9/52-Lo que pasa cuando un crucero se hunde

¿Nuevo por aquí? Lee desde el inicio los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. ¿Viejo conocido ya de Capucha Mostaza y compañía? Espero que te guste el reto semanal:

La luz alumbraba un salón sumido en el caos con las mesas tumbadas, la gente corriendo, el suelo torcido y las esquirlas tapizando la alfombra. La luz estaba en todas partes, una presencia multiforme y maleable que distribuía todo tipo de focos a los que pocos tenían la oportunidad de prestar atención.

A fin de cuentas, estaban en un barco que amenazaba con ser succionado por la inmensidad del océano.

Lámparas rotas con bombillas que todavía brillaban.

El atardecer tras los ventanales.

Y un halo blanquecino que nacía de la linterna del ladrón. Con ella iba marcando el camino a seguir en medio del pandemonio. Cruzó el salón y se detuvo en el cuadro que presidía una de sus paredes. Estaba torcido, tan inclinado como el crucero, pero indemne. El ladrón se tomó su tiempo en sacar de su mochila una funda de plástico, papel de burbujas y celofán. Descolgó el cuadro. Lo desmarcó. Lo protegió. Se lo ató a la espada y deshizo su camino.

Todo eso lo hizo con una tranquilidad discordante con lo que exigía la situación. Se atrevió incluso a tatarear mientras embalaba la obra de arte. Era una melodía que recordaba al tintineo de las monedas de oro al caer sobre mármol. No todos han tenido la oportunidad de conocer una canción así.

El ladrón regresó por donde había venido y se aupó a la piel mojada y resbaladiza de su socia la ballena blanca. Había quien cometía el error de considerarla su mascota. Era una amiga, su compañera favorita de la banda criminal y el animal más listo del mundo. Engarzada en lo alto de su grasienta frente había una pequeña cápsula en la que el hombre se ocultó. Las puertas se cerraron tras él, herméticas, infranqueables al agua o las balas.

La luz de su interior era roja y provenía de media docena de bombillas alargadas como serpientes que recorrían las esquinas. Se trataba, pues, de una cápsula hexagonal, con una cómoda butaca, una caja fuerte y un cuadro de mandos. Tras dejar el cuadro apoyado en una de las muchas esquinas, el hombre se sentó en la silla y apretó uno de los botones. Nació una señal que se tradujo en una onda electromagnética que solo la ballena podía captar.

Era un mensaje cifrado en un idioma inventado que solo ellos conocían.

Al recibir la señal, el animal asintió de la manera que lo hacen los peces: sacudiendo la cola. Y se zambulló de nuevo, llevándose consigo a su compañero y al tesoro a las mismas profundidades de las que habían venido.

La luz de la pantalla del portátil de Alettia brillaba a intervalos irregulares, débil pues la toma de corriente hacía rato que se había desvanecido. Ella era la última pasajera que todavía estaba en el salón, sentada de mala manera en una silla a la que solo le quedaban tres patas. Tenía que irse y lo sabía. Incluso el ladrón lo había hecho, pero ella estaba en plena conferencia y no podía abandonar justo ahora. Formaba parte de sus 364 retos. Mientras su presencia virtual asistía a un encuentro cibernético sobre las propiedades de los hongos para curar callos en los pies, su mente giraba en torno al naufragio.

El cual solo podía considerarse como un imprevisto.

Los imprevistos tenían la mala característica de ser eso: impredecibles, de llegar siempre en el peor momento para trastocarlo todo. Con una agenda tan apretada con la suya, habría sido extraño que no le tocara alguno, y aunque contaba con la posibilidad, no había sido tan precavida como para planear 364 alternativas con las que salvar sus compromisos. Y lo que estaba sucediendo amenazaba con tirar por la borda a su apretada agenda. Bueno, y a ella, pero eso era secundario.

Al final las luces desaparecieron: el ladrón apagó la linterna, el portátil se quedó sin batería ni pantalla y la ballena y su habitáculo hexagonal se fueron lejos, muy lejos, a un lugar donde el brillo era una quimera, un delirio inconstante que solo defendían los peces abismales.

