Esquirla 8+8-8: Noche templaria

¡Feliz día del libro! Os dejo un capítulo más de esta historia, ¡espero que os guste!


La oscuridad estaba rota, desgajada en pequeñas porciones que se ocultaban bajo las raíces de los árboles, sus copas y las piedras. Había demasiados focos de luz, algunos intensos, otros simples destellos, que acorralaban a las sombras de la noche hasta reducirlas a pequeñas manchas. Brillaba, el bosque brillaba, alumbrado por una tonalidad ardiente y naranja, repleto de pequeñas chispas metálicas y la luz tenue de las margaritas. Aunque la mayoría estaban partidas, retorcidas, hundidas bajo su peso y el del elfo que la acompañaba. Skaiell parpadeó y al hacerlo su visión se llenó de motas blanquecinas.

La chica se acurrucó conteniendo las ganas de llorar. Azrael había dejado de tirar de ella y se había sentado a su lado. Estaban rodeados de nuevo. No había necesitado levantar la cabeza para saberlo: había escuchado sus pisadas torpes, descompasadas, pero precisas, envolviéndoles de nuevo en un corro. Arrastraban con ellos sus espadas y lanzas, también los arcos, pero habían dejado de disparar. Al caer al suelo, Igneel había gritado una nueva orden:

―Parad.

Skaiell tembló al escuchar como el que debía de ser Igneel se iba acercando a ellos. Su presencia era diferente al resto: más contundente, real, aunque solo fuera consecuencia de saber su nombre y rostro. A los demás los veía como meros soldados de adorno que dependían de las órdenes de su líder. Eso era lo único que sabía.

Y que estaba a punto de morir.

La presencia de la muerte siempre le había parecido algo lejano que sucedería dentro de mucho, cuando fuera una centenaria feliz y multimillonaria. Ni siquiera en su llegada a Miscelánea había cambiado ese pensamiento. Como mucho había tenido alguna pesadilla sobre la peste o una gastroenteritis incurable, pero nunca que todo iba a acabar de aquella manera. Porque ella era débil. Lo sabía, era consciente de ello y nunca se había molestado en solucionarlo. Tampoco se arrepentía: el paupérrimo entrenamiento que había recibido con Oviseth y los suyos no era suficiente como para equilibrar la balanza ante alguien como Igneel.

La chica se miró las manos. El anillo que había ganado al enfrentarse al Caballero Fénix, prueba de su valor, centelleó entre sus dedos. La proximidad del incendio le arrancaba pequeños destellos que iluminaban el hueco oscuro en el que se había acurrucado.

Miró la joya y se dejó animar por todo lo que significaba.

Podía ser débil, cobarde, engreída y rastrera, pero había una pizca de valor en ella. Y muchas ganas de seguir viviendo.

Skaiell se obligó a incorporarse un poco, lo suficiente como para enderezar la espalda sin sentir el dolor de la pierna. Esta latía como un ser independiente, agonizando en ráfagas de dolor y mordiscos de fuego. Y aun así, al fijarse por primera vez en la herida, lo hizo con una calma fría  e impropia de la situación. “Tengo que desinfectarla”, pensó para sí misma.

Estuvo a punto de echarse a reír al caer que le daba más miedo pillar el tétanos que negociar su vida con Igneel. Porque eso era lo que pensaba hacer.

―Vaya ―susurró Azrael al ver sus esfuerzos por sentarse con dignidad―. ¿Te has cansado de lloriquear?

La joven se giró y le lanzó una mirada fulminante que enseguida se torció en una mueca de dolor.

―¿Y tú? ―graznó―. ¿Te has cansado de fastidiarme la vida?

El elfo enarcó una ceja.

―No recuerdo haberte explotado ningún laboratorio.

Skaiell bufó y le volvió a dar la espalda. Estaba cansada de ese maldito de día, de la mera existencia de Azrael y de seguir respirando el aire de ese mundo de locos. Aunque, y con un poco de suerte, si jugaba bien sus cartas podía salir ganando: escapaba de la muerte y el elfo desaparecía con aquellos bandidos.

