11/52-Detectives y objetos perdidos

¿Nuevo por aquí? Aquí puedes leer desde su inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el capireto semanal:

La agencia de detectives estaba en el octavo piso de un edificio torcido y con las paredes sucias por el humo.

Tras escapar del naufragio, Hägermarzen y ella habían llegado a Arbolida tras un trayecto de autostop y de polizones en un ferry. Había sido la superheroína quien había insistido en ir a esa ciudad, convirtiéndola en la primera etapa de su persecución justiciera. Sin embargo, convencer al joven le había costado más que de costumbre. Aunque su amigo solía a acatar en silencio todo lo que ella proponía, Arbolida estaba en la dirección equivocada: al sur. Pero era solo una escala y tras una tanda intempestiva de ruegos y súplicas, el encantador de pájaros acabó accediendo. En el fondo la joven sabía que podía haberle engañado para arrastrarle con ella. Él no solía fijarse mucho en dónde estaban o lo que iban a hacer a continuación, se limitaba a seguir su mismo camino con parsimonia y la cabeza en las nubes, más atento en buscar pequeños cachivaches a los que robar que a lo que sucedía a su alrededor. Pero le pareció injusto engañarle después de que por una vez él le hubiera dicho que no quería ir y se decantó por malgastar una mañana en convencerle.

Llegaron tras varios días de viaje donde solo Capucha Mostaza estuvo hablando sin parar sobre lo sucedido en el crucero, el ladrón y lo que haría cuando le encontrara. Su verborrea era interminable y Hägermarzen la estuvo escuchando con la mirada perdida y algún que otro cabeceo afirmativo. Las noticias que iban saliendo en los periódicos, sobre los daños, el cuadro robado y la cifra de muertos, solo sirvieron para alimentar la llama de la rabia y la justicia que latía in crescendo en el pecho de la heroína.

Cuando llegaron a Arbolida, la joven dejó a Hägermarzen mirando las gaviotas del puerto y se fue en busca de ese edificio torcido y con las paredes sucias por el humo que había en una callejuela transitada solo por gatos. Había pasado ya un par de años desde la última vez que había estado ante su portal, pero sus pies recordaban el camino y ella solo tuvo que dejarse guiar.

En el edificio había una agencia de detectives especialidad en objetos perdidos. Y para encontrar al ladrón la única pista que tenía era un cuadro que, de una manera u otra, se podía considerar perdido.

Poco acostumbrada a llamar al timbre y entrar por la puerta, Capucha Mostaza se las ingenió para escalar los ochos pisos con ayuda de su habilidad, la experiencia y una cañería saliente que crujió según se fue apoyando en ella. Alcanzó el alféizar deseado tras una subida temblorosa en la que casi estuvo a punto de perder su linterna. Pero esta se mantuvo en el bolsillo, sobresaliendo amenazadoramente, pero sin precipitarse al suelo.

La joven posó su mano sobre el cristal y lo deslizó a un lado, abriendo la ventana lo suficiente como para pasar su cuerpo de gimnasta por el hueco.

Al aparecer de la nada y caer en una mesa llena de papeles archivados, carpetas y lupas, logró sobresaltar al nuevo becario de la agencia. Este pegó un brinco al verla llegar por una entrada improbable. Tras arrastrarse desde su mesa hasta una pared, se quedó temblando, aterrado quizás al recordar las típicas amenazas en sobres anónimos que debían recibir como buena agencia de detectives que se preciase. Capucha Mostaza se incorporó con las manos en alto en un gesto tranquilizador que solo logró hacerle temblar aún más.

―Perdón, soy una vieja amiga de la jefa, no te asustes ―le dijo con tono conciliador―. ¿Puedes decirle a Rebeca que he llegado?

