Esquirla (11+5)÷2: Tontaina quien no quiera entender

Skaiell despertó entre sábanas tibias, apoyada en una almohada y sin rastro alguno de dolor. Todavía con los ojos cerrados, fantaseó con que había regresado a casa y todo había sido un sueño. Y aunque una vocecilla en su cabeza le decía que no, que era imposible, que así no sucedían las cosas, se recordó a sí misma que si había llegado de manera inexplicable a este tugurio desagradable con nombre de cuentos de hadas, también podría desaparecer de la misma manera.

Luego parpadeó y la realidad de una habitación desvencijada, ventana sin cristales y una vela consumida en un tablero que podría pasar por mesa con mucha imaginación, eliminó cualquier atisbo de esperanza o duda. La joven suspiró y miró el techo con hastío. No quería estar ahí, ¿tanto costaba de entender? En un lugar donde abundaban elfos, brujas y vampiros, ¿no podría haber también dioses? Le bastaba solo con uno, aunque fuera el más insignificante, para que la escuchase y la llevara de vuelta a su mundo. Y ya puestos a pedir, en concreto a su casa. Pero como quejarse no la iba a llevar a ningún lado y no era de las que disfrutaban fantaseando, se envolvió con las sábanas y se hizo a un lado para seguir durmiendo. Si lo pensaba con detenimiento, en realidad aquel despertar había sido maravilloso: no le dolía ni las rodillas, así que debían de haberla curado con magia (Esperaba que fuera magia, desconfiaba mucho de la medicina de aquella época), y encima estaba disfrutando de una cama en condiciones. En realidad las sábanas olían a polvo, raspaban y el colchón estaba lleno de nudos, pero era infinitamente mejor que el catre de las últimas semanas. Además llevaba un camisón limpio, que aunque no nuevo, tampoco parecía muy usado.

Dentro de los estándares de Miscelánea, aquello era la gloria, así que siguió tumbada y con los ojos cerrados a pesar que no tenía ya ni pizca de sueño. En cambio, de pereza andaba siempre bien sobrada.

En cualquier otro momento, quedarse tanto rato tumbada y sin hacer nada le habría parecido una pérdida de tiempo o cuanto menos aburrido, pero tampoco es que tuviera nada mejor que hacer. Y pasaba bastante de saber si la necesitaban para algo, aunque fuera para hablar de su abrupta llegada a la fortaleza de Sapraz y el inmerecido trato que había recibido. La chica se pasó la lengua por los labios y se anotó el dato. Ahora que sabía lo especial que era, no pensaba quedarse asustada y de brazos cruzados. Que se preparasen los elfos: había llegado el momento de cambiar las cosas.

Estaba todavía maquinando las mil maneras de aprovecharse de su situación cuando la puerta se abrió. Como todavía no había terminado de pulir sus ideas ni le apetecía hacer nada, fingió que seguía durmiendo. Quien había entrado, fuese quien fuese, cerró la puerta, pero se quedó dentro del cuartucho y caminó hasta donde estaba ella, aunque se detuvo tras unos cinco pasos. Skaiell refunfuñó para sus adentros, preguntándose por qué no se marchaba, mientras su visitante se quedaba de pie y en silencio, aguardando a que despertara.

Hasta que habló, revelando una identidad que la hizo bufar por lo bajo:

―Sé que estás despierta ―dijo Azrael.

―No, estoy durmiendo.

El elfo rio entre dientes.

―¿Ahora eres sonámbula y hablas en sueños?

―No, estoy hablando contigo porque eres una pesadilla ―suspiró y empezó a desperezarse, un poco, lo justo para dejar las sábanas a la altura de su cintura y sentarse apoyada contra la pared―. ¿Qué quieres? ―farfulló mientras contenía un bostezo.

―Nada en particular. Afuera hay mucho escándalo y me pareció que aquí se estaría más tranquilo.

―Y un cuerno ―constató―. Si quisieras tranquilidad no estarías hablando conmigo. Me dejarías dormir como haría cualquier persona civilizada.

―No soy una persona ―señaló él―. Y tienes razón, pero también la tengo yo: en la ciudad y en el patio hay un escándalo impresionante y aquí no.

―Pero no es el motivo por el que has venido…. ¿o sí? ―confusa, sacudió un brazo como si así pudiera agitar aquella conversación hasta deshacerla en aire―. Mira, olvídalo, me da lo mismo. Si estás calladito te puedes quedar aquí.

