Esquirla 10X8÷10: Se busca manzana podrida, ¡viva o muerta!

Azrael jugueteó con el cuchillo, haciéndolo pasar de una mano a otra, como si así este fuera a cambiar de aspecto y convertirse en algo realmente útil. Pero por mucho que lo sacudiera seguía siendo el mismo cuchillo romo y pequeño, con un mango quizás demasiado bonito para el uso al que estaba destino, insignificante en comparación de cualquiera de las armas que le había visto a los templarios. En realidad el cómo era el cuchillo era lo que menos le importaba. Podría haber sido más grande, más afilado, con un filo envenenado o un conjuro engarzado en su metal, podría haber sido cualquier otra arma y en sus manos seguiría siendo igual de inútil.

Él no era un guerrero, ni siquiera sabía lo básico de defensa personal. Era un alquimista, un botánico, el que se quedaba tras los muros curando a los heridos y revisando tratados antiguos en busca de respuestas. Nunca había peleado. Era más de recibir los golpes con una sonrisa mientras su mente iba tramando ya un plan alternativo para escabullirse de las situaciones más peliagudas. Así es como había sobrevivido a lo largo de su vida, una actitud que no pensaba cambiar y menos por la disparatada ocurrencia de una humana.

En la oscuridad turbia, claustrofóbica y recóndita del pasadizo secreto, Azrael se guardó el cuchillo en el cinto y decidió abandonar a Skaiell. Se fue antes que los guerreros y sus pesadas armaduras irrumpieran en la celda. Estaba ya lejos, deslizándose por el túnel, pero los oyó igualmente: el entrechocar del metal, sus pasos arrastrándose para luego detenerse. Le hubiera extrañado que hubieran ido tras él con sus engorrosas armaduras, pero aun así redobló su velocidad, alejándose todo lo que pudo de la celda. Hasta que el ruido se redujo a murmullo.

Se arrastró por el pasadizo siguiendo el olor a aire fresco y la promesa de libertad. Y aun cuando este estaba tan oscuro que parecía socavar las entrañas de la noche, el elfo no tuvo ningún problema en seguirlo sin tropezarse ni confundirse con los afluentes que parecían surgir de vez en cuando. Su mirada de felino distinguía los matices en la oscuridad, revelando las sombras, el relieve peliagudo de un techo o el camino a seguir.

Alcanzó el otro lado y salió afuera del castillo y su muralla, entre unas rocas donde la entrada se camuflaba. Sonrió al levantarse y observar el montículo donde la boca del pasadizo se adaptaba a su relieve. Había que saber que ahí había un camino al castillo para descubrirlo. La historia del aquel pasadizo le sonaba. Estaba en algún libro que había leído recientemente, quizás en los últimos años. Era una historia muy graciosa sobre un rey trasgo y una traición que resultó no serlo tanto. La anécdota le había parecido tan divertida que estuvo quizás demasiado tiempo contándosela a todo el que tuviera la desgracia de estar a su lado.

Que Igneel hubiera elegido entonces aquel emplazamiento como base cada vez le resultaba menos casual. Y menos al tratarse de un castillo de piedra escondido tras los espinos de un bosque oscuro. No era un lugar que una salamandra habría elegido por gusto: los hijos del fuego preferían las montañas y volcanes, también el desierto, los géiseres y los ríos de gas que serpenteaban por el norte. Que a pesar de todo ello el templario hubiera elegido aquella localización podía significar muchas cosas: que otro, un desconocido del que nadie tenía constancia, hubiera elegido por él; que aquella no era su auténtica base sino una parada provisional o que tenía una función estratégica que a él se le escapaba.

Porque, y a diferencia de él, Igneel sí era un guerrero y en su mente todo eran trampas y batallas, emboscadas y ejércitos.

Azrael sacudió la cabeza, sabedor que hacía tiempo que había dejado de comprender a quien una vez había sido un compañero, casi un amigo. Se giró y comenzó a alejarse del conjunto de rocas y el secreto que ocultaban. La tentación de irse y desaparecer en los bosques era inmensa. Aun cuando sabía que intentarían cazarle como a un animal, persiguiéndole a caballo y fuego. Pero él siempre había sido mejor desenvolviéndose entre los bosques que Igneel. Sabía leer en ellos rastros y oportunidades, mientras que el guerrero prefería quemarlos y deshacerse así de los obstáculos. Aun así se dirigió de nuevo al castillo, sigiloso, atento a que nadie le descubriera, resguardándose entre las sombras de los árboles para camuflar su presencia.

Tenía que recuperar dos cosas antes de irse: a una humana muy terca y el cáliz que Igneel había robado una noche con olor a sangre, sabor a derrota y gritos de victoria; fue la noche en la que el cielo anocheció roto, fragmentado en un caleidoscopio de colores, y los restos de la guerra todavía coloreaban con rojo y metal la muralla y la fortaleza.