Porque, si lo analizaba concienzudamente, tenía más opciones de las que había imaginado en un principio. Y rendirse no era una de ellas. La chica frunció el ceño y rememoró lo sucedido en las últimas horas. Podía ver a Igneel caminando hacia ellos con pasos lentos. Él también parecía estar pensando, evaluando opciones que escapaban de su comprensión. Pero ella también sabía cosas que podía usar a su favor.

Sabía que había una bestia suelta que había roto la cerca del poblado.

Sabía que un lobo fantasma merodeaba no muy lejos.

Sabía que el Caballero Fénix esperaba a un gran guerrero para enfrentarse a él.

El caballero se situó delante de ellos y, por una vez, Skaiell mantuvo la cabeza erguida y le miró a los ojos. Tembló al verlos, al contemplar aquella fisionomía imposible de iris ardientes y lágrimas oscuras. A su lado, Azrael se revolvió un poco, casi el más incómodo de los tres.

―Perdón por este espectáculo ―dijo la chica con voz trémula que intentaba ser fuerte―. No ha sido cosa mía. Ya te lo he dicho, no quiero problemas. Si me dejas en paz prometo no decir nada.

“Aunque las heridas de flecha son difíciles de camuflar”, pensó para sus adentros.

Igneel ladeó la cabeza. Parecía mirarla, pero era difícil de precisar: sus ojos no parecían coordinarse, centrándose primero en ella, luego a su espalda, luego en Azrael, otra vez en ella.

―La has salvado ―dijo con sorpresa en su voz, deteniendo su mirada en el elfo―. Es la primera vez en tantos años que te veo arriesgándote por alguien que no seas tú.

―¿Sí? ―el alquimista levantó la cabeza, sacudiendo la punta de las orejas―. ¿Estás seguro?

―Sí, muy seguro.

―Bueno ―el elfo se encogió de hombros―, solo formaste parte de mi vida durante un período muy breve de tiempo. Apenas nos llegamos a conocer…

Se detuvo al notar la mirada penetrante, acusadora y rabiosa de Skaiell fija en él.

―¿Pasa algo?

―¿Me lo dices en serio? ―gruñó―. Estoy rabiando de dolor y ahora me entero que el psicópata ―eso último lo dijo muy bajito, para que solo él la pudiera escuchar― aquí presente es tu amigo. ¿De verdad me estás preguntando si pasa algo?

Azrael rompió a reír. Era una risa desagradable, aguda, que ella había empezado a odiar con todas sus fuerzas.

―No es mi amigo, nunca lo fuimos. Solo coincidimos en tiempo y espacio durante un muy breve lapso de tiempo.

―Breve según quién ―señaló Igneel―. Lo suficiente para conocer lo engreído, apático y desleal que realmente eres.

―Pero al menos ―el alquimista entrecerró muy levemente el ceño, apenas un amago, que enturbió su sonrisa― no soy un traidor.

―Eso según cómo se mire.

Skaiell los miró a ambos y, tras pensarlo un poco, se arrastró una pizca, todo lo que pudo dado el dolor de la pierna, para alejarse del elfo.

―Siento interrumpir ―dijo tras carraspear―, pero mi oferta sigue en pie.

―Al contrario que tú ―observó Azrael con una sonrisilla divertida.

―Por favor ―dijo la joven, ignorándole, mientras se dirigía a Igneel―. Llévatelo muy lejos y que no regrese nunca.

―No iba a regresar ―asintió él. Su rostro era frío y apenas se reflejaban sus emociones. El odio que traslucía al hablar y mirar al alquimista era la única muestra de expresión que parecía permitirse.

―Ya, bueno ―el elfo se miró las puntas de los dedos con desfachatez―. Si no me has ensartado una flecha en la cabeza es porque quieres algo, ¿cierto? ―se giró una pizca, haciendo que Igneel diera un paso atrás―. Quizás me lo pienso.

