12/52-Atraco a mano armada

¿Nuevo por aquí? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal.

Capucha Mostaza había dejado de ser ella al cubrirse la cabeza con una bolsa de cartón. Su nombre, esencia e identidad se perdían tras aquel pobre disfraz que todavía olía a hamburguesa y patatas fritas. Hägermarzen la miró con extrañeza tras las gruesas lentes de sus gafas. Era la mirada que le solía dedicar al mundo, no a ella a quien creía conocer y entender, sino al resto de seres y los escenarios cambiantes que conseguían sorprenderle todas los días. Pero aquella noche su amiga se había convertido en una peculiaridad más a la que contemplar atónito. No solía decir nada. Aceptaba lo extraño en silencio, aunque sin dejar de mirarlo, consciente que si se dedicase a preguntar el porqué de todo lo que no entendía se quedaría sin voz. Pero entre ambos había confianza y por eso mismo le preguntó qué estaba haciendo con un susurro mientras ella jugueteaba con su linterna sin pilas.

―¿No es obvio? ―exclamó, irritada y demasiado brusca, molesta por la oscuridad aun cuando estaban bajo el foco de una farola―. Tengo que ir de incógnito. Nadie puede ver a la superheroína Capucha Mostaza atracando un banco. Por tu culpa―añadió con un tonillo recriminatorio.

―Dijiste que necesitábamos dinero.

―¡Porque te has empeñado en viajar en avión!

―Porque tú quieres ir al este. Es más rápido que colarnos en un barco ―añadió como si así pudiera ocultar el hecho que lo que quería realmente era volar con los pájaros.

La joven más conocida como Capucha Mostaza contuvo un grito frustrado que quedó amortizado por la bolsa. Alguien chistó, pidiéndoles silencio. No estaban solos. Se habían unido a una banda de los suburbios de Sanpaco para ayudarles a cometer el delito. Recordar lo que estaban a punto de hacer y con quién se encontraba, calaña ladronzuela y sin escrúpulos,  solo sirvió para que le hirviera la sangre a la chica. La bolsa no tenía agujeros, no los necesitaba. Su papel, como siempre que acompañaba a Hägermarzen a cometer alguna fechoría, era no mirar. Algo que para ella ya era un crimen de por sí espeluznante y difícil de reparar. Era una criminal pasiva que solo compensaría los daños cuando, días más tardes, se encargase de atrapar al resto de la banda y entregarla a comisaria. Tenía a los tres localizados: un ogro que no hablaba ningún dialecto conocido y que se encargaría de abrir la caja fuerte, un dragón enamorado que sabía de tesoros y un hombre de hojalata que necesitaba dinero para comprarse un corazón. Tres seres lamentables que no encontraban otra solución a sus problemas que el hurto, daños a una propiedad privada y el blanqueo posterior de las ganancias obtenidas.

Luego, cuando encontrase al autor de la matanza del crucero, regresaría a Sanpaco, los encontraría de nuevo y los cubriría de cadenas. Pero esa noche no le quedaba otra que esperar con los ojos cerrados mientras el trío de delincuentes y el encantador de pájaros allanaban el banco.

Esperó tatareando bajo la farola, bañada en su luz como si así pudiera engañarse y creer que era de día. Incapaz de quedarse quieta, empezó a dar vueltas sobre sí misma, canturreando cancioncillas que se le ocurrían mientras fantaseaba en lo que haría cuando encontrase al Villano. Así había decidido llamar al autor de la matanza del crucero para dejar de quedarse sin saliva siempre que tenía que hablar de él. Esperaba una gran pelea, con muchos puñetazos, robots que disparaban rayos láser por los ojos, una bomba atómica y una cuenta atrás que lograría detener en el último nanosegundo. Lo típico, vamos, tampoco es que fuera muy ambiciosa.

Así estaba, repasando posibles planes de ataques o engaños cuando escuchó los pasos tranquilos de su amigo. Se levantó un poco la bolsa, lo suficiente como para ver que Hägermarzen regresaba con las manos vacías.

―¿Pasa algo? ―le preguntó con extrañeza―. Es muy pronto… ¿No habéis podido burlar la clave de la puerta?

―Le pedí a mi novia que se encargase de ello ―se giró y ella hizo otro tanto, viendo así que la puerta del banco estaba abierta como una invitación para entrar y saquear sus entrañas.

―¿Entonces?

―Ellos se han ido a forzar las cajas fuertes.

Capucha Mostaza respiró profundamente.

―Lo que más me gustaría en este mundo sería apartarte de una maldita vez por la senda del hurto, pero solo por hoy te lo voy a preguntar, ¿por qué narices no estás con ellos cogiendo nuestra parte del dinero?

―¿Tengo que coger dinero? ―preguntó, sorprendido.

La joven se tapó la cabeza de nuevo con la bolsa y se contuvo para no gritar. Al ver su reacción, y el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para no descargar su frustración a patadas contra la farola, el encantador de pájaros le puso una mano en el hombro.

―Lo siento ―se disculpó―. Una urraca me comentó que era mejor que hiciera una transferencia bancaria desde uno de sus ordenadores a mi cuenta. Ahora regreso a por dinero metálico.

Capucha Mostaza le agarró de la muñeca justo a tiempo, cuando empezaba a dar media vuelta y regresar al banco.

―¿Has dicho transferencia bancaria?

Él asintió con su inexpresividad ausente, la misma que tenía el poder de irritarla o calmarla en los momentos más inesperados.

―Por favor ―le imploró Capucha Mostaza, soltándole, agotada al sentir el peso que dejaban atrás los vaivenes de emociones que solía tener tan a menudo―. Es la segunda vez que me lo haces hoy. No me des estas sorpresas.

―Lo siento.

La alarma sonó de manera tan súbita, tan inesperada que los dos pegaron un brinco. Las luces del banco se habían encendidos, rojas, intermitentes, bañando la calle con una tonalidad que recordaba a la entrada del infierno. La chica agarró a Hägermarzen del brazo y tiró de él, obligándole a correr lejos de la escena del crimen, del ruido con canto de sirena que atraía a policías y guardias armados y de los tentáculos tejidos en oscuridad que habían salido de la sombra del edificio. La joven vio por encima del hombro cómo cobraban dimensión para luego agarrarse a sus paredes, cubriéndolas por una sustancia que parecía tinta negra y que borraba las puertas, las ventanas, los cárteles de préstamos y el logotipo de un panda voraz. El interior del banco se había convertido en trampa, en prisión, y solo de pensar en la oscuridad que debía haber, apuntalada por una pizca de luces rojas, a Capucha Mostaza se le revolvieron las tripas.

―¿Pero no te encargabas tú de la alarma? ―le gritó al encantador de pájaros en plena carrera.

―Se lo pedí a mi novia. Pero se le ha olvidado.

Por la inercia y las prisas la bolsa le cubrió de nuevo la cabeza. Entre protestas y amagos de deshacerse de ella, la joven se encontró corriendo sin saber a dónde iba.

Quizás al este.

Anuncios

¿Algo que opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s