Esquirla 9-1: Buscar un plan de fuga y acabar encontrando la verdad

Skaiell olvidó el dolor, el cansancio y las agujetas, de seguir quejándose, lamentarse por su suerte o por la suciedad de la celda. Se olvidó de todo ello mientras sus pensamientos se enroscaban como serpientes ante aquella pregunta: ¿Cómo podían escapar?

Resolver aquel enigma la sacaría de aquel lugar y sería el primer paso para llegar a casa, pero a la de verdad, no el cuartucho oscuro que compartía en la fortaleza. Al igual que en el bosque, la chica pensó en todo lo que sabía del lugar en el que estaban y de quienes les habían encerrado allí. No era mucho, pero al revisar en sus recuerdos se percató de detalles, de hechos a los que no había prestado atención en su momento pero que ahora le inquietaban. Y era, precisamente, el no saber nada sobre los templarios lo que desencadenaba una pregunta tras otra. Y al cuestionar lo que sabía, lo que había visto y lo que desconocía, su mente empezó a coger velocidad, separando hechos de suposiciones, compaginando ideas en busca de conclusiones, mezclando, barajando, hasta encontrar el inicio sutil de varios planes de escape. Ninguno acabado, ninguno factible, pero hilos de los que seguir tirando.

Y entonces escuchó un ruido pesado, áspero, similar al de una roca arrastrándose por el suelo.

Se giró y vio un hueco en la pared, una losa tirada en el suelo y Azrael mostrándole una vía de escape con satisfacción. Quizás demasiada teniendo en cuenta que solo habían pasado unos descarados cinco minutos desde que habían sellado la apuesta.

―Eres un tramposo ―gruñó Skaiell mientras le taladraba con la mirada―. ¡Sabías que había salida!

―No lo sabía ―reconoció él, eso sí, sin dejar de sonreír―. Solo tenía una idea, la misma que te dije hace un rato, y ha resultado ser cierta.

―Y yo voy y me lo creo.

De todas formas había sospechado que algo así sucedería después de aceptar el trato. Se había dejado llevar por la impaciencia, algo raro en ella, pero no había podido evitarlo: añoraba demasiado la civilización, su casa y a todos los que había dejado atrás. Sin embargo, y ante la posibilidad que el elfo intentara estafarla, ya tenía preparada una manera de eludir la apuesta.

―Bueno ―se encogió de hombros―, pues adiós.

―¿Adiós?

―Sayonara. Arrivererchi. Hasta nunca. Bye bye.

La joven sacudió la mano hacia él, aunque más como si se estuviera deshaciéndose de una mosca que despidiéndose. Azrael suspiró y se cruzó de brazos. Su sonrisa tenía menos de natural y más de exasperación.

―¿Ahora qué? ―le preguntó.

―Nada… ¿O quizás sí? ―se señaló las heridas de la pierna―. Yo me quedo. Paso de arrastrarme por un túnel asqueroso, huir de unos arqueros con puntería demasiado fina y luego vagar por estas horribles ―remarcó la última palabra para recordarle que era él quien le había hablado de los peligros de las Tierras oscuras― tierras.

―Yo más bien diría ―señaló― que tienes muy mal perder.

―¿Perder? Según la apuesta tenemos que dar con un plan para escapar. Si uno no escapa, el plan no es válido. No he perdido.

―Tienes muy mal perder ―repitió, pero su mirada había cambiado. Parecía pensativo, algo sorprendido, molesto, pero también divertido ante aquel giro―. Lo reconozco, no se me había ocurrido esta posibilidad.

―Te pasa por tramposo ―Skaiell se descubrió sonriendo. Porque para ella, y seguramente también para el alquimista, aquello había sido un halago. Indirecto, pero un halago. Algo por lo que ella tenía debilidad. Azorada, la joven carraspeó un poco y desvió el tema para enfocarlo en algo a lo que no podía dejar de darle vueltas―. Sigo pensando que lo has hecho a propósito y solo se me ocurre un porqué: quieres algo de mí y has usado la tontería de la apuesta para pedírmelo.

―Te equivocas ―rio―. Era solo una broma. Quería ver tu cara al descubrir que la idea que antes habías desdeñado resultaba ser cierta.

Pero a la joven le había parecido ver una sombra de sorpresa en sus ojos a la que no le había dado tiempo a ocultar. Fue apenas un instante que desapareció con aquella carcajada, pero suficiente para que la chica intuyera que no iba del todo desencaminada.

―No te creo. Venga, dímelo, ¿qué ibas a pedirme si ganabas? Y no me digas que no se te había ocurrido nada porque con lo retorcido que eres seguro que tenías una o dos cosas en mente.

―No sé por quién me has tomado pero aquí los elfos somos puros y honestos.

Ahora fue su turno para reír.

―Chaval, te tengo calado ―logró decir mientras hacía una mueca. Al estremecerse por la risa había vuelto a recordar lo machacado que estaba su cuerpo―. Además, es una apuesta injusta: yo no sé lo que quieres y tú decidiste lo que yo quiero ―negó con la cabeza―. Dilo ahora y estaremos al mismo nivel. Y entonces decidiré si me levanto y voy contigo.

Era un ultimátum, los dos lo sabían, y era ella la que había empezado a manipular la conversación para dirigirla donde quería. Todavía no había olvidado su frustrante primer intento de negociar con el elfo el día que llegó a Miscelánea. Ahora la situación había cambiado: le conocía, no mucho, pero lo suficiente como para jugar mejor sus cartas. También había aprendido a leer los vacíos que dejaba entre sus palabras, las cosas que ocultaba al decir banalidades y los matices entre su gran repertorio de sonrisas. No se le había escapado que Azrael era poco dado a variar de expresión. Enmascaraba lo que sentía con sonrisillas más o menos sinceras. La excepción había sido con el incidente del laboratorio. Rememorándolo ahora, sí que debió de molestarle pues, por una vez, se había quitado su máscara risueña para dejar el control absoluto de sus emociones.

