17/52-El día a día en la muerte de Alattia

¿Nuevo por estos lares? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal.

Desde su despertar como zombi, el paso de los días se había difuminado hasta perder sentido y acabar reducido en un ahora eterno. Lo que más le abrumaba a Alattia de su condición de muerta era la ingente cantidad de tiempo libre que tenía. Nunca antes había dispuesto de tantas horas juntas para hacer lo que quisiera y cuando quisiera. Sin embargo, desde que se había levantado y escapado del depósito de cadáveres no había hecho absolutamente nada. Excusas tenía y de sobra: estaba en una ciudad desconocida, no tenía un lugar al que volver ni contaba con dinero o su propia identidad. Y lo peor de todo, ¡estaba muerta! Pero en el fondo de su cada vez más podrido ser, Alattia sabía que si llevaba aquel número impreciso de días deambulando sin hacer nada era por desidia y falta de costumbre. Tampoco es que antes tuviera un hobby, caprichos o un deseo que hacer realidad. Se limitaba a vivir algo que, por razones bastante obvias, ya no podía seguir haciendo.

Aquel día amaneció con la zombi caminando por calles vacías, dejando que el tiempo se deslizara a su paso mientras intentaba no pensar en que estaba desperdiciando los últimos días que le quedaban antes que su cuerpo acabara hecho a pedazos. Podía tomarse su estado como una segunda oportunidad o vacaciones antes de desconectar del todo, pero su inactividad le hacía sentirse culpable. Despegarse de su horario, obligaciones y el apuro para aprovechar las veinticuatro horas del día era más difícil que abandonar sus constantes vitales.

Con el sonido de los primeros rastros de vida en la ciudad, Alattia modificó su rumbo para dar un paseo por un parque. En sus primeros días se las había agenciado para robar ropa de abrigo y un gorro con el ocultar sus signos de deterioro más evidentes, así que la gente solía confundirla con una pordiosera más bien apestosa y con reuma a la que preferían evitar. Otras veces no: se encontraba con voluntarios de ONG o almas compasivas que la perseguían para llevarla al hospital o darle comida. Y ella intentaba huir todo lo que podía a pesar de su incapacidad para correr mientras con diversos gruñidos les daba largas que nunca disuadían.

Recorrió el parque unas ochenta y ocho veces, y luego regresó de nuevo a las calles, aprovechando así el bullicio de gente para pasar desapercibida. Y más vueltas sin rumbo, más pasos arrastrándose que la llevaban hasta la puerta de edificios a los que no podía o ya no quería entrar. Todas sus antiguas diversiones habían perdido su encanto, reducidas a imposibles, innecesarias o aburridas. Aun así, cuando llegó a una biblioteca, acabó por entrar. Había un par de personas dentro, con las narices metidas en los libros o sentadas en mesas empapeladas por completo, que la miraron con desagrado pero sin decir nada. Alattia las ignoró y se dirigió hacia los ordenadores. Por suerte, estaban libres, aunque intuía que aunque no lo hubieran estado tampoco habría tenido que esperar mucho. Ventajas de apestar a cuerpo muerto y ropa sucia.

Se sentó con dificultad delante de uno de los monitores y arrastró el ratón para dirigirse hacia el correo. De fondo se escuchó como alguien descorría una ventana para ventilar, pero ella no hizo caso. A decir verdad, tampoco es que oyera mucho.

Abrió el correo y esperó a que este se cargara preguntándose qué se encontraría. Quizás nada, quizás mensajes de aquellos que todavía no se habían enterado de su muerte. A lo mejor podía aprovecharse del lapsus de estar oficialmente como desaparecida para seguir en contacto con sus amigos. Los echaba de menos de una manera diferente a la que imaginaba: la mayor parte de sus emociones habían desaparecido con el hambre, el frío o el sueño. Todo lo que había llegado a sentir se había vuelto recuerdo y sus contactos en iguales, sin distinción entre amigos, familia o compañeros de trabajo. Y a ellos quería recurrir: le bastaba uno para encontrar de nuevo algo que hacer, una alternativa a esos días vacíos y monótonos de alma perdida.

Se esperaba spam, los pregones del trabajo, mensajes preguntándole si estaba bien tras el naufragio del crucero y eso encontró, pero también algo que en ningún momento se imaginó: recriminaciones. Con una calma anonadada, Alattia leyó un par de correos inesperados, de gente que apreciaba y que todavía no se había enterado del accidente, que le echaban en cara haber faltado a las citas que tenía con ellos.

Y a pesar de estar muerta, de ser carne podrida, de no existir, aquello le dolió. Le enfureció, le llenó la garganta de angustia, le hizo temblar, clavar las uñas en la mesa y gruñir con desesperación, pero por encima de todo, le dolió ahí donde no podía sentir nada. Porque ella había hecho malabares para cuadrar una agenda imposible, sacrificando lo que quería y todo su tiempo para dedicárselo a trescientos sesenta y cuatro propósitos que ni le iban ni le venían. Podía haber hecho otras cosas, podía haber elegido solo la mitad o cumplir los que realmente le apetecían, podía haber dicho que no y no haber subido nunca al crucero donde había muerto.

Se levantó en silencio y se fue sin apagar siquiera su sesión. Al cerrar la puerta de la biblioteca se hizo un suspiro de alivio colectivo y aquella vez sí lo escuchó. La tristeza se hizo aún más grande, inmensa, un nudo en el estómago que le devolvió durante un instante la sensación de estar viva.

Empezó a andar sin arrastrarse. De repente se sentía con ganas de hacer algo, lo que fuera, algo para sí misma. Levantó la cabeza y el mundo que la rodeaba le pareció más grande y brillante que nunca.

Decidida, siguió hacia adelante sin mirar atrás.

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