Esquirlas pasadas: Magnolio

                Al principio no era nada, solo un latido pausado, dormido, envuelto por una oscuridad cálida y carnosa. Hasta que la luz irrumpió, resquebrajando la seguridad de aquel refugio, arrastrándole a un lugar inconstante de colores que deslumbraban y olores que confundían. Gritó al nacer en un aullido agudo y casi afónico.

Tardó en ser algo, en ponerse sobre sus cuatro patas y andar y trotar y descubrir que no se podía beber del riachuelo que apestaba a sangre ni acercarse a las flores que goteaban luna líquida. La sombra de la madre siempre llegaba primero, evitando los peligros, educando con gruñidos de advertencia y golpes para detener las ideas más tozudas y peligrosas. La suya era una presencia que nunca se alejaba mucho. Y cuando parecía que no estaba aun así tenía un ojo avizor, atenta de las malas ocurrencias de los otros, los más traviesos. Él no. Era solo uno más de la camada, el de ritmo más pausado y bostezos frecuentes. Todavía no era nada, solo parte de la mezcla de olores de todos los hermanos.

Días lentos, pero frenéticos, de descubrimientos, de escarmientos y la vaga sensación que el mundo entero era aquel rincón del bosque y les pertenecía a ellos.

Hasta que llegaron los otros en una noche que olía a quemado y savia podrida. La madre despertó de inmediato y él la vio marchar, seguida de uno o dos de sus hermanos, los más audaces, los que no respetaban lo que la gran loba les decía. Él siguió durmiendo, aturdido por aquel olor dulce que empañaba el aire. En sus sueños todo era negro, aunque a veces se distinguían chispazos de olores, de rastros que quizás había conocido en algún momento.

Despertó en una jaula de madera curvada en los extremos y cuerda anudando las aristas. Confusión, sorpresa, aullidos de miedo y duda, llamando a los que no podían escucharle. El viaje duró una eternidad bamboleante, en la que a veces le dejaban un cuenco de agua y carne seca. Pero él recelaba, confuso por primera vez sin su madre que le dijera si podía o no, si había peligro, veneno o una boca hambrienta con muchos dientes. Hasta que el hambre pudo y se dejó vencer por ella.

A veces oía otros aullidos, familiares, no muy lejanos e igual de perdidos que él. Pero cuando intentaba responderles algo golpeaba los barrotes de la jaula en un chasquido molesto y frenético que lograba que hundiera el hocico entre las patas y no se atreviera a levantar la cabeza por horas. Y así el viaje se hizo en silencio, acompañado por los relinchos de fondo, las otras voces, olores desconocidos y otros algo más familiares: bosque, madre, sangre.

Días interminables, indistinguibles los unos de los otros. Y el cachorro dormía, sumido en un letargo que solo se rompía las noches de luna llena. Entonces levantaba las orejas, la cola y alzaba la cabeza a la espera que sucediera algo.

Los olores de los hermanos se fueron perdiendo uno a uno. El primero en una aldea amparada en un bosque de hojas grandes y seres pequeños, nudosos y deformes que se acercaron con curiosidad a todas las jaulas para verlas, manosearlas y toquetear a los animales. Luego en un pueblo ruidoso, de colores y la mezcla más brutal y sorprendente de aromas, peste y olores. Después a la sombra de la muralla de un gran castillo.

Y por último, en la entrada de un gran jardín, donde unas manos perfumadas lo cogieron con recelo. Él lo sentía en su temblor, en el esfuerzo que hacía por tocarle lo mínimo y el impulso por soltarle siempre que él movía una pata o la boca. Al final le dejaron entre la hierba y las flores tras gritarle un sonido peculiar que se repitió a lo largo de los días. Al contrario que el resto de gruñidos y chillidos de los Grandes, aquel no significaba nada. Ni comida ni castigo ni felicitación ni tiempo de pasear. Y aun así era la que más le decían.

“Rouporperto”.

Aquellos días en el jardín borraron el olor del bosque y la jaula de su pelaje. Y él creció entre los árboles de formas caprichosas, el río donde podía beber sin amenaza alguna y la presencia distante de aquella que le había cogido la primera vez. Aunque nunca más había vuelto a tocarle, siempre relegaba su cuidado en otros, manteniéndose en una distancia prudencial a pesar de sus intentos de ir hasta ella, restregarse contra sus faldas y lamerle la cara. Era especial entre todos los Grandes y él lo intuía, aunque deseaba que fuera otra, alguien más cercano y cariñoso, con quien estar y jugar, con quien aprender y caminar más allá de la valla y las dimensiones de un jardín que era cada vez más pequeño.

No supo lo que era el cariño hasta que llegó la voz de fuego. Era extraño entre los seres de aquel lugar. Se había acostumbrado a ellos, altos, esbeltos y elegantes, frágiles y con olor a árboles, a matorral y bosque en flor. Aquella presencia era pasto en llamas, pasos seguros, rudimentarios. La primera vez que irrumpió en el jardín se abalanzó sobre él mostrándole los dientes para expulsarle. Peligro, su instinto gritaba peligro, amenaza, intruso, enemigo.