Azrael se encogió de hombros con visible satisfacción y se dirigió hacia la mesa, o aquel armatoste de madera que podía hacer de mesa sin parecer una, y se apoyó sobre su superficie, haciendo peligrar su equilibrio y el de la vela. Al fijarse en él, Skaiell se percató que llevaba un paquete en brazos que dejó sobre el tablero.

―¿Qué es eso? ―preguntó, curiosa.

―¿Pero quieres que esté calladito o no?

La joven contuvo un suspiro de exasperación que era al mismo tiempo sonrisa y ganas de estirarle de aquellas orejotas hasta arrancárselas.

―Lo que quiero es que dejes de tocarme las narices de una vez.

El elfo la miró sin entender y aquello fue de lo más gratificante que había vivido en mucho tiempo. Aunque tampoco era muy difícil si se lo comparaba con las caídas, el cansancio, la suciedad o el secuestro. Al ver que ella no pensaba explicarse, el alquimista sacudió la cabeza para sí mismo y dejó de darle más vueltas a aquella expresión.

―Esto es para ti ―le explicó―. Te debía un vestido.

Y aquello logró lo imposible: a la joven se le iluminó la mirada y le entraron unas súbitas ganas de pegar un brinco y salir de la cama. Pero a pesar del arrebato, se deslizó con pereza por el colchón hasta sacar los pies y rozar con un escalofrío el suelo de piedra. Frío y lo más probable es que bastante sucio.

―Pensaba que me ibas a hacer alguna jugarreta ―reconoció. Azrael chasqueó la lengua, ofendido, mientras se cruzaba de brazos―. Pero me has sorprendido. Gracias.

―No hay de qué ―sonrió―. Y aunque me sacaste esta deuda a traición y chantaje, la verdad es que te lo has ganado. Por la huida, ya sabes, con el hipogrifo ―levantó la cabeza y miró hacia arriba mientras meditaba sus palabras―. En realidad fue ahí cuando tú me sorprendiste. Fuiste valiente, ingeniosa y me ayudaste cuando no tendrías porqué. En realidad si me hubieras dejado atrás no me lo habría tomado muy mal porque me lo merecía. Pero no lo hiciste, así que gracias, Skaiell.

A la chica se le había ido escapando una sonrisilla más bien boba según el elfo hablaba. Estaba disfrutando de cada una de sus palabras, de aquella sinceridad sin ironía ni sarcasmo. O eso esperaba. Tampoco es que fuera tan ingenua como para creer que dos gestos mal avenidos fueran suficientes para convertirles en amigos. Y eso sin contar que la personalidad de Azrael era retorcida como una enredadera. Quizás lo que decía era cierto o quizás buscaba confundirla. Fuera como fuese, aceptó de muy buen grado su halago y luego le indicó donde estaba la puerta mientras carraspeaba.

―¿Pasa algo? ―le preguntó el elfo con extrañeza.

―Que quiero cambiarme de ropa. ¡Ah! Y el camisón me lo quedo.

―¿También? ¿Pero qué clase de obsesión tienes con tu vestuario?

―La misma que tú ―se revolvió, picada―. ¿Qué te crees que no me fijo que todos los días llevas ropa diferente? ¡Incluso Mäer se cambia de túnica aunque siempre sean largas y blancas! A mí también me gusta llevar ropa limpia y cambiarme de vez en cuando. No es culpa mía que la catástrofe que me ha traído aquí no me avisara con tiempo para hacer la maleta. Y tienes suerte que te pidiera un vestido y no que inventaras los sujetadores.

El alquimista la escuchó en silencio, asintiendo un poco la cabeza como para mitigar su arrebato, pero de nuevo torció el gesto ante aquella palabreja extraña que ni entendía ni podía imaginar. En realidad, y aunque no decía nada, Skaiell estaba segura que cada vez que ella soltaba una expresión o un invento que todavía no había surgido en Miscelánea él lo memorizaba para pensar en ello más tarde.

―Puedo irme si quieres ―dijo―, pero si fuera tú me esperaría a cambiarme. Va a venir alguien para hablar contigo sobre tu nueva situación en el castillo.

―¿Quién?