El crucero se hundió y no dejó supervivientes. El aviso llegó demasiado tarde, la reacción fue lenta y sus medios insuficientes. Sin embargo, hubo dos notables excepciones al titular que, días más tardes, inundaron los periódicos y la red. En todos los medios, digitales o de papel, se repitió la misma noticia: ¡Tragedia en el océano! ¡Crucero de lujo naufraga sin supervivientes! ¡Cuadro valioso se pierde para siempre!

Hubo dos excepciones que, sin embargo, no dejaban de cumplir aquella sentencia:

La primera de ellas, es que Capucha Mostaza y Hägermarzen sobrevivieron. Pero claro, ellos no eran pasajeros, sino polizones de los que nadie tenía constancia.

La segunda excepción fue Alattia. Lo cierto es que ella murió junto con su ordenador en el mismo salón donde se olvidó salir. Ese era uno de sus problemas: tendía a distraerse y olvidarse de algunas cosas, como que había dejado a dos desconocidos encerrados en su coche o había abandonado a sus amigos en el Oeste. Un defecto que compensaba anotándolo todo en su agenda.

Alattia murió, pero su cuerpo, ante todo pronóstico, abrió los ojos en el depósito de cadáveres.

Nadie le había advertido que el virus que mantenía en pie a los muertos de las ciudades abandonadas no se contagiaba solo por mordedura. Había otra forma menos agresiva que solo se manifestaba post mortem.

Tumbada en el ataúd provisional que les habían dado a los cuerpos ya identificados, la mujer maldijo su suerte. Había perdido demasiados días, lo intuía sin llegar a saber cuántos con certeza, y con cada uno de ellos uno de sus compromisos ineludibles. Había fracasado y decepcionado a todos con los que se había propuesto ser una persona diferente este año.

Aunque, pensó tras incorporarse un poco, ¿su condición de mi semivida no le permitía retomar su agenda por donde se había quedado? Puede que incluso, aprovechando que ahora no necesitaba ni comer ni dormir, pudiera compaginar más de una tarea en un día.

Alattia lo pensó un poco, tanto como pudo con su cerebro empapado y algo podridillo, y tomó una decisión: se acabaron los compromisos. Dejaría que todos la dieran por muerta y así su contrato con los remordimientos se habría acabado.

Hasta que su débil ramalazo de consciencia terminara por desaparecer, hasta que su cuerpo fuera incapaz de sostenerla y su envoltura mortal se desmoronara, hasta ese entonces, se dedicaría a improvisar todo lo que no había podido hacer en vida.

Pero antes de eso, justo en el atardecer de aquel día que había hecho aguas, Capucha Mostaza y Hägermarzen contemplaron el atardecer en una playa a la que habían llegado de la mano del viento y la voluntad de un pedazo de cubierta convertido en balsa. Más concretamente, gracias a una circunferencia de ocho metros de diámetro se había escindido del resto del barco para trasportado por los aires. Otra vez.

―Esto no puede quedar así ―dijo la superheroína mirando al horizonte, justo donde el sol se había convertido en un manchurrón anaranjado―. Sea quien sea es un criminal, uno de los peores que se ha cruzado en mi camino. Toda esa gente muerta ―apretó los puños― por un maldito cuadro…

Le enfurecía la impunidad con la que el delincuente había emergido con la inconfundible obra de arte envuelta en plástico y celofán. Pero ella estaba lejos para detenerle, volando ya entre las nubes. No había podido ni apreciar su aspecto, pero eso no le importaba: sentía el fuego de la justicia recorriéndola las venas, llenándola con la determinación de atrapar al villano.

―Entonces ―dijo Hägermarzen, rompiendo su habitual ensimismamiento, incluso él parecía algo afectado, aunque a su manera, más discreta e inadvertible―, ¿vamos tras él? Me pareció ver que se fueron hacia el oeste.

―Por supuesto ―se subió la capucha en un gesto lleno de arrojo con el que iniciaba siempre sus cacerías heroicas.

La luz de aquel día clave para muchos titilaba en el horizonte, reducida a mancha, a franja de color, en estrellas que empezaban a brillar. Y su despedida solo auguraba una cosa: oscuridad.

―Pero empezaremos la búsqueda mañana por la mañana.

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