En aquel momento el elfo rumiaba su respuesta todavía con una media sonrisa. Como si no le importara, como si sus insistentes preguntas fueran caprichos de una chica repelente. Eso era lo que traslucía su rostro: indiferencia, cansancio ante sus acusaciones, diversión, pero Skaiell sospechaba que no era así. Si de verdad nada de aquello le importara le habría respondido de inmediato, pero en vez de eso estaba pensando una respuesta. Y ella tenía dos teorías sobre lo que se cocía en su mente: el qué decirle o el cómo decírselo. Una mentira con la que suplantar la verdad o una verdad tan retorcida que parecería mentira.

―Tranquilo ―le dijo con voz suave, sobresaltándole un poco, apenas un estremecimiento en la punta de las orejas y un cambio imperceptible en la posición de su cabeza. Pero le había sorprendido al interrumpir su abstracción―. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Azrael suspiró mientras relajaba la postura. De nuevo el desdén, esa sensación de estar perdiendo el tiempo con alguien a quien consideraba menos importante, pero la chica sabía que seguía pensando en su respuesta. Y en qué decir ahora que se había dado cuenta que había dejado pasar demasiado tiempo, el necesario para reafirmar las sospechas de la muchacha.

―En realidad nada… ―reconoció algo molesto.

―Entonces no te debo nada ―le interrumpió e hizo amago de levantarse.

―No tenía pensado nada ―matizó―, pero si tanto insistes este es mi premio: quiero que me ayudes a caerle mejor a Mäer.

Skaiell frunció el ceño. ¿Era una verdad enmascarada o una mentira para enmascarar la verdad?

―¿No sois ya amigos? ―preguntó―. Pensaba que sí.

―Lo somos a su manera, pero me gustaría que lo fuéramos a mí manera.

La chica ladeó la cabeza, no terminaba de comprender a qué se refería. Hasta que captó su mirada, la sonrisilla divertida ante su confusión y recordó lo que había pasado en los baños y la amenaza con la que había logrado que ella se fuera. Dejándoles solos.

―Ah… ―exclamó―. Lo que quieres es que te ayude a ligar con él.

―Los humanos tenéis algunas palabras muy curiosas.

―No tanto como tu cara.

―No tanto como tu pelo.

―¡Habló el que tiene dos colores! ―protestó, enfadada ante la mera alusión de que su cabellera no era la más hermosa de ambos mundos―. Volviendo al asunto principal, ¿de verdad me estás pidiendo eso? ¿En serio? ¡Pero si sabe que no te soporto! Y encima le estoy evitando para no acabar en la hoguera, así que no, gracias.

―No, lo que quiero es que cuando regresemos les digas a todos que en esta excepcional situación fui quien nos salvó del apuro con notable sensatez, osadía y heroicidad. Y que después de eso hemos olvidado nuestras diferencias y por eso te he regalado un vestido azul, ¿entendido?

―¿Significa eso que no soy en la fortaleza la única que te ve como un parásito? ―la chica había entrecerrado los ojos mientras valoraba todo lo que él iba diciendo, buscando sus auténticas intenciones, el beneficio real de aquel favor.

El alquimista cambió de nuevo su expresión. Parecía ofendido.

―No, solo como alguien poco responsable. Y lo que quiero es hacerles entender es que lo soy, a mi manera, y que ni siquiera encerrado y bajo tortura les he traicionado a pesar de lo que algunos piensan… y susurran.

―¿Algunos como Igneel? ―señaló Skaiell―. ¿Y Mäer qué pinta en esto? ¿Al final estás ligando con él o no?

―Con Mäer pasa que por algún inexplicable motivo le caes bien. Así que este es el trato: la próxima vez que vaya a hablar contigo no le dirás nada malo sobre mí, ¿hecho?

El elfo se separó del hueco y se acercó a ella con la mano extendida. La chica receló un poco, pero al final dejó de darle tantas vueltas. Podía haber intenciones ocultas o solo buscaba que ella creyera que había intenciones ocultas. La joven levantó su mano, pero la detuvo en el aire, sin llegar a rozar la de Azrael.

―Hay trato si prometes no cambiar de idea ―le amenazó― o modificar, ampliar o cambiar una sola palabra de estas condiciones, ¿entendido?

―Entendido ―el alquimista asintió con la cabeza y terminó de formular aquel apretón.

En el momento en el que sus manos se rozaron Skaiell sintió como un chispazo de calor nacía en las puntas de sus dedos. Culebreó a través de sus falanges, recorriendo el hueso, las terminaciones nerviosas, como un guante interno que recubrió su mano para luego desparramarse por el resto del cuerpo.

Solo podía ser magia. O quizás un calambre, y aunque ella prefería esa segunda opción, el brillo travieso y malévolo de la mirada del elfo no daba lugar a dudas.

―Tramposo ―bufó poniendo los ojos en blanco mientras se soltaba―. Vale, vete.

―¿Qué? ―Azrael sacudió la cabeza, sorprendido, quizás de verdad, quizás farsa, pero parecía un gesto genuino―. ¿Los humanos no os apretáis las manos para cerrar un trato?

―Pero sin magia por medio, listillo.

―¿Magia? No sé de qué me hablas.

―No te hagas el tonto que yo no lo soy.

―Sigo sin saber de qué me hablas ―el elfo le dio la espalda y se acercó al agujero―. Pero fuiste tú quién aceptó las condiciones. No entiendo por qué tanta necesidad de quejarte después de cerrar un trato.

―Porque es después de cerrarlo cuando descubro cómo me has engañado.