―No lo sé con certeza, pero si quieres te dijo quién no va a venir: la Inmaculada. Es la señora de Sapraz ―le explicó ante su mirada de curiosidad―. En realidad su heredera, pero desde hace meses es quien gobierna la fortaleza y sus tierras. Cuando llegaste se encontraba afuera, pero esta noche ella y su séquito regresaron y ahora hay un escándalo impresionante afuera.

―Vaya ―comentó con falsa curiosidad. En realidad aquel dato le importaba más bien poco―. ¿Y por qué no puede venir?

―Precisamente quien va a venir te va a explicar el motivo por el que la Inmaculada no puede venir. Pero te lo voy a ir contando yo porque me apetece y porque cuanto antes lo sepas mejor: ¿recuerdas lo que te conté de la división de Miscelánea? ¿Y lo que implica tu naturaleza de humana?

―Ajá.

―Pues gracias a nuestra… aventurilla ―carraspeó. Parecía avergonzado, aunque fuera de manera muy imperceptible―, en las Tierras Oscuras ya saben de ti. El rumor tardará en propagarse, pero has dejado un rastro inequívoco y pronto tendremos problemas. Pero en los Reinos todavía no se sabe nada ―la miró fijamente con una seriedad impropia de él―. Y queremos que siga así. Y a ti también te interesa, porque quieres seguir de una pieza, ¿o me equivoco?

―En absoluto ―comentó con un escalofrío solo de imaginárselo.

―Por eso mismo todo seguirá como siempre y tú continuarás camuflada con tus tres compañeros, ¿entendido? La Inmaculada no vendrá porque no eres nadie especial que se merezca su atención.

Skaiell lo entendía, por supuesto que lo entendía, era una lógica irrefutable e imposible de no comprender, pero aun así se cruzó de brazos con un mohín. Al verla, el alquimista bufó de cansancio, pero por mucha razón que tuviese, ella no pensaba desperdiciar aquella oportunidad para mejorar su calidad de vida en Sapraz. Ahora que por fin tenía asumido que su estancia iba para largo, necesitaba adaptarla a sus comodidades mientras investigaba la manera de largarse.

―De eso nada. Me parece muy bien que no quería hablar conmigo, pero ni hablar del peluquín esto de que todo siga igual. Quiero una cama, no quiero trabajar ni entrenar más en el patio…

―Hablando de eso ―a Azrael se le escapó una sonrisa divertida―, deberías entrenar para aprender a defenderte tú sola.

―Que no, que paso. Protegedme vosotros.

En ese momento se abrió la puerta y entró Mäer en un revoloteo de tela blanca. A la chica se le había olvidado que iba a venir alguien, así que pegó un brinco por la sorpresa, terminando por fin de levantarse. El recién llegado les sonrió con normalidad, aunque también parecía que no esperaba encontrarse ahí con Azrael. Al verle, Skaiell sintió que se le retorcían las tripas de angustia. A pesar de su sonrisa afable, de su postura relajada y casi inofensiva, no podía olvidarse de sus costumbres pirómanas. Era la primera advertencia que había recibido sobre su naturaleza: que nadie lo supiera y mucho menos el paladín.

En aquel momento era imposible que él no se hubiera enterado. Tenía que saberlo y aun así sonreía igual que siempre, pero ella no se sentía tranquila. Había pasado demasiados días agobiadas con el pensamiento de ser descubierta y acabar quemada en la hoguera. Pero a pesar de la angustia que sentía, se armó de valor y le miró directamente a los ojos.

―Lo sabes, ¿verdad? ―le preguntó con un ligero temblor en la voz―. Sabes que soy humana.

―Por supuesto ―asintió él―. Pero te aconsejaría que la próxima vez que quieras asegurarte lo preguntes de otra forma.

―Sí ―asintió Azrael―. No ha sido muy discreto.

―Porque me imaginaba que lo sabría ―se defendió ella, cruzándose de brazos. No notaba ningún cambio en Mäer, ni en su tono ni en su manera de dirigirse a ella, siempre cortés, pero aun así no podía deshacerse del agobio―. Aunque si lo sabe tanta gente los discretos no habéis sido vosotros.

―Solo lo sabíamos el Consejo ―intercedió Mäer con voz tranquila, quizás en un intento de tranquilizarla que solo logró que se le pusiera los pelos de punta.

―¿Cómo que sabíais? ―balbuceó. Furiosa, se giró hasta Azrael―. ¡Me dijiste que solo lo sabías tú y que los demás no podían enterarse!