Fue, también, la noche en la que Igneel les abandonó para siempre.

Entrar en el castillo fue más sencillo de lo que parecía. Este era una ruina repleta de boquetes en la muralla, almenas caídas a ambos lados y muchos puntos ciegos. El elfo se escabulló por uno de ellos, atravesando un hueco no muy grande, pero suficiente para adaptar a él su cuerpo. Podía no ser ni fuerte ni resistente, pero es más flexible que la mayoría. Y discreto si se lo proponía. Y aunque prefería ser el centro de atención, atrayendo todas las miradas bien por su apariencia, bien por lo que hacía, también sabía caminar por donde nadie miraba, enmascarando su presencia en todos aquellos rincones que los demás tendían a ignorar. No necesitaba esconderse, solo desviar su camino en busca del lado ciego, el lugar al que se le da la espalda o nadie se molesta en mirar.

Azrael dudó si dirigirse primero o no la torre prisión. Skaiell era lo único en su lista que tenía localizado. Podía ir a recuperarla, pero al hacerlo tendría que cargar con su nada discreta y muy inútil presencia. Pero no sabía dónde podía estar la copa y ni siquiera si de verdad estaba ahí. Tenía una corazonada que sí, que Igneel la había traído consigo, pero también intuía que podría estar en otro lugar, uno más cálido e inaccesible para los que no fueran como la salamandra.

Al final se decantó por inspeccionar los establos. El número de caballos le daría cierta idea de cuántos enemigos podían haber reunidos en el castillo. Y quizás eso también le servía para dilucidar si aquella era o no la guarida de los templarios o solo una base más. El alquimista se dirigió hacia su objetivo en silencio, con el cuerpo completamente apoyado en la muralla y aprovechando cada sombra para detenerse y evaluar el siguiente tramo. Estuvo a punto de delatarse en un momento en el que tropezó y un trozo de hierro le rasgó la mano. Pero el elfo logró morderse la lengua y siguió caminando en silencio, inmutable incluso a los hilillos de sangre que empañaban su piel.

Cuando alcanzó los establos le llegó la voz de Igneel, grave, pero tranquila, algo que nunca más creyó que volvería a escuchar; y la de Skaiell, recelosa, indignada, un sonido que, para variar, irrumpía de manera inesperada, sorprendiéndole.

¿Qué hacía ella allí? Ni se le ocurrió pensar que la joven hubiera usado sus propios medios para escapar. No podía olvidar las dos veces que había rechazado escapar con él, alegando cansancio, dolor y dificultades técnicas como no saber el camino de regreso. La única posibilidad que para él encajaba es que el guerrero la hubiera llamado para negociar con ella. Porque eso era lo que parecía que estaba haciendo. No necesitaba escuchar toda la conversación para darse cuenta que Igneel estaba intentando atraerla a su lado. Y no solo eso: también le estaba diciendo todo lo que la chica quería escuchar, desmontando las mentiras que él se había molestado en tejer a su alrededor. Y aunque se lamentó porque todas hubieran empezado a caer, también disfrutó de la sorpresa de la chica al descubrir hasta qué punto todo en lo que había creído había resultado ser mentira. Esa era su parte favorita de la broma: el momento exacto en el que realidad y engaño se superponían, revelando que, hasta el momento, todavía sido mentira.

Azrael apoyó la espalda en la pared y contempló el cielo. Le latía el corazón, acelerado por la cercanía de una huida engorrosa y todo el odio asesino que se estaba concentrando detrás suyo. A fin de cuentas, estaban hablando de matarle, algo a lo que estaba acostumbrado, pero no a que la amenaza se pudiera convertir en intento.

Cerró los ojos y pensó en irse, en abandonar a Skaiell aun cuando ella era su responsabilidad y perderla podría significar un desastre, pero no lo hizo. Se quedó quieto, acallando su corazón hasta recuperar su fría tranquilidad.

Y entró en el establo en el momento exacto en el que la humana se preguntaba por qué se estaban molestando tanto por ella. A él le parecía bastante obvio, solo había que ir descartando: no era por sus habilidades ni valentía, tampoco por su personalidad.

―Para protegerte ―dijo él, intercediendo mientras caminaba adentro del establo.

Disfrutó de la sorpresa de ambos, de sus miradas de odio, pero también extrañeza. Adoraba hacer lo que para muchos resultaba insólito, absurdo o inexplicable. Porque era en las acciones sin sentido aparente donde los demás perdían su rastro, incapaces de entenderle y mucho menos averiguar lo que él realmente deseaba.

Pero siempre había algo, una intención, un secreto que descubrir, la pieza inapreciable de un gran plan que pasaba desapercibida, eclipsada por esas otras acciones que atraían la atención.