―Esta vez no hay engaño ―molesto, se giró para mirarla. Estaba ya al lado del pasadizo, casi con un pie dentro―. Mira, Skaiell, entiendo que receles de mí, pero pareces haber olvidado la situación en la que estamos. ¿Qué importa si he bromeado un poco con el pasadizo? Lo importante es que si nos quedamos nos matarán. O algo peor ―señaló con la mano derecha el agujero―. Nos vamos a ir y ya no más bromas, no hasta que regresemos a la fortaleza, te lo prometo. Y entonces tú tendrás tu vestido, un trabajo digno en el laboratorio y la recompensa por haber encendido el farol. El único castigo será no decir nada negativo sobre mí, algo que ni siquiera te perjudica, así que, por la savia de las grandes secuoyas, ¿por qué has vuelto a cambiar de opinión?

―Te lo he dicho antes ―Skaiell se encogió de hombros―. No quiero moverme. Me duele todo y tu plan solo soluciona un punto: salir de la celda. Pero hasta regresar a la fortaleza quedan demasiadas incógnitas por resolver y paso de ponerme en peligro innecesario. Me han perdonado la vida y no quiero hacerles cambiar de opinión…

Enmudeció al recordar, el caer en algo, un pensamiento fugaz que cruzó por su mente como una estrella y que ella atrapó con dedos temblorosos pero firmes. Azrael no pareció darse cuenta. Estaba sacudiendo la cabeza con exasperación. Su mirada se quejaba de tener que estar haciendo de niñera de aquella quejica humana, pero lo cierto es que parecía impaciente por alejarse de aquel lugar que él parecía conocer demasiado bien.

―Improvisaremos ―dijo, ajeno al silencio meditabundo de la chica―. Podemos robarles los caballos y regresar a la muralla. No debemos estar muy lejos y sé orientarme bien. Podemos regresar…

―¿Por qué? ―dijo, interrumpiéndole, mientras levantaba la cabeza para mirarle a los ojos―. ¿Por qué insistes tanto?

―De nuevo, no te entiendo.

―Igneel tiene razón: me estás protegiendo. Evitaste que la flecha me diera en la cabeza, luego intentaste huir conmigo a pesar que yo no era más que un lastre y ahora… ―miró el pasadizo que se abría en la pared y descendía a la oscuridad―. Ahora no paras de insistir en que vaya contigo cuando hace rato que podrías haberte largado solo. Y, repito, soy un lastre ―se señaló las heridas― que no te cae bien. Así que, Azrael, ¿por qué insistes tanto?

El elfo se encogió de hombros.

―Bueno, si quieres no insisto ―dijo y se agachó hasta ponerse a la altura del pasadizo―. Eres solo una motita en mi conciencia que me sabría mal dejar aquí, nada más. Última oportunidad, Skaiell, ¿te vienes conmigo?

―¿Me llevarías en brazos? ―se burló―. ¿Lo ves? Sigues insistiendo en vez de irte. ¿Vas a decirme de una maldita vez por qué?

Sin responder, solo mirándola por última vez, el elfo se agachó y se escabulló por el pasadizo. La joven sintió cierta aprensión al verle desaparecer. En parte quería ir con él y regresar a lo conocido, pero no lo hizo. Por pereza, cansancio y orgullo. Y era este último el que se negaba a dar su brazo a torcer. Estaba segura de haber empezado a conocer la retorcida mente del elfo. Y aquellos gestos desinteresados y heroicos no encajaban con su personalidad. Y nadie parecía creer en ellos como él le había dado a entender momentos antes.

El alquimista había huido, evitando así darle una respuesta u otro silencio con el que delatarse, pero la chica intuyó que seguía cerca. No se habría alejado mucho, solo lo suficiente para hacerle creer que la había abandonado. Si ahora ella se arrepentía e iba tras él se lo encontraría en la oscuridad riéndose por haber creído que la iba a dejar sola. Habría caído en su trampa y tendría que ir con él por su camino oscuro. Pero el juego entre ambos seguía y ella no estaba dispuesta a perder tan fácilmente. Y en algo tenía ventaja: ella le había calado, pero él seguía sin entenderla.

A regañadientes, Skaiell se levantó. Lo hizo haciendo todo el ruido que pudo, alargando sus quejas, sus pasos arrastrándose sobre la paja, sus golpes sobre la pared en la que se sostuvo al andar. La chica se encaminó hasta la salida, pero no al agujero pequeño, sucio y enturbiado de Azrael, sino a la puerta grande y civilizada por la que quería salir ella. Alcanzó su madera, se apoyó en ella y gritó:

―¡Guardias! ¡Se está escapando! ¡Guardias! ¡Venid pronto!

No paró de chillar ni siquiera cuando la garganta se le quedó ronca. Solo enmudeció cuando oyó como alguien regresaba del pasadizo. Se giró justo para ver cómo Azrael asomaba la cabeza. Sorprendido, cabreado. Le recordó a cuando le había explotado el laboratorio. Al igual que entonces, él no sonreía ni daba a entender que nada de lo que sucedía le importaba porque era él quien controlaba la situación.

Estaba desprevenido, quizás perdido por primera vez, ante la situación inexplicable que ella estaba provocando.

―¿Qué? ―farfulló―. ¿Qué estás haciendo?

―Nadie dijo nada de sabotear el plan del otro ―se burló Skaiell―. La apuesta sigue en marcha y ahora toca mi plan para salir de aquí ―se sacó del bolsillo el cuchillo y se lo lanzó―. Ahora escúchame y nos iremos los dos. A fin de cuentas, ¿no era eso lo que querías?

Y las escucharon: pisadas que resonaban sobra las paredes, arrastradas por el eco, fuertes, pesadas por la armadura. Los dos las distinguieron y supieron de inmediato que se dirigían hacia ellos.