―¿Eso dije? ―el alquimista abrió mucho los ojos, con fingida sorpresa, mientras ignoraba la mirada fulminante de la chica―. No recuerdo que esas fueran mis palabras exactas.

―Sí, lo dijiste ―gruñó.

Y aunque no recordaba qué le había dicho, sí sabía qué le había llevado a creer.

Mäer suspiró y le lanzó una sutil, pero recriminatoria mirada a Azrael y luego volvió a dirigirse a ella.

―Te engañó ―dijo, corroborando lo que la chica había empezado a suponer―. No fue lo que acordamos, pero su estratagema te protegió.

―¿Protegerme? ―se le escapó una carcajada incrédula―. ¿De qué? ¡Por su culpa he estado muerta de miedo todos estos días! No, no me ha protegido y no me vengáis con cuentos: me ha tomado el pelo. Otra vez.

El paladín frunció levemente el ceño, confuso ante aquella expresión que al final acabó por deducir:

―Te asustó para que protegieras tu identidad ―le intentó explicar mientras levantaba las manos, pero ella le cortó con fiereza.

―Ya, ¿y lo del contrato ese que te hace estallar en llamas?

―Era para qué te quedaras con nosotros y no salieras de la seguridad de los muros.

―Pero también es mentira.

―También ―reconoció con un suspiro―. En realidad no estuvimos al tanto de sus mentiras hasta hace poco, pero fueron sus tretas las que lograron que fueras discreta y probaras a integrarte en vez de abandonarnos y ponerte en peligro.

Tenía lógica y a ella le encantaba la lógica, pero que la engañaran ya no tanto. En realidad, más bien nada. Y en aquel momento se sentía demasiado furiosa como para asentir y aceptar aquella broma. En vez de hacerlo, se quedó rumiándola, pensando en todas sus repercusiones y cómo le había afectado. Empezando por el pánico que sentía siempre que veía a Mäer a quien iba a empezar a ver con otros ojos: los suyos, para juzgarle por sí misma sin amenazas de por medio ni miedo a la hoguera.

Y al indagar en aquel temor, recordó algo que la hizo enfadarse aún más.

Fue a gritar, pero le faltaron las palabras. El paladín la miró con extrañeza, confuso por su dedo levantado apuntando a Azrael, quien había empezado a reír, y su boca abierta sin decir nada. Skaiell la abrió y la cerró varias veces, pero por más que intentara darle voz a unas palabras muy concretas, el aire escapaba, dejando solo un silencio mudo y bastante frustrante.

Cansada, agachó el brazo. No podía decir nada, pero sí pensarlo. Y en su cabeza brillaba de tal manera la jugarreta del elfo que hasta deslumbraba. Dentro de unas condiciones muy peculiares, podía entender su engaño. Pero lo de los baños había sido una mala pasada sin explicación ni justificación. La había asustado, la había hecho creer que tenía poder sobre ella y la había tenido inquieta durante varios días con miedo a enfadarle y que él le revelara a Mäer un secreto que no era tal. Y ahora que lo sabía y podía quejarse, el trato que habían hecho en la celda de Igneel cobraba un nuevo sentido.

La misma magia por la que Azrael le había prometido ayudarla a volver a casa le impedía decir nada negativo a Mäer sobre él.

Indignada, herida en su orgullo y en el creerse más lista de los demás, pisoteó el suelo con fuerza, olvidándose que iba descalza y su aprensión a la suciedad.

―¿Pasa algo? ―le preguntó el paladín ante su cada vez más peculiar comportamiento.

―Sí, pero no puedo decirlo ―gruñó sin dejar de mirar con odio al alquimista, quien ya no ocultaba su risa. Suspiró, furiosa, y le dio la espalda para encararse al otro joven―. Antes que llegaras Azrael y yo estábamos hablando de un tema muy interesante. Resulta que voy a quedarme aquí una temporada y vosotros queréis que sea discreta, pero yo no quiero seguir soportando ciertas cosas. Ya sabes: trabajo duro, suciedad, hambre…

Mäer se revolvió con incomodidad.

―Creo que tu seguridad es más importante que todo eso.

―E integridad ―matizó el alquimista, aunque ninguno de los dos le hizo caso.

―Si tenéis tanta imaginación como para contarme historias sobre contratos que te queman viva, estoy segurísima que encontraréis la manera de cumplir lo que quiero sin que a nadie le llame la atención. Por ejemplo, si sigo en el laboratorio aunque no haga nada no tengo por qué cansarme. Primera condición cumplida, ¿veis? No es tan complicado.