―¿Vas a decirme de una maldita vez de qué me tienes que proteger? ―rugió Skaiell, taladrándole con la mirada de una manera nada original. Estaba ya tan acostumbrado que hasta le aburría esa forma de desprecio―. Y espero que me digas la verdad porque estoy a punto de firmar un trato voluntario con mi nuevo amigo.

―Creo que ya no tiene sentido ocultártelo ―suspiró. Lo había intuido desde la celda, momento en el que la chica había estado a punto de arañar la verdad varias veces, pero solo había tenido que distraerla con otras suposiciones. Adoraba ese juego, el de caminar por donde nadie miraba, el de decir lo que querían oír para ocultar lo que realmente quería decir―. Pues mira: de él, de los reyes elfos, de las brujas y los demonios del oeste. De los cultos secretos y los paladines más férreos, de los vampiros y las cecaelias. De todos, Skaiell, porque eres humana y eso te convierte en el ingrediente más selecto que una vez cada cien años florece en Miscelánea.

―Un ingrediente ―la chica encajó la verdad con una naturalidad que le sorprendió. Solo un poco. Dado su temperamento esperaba una pizca de histeria y orgullo herido―. Por eso acabé en el laboratorio a pesar de no servir para nada. Porque es donde van los ingredientes.

Que adivinara lo del laboratorio le también sorprendió un poco, un poco más, pero no lo suficiente como para considerarlo relevante.

―Tampoco debería sorprenderte, ¿no hablan de eso vuestras leyendas? ―Azrael se encogió de hombros como si así fuera suficiente como para eliminar su responsabilidad―. Una doncella para atraer al unicornio, un primer beso de amor para romper el hechizo, sangre de virgen para llamar al demonio… Todo tú es la pieza imprescindible para conjuros, pociones y todo tipo de planes de naturaleza más bien siniestra. ¿Te mentimos? Sí y he de reconocer que mi engaño fue más bien ingenioso. Es mi especialidad así que puedes culparme a mí. La fortaleza solo hizo lo posible para protegerte de todos los que habrían venido a despellejarte, cortarte en trocitos y venderte en frascos.

―Por lo que ella ha contado ―añadió Igneel rompiendo su silencio―, has disfrutado en especial con tus mentiras y engaños.

―Es mi naturaleza ―sonrió con perversidad, reafirmando lo que era por si alguno de los dos se le hubiera olvidado.

El templario le devolvió un gesto hosco, inexpresivo, y luego se giró para mirar a Skaiell.

―Mi oferta sigue en pie. Y te puedo prometer que no pienso hacerte daño. Solo necesito tu ayuda para encontrar a una criatura.

―Pero si le ayudas no podrás regresar a la fortaleza ―intercedió Azrael, consciente que, de aceptar, entonces él dejaría de ser imprescindible e Igneel no dudaría en matarle―. En primer lugar porque él se encargará de destruirla.

―Será una destrucción selectiva.

―La destruirás, no tergiverses ahora tus intenciones ―se cruzó de brazos, molesto por el eufemismo. Adoraba mentir, pero no toleraba tan bien los engaños de los demás―. Pero bueno, me imagino que ese motivo te importa bien poco, así que déjame recurrir a tu lado más egoísta: si le ayudas estarás sola, serás una traidora y nadie volverá a ocultar tu rastro. Todos vendrán a por ti y te pedirán cosas de las que no puedes prescindir: tu bonita cabellera, un vial de tu sangre, tu corazón… Claro, Igneel te ayudará, ¿pero a cambio de qué? ¿Qué querrá después?

―La estás engañando de nuevo ―rugió el templario―. ¿Qué sabe ella de lo que va a pasar? Sois vosotros los que estáis condenando a Miscelánea con vuestras mentiras. ¿Desde cuándo Sapraz mantiene en vida a una humana? En otra época se les diseccionaba y guardaba en frascos en tu bonito laboratorio. ¿Te crees que soy idiota? La queréis para arreglar el prisma. ¡También la vais a usar y quizás a costa de su vida!

En realidad Azrael desconocía las intenciones de la fortaleza. Sus intereses eran otros y su misión buscar una manzana podrida. Si pudiera elegir, él prefería que la humana regresara a su aburrido y monotemático mundo. No más problemas ni complicaciones, ni laboratorios calcinados ni misiones de rescate.

Y entonces él volvería a ser el único, el especial, un ser aparte con permiso para seguir haciendo lo que le diera la gana.

El alquimista sacudió las orejas. Pisadas pesadas, coordinadas hacia donde ellos estaban, el entrechocar metálico de espadas y armaduras. Sus opciones se reducían y la posibilidad de escapar por su cuenta era ya mínima. En parte confiaba que Igneel no fuera a matarle. No había llegado a escuchar para qué necesitaba a Skaiell, pero si estaba tan desesperado como para buscarle y arriesgarse a acercarse a la muralla, no se arriesgaría a depender solo de una impredecible humana. Y Azrael se aferró a ese pensamiento al ver cómo el guerrero sacudía el brazo y de sus dedos nacían diminutas llamas. Las salamandras invocaban el fuego, lo moldeaban y manipulaban como si formase parte de ellas. Enfrentarse a una era un riesgo que muchos solían evitar.

