Aullidos

Siento lo descompensado de las entradas de estos días. Sigo de exámenes y con un horario cada vez más de Sombrerero loco: siempre es hora de merendar. En fin, al menos me ha dado tiempo a preparar ya el reto de El aullido del lobo de Junio. Esta vez era sobre animales (y con el título haciendo guiño al blog de Sigrid 😉 ), ¡espero que os guste!

El ruido de las olas al golpear las paredes del barco no era suficiente para mitigar los gruñidos de los animales, sus zarpas arañando los barrotes o removiendo el serrín. La niña estaba sola, envuelta por las sábanas de su cama como si de un fuerte se tratase. Apenas se distinguían formas geométricas en la oscuridad ininterrumpida por una bombilla que colgaba del techo dando bandazos. Su luz tenue y amarillenta iba de un lado a otro, alumbrando ausencia, paredes desnudas, cajas de madera, las botas de la chiquilla tiradas en el suelo y el peluche de un león a modo de guardián. Pero ella no necesitaba verlos para saber que estaban con ella en el barco, a apenas unos metros: a veces llegaba el olor, tiras finísimas de peste a pelo mojado y orines. Otras veces sus aullidos, que servían para cronometrar el paso del tiempo de aquel viaje envuelto por horas inalterables y una habitación sin ventanas.

Las bestias estaban cerca, muy cerca. Y aunque ella no les había visto nunca en ocasiones poblaban sus sueños con cacerías, ojos inmensos como lunas y dientes manchados de rojo. En su imaginación todos ellos eran monstruos feroces, inmensos, con zarpas, garras y un hambre insaciable.

La niña entendía el lenguaje de los animales y por sabía que estaban furiosos por el cautiverio, por los vaivenes del barco que no comprendían y el frío. Odiaban a los hombres que les habían encerrado y sus tripas rugían de hambre ante el pienso insuficiente. Y tejido en sus aullidos estaba un plan de evasión que se iba organizando noche tras noche, entre los vaivenes del barco y las horas en las que llenaban sus platos de comida.

Y por eso la niña temblaba, porque sabía lo que los animales tramaban y que al final acabaría por suceder. Solo le quedaba esperar que cuando por fin las bestias escaparan se olvidaran de ella igual que habían hecho los humanos.

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