14/52-En todas partes

¿Nuevo por aquí? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal.

―El pobre ratero está triste, ¿qué le pasará al pobre ratero?

Masacre apoyó la cara enmascarada en la palma de la mano. Se encontraba en lo alto de una cúpula de tejas azules como el cielo en mediodía. La ciudad se extendía a sus pies en un laberinto de callejuelas de las que nacían torreones como en el que se había sentado. Y a lo lejos, el puerto, una franja que delimitaba la tierra y el cielo. A pesar de la distancia, podía ver lo que ocurría como si estuviera ahí mismo. Y lo estaba, en cierta manera. Una existencia tan caprichosa como la suya no podía limitarse a un único punto en el tiempo y el espacio.

Masacre estaba ahí, descansando en el techo de una torre, pero también en el puerto, contemplando la bandada de policías que pululaban, a la chica de la capucha mostaza, su amigo y la ballena blanca.

Pero también estaba junto a Luzuardo, caminando a su lado por la calle, siguiendo el compás de sus pasos erráticos y la furia que le invadía.

―¡No se lo perdonaré! ―chillaba para sí mismo el ratón, el ladrón, el asesino indirecto―. ¡Jamás se lo perdonaré!

Caminaba con él, pero también estaba delante suyo en el fondo del mar. Entonces se encontraba junto a Colisión en una fosa abismal, ignorando la presión, la falta de aire y lo que dictaba las leyes de la lógica. Luzuardo estaba en su cápsula que le protegía de aquello de lo que la pareja ignoraba, no a propósito, sino por desinterés. A fin de cuentas, para un par de dioses aburridos, algo tan trivial como las reglas del mundo no era capaz de despertar su atención.

El cuadro salió de una escotilla envuelto por capas y capas de protección. Y entonces, al tenerlo por fin entre burbujas, rompieron el celofán para que el agua lo destrozara y se llevara consigo los colores. Masacre disfrutó de aquel baño de pintura. Efímero como solo podían serlo los instantes de belleza y los momentos de diversión. Y aquel era uno de los más desternillantes que había vivido en mucho tiempo.

Era un cuadro famoso, un cuadro valioso, un cuadro expuesto en un crucero. Un cuadro que todos buscarían y que ya no existía.

La ballena se fue sin saber que días más tarde Capucha Mostaza la encontraría y la detendría para llevarla a la justicia.

La heroína era un ser extraño, peculiar, el prototipo de humana que atrae la atención de dioses aburridos. En medio de la realidad anodina, cualquier alteración que se salga de lo común es un foco para Masacre y Colisión. Los persiguen, los vigilan, los convierten en el espectáculo que sus corazones buscan. Y una vez que los actores han sido elegidos, hay que disponerlos, manipular sus caminos para que encuentren la gran obra.

Nada es casualidad, solo eventos decididos de antemano para diversión de los dioses oscuros.

La idea nació en una alocada noche corriendo por los tejados. La chispa de la inspiración se extendió por sus cuerpos inmateriales, convirtiendo ideas sueltas en un propósito para aquel año.

Los buscaron, los seleccionaron y alteraron la probabilidad para que Capucha Mostaza y Hägermarzen se encontraran en el crucero. Alettia fue el vector que se desechó una vez cumplido su papel. No era suficientemente graciosa. También le encargaron a Luzuardo la misión de robar el cuadro que destruirían bajo el agua. Era un sinsentido que escondía el germen de una venganza, una diana en la espalda del ratón ladrón, una flecha justiciera en la heroína de la capucha mostaza.

―El pobre ratero está triste, ¿qué le pasará al pobre ratero? ―canturreó Masacre. Estaba en un tejado, en la calle, en el puerto y también en los cielos, contando las estrellas para ver si encontraba algún mensaje en sus constelaciones.

Luzuardo se detuvo, instigado quizás por la voz que existía, pero que no se dejaba oír. Temblaba de rabia, de miedo e indignación. Podía no valorar la vida de las personas, el arte que no fueran libros y al noventa por ciento de lo que había en el mundo, pero apreciaba a la ballena, a su amiga. Y aquella metomentodo había aparecido súbitamente en el puerto con la policía y la guardia civil, logrando apresarla.

Una llegada inesperada, redes eléctricas, un camión gigante con un tanque de agua. Flashes, reporteros, curiosos y la ballena intentando escapar. Las gaviotas se habían concentrado tanto en aquel lugar que casi habían cubierto el cielo con sus plumas blancas.

Y él no había podido hacer nada, era un lamentable ladrón, con clase, con educación, pero sin el poder suficiente para defender a quién más quería de la implacable y merecida justicia.

Eso era lo que le pasaba: rabia, imponencia, descontrol por primera vez en la calma de su vida.

―Pobre y lamentable ratero ―ronroneó Colisión. Había surgido en medio de la acera como si todo este tiempo hubiera estado ahí―. ¿Qué hará ahora?

Luzuardo se detuvo bajo la mirada expectante de los dos entes. No sabía cómo, ni siquiera si podía hacerlo, pero tenía que liberar a su amiga.

Y vengarse de Capucha Mostaza antes que ella le encontrase para vengarse a su vez.

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