El elfo retrocedió un poco, con la mirada fija en las llamas y el oído atento al ruido que había afuera, envolviendo el establo con una tupida red de cuerpos metálicos.

Estaba valorando el qué hacer, si probar a negociar o a pedir perdón, cuando un chillido de ave irrumpió con fuerza. Se giró y vio a Skaiell subida a lomos del hipogrifo. La joven parecía apurada, sin saber cómo dirigir a la bestia o aferrarse correctamente a ella, pero se mantuvo en equilibrio. Azrael se fijó que Igneel estaba tan sorprendido como él. Y con un brillo rabioso empezando a empañar su mirada.

―¿Qué estáis haciendo? ―rugió, conteniendo con escaso éxito la ira que con tanta facilidad prendía en él.

Ya no había fuego en su mano.

El hipogrifo levantó las patas delanteras, derribando la valla y logrando casi que Skaiell cayera hacia atrás. Pero la joven logró sujetarse y espoleó a la bestia hacia delante. Azrael logró tirarse al suelo antes que sus garras y cascos le pisotearan. Se levantaron nubes de polvo, porquería y heno que le hicieron arrugar la nariz y toser. Cuando alzó la cabeza vio a Skaiell mirándole, enfadada, nerviosa, pero manteniendo su porte orgulloso a pesar que parecía a punto de caerse y tenía una pizca de pánico reflejada en sus ojos.

Se miraron. Y él tuvo que reconocer que aquello sí le había sorprendido, mucho, más que los últimos acontecimientos, incluso que el desastre de su laboratorio. Estaba sorprendido y paralizado, incapaz siquiera de decir algo para convencerla que le ayudase. Igneel dijo algo, una exigencia para que desmontara, pero parecía más preocupado por controlar su ira que a la jinete.

Y ella seguía mirándole, variando del desprecio a la satisfacción, de la duda al desdén. Y entonces volvió a hacerlo: sorprenderle.

―Sube ―dijo, tendiéndole un brazo― antes que cambie de opinión.

Y Azrael no dudó. Se agarró a ella y subió a lomos del hipogrifo. No dijo nada, sabedor que cualquier comentario podía destrozar de nuevo sus oportunidades de supervivencia, pero se giró para mirar a Igneel. Este estaba paralizado, conteniéndose, controlándose para no hacerlo estallar todo en fuego. Porque tenía ese poder y era más devastador que cinco llamitas amenazadoras. El templario estaba desquiciado, pero no tanto como para dejarse desbordar por el descontrol y matarlos.

Ante una orden de Skaiell, el hipogrifo comenzó a trotar hacia la puerta del establo. Extendió las alas al alcanzar su puerta y todos los guerreros que habían afuera se apartaron para dejarles salir. El elfo se despidió de Igneel con una mueca burlona, victoriosa, burlándose así en silencio de su incapacidad para detenerles.

Se elevaron envueltos por ráfagas de aire húmedo que sacudió sus ropas y les cubrió de gotas. El castillo se redujo a una mota y el bosque a mancha. Y entonces, en los aires, la bestia ralentizó su vuelo y se quedó planeando sin avanzar, pero tampoco descender.

Y la muralla se veía a lo lejos, una franja inmensa que marcaba el punto donde el cielo pasaba de violeta oscuro a naranja.

La chica se giró. Nerviosa por debajo de su fachada de calma y control, incapaz de ocultar su satisfacción al haber triunfado. Él podía leerlo en sus ojos, en la sonrisilla que se le escapaba. Lo entendía y por una vez se replanteó si felicitarla o no. O por lo menos darle las gracias por no haberle abandonado a pesar de todo.

Estaba a punto de decir algo cuando la joven, sin decir nada, le agarró del cuello de la camisa y tiró de él. Sus rostros se acercaron y los dedos de ella apretaron un poco más la tela, lo suficiente como para que él sintiera como el aire comenzaba a faltarle.

Parecía furiosa.

―He ganado, ¿no es así? ―le dijo―. He ganado la apuesta.

―Permíteme que maticemos, ¿vale? ―se atrevió a sonreír―. Has saboteado mi victoria, salido de la celda gracias a Igneel y has tenido un poco de suerte al final, ¿a eso lo llamas victoria?

Skaiell parpadeó y luego rompió a reír.

―He salido solita, ¿sabes? ―se pavoneó―. Bueno, lo cierto es que te tuve que abandonar cuando los guardias entraron. Espero que no te importe.

―No me importa, yo te abandoné antes que ellos entraran. Me fui por el túnel porque tu plan era un suicido.