El paladín negó con la cabeza.

―Tienes que entrenar y aprender a luchar.

―Mira, de eso mismo estábamos hablando cuando has llegado.

―Skaiell, esto último es importante. No puedes ni imaginarte cuántos van a venir a por ti y con qué intenciones. Tienes que protegerte.

―¿Para qué? En dos días no vais a conseguir que me vuelva una gran guerrera. Ni siquiera una guerrera mediocre ―sacudió la cabeza―. Quien venga a por mí será más fuerte, eso lo tengo asumido. Pero yo estaré detrás de estos muros bien grandes y sus defensas.

Azrael tosió algo que sonó como a “Igneel”, pero ella le ignoró. Aquello, si lo pensaba bien, también había sido culpa de los otros por enviarla a esa absurda misión, algo que nunca más se volvería a repetir. Ya se encargaría ella para apañárselas y no volver a salir de Sapraz. Tampoco es que tuviera especial interés en conocer Miscelánea. Los dos vistazos que había hecho a ambos lados de la muralla habían sido más que suficientes.

En realidad el auténtico motivo por el que no quería entrenar era mitad pereza mitad pánico ante la mera idea de acabar envuelta en una refriega. Algo que ninguno de los dos terminaba entender, tal y como se deslucía en la mirada preocupada de Mäer.

―Al menos deberías llevar un cuchillo contigo ―insistió el paladín.

―Malísima idea ―negó con fuerza con la cabeza―. ¿Para que me corte un dedo y pille el tétanos? Ni hablar. Además, es muy peligroso darle cosas que pinchan y hacen daño a quien no sabe usarlas, ¿o eso no se dice por aquí?

Que tampoco le hubiera extrañado. Tenía asumido dentro de su superioridad que la lógica en Miscelánea no era el punto fuerte de sus habitantes. Su comentario, sin embargo, ofendió a Mäer que se cruzó de brazos. Azrael, por su parte, seguía riéndose por lo bajo como si nada de aquello le incumbiera y él solo fuera un mero espectador de aquella comedia.

―Como queráis ―asintió el paladín con una mueca―. No voy a obligarte, pero sí pedirte que, por favor, recapacites lo que estás diciendo. Todo esto es por ti.

―Ya, bueno ―a Skaiell se le escapó una sonrisa más bien taimada―, ¿y por qué no lo hacemos al revés? Yo no sé protegerme, no voy a aprender y aunque lo intente no tengo ni puñetera idea de todos los peligros. Solo se me viene a la cabeza tipos armados e intuyo que no todos los tiros irán por ahí, ¿verdad? Que me proteja Azrael.

El aludido se atragantó.

―Eso es todavía peor idea ―comentó Mäer casi ya con desesperación, aunque sin perder su aplomo y apariencia tranquilidad―. Azrael es un inútil, ni siquiera puede defenderse a sí mismo.

―Pero conoce este endemoniado lugar, que ya es mucho. Y no quiero tenerlo en mi sombra con una espada, lo que quiero es que se encargue de velar por mi seguridad, que no es lo mismo ―comentó con retintín―. En otras palabras: que se encargue que esté siempre protegida, que dé ideas, que vigile o yo que sé, se supone que no sé cuál es el peligro ―añadió con sarcasmo.

Se cruzó de brazos y sostuvo la mirada del paladín con firmeza, a pesar que, y para su sorpresa, Mäer parecía estar sopesando su idea. Incluso Azrael parecía confuso por aquel giro de los hechos y lo miraba todo con una inquietud que a ella le parecía magnífica.

―Está bien ―accedió el paladín.

―¿De verdad? ―exclamó el elfo con auténtica sorpresa.

―Para qué mentir: te lo mereces. Vigila que nadie sospechoso se acerque de ella y asegúrate que siempre tenga un guardia a su lado. Y recuerda que como le pase algo hablaré con Afyll o su excelentísima hermana y señora del castillo del que eres vasallo ―le recordó―, para que te revoquen tus privilegios. ¿Ha quedado claro?

