ella pudo leer en él una disculpa silenciosa que no sería suficiente para lo que iba a hacer: exponer su secreto, la espinita disonante que tenía en el corazón y de la que no sabía cómo deshacerse. Porque él tenía razón y ahora estaba a punto de explicar por qué.

―¿Por qué? ―preguntó Alicia―. ¿Por qué, cómo, cuándo, dónde y cuánto? ¡Cuéntame!

―Porque en una parábola de sus intenciones, lucha contra el crimen de manera ilegal. No es policía, no es espía, no tiene licencia para nada y menos para allanar propiedades ajenas…

―¡Tengo que investigar! ―se defendió la chica―. ¡Y no es mi culpa que los maleantes se escondan en sus casas o laboratorios!

―…ni pegar palizas…

―¡A ladrones, estafadores, violadores y demás seres asquerosos! No puedes detener un robo o una paliza con un por favor. Si quieren puños, tendrán puños.

―…ni robar…

―Recupero lo robado ―marizó con un tono de voz cada vez más chillón―. Que según Hacienda eso les pertenezca es una injusticia si lo han conseguido con engaños, malversación y sangre.

―También es una criminal ―Hägermarzen giró la cabeza para volver a mirar a Alicia―. Solo que una delincuente diferente a nosotros. Si no la matas se quedará en una esquina con los ojos cerrados y no verá nada.

Capucha Mostaza cerró los puños con fuerza. Las palabras se agolpaban en su garganta, atascadas, mientras ella intentaba controlarlas para no decir nada que pudiera perjudicarla. Pero había mucho que le hubiera gustado gritar. Traidor, por ejemplo. Que estuviera intentado salvarle la vida no era excusa para exponer algo de lo que se avergonzaba, tirándola de su estatus de justiciera para hundirla con él en el lodo de los criminales.

Se sintió sucia, hipócrita, humillada, pero seguía siendo ella y no pensaba bajar la cabeza ante una terrorista ni coaccionada por una amenaza de muerte.

―También puedo arrancarle los ojos ―sugirió la niña―. Y así tiene las manos libres para taparse las orejas.

A regañadientes, Capucha Mostaza cerró los ojos y se llevó las manos a las orejas. Que hablaran de lo que quisieran, estaba tan enfadada que en aquel momento nada le importaba. La bomba que quería evitar no había explotado, así que ya no tenía nada pendiente en aquel tugurio. A parte de luchar contra el mal, pero en ese momento la única pelea que tenía en mente era contra el blanco y negro de la ley que no entendía ni de matices ni de chicas disfrazadas con ropa de estar por casa que se tomaban la justicia de su mano. Tampoco le importaba en aquel momento lo que Hägermarzen hiciera o dejase de hacer. Había sido culpa suya por provocarle en primer lugar tras tantos días retrasando su viaje con misiones irrelevantes. Pero eso no menguaba su enfado ni la decepción que sentía.

Por supuesto, la conversación que tenían le estaba llegando perfectamente, pero la ninguneó de mala manera. A ella poco le importaba que Alicia estuviera obcecada en destruir el palacio donde se estaba celebrando una fiesta del té entre una duquesa, una reina y la cabeza del gato de ambas. Una fiesta eterna, como la niña repetía, que nunca se acabaría y que ya nadie recordaba cómo había empezado. También habló de un molesto sombrero que aparecía y desaparecía como quien no quería la cosa, diciendo cosas absurdas y asustando a la gente ante la visión de una cabeza flotando; de una liebre que hablaba solo con retruécanos y aparecía donde las setas y de un conejo. Esto último lo mencionó hasta siete veces: un conejo que caería de una madriguera persiguiendo a una oruga que se quedaba sin tiempo.

Ninguna de aquellas locuras le pareció ni importante ni interesante. Estaba claro que o aquella niña estaba loca o estaba usando un intrincado código en clave para hablar con los suyos. Demente o paranoica, tanto daba, el asunto es que con la bromita de la bomba había estado a punto de hacer volar buena parte de la ciudad. Y la destrucción de la propiedad pública sin justificación era algo que le enervaba. Eso sin contar que su plan no tenía sentido: cualquier acto que hubiera en el palacio habría terminado solo con la amenaza de bomba. De eso estaba segura, pues habían desalojado a todo el mundo, incluso a los vecinos, los perros y las pulgas de los perros.

Capucha Mostaza farfulló algo para sí misma. No le habían dicho nada sobre no hablar, pero no le apetecía tentar a la suerte.

Y entonces, alguien respondió a su gruñido con otro gruñido ininteligible.

Curiosa, la joven abrió un ojo, evitando mirar a la reunión de terroristas y amigo. No le costó mucho localizar el origen del ruido: flotando a escasos centímetros suyos, había una cabeza. Una cabeza flotante de hombre de ojos saltones, pelo disparado en punta y un sombrero de copa inmenso donde se podía leer “En venta”.

Casi se atragantó del susto y estuvo a punto de mandar la cabeza a la otra punta de la habitación de una patada.

―Tssss… ―le chistó la cabeza con una sonrisa que parecía competir con el marco de la puerta―. Parecerá muy raro si te pones a hablar, ¿no crees? Hablar con nadie donde no hay nadie más.

Capucha Mostaza enarcó una ceja como queriendo decir que obviamente había alguien delante suyo.

―¿Por qué me miras así? Solo soy un sombrerero, no una reina con su ejército de cartas ―y añadió con un susurro confidente―. Me gustan las gorras, las diademas, las boinas y los bonetes, pero no las pistolas, granadas y bombas. Aunque entre el arma y la prenda, siempre preferiré el jersey viejo o la rebeca rosa.

―¿Qué quieres decir? ―Le susurró lo más bajo que pudo.

―Que no hay nadie vivo en el palacio, que el tiempo se detuvo en la fiesta de té y las órdenes de una reina son incuestionables para sus súbditos. Que el conejo vendrá y los dioses no pueden evitarlo, la Colisión es inminente y traerá consigo la Masacre. Las prendas de ropa serán tus amigas, pero las ratas te odian.

―¿Estás intentando decirme algo? Podrías ser más claro.

―Claro como la luna que no existe. Vengo a darte un consejo.

La joven asintió, atenta, curiosa y ya con los dos ojos muy abiertos.

―Dime.

―Intenta no morir.

El sombrerero desapareció en el intervalo de un parpadeo inconsciente. Capucha Mostaza se quedó mirando ahí donde había estado y donde ya no había nada. “Este es el consejo más estúpido que he recibo nunca”, pensó con cansancio.

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