―No, no tienes tanto tiempo para pensar.

―No me gusta trabajar con prisas. Lo siento.

Igneel levantó el brazo y los guerreros que le acompañaban se pusieron en movimiento. Skaiell se sobresaltó al ver cómo se dirigían hacia ellos, sosteniendo en sus manos con movimientos espasmódicos armas y cadenas. La joven observó que en aquella ocasión no había nadie apuntándola. Se dirigían hacia Azrael, no a ella, aunque lo parecía dado que todavía estaban muy juntos. Aun así la chica se apartó un poco más, facilitándoles el paso. El elfo se quedó sentado en el suelo, ignorando casi con desprecio la presencia enemiga. Uno de los caballeros le sujetó del hombro, tirando de él hasta obligarle a levantarse. Skaiell se fijó cómo hacía una mueca molesta, dolorida. O era más débil de lo que parecía o los guerreros no sabían contener su fuerza.

O que Igneel quería hacerle daño a propósito. Por mucho que ambos parecían estar  intentando enmascarar sus emociones en indiferencia y calma, había más de lo que aparentaban sobrevolando sus miradas, sus palabras, el tono de voz usado y la tensión que perseguía a ambos. Algo había sucedido en el pasado, hasta ahí alcanzaba a deducir. Quizás fueron amigos, quizás amantes.

Quizás aquel extraño guerrero había sido un soldado de la fortaleza. Azrael le había llamado traidor, aunque por la rabia con que lo había pronunciado, bien podía ser desertor.

Sin dejar de barajar suposiciones, Skaiell observó cómo le ataban los brazos tras la espalda con una cuerda gruesa que quedó bien anudada. El elfo debió de intentar escabullirse o hacer algún chistecillo, pues recibió un golpe en la barriga que le hizo doblarse en dos con el rostro desencajado.

Y aunque una parte suya disfrutó de verle en esa situación, un pedacito insignificante de ella se revolvió, rechazando cualquier muestra de violencia.

Estaba tan distraída que no se había dado cuenta que Igneel se había acercado hasta ella. Hasta que, entre escalofríos, escuchó su voz y veredicto.

―Ella viene con nosotros ―anunció con desapego, sin mirarla, alumbrado por el fuego que llenaba de sombras su rostro.

Hacía calor y, sin embargo, la chica sintió cómo el mundo entero se congelaba en escarcha. El incendio estaba cada vez más cerca, devorando con ansia los retazos de montaña que atrapaban sus llamas, pero para ella había desaparecido, sustituido por un frío inexplicable que se agazapó en su interior, en la esquina inferior de su pecho, dejándola aturdida, insensible al dolor y a lo que estaba sucediendo. Alguien la obligó a levantarse. Alguien tiró de ella y la empujó hacia delante. No hubo cuerdas, tampoco golpes.

Solo ese frío desconcierto de no saber lo que estaba sucediendo.

La oscuridad del castillo era azulada y vaporosa, olía a piedra mojada y tormenta eléctrica. También estaba rota, herida por cientos de destellos pequeños, algunos insignificantes, con cierto matiz turquesa y figuras geométricas. Las ratas estaban al lado de un montoncito de esquirlas brillantes que iluminaban el pasillo, la esquina, como una antorcha en medio del olvido.

―Iiiiiiccc ―estaba diciendo Ratablanca mientras señalaba el pedazo de cristal que había entre ambas.

―Iiiiic iiiiiiccc ―chilló Ratamoteada.

En la esquirla se podía ver a Skaiell, Azrael, Igneel y el resto andando entre un bosque de llamas. La visión estaba empañada por un humo denso que enturbiaba el cristal hasta hacer desaparecer la escena. La visión del cristal terminaba ahí, luego, en un tiempo indeterminado, volvería a empezar con una chica cayendo al suelo, abatida por una flecha.