Azrael suspiró, pero asintió. Y aunque no parecía satisfecho, tampoco estaba tan molesto como Skaiell esperaba. Pero no le importó. Aquello había sido su venganza y ahora tenía poder para seguir devolviéndoselas siempre que volviera a gastarle una jugarreta. Aprovechando que los dos habían empezado a hablar entre ellos sobre la estrategia a seguir, Skaiell caminó hasta el intento de mesa y rozó con sus dedos el paquete. Pensar en su vestido hizo que le entraran unas repentinas ganas de cambiarse de ropa, arreglarse un poco y deshacerse de aquel camisón. Que era igual de blanco y largo que la túnica que llevaba Mäer, así que tampoco es que tuviera desentonando mucho.

Ansiosa, tiró de lo que cubría el paquete, pergamino, cuero, qué más le daba, para encontrarse con una tela azul, vaporosa, del color del cielo, pero el cielo de su mundo, no del caleidoscopio que había al otro lado de la ventana. Extendió el vestido para asegurarse que era de su talla y entonces se percató de un detalle.

Un pequeño y nada insignificante detalle.

―¿Qué es esto? ―balbuceó―. ¡Es transparente!

―Traslúcido ―la corrigió Azrael antes de romper a reír con tanta brusquedad que se tuvo que apoyar en el hombro de Mäer.

Y este parecía tan cansado como ella de sus bromas, pero no dijo nada. Solo puso los ojos en blanco y se separó de su compañero para salir del cuarto.

―Tengo cosas que hacer. Hablaremos luego ―se despidió antes que a la joven le diera tiempo a exigirle algo con lo que vengarse del elfo.

―Y tanto que hablaremos ―gruñó Skaiell, doblando el vestido con cuidado. A pesar de todo, era bonito, aunque dejaba demasiado a la vista―. ¿Pero a ti qué te pasa? ¿Es que tienes que fastidiarme siempre?

―Perdón ―se disculpó con lágrimas en los ojos―, es que tu expresión ha sido tan… tan inesperada.

―¿Cómo que inesperada?

―Querías un vestido, ¿no? Aquí tienes un vestido, no entiendo el problema.

―Lo que quiero es ropa que abrigue, que no enseñe lo que no quiero enseñar, que sea bonita y azul.

―Pero es que los vestidos tradicionales élficos son así.

Abrió la boca para replicarle, pero se contuvo ante la duda.

―No he visto a nadie llevando ropa transparente ―comentó con algo de recelo.

―Porque estamos en una fortaleza de guerra ―le explicó―. Aquí se llevan cotas de malla, armaduras, ropa de batalla y túnicas en casos excepcionales. En los grandes bosques, donde viven los elfos y las peleas son algo lejano, ahí se viste con vestidos como el que tienes en brazos.

―No sé si creerte ―musitó con cansancio―. Pero sea verdad o no, no pienso ponérmelo. Puede que para vosotros sea normal enseñar tanto, pero para mí no.

Se giró para guardar el vestido y se puso el paquete bajo el brazo. Si quería cambiarse de ropa, no le quedaba otra que regresar al cuartucho mal ventilado que compartía con los otros tres. Al pensar en ellos se dio cuenta, para sorpresa suyo, que le apetecía verles. Y si se las arreglaba en el asunto del colchón y las mantas, dormir con ellos no parecía tan mala idea. La podían proteger. Bueno, Nabu podía intentar protegerla.

Azrael enarcó una ceja al verla dirigirse hasta la puerta y abrirla.

―¿Te lo vas a quedar a pesar que no te ha gustado?

―Sí.

―¿Y vas a darte un paseo en camisón?

La joven se encogió de hombros.

―Tampoco es tan cantoso ―comentó, pensando en Mäer―. Hasta luego, “protector”.