Seguía sorprendido, cada vez más. Y no le gustaba. El esquema que tenía sobre los humanos era rígido e incuestionable. Que ella se hubiera propuesto desbarajustarlo solo era un motivo más para alejarse todo lo posible de su presencia destructiva. Pero lo había logrado: había cambiado la imagen que tenía de ella, todo lo que había supuesto, para demostrar que podía ser algo retorcida, algo ingeniosa, algo manipuladora, un poco, más de lo esperado, menos que él, pues eso era imposible. Él era único, disfrutaba de serlo y quería seguir siéndolo.

Pero la chica se había descubierto como una presencia sorprendente, un cambio lleno de promesas impredecibles, un soplo de aire fresco que estaba empezando a llamarle poderosamente la atención.

―Entonces ―insistió ella―. He ganado, ¿verdad?

―¿Eso es lo que quieres? ―preguntó llevándose la mano derecha al cuello para sujetar entre sus dedos la mano de la joven―. ¿Qué reconozca que has ganado? ¿Quieres sentirte útil por fin?

Skaiell sonrió, melosa, y apretó un poco más.

―Lo que quiero es mi premio ―susurró con un tono que le recordó a las serpientes venenosas―. ¿Recuerdas? Me ayudarías a regresar a casa.

―Como no olvidarlo.

―He ganado tu estúpida apuesta, me debes el premio ―y tiró un poco más de él, buscando amenazarle al acercar su rostro aún más al suyo. Sus ojos se miraban directamente y él ya no podía escapar de la mirada decidida y autoritaria de la joven―. Vamos a hacer un trato, ¿entendido? Me vas a prometer que me ayudarás. Júralo por lo que más quieras, por ti mismo y también el laboratorio que estás construyendo. Y luego nos vamos a dar la mano como antes, ¿vale? Este trato va a quedar sellado con tu honor, si es que existe, y magia. Y no quiero trampas ni engaños, porque no nos vamos a ir hasta que me asegure que no hay ningún resquicio legal ―le soltó el cuello para clavarle las uñas en la mano―. ¿Entendido?

―¿O si no…? ―preguntó con alevosía―. Tú me engañaste en la celda. Nada me obliga ahora a cumplir mi parte.

Skaiell sonrió de nuevo.

―O te comprometes a ayudarme a volver a casa o regresamos con Igneel ―y la amenaza logró empalidecerle un poco―. Me da lo mismo a dónde ir. Mi intención era largarme, pero si de verdad estoy en peligro prefiero esconderme tras unos buenos muros. Y me da igual si son los de Sapraz o es Igneel quien me protege. La única ventaja que tienes tú es que conoces el mundo humano y contigo puedo albergar la esperanza de volver a casa. Pero si sigues actuando como un borrego entonces regresaremos y aceptaré el trato de Igneel, ¿te ha quedado ya claro?

Le soltó y dejó la mano extendida en el aire, esperando su respuesta en forma de pacto sellado.

Azrael dudó. En el fondo era él quien salía ganando: deseaba casi tanto como ella que abandonara Miscelánea. Que se fuera era algo que desde el principio había podido hacer, pero que había pospuesto en pos de un poco de diversión y luego como castigo por lo del laboratorio. Pero desde el principio había valorado la idea de deshacerse de ella enviándola de regreso con los suyos. Cumplir su deseo era, en realidad, cumplir también el suyo.

En otro momento ya habría aceptado sin dudar, aunque resistiéndose un poco como parte de la fachada. Pero en aquella ocasión dudó. El trato le beneficiaba, pero se resistía a aceptarlo. La joven le había engañado demasiadas veces, más de las que él recordaba, y en solo unas pocas horas. Su orgullo estaba herido y tenderle la mano era una puñalada más.

Pero lo hizo, a regañadientes, apretándole los dedos con fuerza y ocultando lo asombrado que estaba por todas las trampas de la humana en una mueca ofendida.

Un chispazo recorriendo la cara interna de ambas manos y el pacto quedó sellado.

Skaiell sonrió, aliviada, victoriosa, y se giró para agarrarse a la cabeza al hipogrifo. A su contacto la bestia pio, satisfecha, y comenzó a agitar con fuerza sus gigantescas alas. Azrael se agarró con a la cintura de la chica al notar cómo volvían a coger impulso. Miró abajo y comprobó con satisfacción que por fin avanzaban y los monstruos, sus tierras y castillos quedaban atrás, reducidas a una mancha oscura de maleza, veneno y engaños.

Habían tenido suerte, más de la esperada, que había sobrepasado incluso a lo que él había planeado. Se repitió que eso había sido todo: una cantidad desbordante de suerte, pero sus pequeñas derrotas le dolían como picaduras molestas, imposibles de ignorar.

