16/52-Metiendo la capucha donde no te llaman

¿Nuevo por aquí? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal.

Hägermarzen seguía a regañadientes a Capucha Mostaza por las laberínticas calles del barrio de los pordioseros. Llevaba malhumorado desde aquella mañana, momento en el que en vez de regresar al aeropuerto su amiga le había engañado para dirigirse a un punto impreciso de aquella ciudad en la que estaban quedándose demasiado tiempo. Era ya la sexta vez que le hacía lo mismo: se despedían por la noche con la promesa de regresar al día siguiente al oeste y a la mañana la joven se encontraba en las noticias con algún secuestro, robo o cualquier otro crimen que la llevaba irremediablemente a meter su nariz y capucha en él para resolverlo.

―Me has engañado ―le chistó en un momento en el que pararon a descansar al lado de una farola.

―Lo siento ―se disculpó―, te prometo que cuando acabemos con esto regresamos.

―Eso dijiste hace tres días.

A la muchacha se le escapó una sonrisilla de compromiso.

―Estás muy atento para lo que te interesa ―le acusó.

―Yo siempre estoy atento ―se defendió él, lo cual era cierto a medias. Era una persona especialmente perspicaz y receptiva, solo que para lo que le interesaba, que solían ser cosas que los demás no veían o no prestaban atención: el juego de luces de una vidriera, la sombra deforme que no casaba con la casa a la que pertenecía, el fantasma que le acompañaba y la fecha de su muerte…

Entre indignado y aburrido, Hägermarzen apartó la mirada y siguió andando tras Capucha Mostaza. Tampoco podía culparla: en cierta manera ella era como él, una persona que vivía por y para seguir impulsos. Solo que el suyo era ir hacia el oeste y mirar a los pájaros del cielo y el de ella inmiscuirse en cualquier asunto criminal. El problema de las injusticias, los crímenes y actos delictivos es que estaban en todas partes, desperdigados de manera aleatoria por los cuatro puntos cardinales. Arrastrarla para encauzarla por uno solo era ir en contra de la naturaleza impulsiva y heroica de la joven. La justicia que quería repartir tenía que ser igualitaria y no dedicarla a un solo lugar.

Con suerte, alguna mañana se acabarían las noticias o a Capucha Mostaza se le olvidaría leer el periódico o él se acordaría de sabotearle su visita al quiosco. Y entonces por fin dejarían aquel lugar para volver a cruzar el océano y regresar a al oeste. Hasta ese entonces, él seguiría tras ella, caminando a su lado para no perderse y luego esperando en una esquina mientras la heroína se dedicaba a repartir guantazos y rescatar gatos de los árboles. Lo normal en una gran ciudad, como la misión de aquella mañana que les estaba haciendo recorrer media metrópolis mientras intentaban encontrar la manera de llegar al palacio episcopal.

Alguien había puesto una bomba que explotaría al mediodía.

Los minutos pasaban con cada paso que la joven daba esquivando los coches policiales y a los equipos de misiones especiales como aquella. Habían prohibido el paso de civiles en el perímetro que rodeaba el lugar del futuro atentado, pero Capucha Mostaza no entendía de eso ni de especialistas ocupándose ya de aquel asunto. Era su trabajo, aunque fuera un trabajo del que nunca recibía mérito ni salario, solo sonrisas y palabras agradecidas que hasta la fecha no servían para pagar la factura de los hoteles.

La cuenta atrás avanzaba y hasta el momento solo habían conseguido cansarse y que una policía les llamase la atención por caminar por donde no debían.

―Creo que ya estamos ―farfulló la chica, haciendo escala en un callejón tan estrecho que tenían que pasar de perfil, con los brazos en alto y la respiración contenida―, si pasamos al otro lado habremos cruzado el perímetro policial.

Hägermarzen asintió en silencio, guardándose para sí mismo todo lo que podría salir mal en aquella misión. Cuando a su amiga se le encendía la vena justiciera no había argumentos o lógica alguna capaz de apagarla. Así que lo mejor era callar y seguir tras ella a la espera que no tardase mucho en resolver aquel problema.

