15/52-Pequeños pasos que no lo son tanto

¿Nuevo por aquí? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal.

Neil Armstrong levantó la cabeza y miró su alrededor con el corazón encogido y el aliento detenido. La luna era inmensa, sobrecogedora, un páramo vacío de belleza inusual. Se sentía ajeno a ella, como si en realidad estuviera a miles de años luz contemplándola desde una pantalla. Pero no, estaba ahí, dejando sus huellas sobre su superficie gris, conociéndola, investigando sus secretos y enamorándose de ella, pero también dejándose estremecer por su frío, por la soledad que desprendía y que le inundaba por completo al comprender lo lejos que estaba de la humanidad.

―¿Estás listo? ―le preguntó Aldrin, su compañero.

Se habían jugado a los dados quién saldría en televisión. Y un lanzamiento plagado de ochos le había convertido a él en el protagonista de un suceso histórico, sin paragón, inolvidable. Armstrong sentía la presión recorriéndole por la columna vertebral mientras veía como el otro astronauta terminaba de conectar los últimos cables. El destello rojo que asomó por una de las esquinas de la cámara, indicando que la conexión funcionaba, resaltó sobre los blancos del cohete, los grises de la luna y el negro del espacio.

Con pasos lentos que se convirtieron en saltos por una ironía de la gravedad, Neil Armstrong comenzó a caminar. Llevaba la bandera en la mano, el símbolo, el espectáculo que todos esperaban al otro lado.

Clavarla no fue sencillo, pero eso nunca lo sabrían los espectadores. El agujero estaba listo y solo hubo que adaptarlo un poco para que la bandera no se derrumbara.

―Este… ―dijo, girándose a la cámara, pensando en los millones de ojos que estarían pendientes de él en aquel momento―. Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad…

…Y una tremebunda metedura de pata para los dioses. Porque en ese mismo instante, la luna estalló en polvo, en pedazos diminutos y arenisca que se dispersó. Parte cayó a la Tierra, pero el resto desapareció, arrastrada por el ímpetu de la explosión. Lo que alcanzó a los planetas fue apenas una llovizna que se desintegró en la atmósfera.

Pero algo superó todas las capas, algo que ya no era nada, mucho menos visible, restos microscópicos de polvo, de huellas, de material de la NASA y un astronauta. Por casualidad, manipulación o mucha mala suerte, la mayor parte de aquella lluvia se perdió por las ciudades del oeste.

El primer muerto que se levantó lo hizo el 28 de junio de 1969. Y lo hizo dando un pequeño paso.

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