Antes que la imagen terminara de desaparecer, se vio a un animal sobresalir en el humo. Una criatura portentosa, hermosa y orgullosa, a la que Igneel se acercó para palmear su cuello de águila gigante. Era inmenso, el doble que los caballos que había a su alrededor, encabritados por el fuego, letal, inquietante, pero se agachó, mansa, para que el caballero se sumiera a su lomo.

Un hipogrifo.

Y la esquirla perdió brillo mientras la escena acababa.

―Iiiic ―señaló Ratablanca.

Ratamoteada se cruzó de patitas y sacudió la cabeza. Le vibraban los bigotes.

―Iiiic. Iiiiic icccc. ¡Iiiic! ―chilló, sacudiendo la cola y levantando así pequeñas motas de polvo.

Su amigo suspiró y agarró otra esquirla del montón. Y aunque su forma era diferente a la anterior, había algo que tenía en común: el lado derecho de una y el izquierdo de la otra parecían encajar. Eran dos pedazos colindantes que habían estado juntos en el espejo antes que este se rompiera.

Y las aventuras de esa noche no muy templada, a ratos ardientes, a ratos helada, continuaba en aquella nueva esquirla, con la llegada de un grupo de jinetes y un hipogrifo a un castillo pequeño, con una sola torre tras unas murallas llenas de desperfectos.

 

En medio de un viaje tumultuoso, velado por una capucha y el cansancio, Skaiell acabó por perder el conocimiento. Su consciencia se fue apagando poco a poco, agotada, incapaz de soportar el dolor e intentar buscarle lógica a lo sucedido. El mundo que la rodeaba perdió dimensión, sentido y pasó a fundirse en negro. El ruido se desvaneció y, tras una última sacudida, sus párpados terminaron con cerrarse.

Soñó con una merienda al aire libre con sus compañeros de la facultad y sus peluches favoritos de cuando era niña. Entre tostadas de miel y galletas de chocolate, ella les iba preguntando sobre mitos y leyendas. Pero nadie sabía nada sobre hipogrifos, elfos o vampiros. Y cuanto más insistía, más la ignoraban, repitiendo la misma conversación intrascendente sobre los exámenes de junio. Y ella alzaba cada vez más el tono de voz, repitiéndoles que era importante, pero solo los juguetes la prestaban atención, mirándola con sus ojos de botón y cristal, mudos, inmóviles, ocultando un gran secreto que ella intuía pero no podía obtener.

La joven despertó con la garganta seca y antojo de galletas, chocolate y miel. Lo primero que pensó es que aquel lugar le era extraño, pero familiar. Hasta que recordó que estaba en Sapraz, encerrada en la celda por alguna de sus meteduras de pata. Tenía sentido, pensó al notar la fría piedra en la que estaba tumbada. Se levantó un poco y, al sentarse, volvió a notar un dolor intenso en el muslo derecho.

Abrió los ojos, notando por fin que los retazos de sueño desaparecían y sus recuerdos regresaban en orden.

―Buenos días ―le saludó una voz.

Skaiell se cubrió las orejas con las manos.

―No ―se quejó―. Tú no.

―Yo sí ―replicó Azrael. Al girarse un poco, vio que estaba sentado contra la pared en una esquina. Parecía demasiado relajado teniendo en cuenta que seguía con las manos atadas―. Puedes auto-convencerte que es un mal sueño. O seguir durmiendo, pero la realidad no va a cambiar.

La joven optó por ignorarle, por el bien de su paciencia y por el tiempo indefinido que tendrían que compartir juntos en aquel reducido espacio, y observó el lugar en el que estaban. Dedujo que era una celda. Era muy similar a la que ya había visitado. Eso sin contar que no había nada, solo un cuadrado oscuro con paja cubriendo el suelo, un ventanuco con barrotes y una puerta de madera. Con otra ventanita en ella con barrotes. Al arrastrarse hasta la pared más cercana, vio que había varias cadenas acabadas en grilletas soldadas a ella.