Cuando el cielo empezó a clarear Skaiell se rindió al cansancio y acabó por dormirse. El elfo suspiró y la atrapó entre sus brazos antes que perdiera el equilibrio y se desplomara al vacío. Al notar cómo la joven apoyaba la cabeza en su pecho recordó lo que ella le había dicho antes, en el bosque, cuando solo tenía que preocuparse por recoger margaritas soleadas.

Dos luciérnagas.

No quería creerla, no sin haberlas visto con sus propios ojos, pero el augurio insistía en revolotear dentro de su cabeza.

―Se avecinan problemas ―murmuró, pensativo, con la mirada fija en el horizonte de tonos cálidos―. No pensé que volveríamos a ver tan pronto a Romal ed Asum.

Al decirlo sintió un escozor en la lengua como siempre que se pronuncia en voz alta el nombre de un demonio.

―¡Iiccc!

―Iicccc.

―¡Iiiiic!

―Ic.

El hipogrifo aterrizó en lo alto de la muralla con un batir cansado de alas. Azrael le palmeó el cuello, aunque manteniendo las distancias por si la bestia reconocía en él a un enemigo, alguien a quien picotear o empujar al vacío. Pero el animal estaba agotado y no hizo amago de girarse y discernir si aquel olor era o no el de un conocido. Dobló las patas delanteras y agachó la cabeza, permitiéndose dormitar durante un momento. El elfo le dejó descansar. No tenía sentido forzar a la criatura cuando estaban ya en territorio de la fortaleza. Y aunque a esa altura las nubes eran tan densas que apenas se podía distinguir nada, el elfo notaba familiaridad en el ambiente, en el aire freso que venía de los Reinos y se endulzaba al cruzar a las Tierras Oscuras. No estaban muy lejos del único lugar al que podía llamar hogar.

Agarrotado por el viaje, el alquimista se levantó con cuidado, vigilando la superficie irregular del suelo y los charcos que se formaban por las nubes. A Skaiell la dejó dormir a lomos del hipogrifo, pero antes se cercioró que estaba segura y lejos del borde.

Él se sentó en el límite, con los piernas balanceándose en el vacío y su vista buscando retazos de colinas o ciudades entre el mar de brumas. A veces se distinguía algo, un destello ahí donde el gris perdía opacidad, pero duraba solo un instante que no tardaba en desaparecer.

Seguía sentado cuando Riot llegó. Azrael sintió su presencia sin necesidad de verle, mucho antes que su silueta menuda y oscura surgiera de entre las nubes. Sonrió y giró la cabeza para saludarle con una sonrisilla que el otro correspondió con una mirada incendiaria, en la que la sangre parecía burbujear.

―Regreso después de casi una luna ausente―dijo el vampiro, entrechocando sus colmillos como siempre que se enfadaba―, ¡¿y tú no tienes nada mejor que dejarte secuestrar?!

―En realidad tenía cosas mejores que hacer ―se encogió hombros, tranquilo, como si lo sucedido hubiera sido solo una anécdota, una travesura a la que él no pensaba dar importancia―. Como recoger margaritas, ¿se ha salvado alguna del incendio?

―Nada en la colina.

El elfo chasqueó la lengua con fastidio. Era la mejor época para recolectar aquella flor. Podía esperar al año que viene, un tiempo ridículo y fugaz, pero las echaría de menos iluminando su estante de tallos y pétalos. Sin contar todos los remedios y mezclas que no podría destilar sin su ingrediente principal.

―Ya está, otra vez con lo mismo―gruñó Riot cruzándose de brazo―. Azrael, tus plantitas nos importan a todos bien poco, no sé si te has dado cuenta, pero tú y la humana habéis sido secuestrado.

―Sí, algo sospechaba ―bromeó.

Sacudió la mano por acto reflejo y el vampiro torció el gesto al sentir el aroma denso, hipnótico y penetrante de su sangre. Sus ojos relucieron de nuevo con un rojo diferente, más oscuro, más voraz, más animal que humano.

―Te odio ―masculló y sus colmillos sobresalieron. Centelleaban entre el gris, el negro y el rojo y Azrael no pudo apartar la mirada de su brillo.

―No ha sido a propósito ―se disculpó―. Me había olvidado. Y ahora que lo comentas, no deberías acercarte a Skaiell. Desborda sangre por varios agujeros.

―No hace falta que lo digas. Os he encontrado gracias a ella. Tu olor es particular, pero el suyo es la fragancia más intensa que he olido… en mucho tiempo ―esbozó una mueca quizás al recordar al resto de humanos con los que se había cruzado o perseguido su rastro. Había pasado mucho tiempo desde el último, pero según decía, su olor era inolvidable. Seguía ahí aun cuando pasasen los años y su dueño hubiera muerto―. No sé qué ha pasado exactamente, pero ha sido una mala idea. Pésima. La peor de todas. Vuestros olores han sobrevolado buena parte de las Tierras Oscuras, ¿sabes lo que eso significa?