Y tras volcar toda su malicia e ironía en aquella última palabra, se fue, dejándole a solas y sin permiso alguno de acompañarla. Salió a un pasillo desconocido, clónico del resto que serpenteaban por el interior de la fortaleza. Como no tenía nada más que hacer y le apetecía estirar algo las piernas, se dispuso a caminar dando vueltas, guiada por el azar a ver si así daba con el ala que conocía. Por su paseo acabó en secciones en las que no había estado nunca, algunas franqueadas por caballeros armados que la hicieron cambiar de dirección o tan aburridas que no guardó gran recuerdo de ellas. Solo arcos y más arcos, escaleras en caracol que brotaban por todas partes y ventanucos que apenas dejaban pasar la luz y cuya utilidad se le escapaba. Pero tras acabar unas tres veces bajo el mismo tapiz de un dragón oscuro intentando tragarse una ciudad, quizás Sapraz, decidió que ya estaba bien de vagar sin rumbo y empezó a guiarse por el ruido. Al principio era solo una tonadilla lejana, pero según la iba buscando para seguirla, se fue haciendo más estridente hasta convertirse en escándalo. Y con el ruido se encontró también con sirvientes caminando como hormigas inquietas, paladines en parejas que hablaban entre ellos, guerreros con sus escuderos y muchos más cuyo título se le escapaba. Abrazada al vestido que había rechazado, pero que al mismo tiempo no quería que se estropease, Skaiell intentó hacerse sitio mientras buscaba las señales que la llevaran a distinguir aquel pasillo entre los demás. Así estaba cuando le pareció que alguien gritaba su nombre. Sorprendida, giró sobre sí misma hasta ver a un fauno más bien regordete trotando hasta ella. Torció el gesto por inercia. Híbridos como aquel, mezclas entre humano y animal, le hacían pensar en preguntas y asuntos de la biología a los que prefería no dar muchas vueltas.

―¡Dama Skaiell! ―baló el fauno al alcanzarla en un grito que podría haberse confundido con el de una cabra―. La dama Oviseth requiere su presencia.

―¿Ahora mismo?

Este asintió con tanto ímpetu que estuvo a punto de rozarla con los cuernecillos que le asomaban entre los rizos pardos. Eran pequeños y solían pasar desapercibidos, o más bien, ella solía ningunearlos siempre, pero al verlos tan de cerca retrocedió dos pasos con toda la discreción que pudo. La cual no era mucha.

―Está bien ―asintió con un suspiro―. ¿Dónde está? ¿En el patio?

―No, hay demasiada actividad con la llegada de la señora ―le explicó con grandes aspavientos.

Y luego le soltó una gran perorata sobre la corte que había llegado junto a la Inmaculada, los animales que había que guardar, el nuevo orden, los cambios que acompañaban a los recién llegados y, en definitiva, todo lo que había que hacer y que derivaba en Oviseth encargándose de supervisar la llegada de nuevos criados, la disposición de los guardias y otras tantas tareas que a Skaiell le entraron por un oído y le salieron por el otro. Tampoco es que se hubiera enterado mucho prestándole atención: el fauno más que hablar escupía las palabras, aderezándolas con vocablos que no conocía y que no podía adivinar ni por el contexto. Así que asumió que serían lugares u objetos medievales que no había tenido el gusto de conocer o fantásticos que para ella no existían. En definitiva, que no le importaba, así que le acabó interrumpiendo cuando ya no pudo más de aquella verborrea que se iba por las ramas describiendo lo innecesario.

Pero el fauno no calló. Dado que tenía que acompañarla para guiarla hasta Oviseth, continuó contándole lo agobiado que estaba de trabajo, lo que tenía que hacer a continuación y la pesadez de los días que les esperaban mientras la fortaleza se adaptaba a los cambios. Que ahora las decisiones las tomaría la Inmaculada en vez de su hermano, más indeciso, que el vampiro también había vuelto después de varias semanas de sospechosa ausencia, como remarcó con desagrado, y ahora nadie podría dormir tranquilo y que había más paladines de lo que todos se esperaban. Y entre quejas, premoniciones y suposiciones, se fueron alejando de los pasillos más concurridos para llegar a un ala más tranquila. Aunque ella no notó diferencia: el fauno era casi más ruidoso que el estruendo de cien caballeros, con lacayos, sirvientes y monturas.

Y mientras este hablaba, ella pensaba en lo que haría de ahora en adelante. Volver a su mundo era su única a indiscutible prioridad, pero pensarlo era bastante más sencillo que hacerlo. No tenía ninguna pista, ninguna idea a la que recurrir para ver si había suerte.

De repente se detuvo al notar que el fauno había callado.

―¿Pasa algo? ―le preguntó.

Y este se giró hacia ella asestándole un puñetazo en la cara que la hizo trastabillar y caer al suelo. Skaiell levantó la cabeza con torpeza. Las imágenes a su alrededor se octuplicaron, superpuestas entre ellas hasta volverse irreconocibles, pero aun así pudo distinguir el brillo de un cuchillo en las manos del fauno.

                La rata, delgada, bigotes torcidos y piel moteada, pasó al lado de la esquirla mientras corría por el pasillo.

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