10/52-Ratón de biblioteca

¿Nuevo por aquí? Lee desde el inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el reto semanal:

A Luzuardo desde pequeño le habían llamado ratón de biblioteca.

Eso había sido en otra época, cuando tenía tiempo para devorar libro tras libro. Cada mañana uno diferente, cada noche uno nuevo al que adentrarse en su fortaleza de cojines y una linterna en mano. Leía, eso era lo único que hacía, leer y rascar tiempo, secuestrando minutos para dedicar en exclusiva a su afición favorita. También se dedicaba a buscar libros, sin diferenciar si eran buenos o malos. Leía lo primero que veía, ya fueran los tomos apergaminados de sus padres o las novelas desgatadas y para niños de la biblioteca. La edad nunca fue una señal de advertencia: a él poco le importaba si era un libro para siete o dieciocho años. Eran letras, frases y páginas, una historia y personajes. Aunque fue por eso que tantos libros acabaron en una esquinada decepcionada tras leerlos sin entender esos mecanismos que iban más allá de lo superficial.

Sí, era un gran lector, pero también un mal lector.

Con los años el tiempo se redujo, pero no su ansia. Las ganas de leer seguían ahí, tan reales como las de comer o dormir, una necesidad más que su cuerpo requería como imprescindible. Leer le encantaba, pero dejó de disfrutarlo.

Las historias se repetían.

Era difícil disfrutar de la lectura cuando esta se convertía en una premonición tras otra. Las escenas, los desenlaces… Quizás era cierto que todo había sido escrito hace miles de años, cuando el concepto de novela nació por primera vez. A sus padres les gustaba hablar de los libros originales, un compendio de cuentos en las que se encerraban las primeras historias escritas en el mundo. Según ellos, todas las nuevas novelas eran una versión de esos relatos.

Ahí nació su afán de coleccionar aquellas antologías, las únicas que, a su parecer, merecían la pena ser leídas. Pero nadie sabía dónde estaban ni cómo se llamaban. Debían de ser viejas, antiguas y tener cierta similitud con los cuentos de hada.

Y así empezó a robar. Primero libros viejos, luego encuadernaciones fabulosas, trascritas a mano en los grandes monasterios y expuestas en museos e iglesias. Robar se convirtió en una nueva obsesión, más satisfactoria incluso que leer: luego podía revender sus hurtos y conseguir así el dinero para construir la biblioteca más fabulosa del mundo. Tenía varios proyectos ya en mente para dar vida a aquel delirio que había sustraído de varias novelas. Los propios libros eran un tema recurrente en literatura. Quizás fuera una pista de aquellas primeras historias.

Luzuardo pasó de robar tiempo a robar arte, sustrayéndolo de los lugares más inesperados, imposibles de penetrar. Empezaron a pagarle, se hizo una amiga y encontró hueco en una banda criminal.

En su tiempo libre entre los grandes saqueos seguía buscando libros. Le apasionaban los volúmenes viejos, con sus tapas de cuero, las letras grabadas con dorados y caligrafía antigua y olor a pergamino. A esperas de su gran biblioteca los guardaba en trasteros que tenía repartidos por todo el mundo. Ahí los ordenaba por tamaño y color, disponiéndolos según quedaban mejor estéticamente.

A Luzuardo le seguían llamando ratón de biblioteca aun cuando, sin darse cuenta, su hambre literaria se había reducido a nada, apenas una sombra de lo que había sido. De lector pasó a coleccionista que se dejaba guiar por la belleza de una portada más que por su contenido. ¿Para qué si él ya lo había leído todo? Estaba harto de encontrar frágiles imitaciones de las historias originales.

El encargo del cuadro del crucero había sido el último de su tarea de pendientes. En la cápsula hexagonal que había sujeta a la frente de la ballena, Luzuardo contemplaba el fondo marino. Su posición era la de un falso piloto que creía tener el control y que, sin embargo, estaba a merced de su gigantesca compañera. Era ella la que les guiaba entre el azul tinta del océano y sus sombras abismales. A ratos se distinguía el rastro de un banco de peces, en otras ocasiones, restos de barcos naufragados. El fondo era silencio y soledad, un lugar habitado por bacterias y unos cuantos peces que nunca habían oído hablar del coral o la costa. El ladrón se acomodó en su butaca y se dispuso a ojear su agenda. Ahora que el encargo estaba terminado, tenía nuevos planes que preparar y disponer en torno a los días venideros.

Colisión y Masacre aparecieron de la nada, envueltos en burbujas y un destello blanquecino que emergía de sus cuerpos. No llevaban nada, solo algas y escamas de pez con la que cubrir sus cuerpos desnudos y máscaras con las que ocultar su rostro: una máscara de gas para Colisión, un antifaz blanco sin rasgos para Masacre.

Se habían definido como dioses menores el día que se conocieron, un dato que Luzuardo aceptó con la misma indiferencia con la que anotaba en su agenda asaltar un museo o saquear una tumba. Quizás lo fuesen: tenían que tener algo de sobrehumano para bucear con tanta naturalidad en un lugar al que incluso a la ballena le costaba estar. Pero si de verdad eran dioses, ¿no podían haber robado por sí mismos el cuadro?

El ladrón se encogió de hombros. Tampoco era un asunto que le interesara. Pagaban bien y le habían hablado de un coleccionista de libros antiguos al que merecería hacer una visita. Con eso era suficiente. Luzuardo se levantó y cogió el cuadro. El pedido era claro y no daba lugar a la confusión: tenía que entregárselo bajo el agua.

El cuadro salió por una escotilla y se quedó flotando en medio de aquel vacío. La pareja se abalanzó sobre él y comenzó a rasgar el embalaje. Lo hicieron trizas, lo desgarraron con sus dedos largos y terminados en uñas afiladas. Y, con una risa contenida por las máscaras, observaron cómo los colores de aquella obra de arte se deshacían a su alrededor. Al final solo quedó un marco y un lienzo reducido a un engrudo pastoso.

Luzuardo contempló el espectáculo con curiosidad. Tenía algo de bello, pero también de absurdo. Y egoísta el destrozar una valiosa obra de arte por un capricho. Pero no le importó. No era un libro.

Se dirigió al panel de mandos y le trasmitió en ondas a su amiga la señal de retirarse. La ballena se puso en marcha nada más recibir el mensaje y, con alivio, dio media vuelta, dejando atrás a la pareja enmascarada disfrutar de su baño de oleo robado.

Luzuardo dejó la agenda en la silla y procedió a quitarse la ropa de trabajo. El gorro, el antifaz, los guantes… Dejó todas las prendas dobladas con pulcritud en un montón de trapos negros que guardó en la caja fuerte y se dispuso a arreglarse un poco. Cuando regresasen al exterior lo haría con la apariencia de un millonario excéntrico. Sin nada con que cubrirlas, al aire quedaron sus orejas redondas y peludas de roedor y la cola agusanada.

Ese era otro de los motivos por el cual le llamaban ratón de biblioteca.

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