―Está bien ―accedió Azrael a regañadientes mientras recogía el arma del suelo―. ¿Qué quieres que haga? Espero que el cuchillo no sea una pieza imprescindible de tu plan porque apenas corta.

―Regresa al agujero del que has salido ―le ordenó con voz aguda.

Estaba nerviosa, tanto que apenas podía controlar sus acelerados latidos. Era la situación en sí, la cercana presencia de los templarios, el saber que ella había dado el inicio de un plan que iba a ponerla en peligro y sobrepasar de nuevo sus limitaciones. A duras penas logró encontrar las palabras para contarle una idea, un plagio de una escena de dibujos animados que le vino a la cabeza. Azrael asintió con recelo, sabedor que no tenía otra opción: ella se había encargado de ponerle contra las cuerdas por cabezonería y orgullo.

Y ahora no se atrevía a reconocer en voz alta que estaba improvisando.

Las pisadas eran débiles y se arrastraban como el suspiro de un fantasma. Raqueteando, trémulas, fatigadas, pero insistentes. Cruzaron el pasillo y llegaron a una puerta que se abrió con pesadez, desencadenando demasiados recuerdos. Muchos de ellos no eran suyos y otros tantos todavía no habían sucedido. Pero él, el dueño de las pisadas, las sintió como si esas fueran las memorias que le pertenecían. A fin de cuentas, él también las había vivido, aunque como falso espectador. En silencio, en mentira, en engaño.

La puerta terminó de abrirse y dio paso a una sala destartalada. Motas blancas, negras y pardas se escondieron con la velocidad de una centella. Él solo alcanzó a ver varios manchurrones desapareciendo en agujeros y esquinas. No le dio importancia. Eran solo ratones.

Sumido en sus pensamientos, contempló ese salón donde solo se acumulaba polvo y cristal.

 

Las pisadas eran fuertes y se arrastraban con la determinación de un ejército. Sin embargo, cuando la puerta de la celda se abrió, Skaiell observó que solo se trataba de dos de los guerreros de Igneel. Estos no dijeron nada. Se quedaron en silencio en el umbral, valorando la situación, observando la clara ausencia del prisionero y la inesperada aparición de un agujero en la pared. Uno se adelantó hasta el pasadizo, pero sin llegar a entrar. Se quedó a escasos metros, observando su interior como si esperara ver los ojos azules del elfo brillando en la oscuridad. El segundo se mantuvo al lado de la puerta. Ninguno de los dos se había detenido para mirarla, pero la joven sí estaba observándoles. Y se fijó que ambos estaban coordinados, que cuando uno se movía y el otro vigilaba su espalda no era por casualidad, sino siguiendo una directriz aun cuando ninguno había dicho nada. Quizás eran como el Caballero Fénix, que cantaba una canción que no siempre se oía. O como las ballenas y murciélagos. Fuera como fuese, la joven anotó el dato.

Aprovechando que estaba justo al lado de la puerta, casi en el mismo lugar donde se había dedicado a gritar, observó al guerrero que hacía guardia. Este cargaba con una ballesta que amenazaba a esquinas y sombras, apuntándolas por si devenía de ellas alguna jugarreta por parte de Azrael. Sospechaban de él, algo que Skaiell encontraba la mar de razonable. También se fijó en una cruz roja engarzada a la altura del pecho y una marca en el casco, justo en la frente, como una abolladura o quemadura. En realidad las dos armaduras trasmitían cierta sensación a quemado, como si en algún momento las hubieran rescatado del fuego.

La chica se arrimó a la piedra en cuanto el segundo guardia entró en la celda ante una señal de su compañero. Pasó a su lado, sin mirarla, bien porque no lo necesitaba, bien porque ella no era importante y se acercó al pasadizo. La joven vio cómo los dos se agachaban un poco, todo lo que les permitió la armadura, y valoraban sus opciones en ese hermético silencio suyo. El plan que había improvisado partía de la hipótesis en la que uno de los dos entraría adentro para ver qué había sido de Azrael. El elfo tendría, entonces, que noquearle, desarmarle y apropiarse de su armadura para luego salir y decir que no había encontrado nada. Disfrazado de esa guisa, los dos saldrían de la celda, robarían un par de caballos y escaparían. Un plan que cada vez le resultaba más improbable. Y eso sin contar que se fundamentaba en un cuchillo romo como única arma para derrotar a dos guerreros experimentados.

“Lo siento Azrael”, pensó Skaiell, “Pero esto es un disparate que no va a funcionar”.

Sigilosa, la chica se arrastró un poco por la pared para luego escabullirse por la puerta entreabierta. Sintió una pizca de remordimientos al dejar al elfo atrás, pero estaba segura que él se las apañaría incluso mejor que ella. Además, le había dado su cuchillo, así que algo al menos había hecho. La joven cojeó siguiendo la corriente, buscando en ella el camino hasta el exterior. El pasillo al que daba la celda estaba repleto de puertecillas como la que había abandonado, algunas podridas, la mayoría abiertas, que daban a cuartuchos lamentables y miseria enjaulada. Se le revolvieron las tripas al pasar entre aquellos rincones que apestaban a enfermedad, muerte y desgracia. Aun así se escondió en una de ellas, con la respiración encogida y una molestia latente en las piernas. Y esperó. Silenciosa. Sutil. Una sombra más en la oscuridad. Hasta que escuchó como la puerta de la celda se cerraba de nuevo y los dos templarios abandonaban el pasillo. No parecieron haberse dado cuenta de su ausencia. O quizás sí: el silencio que les envolvía era el mismo que el del claro o cuando habían descubierto que Azrael se había fugado. De todas formas, ella intuía que su desaparición les sería irrelevante. Ella no era la prisionera a la que habían ido a buscar, solo un error imprevisto al que ni se molestaban en cachear.