―Fantástico ―masculló entre dientes. Haciendo un último esfuerzo, alcanzó la pared y se recostó sobre ella, pero apoyando solo media espalda. Al hacerlo se fijó que ya no tenía la flecha ni estaba sangrando: un vendaje algo torpe cubría la herida. Aun así, seguía sin estar tranquila por los daños ocasionados―. Por favor, dime que tienes un botiquín o algo entre tus útiles de alquimista.

―No tengo nada ―reconoció él―. Me han quitado todo lo que llevaba.

―Menos la lengua.

El elfo puso los ojos en blanco y se concentró en estirar un poco los brazos, a ver si, por casualidad, los nudos se aligeraban y podía deshacerse de las ataduras. Skaiell le dejó forcejear con la cuerda. Quería preguntarle muchas cosas, pero no estaba de humor. Y por lo que parecía, él tampoco parecía animado ni para bromas. Aunque el estado de ánimo del otro le seguía preocupando más bien poco. La joven observó la pared en la que estaba apoyada. La verdad es que le daba cierto repelús hacer lo que estaba haciendo, pero aquella era una de esas situaciones excepcionales en las que se podía permitir olvidarse de algunas normas básicas de la higiene.

En la roca, además de mugre, se podía ver los recuerdos de antiguos prisioneros que habían tallado en ella el paso de los días, su historia y hasta dibujos que podrían ser considerados obras de arte. Había desde rayas hasta una cara grotesca con lengua bífida.

“Parece que aquí hay tiempo de sobra”, pensó mientras sentía que volvía a hundirse en el desánimo. Tanteó el suelo con la pierna buena, buscando alguna piedrecita que usar como lápiz. La situación no era tan excepcional como para tocar ese suelo sucio, manchado quizás de orines y vómitos, con la mano. Algo no muy descabellado si se tenía en cuenta que las letrinas o los cubos brillaban por su ausencia.

Skaiell le lanzó una mirada de reojo a su compañero de celda. Ella, si se lo proponía, podía ser paciente y razonable. No entendía porque Igneel la había llevado con ellos, pero todavía albergaba la posibilidad de negociar con él. Quizás podría mercadear con descubrimientos de su mundo y escapar así de ese agujero. Dado que estaban ya al otro lado de la muralla, no tenía sentido seguir ocultando con tanto celo su identidad humana. Podía aprovecharse de ello y convertirse así en la alquimista alfa de aquel lugar.

Se le escapó una sonrisa solo de pensarlo.

―¿Qué tal con las cuerdas? ―le preguntó.

Azrael detuvo el forcejeo para lanzarle una mirada de fastidio.

―Un pelín tozudas, gracias por preguntar.

La muchacha vio cómo dejaba de intentar deshacerse de los nudos y volvía a recostarse sobre la pared. Se le notaba incómodo, aunque no parecía darle mucha importancia. Aun así, la joven se permitió esbozar una sonrisa amplia y vengativa, mientras se encogía de hombros:

―¿Sabes? Es una pena que no haya nadie aquí a quien puedas pedirle ayuda ―ronroneó.

―Tranquila, respeto tu inutilidad. Jamás te pediría una tarea que te dejase en mal lugar.

―Y yo voy y me lo creo.

―Va en serio ―el elfo fingió sorprenderse―. ¿Para qué pedirle ayuda a alguien que, como mucho, se rompería una uña? Prefiero ahorrarte tal patético espectáculo.

―Patético será cuando me tengas que implorar ayuda ―apuntó ella―. Avísame cuando cambies de opinión.

A Azrael se le escapó una risilla incrédula.

―¿De verdad que la flecha no te ha dado en la cabeza?

―No, en la cabeza estoy bien, gracias por preocuparte. Me he dado muchos golpes, pero ninguno ahí. Eso sí, casi todos han sido por tu culpa. No te será fácil convencerme para que te libere.

―Tranquila, no te importunaré pidiéndote lo imposible.

―Lo harás ―insistió ella―. Pero no ahora, dentro de un rato. Mientras tanto, ¿te apetece que hablemos un poco para matar el tiempo?