Pero aquel Grande se inclinó con sorpresa y le tendió una mano que él olisqueó con curiosidad, olvidando el ímpetu que le había llevado hasta allí. Echó la cabeza hacia atrás al ver que aquella mano enguantada en acero se acercaba hacia su frente. Encogido por la confusión, se dejó acariciar envuelto por las palabras en llamas de aquella voz amigable, tierna, que le decía cosas que no entendía pero que aun así le arrancó ronroneos satisfechos.

Desde ese día, aquel Grande vino a menudo. Y aunque buscaba a los otros, los que trenzaban sus cabellos con flores, siempre se paraba a acariciarle, a jugar con él y darle comida. A su dueña no le hacía gracia. Siempre elevaba la voz al verles, enfadada por convertir  a su monstruo guardián en una mascota.

Monstruo. Guardián. Mascota. Palabras que no entendía, pero cuya importancia podía deducir.

Una noche, el Grande de la voz de fuego fue a verle a una hora inesperada que le arrancó de su sueño, aunque él fue a recibirle igualmente, saltando encima suyo para lamerle la cara. Fue la noche en la que le aprisionaron el cuello con una cinta de cuero y se fue del jardín para no volver. Cuando quiso darse cuenta aulló por la otra dueña, a quien quería pese su frialdad y distanciamiento, por aquel perímetro floral que se había convertido en hogar.

Pero el Grande estaba con él y no volvió a separarse de su lado.

Hasta la gran batalla, claro.

Los días de jolgorio, de recorrer las calles de una ciudadela bulliciosa y saturada de olores, de jugar con otras bestias y dormir en la habitación de su dueño, tirado en el suelo y con la cabeza apoyada junto a su mano caída; aquellos días se esfumaron a golpe de espada, de mordisco contra las bestezuelas oscuras que disparaban azufre y escalaban la gran muralla. Y él corría entre ellas, aullando, lanzando dentelladas furiosas, ignorando el pánico que recorría por debajo de su piel, ahogado por el instinto que le llevaba a proteger la ciudad del otro lado y la gente que luchaba junto a él. Los conocía a todos: había aprendido a distinguir sus olores por encima del resto. Estaban los compañeros de su dueño, hierro y cuero, los que cuidaban a los animales de la fortaleza, serrín y carne, y quien siempre se asomaba por ahí a pesar que nunca hacía nada, algodón y nube. También estaba la gente del pueblo, barro y especias. La voz de fuego y los suyos los visitaban a menudo y él siempre les acompañaba en aquellas incursiones, sus favoritas, donde jugaba con los niños, robaba comida sin vigilancia y dormía luego bajo la sombra de los árboles.

Y aquellos seres negruzcos, de dedos largos y bocas torcidas, que apestaban a sudor y entrañas, lo estaban destruyendo todo. La aldea, el bosque, las compuertas de la muralla; con una espada cercenaban hierro y cuero, con un hacha partían serrín y carne, con sus dedos troceaban barro y especias. Y el fuego no era suficiente para acabar con ellos. Intenso, pero escaso, capaz solo de cubrir un foco que ardía furioso, solitario en medio de la matanza.

Perdió su olor entre tanta sangre, rabia y acero dispersado por el barro. Cuando quiso darse cuenta, el fulgor se había reducido, condenado a derrota, pero él no sentía la victoria en su paladar como en otras peleas. Aturdido, alzó la cabeza para buscar a alguien, un rastro, una figura familiar sobre el horizonte, pero estaba rodeado de cadáveres todavía calientes y ceniza en el aire.

Aquel fue el final, el inicio del vagabundeo, de esperar, de observar la llegada de las capas blancas. Esperó hasta que no pudo más y corrió hacia el bosque en busca del poblado, de su gente, de un entorno familiar al que aferrarse. Trotó entre árboles quemados, caídos y cortados, hojarasca pisoteada y cuerpos clavados sobre la madera. Y así llegó a un lugar irreconocible. Confuso, resbaló sobre sus zarpas al detenerse y ladeó la cabeza en busca de los suyos, de lo que siempre salían a recibirle y a jugar.

Poco a poco, algunos se acercaron sin mirarle, sin apenas tocarle. Gente triste, ausente, que no decía nada mientras apartaba la madera rota y arreglaba sus puentes. Y el aire se fue envolviendo por más humo, por alaridos, por el aroma de la enfermedad y la muerte.

Una noche una chica se sentó a su lado. Parecía serena, tranquila y determinada, pero cuando hundió el rostro en su pelaje rompió a llorar.

Aquel suceso acabó por perder importancia, como si todas las vendas, remaches y esfuerzos se centraran también en cubrirlo hasta hacerlo desaparecer. Pero él seguía arrastrando la nostalgia por su deambular errático por el bosque. Ahora tenía mil nombres y ningún hogar fijo. Nadie lo había reclamado y los que le recordaban se habían ido, también la chica que ocultaba que lloraba. Y cada ausencia se sumaba a su añoranza, a su anhelo por cariño, palabras de felicitación y una mano acariciándole la cabeza.

Un día apareció un ser extraño, grácil, pero malhumorado, con sangre en las rodillas y un ímpetu sorprendente. Tenía un olor diferente al de los demás, hipnótico, inolvidable, se le pegaba en sus fosas nasales y no había manera de olvidarlo.

Ella también le dio una de esas palabras inútiles que había terminado por reconocer como nombre:

“Magnolio.”

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