En cuanto el pasillo estuvo tranquilo de nuevo, Skaiell abandonó su escondrijo. Sin pensar en regresar ni en lo que estaría haciendo su compañero de penurias, la chica se arrastró hasta llegar a una habitación redonda, repleta de armas, restos de armaduras y cascos. Parecía un puesto de vigilancia, pero no había ni carcelero ni llaves ni nada que le interesara. Rebuscó un poco, pero sin esmerarse demasiado. El corazón le latía con fuerza y no quería ni imaginar qué pasaría si la encontraban allí. Al final agarró de un estante una capa con la que ocultó sus vistosos colores y pasar así más desapercibida.

Se largó lo más rápido que pudo, escabulléndose por una puerta que daba al patio. Y ahí sí que había templarios, una docena de ellos, quizás más, apostados en las almenas y en las esquinas, en las puertas que daban a otra torre y también justo al lado de dónde ella acababa de asomarse. Rectos, firmes hasta la extenuación y con la mirada fija en el horizonte. Skaiell estuvo a punto de tropezar con el que vigilaba la torre prisión. Conteniendo el aliento, se agachó para que él no la viera y se escurrió por el lado opuesto. El muslo le ardía pero la adrenalina estaba logrando acallar el dolor. La joven se puso a cuatro patas y se escondió en una esquina ensombrecida que había entre la muralla que envolvía aquella pizca de castillo y la torre. Ahora que lo pensaba, había sido una pésima idea abandonar a Azrael. Él sabía cómo regresar, ella no. Se llevó la mano al bolsillo y sacó la porquería de mapa que le había dado Riot. Si la muralla era tan grande quizás encontraba un atisbo de ella con la que orientarse. O también podía usar el método del turista perdido: preguntarle a alguien cómo dirigirse hacia la muralla. Una ocurrencia que logró sacarle una sonrisa. Ojalá todo fuera tan fácil como en su mundo. O, ya puestos, ojalá tuviera un GPS.

La chica levantó la mirada hasta localizar los establos. El plan del alquimista tenía un fallo que él no había valorado: robar un caballo no iba a ser nada sencillo con tantos vigilantes, un muro y una puerta cerrada. Pero ella lo acababa de tener en cuenta y había dado ya con una solución. Descabellada, el tipo de solución que hubiera preferido denegar en otros, pero aquella era una situación excepcional que requería medidas excepcionales, un poco más de esfuerzo y esa pizca de valor suyo en forma de anillo.

Gateando entre sombras, buscando los puntos ciegos de los guardias y aprovechando que la mayoría de ellos vigilaba el exterior en vez del interior, Skaiell se dirigió hacia los establos.

La joven esbozó una mueca de asco al notar el hedor a animal y paja sucia. Se enderezó nada más entrar en su interior, haciendo todo lo posible para no rozar ninguna de aquellas cuadras mugrientas o las moscas que revoloteaban en ellas. En realidad debía de reconocer que estaban más limpias que las de Sapraz, había también menos animales, pero por algo ella se había dedicado a endosarle a otros todos sus trabajos en los establos: le repugnaba la combinación de animales y suciedad. Con una mueca de desdén contempló a los caballos que dormitaban tranquilamente en sus cuadras. Eran animales bellos, tenía que reconocerlo, pero no podía verlos sin recordar al plan de Azrael. ¿Montar ella en caballo? La única vez que había hecho algo parecido había sido en el colegio durante una excursión. Y no acabó muy bien. No, huir en equino era una idea absurda y con demasiados inconvenientes.

En cambio, huir en hipogrifo solucionaba la mayoría de los problemas: las puertas y fosos dejarían de ser un estorbo, los templarios no alcanzarían a atacarla y desde los cielos podría buscar la muralla para regresar al punto de partida.

No sabía dónde podía encontrar a la bestia, pero antes de empezar la búsqueda había decidido echarle un vistazo a las cuadras. Quizás una criatura voladora prefería dormir en la punta del torreón, pero si la trataban como un caballo quizás la cuidaban también como un caballo. Y era más cómodo rebuscar en un apestoso establo que despeñarse desde lo alto de una torre. Eso y que no tenía fuerzas suficientes para subir más escaleras.

Se le encogió el corazón al llegar al extremo del establo. Había una valla de madera entreabierta y luego un gran nido de paja, algodón y huesos de pájaros. Y descansando en su centro, estaba el hipogrifo. La joven contempló a la criatura con la boca abierta. Durante el secuestro había podido ver muy poco de ella, apenas un destello metálico y su silueta recortada sobre el fuego. Pero ahora se mostraba ante ella con toda su aberrante magnificencia. Más que fijarse en su color dorado, en su cuerpo esbelto o sus ojos ambarinos, Skaiell se preguntó cómo era posible que aquel monstruo existiera. Era la combinación de varios animales unidos de manera natural en apariencia, pero su conjunto era, para ella, una anormalidad. No entendía cómo de ese cuerpo de caballo nacía una cabeza de águila. Ni las dos inmensas alas que nacían del lomo y que a duras penas lograban plegarse en aquel espacio. Se preguntó si nacía con placenta o en huevo, si de verdad las alas soportaban su peso y volaba destrozando las leyes de la aerodinámica y cómo encajaba ese pico de ave con el estómago de un herbívoro. Demasiadas preguntas, tantas, que le entró el arrebato de llevárselo consigo no solo para escapar, sino para entender su funcionamiento y explicar lo que para ella era contradictorio.

―Es hermoso, ¿verdad? ―dijo una voz detrás de ella.

La chica se giró de un brinco justo para ver cómo Igneel se acercaba por el pasillo entre cuadras. A paso lento, más ligero que el de sus guerreros, aunque también era cierto que él se había despojado de la armadura, dejando solo la cota de malla. La joven observó que no parecía tan agresivo como la última vez y tampoco sorprendido al verla. Se dirigía a ella de manera casi natural, como si aquella fuera una cita acordada por ambos y no una pillada infraganti.