―No es al tiempo al que me gustaría matar.

―A mí tampoco: le faltan orejas, mala baba y gilipollez, pero estoy harta, cansada y magullada… ¡Ya me gustaría estar magullada! Estoy herida y descolocada y me gustaría respuestas por una maldita vez, ¿entendido?

―Entiendo. ¿Esto te vale como respuesta?

Skaiell entrecerró los ojos.

―Cuando traigan la comida me la comeré toda ―le advirtió―. Odio mancharme los dedos, pero no tengo mucha esperanza en que traigan también los cubiertos, así que lo devoraré todo a grandes puñados. Luego me beberé el agua y con lo que sobre me lavaré las manos. Y no te dejaré nada, pero será un favor: así te evito el bochornoso espectáculo de arrastrarte sin manos para lamer las migajas del plato. ¿O quieres que te deje las miguitas?

El elfo le lanzó una mirada inquisitiva, valorando por fin las implicaciones de lo que ella venía advirtiéndole desde hacía un rato.

―¿Cuánto aguantáis los elfos sin comer? ¿Y sin beber? ―preguntó, curiosa, pero con evidente maldad―. ¿Cuánto aguantarás hasta que me pidas que te libere?

―¿Quieres que te lo pida? ―preguntó él con un tono burlón, defensivo―. Si tantas ganas tienes, te dejo probar suerte, pero no podrás. No con esas manitas delicadas y tus bonitas uñas.

―Hablando de manitas delicadas, ¿cómo acabarán las tuyas con tanto tiempo cortándoles la circulación?

―Mejor que tus rodillas.

Skaiell puso los ojos en blanco. Había una habilidad que tenía que reconocerle: la capacidad de ser terriblemente irritante aun cuando era el que estaba más fastidiado de todos.

―Por cierto, cuanto tengas que mearte encima como un bebé, mancha solo esa esquinita, ¿vale?

Azrael empalideció de manera sutil, casi inapreciable, que vino acompañada de una mueca de asco. Y ahí la joven comprendió que había acertado.

―Pero ―añadió con voz melosa―, yo puedo ayudarte. ¿Qué? ¿Te animas a implorar mi imprescindible y valiosa ayuda?

El joven estiró una pierna mientras echaba la cabeza hacia atrás. Parecía meditar por fin su propuesta con auténtico interés.

―Oh, hermosa y fogosa Skaiell ―dijo con un tono de falso embelesamiento y mirando todavía al techo―, la única en todos los reinos capaz de destruir laboratorios con su ausencia de habilidades, la del gusto más exquisito pero inadecuado a la hora de partir hacia el bosque, ¿me haríais el honor de liberarme de mis ataduras?

La chica rompió a reír a carcajadas.

―Ni de coña ―comentó todavía riendo mientras se restregaba el inicio de pequeñas lagrimillas―. Pero no tengo nada mejor que hacer para pasar el rato, así te dejo intentándolo. Quizás cambie de opinión.

―Sé que no vas a hacerlo ―él rio con ella―. Y sé que no puedes hacerlo, así que mejor no insistir con esa farsa. Prefiero probar a convencerte para que no te comas toda la comida, ¿te parece?

―Oh, ¿y cómo lo harás?

―Podría contarte quién es Igneel, quienes son los que le acompañan y qué quieren.

Skaiell fingió valorar la posibilidad para luego negar con la cabeza.

―No, sé que fue tu amigo, un caballero de Sapraz y ahora un desertor. Y de ti no creo que quiera tus bonitos consejos, sino tus artes, así que buscará una pócima u opinión para cuidar un arbolito. ¿Qué? ―exclamó al ver que enarcaba una ceja, sorprendido―. Me tienes por más tonta de lo que soy ―Azrael se encogió de hombros―. Yo lo que quiero saber es porqué estoy aquí.

―¿Eso? No lo sé con certeza pero tengo mis teorías: rehén ―la chica esbozó una mueca de asco― aunque yo me decanto más por la tortura. Si tengo que aguantar aquí una semana contigo me veo capaz de traicionar a los míos y darles lo que quieren.