Atravesaron la callejuela, tan incómoda de cruzar, tan aparatosa e insignificante que nadie se había molestado en vigilar, y llegaron al otro lado tal y como la joven había predicho. Aunque alcanzar el interior del perímetro no era llegar al palacio: este estaba todavía bastante lejos, a unas cuantas manzanas por delante de ellos. El perímetro, en realidad, era una aproximación del alcance de la bomba. En otras palabras, todo el terreno que se había desalojado para prevenir una masacre mientras el gobierno negociaba con los terroristas y los especialistas buscaban la bomba para desactivarla.

―Creo que deberías quedarte aquí ―le comentó Capucha Mostaza tras evaluar la distancia que todavía les faltaba por recorrer―. Puede ser peligroso.

Hägermarzen se encogió de hombros en una réplica silenciosa con la que esperaba decirle que obviamente iba a ser peligroso pero que aun así seguiría a su lado de la misma manera que ella le acompañaba a sus atracos. La joven sonrió, entendiendo o no lo que intentaba decirle, y luego se sacó un catalejo del bolsillo. Estaba comprimido sobre sí mismo, de manera que solo parecía un aro envolviendo una lente, pero se podían sacar más anillos hasta lograr unos cuantos centímetros más de catalejo, los suficientes para cogerlos con la mano sin riesgo a que se le cayera al suelo.

―Por aquí ―le dijo tras un rato oteando los diferentes edificios que les rodeaban.

Y le llevó hasta una torre menuda, pero más alta que las casonas de aquella calle, para apañárselas y subir hasta sus almenas. Para ello tuvieron que malgastar unos preciosos minutos forzando puertas, escalando fachadas y tirando una maceta al suelo en un despiste que solo terminó con barro roto y abono desperdigado por la acera en vez de cráneos y sesos. Lograron subir y allí Capucha Mostaza volvió a mirar por el catalejo, girando sobre sí misma unas dos veces para abarcar todo los que les rodeaba, su cielo, edificios y calles. Se detuvo cuando el sol empezaba a estar en lo alto. Quizás fuera por el despertador que llevaba en el bolsillo, pero a Hägermarzen empezaba a inquietarle la cercanía de la detonación de la bomba.

La joven se guardó el catalejo en el bolsillo y se giró hacia él.

―¡Vamos!

Bajar fue menos aparatoso, pero igual de complicado. Cuando saltaron al suelo entre crujidos de barro al romperse, Capucha Mostaza le agarró de la manga para obligarle a correr tras su estela amarilla. Ella también empezaba a sentir en sus arterias la urgencia de la cuenta atrás y el tiempo que les quedaba.

Ante todo pronóstico, la joven no le llevó hasta el palacio, como él había dado por hecho desde el principio, sino que salieron por el mismo callejón por el que habían entrado. Redujeron la marcha para cruzarlo sin quedarse atascado entre sus paredes y luego volvieron a salir corriendo. La heroína parecía muy segura de a dónde ir a pesar que estaban en una ciudad desconocida. A ratos dudaba, cuando su camino se bifurcaba y para seguir recto tendrían que atravesar edificios, pero enseguida rechazaba su idea de allanar las casas y elegía el que podría ser el menor de los desvíos. Solo que la suma de varios desvíos al final había acabado siendo una vuelta considerable, pero ninguno lo mencionó. Solo corrían aligerando sus peaos para vencer así a los minutos que seguían descontándose en el contador de la bomba.

Casi sin resuello, Capucha Mostaza se detuvo en un edificio feo y discordante con los bonitos palacetes, torreones y casonas de aquellos barrios. Si todas ellas tenían un aire decimonónico, antiguo y de reliquia, este otro era un mamotreto de cemento gris y ventanas que más bien eran agujeros con cristales turbios para cubrir su interior. Sobresalía sobre la media, con su techo plagado de antenas parabólicas coronándose en lo alto.

―Es aquí ―anunció la heroína―. Es aquí donde se esconden los terroristas.

Hägermarzen desvió la cabeza, primero mirando el edificio con curiosidad y luego mirándola a ella a la espera que le justificara el porqué de su deducción. Pero como esta no decía nada, no le quedó otra que hablar:

―¿Estás segura?