El templario se detuvo delante de uno de los caballos: un ejemplar negro con motas blanquecinas en la frente. Recordaban a estrellas perlando la noche. El animal acercó la cabeza y se dejó acariciar el cuello.

―Es sorprendente ―logró decir Skaiell mientras vigilaba con suspicacia los movimientos del guerrero. No podía ignorar la espada que le colgaba del cinto.

Notó un leve roce en el brazo. La chica se giró para ver cómo el hipogrifo se restregaba contra ella en un gesto cariñoso que ella interpretó como amenaza. Asustada y sorprendida, trastabilló hacia atrás, acabando por caer al suelo. Contuvo un grito, una mueca de dolor, pues no podía dejar de vigilar a la bestia. Pero esta no hizo amago de alguno de atacarla. Parecía dócil, quizás demasiado teniendo en cuenta que ella era una desconocida que desprendía por cada poro de su piel animadversión hacia los animales.

―Entonces es cierto ―dijo Igneel acercándose a ella. Le tendió un brazo, una ayuda para levantarse―. Eres humana.

Skaiell observó su mano con el mismo recelo con el que había escuchado su observación.

―Eso depende ―respondió, aceptando finalmente su ayuda. La prefería a seguir sentada en ese suelo sucio de boñigas y porquería cuyo origen prefería desconocer― de si eres de los que les gusta quemar humanos o no.

―A los únicos seres vivos que encuentro placer quemar son a los traidores y a las garrapatas ―respondió él con una seriedad que le recordó a Mäer cuando hablaba de las brujas.

―Me alegra entonces no ser ni lo uno ni lo otro ―dijo con tranquilidad, como si aquella fuera una conversación normal y no un diálogo tan delirante como la situación en la que estaba. Pero se sentía obligada a recordárselo para que no le diera por volver a sentenciarla a muerte―. Perdón por haber escapado de la celda, pero no era de mi gusto. Tampoco la compañía ―añadió para volver a desligarse de Azrael―. Aprovechando que tenemos un momento de tranquilidad sin fuego, elfos molestos ni flechas, quiero recordarte lo que dije…

―¿El enemigo de mi enemigo es mi amigo? ―observó él enarcando una ceja―. No lo he olvidado.

A la chica se le escapó un suspiro de alivio.

―En ese caso ―continuó con una pizca de entusiasmo. Quizás sí había encontrado un pasaje para regresar a una situación estable y fuera de peligro. Su casa o la fortaleza parecía algo más bien improbable, pero tampoco es que añorara mucho al castillo. Solo una pizca a tres de sus habitantes, le recordó su corazoncillo―, espero que sirva para que dejéis de considerarme cercana al elfo. Ni yo entiendo por qué me ha protegido si, a fin de cuentas, me odia: exploté su laboratorio asqueroso y desde entonces lleva todo el tiempo intentando vengarse de mí. ¡Incluso me amenazó con chivarse a los paladines  para que me quemaran!

Se sentía extraña al desahogarse ante un desconocido de ética más bien dudosa, pero era la primera vez que podía hablarle a alguien de quién era de verdad sin miedo a acabar en la hoguera equivocada. Y de alguna manera, Igneel no terminaba de caerle mal. Bien porque le trasmitía la sensación inversa de los paladines, bien porque era enemigo de su enemigo y eso le convertía en amigo, como ella misma había dicho, o quizás solo era por cómo acariciaba al hipogrifo mientras la escuchaba: con ternura, con mimo, y la criatura parecía feliz en su presencia, como un gato que saca la uña ante los desconocidos pero luego se acurruca en el regazo de su dueño.

Aunque no podía olvidar que, horas antes, había decretado su muerte sin vacilar ni sopesar otra posibilidad.

Igneel la escuchó en silencio, pero con el ceño cada vez más fruncido. La chica se fijó en ese detalle, pero no dejó de hablar. En parte lo que estaba haciendo era ganar tiempo mientras valoraba diferentes alternativas por si su conversación volvía a terminar mal para ella.

Hasta que el templario dejó de acariciar a su montura e hizo un gesto para interrumpirla.

―Por favor ―dijo―, hay varias cosas que no entiendo, ¿por qué tenéis miedo a los paladines?

―Porque no quiero que me quemen ―bufó, dejando claro lo que para ella era obvio, mientras se cruzaba de brazos.

―¿Pero por qué tendrían que quemarte? ―se llevó una mano al mentón, meditando lo que la chica le había contado―. No es extraño, pero quemar humanos solo lo hacen las facciones más extremistas. Y que yo recuerde, en Sapraz lleva tiempo asentada la facción más liberal. Solo se preocupan por las brujas y las maldiciones de las Tierras oscuras.

―Creo que con esto debo suponer que antes eras de la fortaleza, ¿no? Azrael te llamó desertor.

Igneel se enderezó un poco con una mezcla contradictoria entre orgullo y tristeza.

―Soy la consecuencia de mis decisiones y nunca me arrepentiré de ello ―dijo en un tono que a ella le sonó a fanatismo.

―Bueno, si ha pasado tiempo, quizás hayan otros paladines…

―Solo han sido tres lunas ―replicó todavía con el ceño fruncido―. ¿Todavía es Mäer el capitán de los paladines? Entonces no te preocupes. Es uno de los elfos más comprensivos que he conocido. Respeta a las diferentes razas y valora mucho antes de condenar a alguien a la hoguera. Solo es implacable cuando se trata de brujería y las artes oscuras.

―¿Seguro? ―Skaiell entrecerró los ojos, rememorando el distanciamiento del paladín con los mestizos del poblado de Nabu―. A mí no me lo ha parecido.