―Eso significa que tampoco valoras mucho a tus compañeros de la fortaleza.

―Más de lo que te imaginas ―dijo con un tono inesperadamente serio―. En realidad creo que aguantaría un año, ¿puedes decir lo mismo tú?

La joven negó con la cabeza. Quería algo a sus tres amigos, más de lo que había imaginado en un principio, pero no lo suficiente como para compensar todo tipo de padecimientos medievales.

―¿Un año con las manos atadas?

―La cuerda se acabará pudriendo ―sonrió.

Skaiell rio ante su comentario.

―Tranquilo, no te dejaría tanto tiempo. ¿Sabes? Creo que empezamos con mal pie, pero no tiene por qué seguir siendo así. Prefiero hacer las paces y así esto no será un infierno para nadie. ¿Qué te parece? ―estiró la mano como ofreciéndole un trato―. Yo te ayudo y a cambio tú dejas de tomarme el pelo, de insultarme, de llamarme inútil, de chantajearme con revelarle mi naturaleza a nadie. También quiero un vestido azul, un trabajo digno en tu laboratorio y que reconozcas en voz alta que estabas equivocado respecto a mi inutilidad. ¿Trato?

El joven parpadeó, sorprendido.

―¿Así hacéis las paces los humanos?

―A veces.

―¿Tiene que ser ahora mismo? Porque no llevo ningún vestido en el bolsillo.

―Tendrás que darme tu palabra. Pero puedes ir reconociendo ya mi valía.

Azrael levantó la cabeza, meditando la posibilidad, y luego volvió a girarse hacia ella.

―Lo haré si me desatas ―y luego añadió al ver que ella abría la boca para replicar―. Sigo pensando que no podrás, por lo que si lo consigues lo reconoceré de manera genuina y sincera. Y entonces, cuando regresemos a la fortaleza, te daré tu vestido y el resto, ¿de acuerdo?

―Me parece bien, aunque no hace falta regresar para dejar de comportarte como un imbécil conmigo.

―Me comporto así con todo el mundo. Nunca has sido especial.

―¿Pero con tanta ojeriza?

―Explotaste mi laboratorio.

Skaiell bufó.

―Añade al trato no volver a decir nunca más que exploté tu laboratorio ―gruñó mientras empezaba a levantarse.

Al intentarlo notó varios pinchazos en la pierna, a la altura del muslo y las rodillas. Conteniendo un quejido de dolor y usando la pared de soporte, la joven se arrastró hasta donde estaba Azrael. Este, al ver sus nada contenidas muecas de dolor, también se levantó y, a grandes zancadas, se acercó a ella, evitando que tuviera que seguir andando.

―No te esfuerces ―suspiró.

―Que considerado por tu parte ―dijo ella con los dientes apretados con fuerza mientras se sujetaba a su hombro para no caer―. No te muevas.

Y sacó el puñal del bolsillo.

El elfo, atónito, contempló el arma sin creer del todo lo que estaba viendo. Esta, con una veloz sacudida, rasgó la cuerda en varios trozos que acabaron tirados en el suelo.

―Los templarios son como yo ―musitó mientras se frotaba las muñecas―: nos fiamos por las apariencias y estas nos acaban dando una bofetada. Bueno, lo reconozco desde el fondo de mi corazón: en algunos aspectos eres inútil, mediocre y sin interés alguno por hacer las cosas bien, pero eres más ingeniosa de lo que esperaba. Aunque demasiado fría ―torció el gesto―, como cuando intentaste negociar con Igneel abandonándome.

Skaiell se encogió de hombros y volvió a guardarse el cuchillo.

―Instinto de supervivencia ―dijo―. Entonces, ¿los templarios son quienes nos han hecho prisioneros? Qué raro.

―¿Y eso?