―Como un coche.

El encantador de pájaros ladeó la cabeza con incredulidad. A su amiga le gustaba fardar de su octavo sentido de justiciera, desarrollado a base de ver películas, resolver crímenes y leer los periódicos. Según su teoría, había unos ciento veintitrés esquemas que resumían de manera casi perfecta todos los actos delictivos. De manera inconsciente, todos los criminales acaban imitándolos. Así que una vez localizabas el esquema, solo había que extrapolarlo al caso y relacionarlo con los indicios que ya se tenía para deducir el resto. Así decía la teoría, pero el joven solo había visto que se cumpliera en muy pocas ocasiones. Aunque también era cierto que él prefería ver otras cosas, como el vuelo errante de una libélula que pasaba justo al lado de la joyería atracada, así que puede que fuera más cierto de lo que él supusiera.

Dado que nunca le solía prestar atención cuando le hablaba de estas cosas, no veía qué relación podía tener aquel edificio con una bomba. Pero la cuenta atrás apremiaba, así que se dejó de pensamientos y la ayudó a abrir la puerta. Tenía en sus bolsillos una extensa colección de ganzúas, así que manipular la cerradura fue tan sencillo como chasquear los dedos. A Capucha Mostaza no le hizo mucha gracia que sus habilidades criminales le ayudaran en su misión heroica, pero aún menos ver que el interior del edificio estaba tan a oscuras como una noche recubierta de carbón teñido de negro. Con el gesto torcido y la boca de morros, encendió la linterna para alumbrar lo que parecía un vestíbulo vacío.

―Puedes quedarte afuera ―le sugirió con voz temblorosa.

Y Hägermarzen entendió lo que realmente le estaba diciendo, la petición verdadera oculta en aquellas palabras mentirosas, así que por eso entró. Gracias a sus gafas no necesitaba de linternas ni de soles ni luz. Tras ellos también entró la fantasmita, pero nadie le hizo caso.

Caminaron con paso decidido, pero silencioso, evitando hacer el menor ruido mientras avanzaban por aquel interior desconocido y sin señalizar. Buscaban escaleras, pero solo dieron con pasillos y ascensores apagados, también puertas atrancadas, demasiadas como para malgastar el tiempo que les quedaba abriéndolas unas por una.

Se escuchó un clic metálico y lo siguiente que Hägermarzen supo es que había una pistola apuntándole la cabeza y sombras armadas surgiendo de la oscuridad. A Liralaik se le escapó un chillido de pánico que nadie escuchó a excepción de él, el único que estaba tranquilo. Capucha Mostaza siseó, furiosa, pero levantó los brazos ante la señal de una de los terroristas. Eran apenas media docena, pero llevaban consigo fusiles y pistolas, y ellos solo una linterna que la joven había puesto boca abajo para seguir iluminándose.

―¿Qué hacemos con estos? ―preguntó una de los terroristas a sus compañeros.

―Un tiro y se acabó. O dos si a alguien le tiembla el pulso.

―¿Pero qué hacen aquí? A la jefa quizás le interesa saberlo.

―Casualidad, parecen dos turistas de estos raros. O gamberros: ¡mira sus pintas!

Capucha Mostaza levantó la cabeza con toda la dignidad que pudo, molesta por la acusación, aunque fuera cierto que lo parecía vestida como iba con un jersey viejo, antifaz y vaqueros.

―Mira, mejor le preguntamos a la mandamás que la última vez que nos cargamos a un intruso nos echó la bronca por lo engorroso que es deshacerse de los muertos.

―Está bien ―accedió la que estaba tras Hägermarzen. La pistola se apartó un poco de su cabeza mientras una mano le sujetaba con fuerza el hombro y le empujaba hacia adelante―. Pero recuerda que lo que le molestó es que luego tocó limpiar la sangre, no que nos deshiciéramos de las alimañas.

―Eso está claro ―dijo la otra, apuntando a Capucha Mostaza para que se pusiera delante suyo y empezara a andar―. A ver, el asunto es que los vamos a matar igual, pero después de tantas broncas que al menos nos diga por una vez cómo quiere que lo hagamos.

Anuncios

¿Algo que opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s