―Si te has dedicado a huir de él creo que no habrás podido conocerle mucho. En realidad es alguien contradictorio. Cuesta entenderle, pero es de los pocos que aprecia a los poblados de las Tierras oscuras que tanto nos ayudan y tanto sufren en nuestras guerras ―la voz le tembló, teñida por gotas de rabia―. Nunca esperes nada bueno de un elfo, niña, pero Mäer quizás sea la excepción.

―Pero Azrael sí le conoce y fue quien me dijo que no le revelara mi identidad.

A Igneel se le escapó una mueca torcida que recordó a una sonrisa cínica.

―Y, por supuesto, de Azrael te puedes fiar, ¿verdad?

La joven abrió la boca mientras en su mente los engranajes encajaban entre choques furiosos. Y lo entendió todo.

―Le mato ―masculló―. ¡Cuando le vea le voy a matar!

―No te preocupes…

―¿Qué no me preocupe? ―le interrumpió―. ¡Lleva haciéndome creer todo este tiempo que si alguien me descubre me matarán! ¿Sabes lo que es estar muerta de miedo por quién te habla? ¿En pensar lo que dices para que no te descubran? ―se le escapó un grito exasperado―. Será desgraciado… Con eso me engañó para que me quedara en la fortaleza y acabara de recluta.

―No te preocupes ―insistió Igneel― porque le voy a matar yo.

A Skaiell se le congeló la rabia asesina. La tranquilidad con la que muchos se dirigían a la muerte era algo que todavía no había terminado de asimilar. En especial porque cuando ella hablaba de matar a alguien era una fantasía fruto del enfado, pero para los demás era una amenaza que pensaban cumplir.

Y no estaba tan cabreada como para desearle la muerte. No sin antes vengarse un poquito.

―¿Matarle? ―preguntó con una sonrisa forzada―. ¿Pero no le necesitáis?

―No si te tengo a ti ―comentó Igneel.

Había vuelto a acariciar al hipogrifo. Una imagen que le seguía resultando entrañable, pero no tanto como aliviar la sensación de estar hablando con un perturbado.

―¿Sabes? Creo que cuando dije que era mejor alquimista que él estaba fardando un poquito. Lo soy ―se apresuró a señalar―, pero en otro contexto.

―No son tus habilidades lo que necesito, sino tu naturaleza. No es nada malo ―añadió al ver su mirada de espanto―. Mira.

Se apartó de la bestia y se acercó a ella. No parecía agresivo ni peligroso, pero la chica no se sintió tranquila al tenerlo tan cerca. Cuanto más hablaba con él más confundida estaba en cuanto a su opinión. Parecía escuchar, pero solo cuando le interesaba. Parecía apreciar a los animales, pero no a los desconocidos con los que se encontraba de manera casual. Le preocupaba los poblados de un lado, pero no la gente inocente de la fortaleza. Desdeñaba a Azrael, pero confiaba en Mäer.

Igneel pasó a su lado hasta alejarse de la cerca. El hipogrifo gimoteó al ver que se iba, pero luego se acercó hacia ella. Skaiell torció el gesto al ver aquella cabezota buscando su cariño y caricias. A regañadientes, estiró el brazo y le acarició entre las plumas, arrancándole un gorjeo satisfecho que le recordó a Flauta.

―¿Lo ves? ―comentó el templario―. Los humanos sois especiales. Nadie entiende porqué, pero algunas criaturas sienten vuestra presencia y son atraídos por ella. Eso es lo que necesito de ti: que me ayudes a buscar a una criatura muy especial.

―¿Será peligroso? ―comentó con recelo y sin dejar de vigilar al hipogrifo. No podía ignorar que el pico era más grande que su mano y parecía diseñado para arrancar carne.

De todas formas, saber que tenía esa habilidad la reconfortó. Era la primera vez que en Miscelánea que descubría algo para lo que era útil. Quizás ese don había sido la causa por la que Magnolio se le había acercado. Distaba mucho de ser un poder, pero le podría ser útil en el futuro. Ahora que sabía que no tenía necesidad de esconder su humanidad, podía abandonar Sapraz y sus absurdas guerras para viajar por Miscelánea cazando criaturas con las que hacerse rica mientras buscaba un camino hasta casa.

Se le torció el gesto al recordar que no podía y la ilusión se deshizo.

―Lo siento, pero está el maldito contrato ―refunfuñó―. La verdad es que no me importaría nada ayudarte, pero firmé el contrato ese y si deserto acabaré ardiendo.

―¿Contrato? ―Igneel ladeó la cabeza, confuso―. ¿Qué contrato?

―¡Pues el que te hacen firmar cuando te reclutan!

―No hay ningún contrato, ¿qué sentido tiene si pocos saben escribir?

―Pero… ―balbuceó recordando la pantomima con la que Azrael y Mäer la habían engañado para que firmara el pergamino―. Yo lo firmé. Incluso se molestaron en organizar una farsa para que estampara mi firma en su maldito contrato.

―En mi época no había ninguno. De lo contrario yo no estaría aquí hablando contigo ―observó―. Si de verdad todos los desertores arden, ¿por qué sigo vivo?

―Pero firmé algo ―insistió.

―¿Y sabes qué ponía en el pergamino? ―la chica negó con la cabeza―. Tal y como lo planteas, fue una mentira para que no se te ocurriera abandonar la fortaleza. Quizás tras mi marcha sí hayan implantado contratos, pero no le encuentro la utilidad. Muchos de los que luchan en la fortaleza están de paso, no tendría sentido encadenarlos a ella. Solo se perderían guerreros. Además, la magia de fuego no es así ―extendió un brazo y chasqueó los dedos. De sus puntas brotaron chispas y destellos rojizos que alumbraron las paredes del establo―. Soy una salamandra, un descendiente del fuego, créeme, conozco como funciona. Los paladines son unos usurpadores cuyos hechizos se quedan en lo superficial. No, ese contrato es magia de sangre y ni tú ni yo podemos saber qué intenciones tienen.