―Me suena a humano ―la joven frunció el ceño mientras se obligaba a recordar porqué aquella palabra le era tan familiar―. Lo he oído antes, pero no aquí…

―Creo que también habías oído hablar antes de los elfos, ¿no? Los humanos nos habéis robado mucha mitología.

―Será eso ―asintió, pero no del todo segura, así que archivó aquella palabra en su mente para, más adelante, ver si lograba recordar algo más sobre ella―. ¿Y qué quieren?

―Destruir Sapraz. No le gustamos.

―Comprensible. Parecen bastante sensatos.

El elfo ladeó la cabeza mientras sonreía y empezó a alejarse un poco. Skaiell observó cómo se paseaba por el perímetro de la celda, analizando sus paredes, la puerta y los escasos elementos que había en ella como los grilletes. Lo hizo andando despacio, deteniéndose ante cada rendija, cada ranura, pasando sus dedos por la piedra y el suelo, en un análisis exhaustivo y preciso de la habitación. Ella no veía nada y tampoco esperaba que hubiera algo, no en un lugar destinado para encerrar gente, pero en parte confiaba que aquellos ojos de pupilas rasgadas pudieran ser capaces de dar con algo oculto.

―¿Crees que encontrarás una manera de salir? ―le preguntó tras un buen rato de concienzuda investigación.

―Puede, algunos constructores creaban celdas de las que poder en salir en caso de dar con sus huesos en ellas. Además, estamos en las Tierras Oscuras. Sus construcciones nunca se han caracterizado por la perfección.

La chica suspiró. En parte no sabía si alentar o no aquella posibilidad. No quería albergar falsas esperanzas, pero tampoco sabía si realmente le interesaba escapar. Si lo hacía quizás cabreaba a Igneel y este decidía matarla en plena fuga. Además, ella por lo menos no podía moverse, no con las piernas como las tenía. Y no sabía dónde estaban, los templarios se habían encargado de ello, pero fuera donde fuese, muy lejos de la muralla.

Una tarea imposible, más incluso que encender el dichoso farol. Abatida, la joven se dejó caer al suelo. Le dejaría corretear por la celda. Así en silencio no la molestaría, aunque debía reconocer que en aquella última conversación no se lo había pasado del todo mal. De todas formas, ella no pensaba ayudar. Su único recurso era intentar negociar con Igneel.

―Oye ―dijo, de pronto, Azrael. Hasta ese entonces no se había fijado que se había quedado quieto, mirándola con los ojos entrecerrados―, creo que te has ganado este derecho, así que, ¿te apetece hacer una apuesta conmigo?

―¿Qué clase de apuesta?

―El primero que encuentre una manera factible de escapar le podrá pedir al otro cualquier favor, ¿qué te parece?

La joven alzó la cabeza, súbitamente interesada.

―¿Qué clase de favor?

―Cómo ayudarte a regresar a tu mundo, me lo pediste hace tiempo, ¿recuerdas? Podría ayudarte ―dijo con el mismo tono meloso que ella había usado hace rato―, a fin de cuentas, yo una vez estuve allí, entre los humanos.

―¿Bromeas? ―exclamó―. ¡Habrías salido en internet con esas orejotas! No eres nada discreto.

―Fue hace mucho, creo que no había de eso ―frunció el entrecejo mientras hacía memoria―. Pero recuerdo esas máquinas pavorosas y asquerosas que llamáis coches llenándolo todo de humo y ruido. Y vuestros edificios apiñados de tal manera que casi no dejan ver el cielo. ¿Qué? ―le extendió el brazo con la palma de la mano extendida― ¿Hay trato?

Y Skaiell aceptó sin dudar, renegando de sus pensamientos con una facilidad tan veloz como traicionera. A fin de cuentas, ese era el plan del momento, pero su intención original había sido siempre regresar a casa.

―Tenemos un trato ―dijo y los mecanismos retorcidos de su cabeza volvieron a ponerse en marcha para pensar en un plan.

En ningún momento se le ocurrió pensar qué pasaría si perdía la apuesta.

Anuncios

¿Algo que opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s