El becario asintió y se alejó arrastrándose por una puerta contigua a ellos. La heroína apoyó su espalda en la pared y esperó. Había pasado mucho tiempo, demasiado, desde la última vez que había estado en esa habitación de paredes encaladas y techo abombado como si en el piso de arriba durmiera el elefante más grande del mundo. Todo estaba igual, invariable a pesar de los ligeros cambios: un teléfono inalámbrico en vez de uno fijo, alfombra turca cubriendo el entablado o una lámpara de luz amarillenta que convertía el lugar en un escenario de película antigua. Había regresado al pasado, al momento en el que conoció a Rebeca y la estuvo ayudando en su incipiente agencia de detectives. Especializarse en objetos perdidos, pese a lo que podía parecer, estaba ligado a riesgos y amenazas, matones en un callejón oscuro y saqueo de la caja fuerte los fines de semana. Las joyas, las carteras, los diamantes o los relojes de oro también podían ser objetos perdidos y había muchos interesados en que siguieran perdidos o en que no regresaran a las manos de sus dueños, sino a las suyas.

Su ayuda fue crucial en una mala época en la que Rebeca estuvo sola, luchando por mantener su negocio a flote o para que no le clavaran un cuchillo en el pecho. Pero lo logró y cuando su presencia ya no fue necesaria, la heroína se fue. Le costó hacerlo: fue una época estupenda con la que inició su carrera de justiciera de la mejor manera posible, pero su sueño era inmenso y no se centraba al crimen de una sola ciudad. Y aunque la detective le sugirió que trabajasen juntas, resolviendo casos y haciendo justicia, al final tuvo que rechazar: ella era Capucha Mostaza, no Rebeca Rosa.

La puerta se abrió y la detective entró seguida de su becario. Tenía cientos de ellos que se quedaban con ella unos cuantos días después de haberse perdido en la lavadora. Rebeca los acogía, les daba trabajo y les enseñaba lo mínimo para valerse en el gigantesco mundo de los humanos. Muchos acababan por irse para iniciar su propia vida o buscar a su pareja extraviada, pero la mayoría se quedaban para trabajar en una agencia que dominaba ya toda la información sobre los objetos perdidos del planeta. Su nuevo becario era muy pequeño, quizás un calcetín de niño, blanco y con rayas azules en la punta, que todavía temblaba por la aparición súbita de una intrusa que vestía atentando al buen gusto de la moda.

Rebeca la saludó. Estaba más deshilachada y el rosa de su lana se había aclarado por el uso continuado de la lavadora. Pero seguía llena de energía, quizás con un remendón o dos en las coderas, pero igual de entusiasta que el día que la conoció en un callejón buscando unas llaves.

Se saludaron con un abrazo. La joven se dejó llevar por el entusiasmo y levantó a la prenda por los aires. Ya no eran tan suave, pero su tacto era igual de agradable que el de su sudadera: familiar, un tejido que evocaba buenos recuerdos y la nostalgia del pasado. Cerró los ojos y por un momento se olvidó de lo sucedido, de lo que buscaba y la rabia que sentía hacia el ladrón.

Pero lo recordó al mirar por casualidad la hora de un reloj de pared que tictac a tictac le recordó que le quedaban pocas horas de luz. La noche se acercaba, incansable, incapaz de darle tregua, y ella tenía que regresar con Hägermarzen y luego buscar un lugar al que alojarse. Contaba con que Rebeca les dejara dormir en su piso o en el despacho porque seguía sin dinero y allanar un cuarto iluminado no era, precisamente, lo que se supone que hacían las superheroínas.

Tras saludarla, le resumió todo lo sucedido con una aceleración que le sorprendió incluso a ella misma. Rebeca la escuchó sin decir nada. Era una oyente perfecta, como la mayoría de objetos sin boca, que la dejó hablar, explicarse y hacer un sinfín de preguntas sobre si sabía algo del cuadro perdido. ¿Había aparecido en la colección privada de algún amante del arte y el hurto? ¿Alguna subasta programada? ¿Qué se rumoreaba en el mercado negro?

La detective la escuchó y luego levantó una de sus mangas para hacerla callar. La tela de los bordes estaba rota en cinco trozos cada una en una imitación algo tosca de los dedos humanos. Rudimentaria, pero útil: con ellos fue trazando su respuesta con la lengua de los signos. Despacio, repleta de oraciones cortas y sin palabras rebuscadas.