―Malparidos ―masculló la joven. Estaba tan furiosa que no se había dado cuenta en qué momento exacto había dejado de acariciar al hipogrifo, pero este había empezado a golpearle el brazo para que siguiera. Con un bufido, Skaiell se apartó un poco de él para que la dejara en paz―. Lo que no entiendo es porqué se toman tantas molestias para que me queden con ellos.

―Para protegerte ―dijo una tercera voz, indeseada, mal venida, que logró que tanto el templario como la humana fruncieran el ceño al girarse.

Azrael estaba en medio del pasillo. Se había acercado con un sigilo inesperado, discordante con su apariencia estrafalaria y llamativa. Parecía serio, despeinado y con pinta de haberse arrastrado por el pasadizo de la celda. La chica le taladró con la mirada nada más verle, pero él no se inmutó.

―¿Vas a decirme de una maldita vez de qué me tienes que proteger? ―rugió―. Y espero que me digas la verdad porque estoy a punto de firmar un trato voluntario con mi nuevo amigo.

Remarcó el voluntario y nuevo amigo con todo el despecho que pudo volcar. Azrael se encogió de hombros.

―Creo que ya no tiene sentido ocultártelo ―suspiró―. Pues mira: de él, de los reyes elfos, de las brujas y los demonios del oeste. De los cultos secretos y los paladines más férreos, de los vampiros y las cecaelias. De todos, Skaiell, porque eres humana y eso te convierte en el ingrediente más selecto que una vez cada cien años florece en Miscelánea.

Y la última pieza de aquella farsa tejida en mentiras y omisiones terminó por encajar.

―Un ingrediente ―repitió. Lo bueno de la verdad es que se llevaba consigo parte del enfado y la rabia ciega. Su ánimo se enfrió, recuperando la calma, pero sin que la ira desapareciera del todo―. Por eso acabé en el laboratorio a pesar de no servir para nada. Porque es donde van los ingredientes.

―Tampoco debería sorprenderte, ¿no hablan de eso vuestras leyendas? Una doncella para atraer al unicornio, un primer beso de amor para romper el hechizo, sangre de virgen para llamar al demonio… Todo tú es la pieza imprescindible para conjuros, pociones y todo tipo de planes de naturaleza más bien siniestra. ¿Te mentimos? Sí y he de reconocer que mi engaño fue más bien ingenioso. Es mi especialidad así que puedes culparme a mí. La fortaleza solo hizo lo posible para protegerte de todos los que habrían venido a despellejarte, cortarte en trocitos y venderte en frascos.

―Por lo que ella ha contado ―añadió Igneel. Se había mantenido en silencio escuchando lo que Azrael decía con el rostro sumido en un gesto turbio y siniestro―, has disfrutado en especial con tus mentiras y engaños.

―Es mi naturaleza ―sonrió, perverso, satisfecho de su habilidad para el truco y la apariencia.

El templario la miró.

―Mi oferta sigue en pie. Y te puedo prometer que no pienso hacerte daño. Solo necesito tu ayuda para encontrar a una criatura.

―Pero si le ayudas no podrás regresar a la fortaleza ―intercedió Azrael―. En primer lugar porque él se encargará de destruirla.

―Será una destrucción selectiva.

―La destruirás, no tergiverses ahora tus intenciones ―el elfo se cruzó de brazos y volvió a mirar a Skaiell―. Pero bueno, me imagino que ese motivo te importa bien poco, así que déjame recurrir a tu lado más egoísta: si le ayudas estarás sola, serás una traidora y nadie volverá a ocultar tu rastro. Todos vendrán a por ti y te pedirán cosas de las que no puedes prescindir: tu bonita cabellera, un vial de tu sangre, tu corazón… Claro, Igneel te ayudará, ¿pero a cambio de qué? ¿Qué querrá después?

―La estás engañando de nuevo ―rugió el templario. De sus ojos saltaron chispas que parecieron invocar al resto de sus guerreros, pues se escuchó a lo lejos un coro de pasos que se dirigían hacia ellos, al establo―. ¿Qué sabe ella de lo que va a pasar? Sois vosotros los que estáis condenando a Miscelánea con vuestras mentiras. ¿Desde cuándo Sapraz mantiene en vida a una humana? En otra época se les diseccionaba y guardaba en frascos en tu bonito laboratorio ―Azrael torció el gesto con desagrado. La idea no parecía gustarle, pero podía ser una farsa más―. ¿Te crees que soy idiota? La queréis para arreglar el prisma. ¡También la vais a usar y quizás a costa de su vida!

Mientras discutían Skaiell había retrocedido un poco, asqueada ante lo que había descubierto y la elección imposible que se le ofrecía. Había entre líneas una responsabilidad enorme en una decisión que en ningún momento había sido sencilla. Y lo que estaba dilucidando en ninguno de los dos casos parecía favorecerla. En la ficción todo solía ser más sencillo, con una línea clara entre bien y mal, entre la misión del héroe y el camino a seguir para superar su objetivo. Por eso mismo a ella nunca le habían gustado aquellas historias.

Porque en la vida real no había ni bien ni mal, ni caminos sencillos ni misiones claras desde el principio. Tampoco había dos opciones, por eso mismo la chica eligió una tercera posibilidad que ninguno de los dos hombres había valorado.

Aprovechando su descuido, cruzó la valla y se subió a lomos del hipogrifo.

No sabía a dónde, solo que se iba a ir lejos de castillos, monstruos y brujas, de elfos, paladines y guerreros de armaduras oscuras. Se iría lejos, lo más lejos que pudiera, en busca de un lugar donde sentirse a salvo.

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