13/52-Una desgracia prevenida

¿Nuevo por aquí? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal.

Hägermarzen suspiró al ver a Liralaik girando sobre sí misma mientras contemplaba la inmensidad del aeropuerto con los ojos muy abiertos por la sorpresa y el aturdimiento de siempre al no reconocer el lugar en el que estaba. La fantasma revoloteaba sin ser consciente de ello, pasando entre los arcos que detectaban metal sin que ningún pitido ni cámara atestiguase su paso, para luego retroceder mirando el techo ovalado con maquetas de aviones. El encantador de pájaros se había separado ahí de Capucha Mostaza. En parte porque para pasar primero tenía que deshacerse de sus gafas, la mitad de su ropa con tachuelas o remates metálicos, su colección de ganzúas enmascaradas como horquillas y los cachivaches que escondía en los bolsillos. Y en parte porque la joven había puesto toda la distancia posible entre ellos, alegado que dado que tenía que viajar como una persona normal identificada bajo un nombre real, no podían ir juntos para preservar así su identidad secreta. Algo que él no entendía, a fin de cuentas conocía de sobra su identidad, pero aceptó para no contrariarla y quedaron en reunirse en el puerto de Genováusse, la ciudad donde habían localizado a la ballena del ladrón.

Libre de la velocidad intempestiva de su amiga, de sus prisas y necesidad que todo estuviera al momento, Hägermarzen se permitió relajarse un poco, recogiendo con una parsimonia exasperante sus cosas y luego caminar tranquilamente, sin dejar de curiosear junto a Liralaik. Dado que ya le había repetido como media docena de veces dónde estaban, consideró que ya había cumplido su cupo de explicaciones, así que la dejó vagar en silencio mientras él daba un paseo. Había muchas cosas que ver en un aeropuerto tan grande: la historia de la aviación resumida en maquetas, los grandes ventanales que cubrían las paredes por completo y por dónde se veían las pistas de aterrizaje, los bolsos sin atender de los pasajeros…

Pero también había gente y eso no solía gustarle tanto. En especial la gente que no llevaba nada valioso ni interesante en sus bolsillos. Como un grupo de personas algo raras que insistían en que los pasajeros plasmaran su firma en unos papeles que iban acumulando en una mesa plegable que alguien les había dejado poner. Liralaik se acercó a ellos con curiosidad y luego miró al encantador de pájaros.

―¿Qué están haciendo?

―Recogen firmas.

―¿Para qué?

―Querrán buscar apoyos para un cambio. O puede que estén apoderándose de nuestro signo de identidad para luego desvalijar nuestras cuentas corrientes.

La fantasma achicó los ojos por reflejo, algo que en realidad no necesitaba, para enfocarse en los carteles que llevaban consigo y que no paraban de agitar, estampándolos casi bajo las narices al primer incauto que pasara en un radio inferior a diez metros respecto a ellos.

―Pan con pan no es comida de tontos ―leyó―. ¿No es al contrario?

―Eso dice el refrán: pan con pan comida de tontos. Pero parece a ellos no les gusta y quieren cambiarlo ―dedujo.

―¿Por qué?

―Me parece que son panaderos.

Liralaik asintió, meditabunda, y se acercó un poco para ver mejor las menudas letras que cubrían las hojas que blandían los panaderos en forma de folletos, pancartas y una lista de apoyos que esperaban rellenar. Hägermarzen la dejó cotillear con la calma que se merecía. Sabía que en breves volvería a perder la memoria y con ello su interés por la revolución panadera. Pero hasta que sucediera, le resultaba entrañable verla actuar con cierta normalidad, en respuesta a acciones y no solo por la inercia de hacer algo en medio de la desmemoria.

Al rato el espíritu se detuvo, sorprendido, y sacudió la cabeza para mirar a su alrededor. Asustada, confusa, preguntándose en silencio dónde estaba y qué estaba haciendo. El encantador de pájaros suspiró y echó de nuevo a andar, dejando que ella se repusiera del susto y le siguiera.

Estaba cavilando cuando su mirada enfundada por sus gafas espectrales se tropezó con una figura que se esforzaba por aparentar humanidad.  Estaba en medio de la gente, regia como una estatua, entorpeciendo un camino que los demás esquivaban por inercia, incapaces de ver a aquel ser. Hägermarzen tampoco le dio excesiva importancia: solía ver cosas que los demás no veían, como fantasmas o esbozos mal detallados de un ser humano. El ser en cuestión estaba desnudo, revelando un cuerpo andrógino, tosco, como si alguien lo hubiera boceteado sobre la arena de la playa. Llevaba un antifaz blanco que apenas dejaba entrever una inmensa sonrisa ribeteaba sobre la piel.

Y entre sus manos de dedos largos, un reloj de bolsillo del tamaño de una manzana.

El ser sacudió el reloj, acariciando con la uña su superficie de cristal. Era tan grande que, a pesar de la distancia, el joven pudo leer la hora: quedaban ocho ajustados minutos para que su vuelo despegara.

Sin prestarle más atención a la aparición, Hägermarzen rompió a andar con lo que él consideraba paso acelerado: un pelín más rápido de lo habitual y sin distraerse por nada que no fuera su puerta de embarque. Liralaik le siguió, guiada por el hilo invisible que unía a fantasma y enlace, aunque no parecía ser consciente de ello: su mirada continuaba perdida en las maquetas del techo, tan entusiasmada como si fuera la primera vez que las veía.

―Me encantaría poder volar en avión ―fantaseó para sí misma.

El encantador de pájaros esbozó una minúscula sonrisa para sus adentros, pero no se detuvo. Y aunque cada paso era como una ola sobre un dibujo en la arena, que eliminaba poco a poco el recuerdo de aquel ser hasta transformarlo en una silueta indistinguible, el hecho que llegaba tarde seguía centelleando en su cabeza.

Gracias a un encuentro que desapareció de su memoria como si nunca hubiera existido, Hägermarzen cogió el avión correcto junto a una chica que tenía la cara de Capucha Mostaza, la estatura de Capucha Mostaza, la constitución de Capucha Mostaza, que se alegró como Capucha Mostaza al verle aparecer en el último minuto, pero cuyo nombre en el pasaporte no era Capucha Mostaza.

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