Azrael cabeceó un poco, en una respuesta medio afirmativa medio indiferente, y se levantó. No dijo nada y su silencio solo consiguió enervar a Riot.

―No, no me ignores porque sí lo sabes. En primer lugar, ¿de quién fue la idea de llevarla al otro lado del muro?

―Afyll priorizó la búsqueda de la manzana podrida.

―Pues por culpa de su sangre añeja y la de todas las frutas pasadas de temporada ahora el olor de esta maleducada se ha vertido por las Tierras Oscuras. No soy el único vampiro que se ha quedado con su rastro, Azrael. El rumor va a empezar a extenderse y yo ya no puedo controlarlo. Como tengas algo de culpa en esto espero que por una vez se te remuerdan los remordimientos cuando vengan más vampiros y otros visitantes indeseados ―bajó el tono de voz hasta reducirlo a un siseo amenazador―. Porque vamos a tenerlos.

El elfo sonrió de manera enigmática. Quizás cuando eso sucediera Skaiell estaría lejos, a salvo en su mundo, o quizás no y él volvería a disfrutar de una anomalía divertida. O quizás  las alimañas no se atreverían a acercarse por miedo a Igneel y su rencor en llamas. Demasiadas posibilidades, todas inciertas, y aunque lo impredecible tendía a molestarle, lo cierto es que a veces disfrutaba un poco de los cambios. Solo en su justa medida, pero tras una época de monotonía y tranquilidad, puede que aquellos contratiempos fueran un pasatiempo interesante.

El vampiro siguió mirándole con recriminación hasta que él le tendió su mano herida. Y entonces su gesto cambió, ávido por su sangre, incapaz de resistirse más a ese olor. Sed, solo sentía sed, ya ni enfado o preocupación. Una sed implacable, voraz, que le hizo precipitarse sobre la herida. Sus colmillos centellearon, aproximándose lo suficiente como para rozarle la carne, pero no llegaron a hundirse. Se resistía, intentaba controlarse aun cuando lo que sentía anegaba su mente en descontrol. Azrael observó con diversión sus intentos de serenarse, logrando al fin contener el impulso que le pedía destrozar, beber y matar. El vampiro le lamió la herida mientras le clavaba los dedos con fuerza en la mano.

El alquimista suspiró y le acarició la cabeza con cariño.

―Hoy no me importa. Sería solo una herida más.

Riot levantó la cabeza. Sus rasgos se habían deformado hasta conferirle un aire salvaje, a depredador hambriento. Se pasó la lengua por la comisura de los labios ahí donde se había manchado de sangre.

―Si te muerdo esta noche la próxima vez te rasgaré tu bonito cuello ―le respondió con frialdad a pesar que por su tono delataba que sí, que lo deseaba, pero no podía permitirse ceder ante la sed.

―Es bonito que te preocupes por mí ―canturreó a propósito porque sabía que le molestaba, al igual que intentara acariciarle la cabeza.

El vampiro se revolvió y le soltó la mano.

―No me preocupas tú, me preocupo yo. No quiero volver a ser un vampiro desquiciado y, maldita sea, tu sangre me hace perder demasiado la cabeza.

―¿Solo mi sangre? ―amplió su sonrisa―. Eres tú el que ha venido a ver cómo estaba a pesar que falta poco para el amanecer.

Riot no dijo nada. Nunca parecía sentir nada, solo sed, impaciencia, necesidad de oscuridad y salir a cazar. Era una bestia atrapada en un cuerpo infantil que año tras año parecía resquebrajarse un poco más. Cuando le convirtieron era un niño, pero ahora era un híbrido que apenas conservaba sus rasgos infantiles. El rojo y el negro le iban devorando con la misma ansia con la que él buscaba su sangre.

Un monstruo que a pesar de todo se preocupaba por él, que le entendía y aceptaba su personalidad retorcida. Azrael estaba seguro que el vampiro escondía muchos sentimientos en su interior, ocultos tras su oscuridad impenetrable, ahí donde nadie más podía llegar.

Se quedaron en silencio, guardándose para sí mismos lo que ansiaban y sentían, lo que deseaban y lo que no se atrevían a decir en voz alta sin antes saber lo que el otro pensaba.

―¿Entonces? ―comentó Riot. Había recuperado el control, borrando de su expresión la sed de sangre, pero esta todavía perduraba en la mirada que no se apartaba de la mano herida del elfo… ni de la joven que dormía encima del hipogrifo―. ¿Es ella la manzana podrida?

El alquimista se giró y miró a Skaiell.

―Puede serlo, pero no lo creo ―dijo, dubitativo, y con una pequeña pausa entre palabra y palabra―. Esta noche podría habernos traicionado, pero no lo ha hecho. Si es la manzana podrida no lo será conscientemente.

―El Oráculo Oscuro solo dijo que se avecinaba una traición. Puede serlo o no accidentalmente, pero tendrá terribles repercusiones.