No, nadie sabía nada, y eso que ella había investigado el tema por su propia cuenta por curiosidad. Pero no había nada. Sin pistas ni indicios. Sin rumores. Sin avistamientos sospechosos de cuadros idénticos con otros nombres.

Capucha Mostaza recibió la noticia con tristeza. El cuadro era la única pista que tenía para encontrar al ladrón y esta se había esfumado entre sus dedos. Otra incógnita que no podía rastrear. Descorazonada, aceptó con una sonrisa la propuesta de su amiga de quedarse a dormir en su casa y se fue a buscar a Hägermarzen. Estaba tan perdida, tan desmotivada por no saber qué haría mañana, que salió sin darse cuenta por la puerta y bajó las escaleras como una persona normal.

El sol de la tarde crepuscular la recibió con la misma desgana con la que ella cerró la puerta del edificio torcido y las paredes sucias por el humo. La llegada de la noche solo aumentó su desánimo, alimentándolo con el recuerdo de la impotencia nocturna y su miedo a la oscuridad. Con pasos tristes, que se arrastraban por el pavimento, regresó al puerto. Encontró a Hägermarzen en el mismo lugar donde le había dejado: en un banco con vistas al océano. Su amigo tenía los ojos cerrados y estaba tocando una melodía con una harmónica robada. La canción sonaba desafinada, pero ella la encontró hermosa a su manera. Y algo tenía que serlo, aunque solo fuera un poco, pues había una docena de gaviotas envolviendo al joven, sentadas en el banco, acuclilladas en el suelo, con las cabezas ladeadas por el ensimismamiento y los ojos entrecerrados.

Capucha Mostaza se sentó a su lado y, a pesar de la cercanía del atardecer, no dijo nada. Se quedó en silencio, escuchando ese sonidillo que sonaba ha roto y a protesta de gato. Hasta que acabó y al puerto regresaron las pisadas lejanas de la gente o las sirenas de los barcos, un runrún que sonaba como a banda sonora, a mil años luz de ellos y sus preocupaciones.

―¿Cómo ha ido? ―le preguntó Hägermarzen mientras se guardaba la harmónica en el mismo bolsillo donde tenía el despertador.

―He visto a Rebeca la rebeca ―murmuró metiendo las manos en los bolsillos de la sudadera―. Pero no sabe nada. Nada de nada.

El encantador de pájaros asintió y levantó la mirada al cielo.

―Yo he hablado con Pepe ―comentó con tono casual y voz monocorde.

―¿Quién es Pepe?

―Una gaviota.

―Ah, ¿y qué te ha dicho?

―Que tampoco sabe dónde está el cuadro.

Capucha Mostaza se encogió un poco más, desanimada, vacía de energía y ganas de planear alternativas. Su amigo giró la cabeza y la miró.

―Lo siento ―se disculpó―. Les he preguntado a todas las gaviotas, pero ninguna ha visto nada. La ballena y el ladrón han salido a la superficie sin el cuadro.

Al escucharle, la joven se incorporó de golpe.

―¿Has dicho el ladrón? ―exclamó sujetándole de los hombros mientras le zarandeaba―. ¡Olvídate del cuadro, les estamos buscando a ellos! ¿Dónde están? ¿Dónde les han visto?

Hägermarzen parecía molesto. Era un cambio imperceptible, pero llamativo dentro de su característica inexpresividad habitual.

―Al este ―refunfuñó. Y esas dos palabras parecían condenar al ladrón al peor de los infiernos. Como si fuera esa dirección, y no la masacre del crucero, el motivo por el que se merecía su animadversión.

Capucha Mostaza le soltó con los ojos brillantes y el corazón bombeando con fuerza. Volvía a tener un destino, una pista en forma de hilo a la que sostener entre sus dedos y tirar de ella. Se le escapó una risilla al fijarse en la mueca de disgusto del encantador de pájaros.

―Lo siento ―se disculpó poniéndole una mano en el hombro―, pero es mi turno y toca una misión heroica. Cuando acabemos volveremos a robar algo, ¿de acuerdo?

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