―¿Cómo era exactamente? ¿Un traidor se unirá a nuestras filas con la luna llena del escorpión?

El vampiro asintió.

―Y cuatro niños llegaron cuando abrimos las puertas ―dijo con el semblante serio―. Dos silfos que no están unidos ni a nada ni a nadie, una mestiza de las Tierras Oscuras y una humana aparecida en extrañas circunstancias y antes de tiempo. Y uno de ellos es un traidor.

―Una manzana podrida ―asintió el elfo con sonrisa lobuna―. A la que hay que encontrar antes que pudra al resto.

Riot entrecerró los ojos en una fina rendija que relució entre las nubes que les rodeaban.

―Y por mi honor tenebroso y la sangre que derramo, os prometo que encontraré al traidor ―sus colmillos sobresalieron de nuevo en una clara y sangrienta amenaza―. Desde hoy seré la sombra de estos cuatro hasta que descubra quién de ellos miente. Y por qué. Y cómo. Y cuándo.

Azrael rio al escuchar la seriedad de su discurso.

―Ten cuidado, recuerda lo que sucede con las profecías: nunca tienen sentido hasta que se cumplen. Quizás al prevenirla provoquemos lo que queríamos evitar. Quizás suceda dentro de cien años cuando ya todos lo hayamos olvidado o quizás nunca nos enteremos de lo que sucederá exactamente ―le revolvió el pelo, logrando que el vampiro le diera un manotazo, ofendido―. Si el Oráculo Oscuro lo ha predicho nada de lo que hagamos evitará que suceda.

―Lo sé ―refunfuñó―. Pero me gusta creer que el destino no está escrito y tenemos el poder de cambiarlo.

Alguien rio, alguien que estaba lejos, muy lejos, observándolo todo tras una esquirla de cristal.


¡Al habla la bruja del teatro! Artífice de esta historia y la número ocho en la lista de búsqueda y captura de los paladines.

Bueno, llegados a este punto de la historia tengo que anunciar varias cosas: la primera es que Las Esquirlas de Miscelánea tiene que entrar en pausa indefinida. Me duele en mi corazoncito de bruja, pero escribir esta historia me roba tiempo y atención, y tengo que enfrentarme ahora a los exámenes de la universidad. Coincidiendo que aquí termina la primera parte (Por si algún curioso quiere saberlo: son ocho trocitos. Viva la no casualidad), voy a dejar descansar durante un mes y algo a Skaeill, amigos y enemigos. ¡Pero luego regresaré, por supuesto! Que tengo brujas impacientes por hacer acto de presencia, un Igneel muy cabreado y muchos más problemas.

Vale, me estoy distrayendo de nuevo y todavía no he dicho la segunda noticia: ¿recordáis lo que acaban de comentar Riot y Azrael sobre el traidor? La manzana podrida es la palabra clave con la que los altos mandos de Sapraz se refieren a este asunto. Si tenéis curiosidad (y os aburrís tras tantas semanas sin capítulos nuevos), en los primeros capítulos hay varias menciones a manzanas podridas. Incluso una conversación con los diferentes puntos de vista de los mandamases.

He aquí la pregunta, ¿quién es la manzana podrida? Es algo que tardará en descubrirse, pero que se sabrá de una manera u otra. Aprovechando esta pausa, os invito a todos vosotros, lectores y fangiratas, a que adivinéis quién es. Puede participar cualquiera: solo tenéis que decir de quién sospecháis (¡Solo vale uno!) en los comentarios de este capítulo o en un correo o en un mensaje privado en Wattpad… ¡Vamos, cómo queráis! Yo anotaré todas las participaciones y de todos los que acierten sacaré por sorteo a un ganador.

Cuando se descubra quién era también anunciaré al ganador (Y el premio. Sorpresa hasta que se me ocurra algo, ¡jejejeje!). El plazo a participar es hasta el 30 de junio.

Os recuerdo a los candidatos a manzana podrida:

-Skaiell: Ha aparecido en circunstancias extrañísimas en Miscelánea. No todos creen que su llegada sea un accidente. En este capítulo ha estado a punto de ser ya la traidora. Azrael al principio sospechaba de ella, ahora mismo no.

-Nabu: Es de las Tierras Oscuras, donde han sufrido la discriminación y ninguneo de Sapraz y los Reinos. No parece muy espabilada y es muy influenciable. Mäer sospecha de ella.

-Archímedes y Flauta: Nadie sabe de dónde vienen. No tienen más relación que con el resto del grupo y su apego por una causa o las luchas de Miscelánea es poco menos que cero. Oviseth sospecha de ellos.

¡Mucha suerte adivinando y nos vemos en vacaciones! Quizás en este lapsus saco tiempo para escribir unos capítulos extras que irían tras esta primera parte, así que puede que nos veamos antes de lo esperado.

¡Saludos de bruja! ¡No me delatéis a los paladines!

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