8/52-Igual que Titanic

Por alguna clase de ironía, ha tocado reinterpretar una escena romántica (Mi género “favorito”) para el capireto ocho de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. Os dejo descubrir mis torpes intentos para superar este reto:

Alattia estaba disfrutando del paseo en coche por el borde de la costa cuando su móvil vibró. Desde ese nefasto día de año nuevo en el que había accedido a trescientos sesenta y cuatro propósitos, se había encadenado al cacharro y a sus tropecientas alarmas, avisos y aplicaciones para no olvidar ni una sola fecha. Y aunque a veces se permitía pequeños instantes de improvisación, el móvil seguía en su bolsillo para advertirla en qué momento tenía que regresar a su ruta establecida.

Con un suspiro, la joven dio media vuelta. El crucero estaba a punto de zarpar. En realidad se había alejado tanto que tuvo que acelerar y callejear un poco entre el puerto e incluso la playa. Y aunque lo tenía todo controlado, no podía deshacerse del miedo subyacente a despistarse y que todo se desmoronara. Y fue por culpa de ese temor que aceleró más de lo permitido, atravesando como un bólido avenidas solo para peatones y llegando hasta pasar incluso por un jardín. En definitiva, se saltó como unas dieciocho reglas de tráfico, pero logró regresar al barco justo a tiempo. Guardó el coche en el garaje y regresó a su habitación para cambiarse. Dejar atrás un propósito cumplido para adentrarse en otro era como deshacerse de una muda. La piel vieja quedaba atrás y con ella sus preocupaciones y pensamientos, dejando así la mente en blanco para centrarse de pleno en el siguiente objetivo.

Sentados en la parte trasera del coche y sobreponiéndose todavía al estrés alocado de aquella conductora, Capucha Mostaza y Hägermarzen vieron como Alattia salía, cerraba las puertas y se iba. Hacía ya un rato, cuando habían alcanzado la línea de playa, que les había llegado el presentimiento que la joven se había olvidado de ellos, pero ahora, al ver cómo les colaba cual polizones el transatlántico para olvidarlos dentro del coche, se había confirmado aquella impresión.

―Bueno ―la superheroína se estiró un poco, y aunque no era mucho, el espacio dentro del vehículo era lo suficientemente grande como para estar cómoda―. ¿Qué hacemos ahora? ¿La esperamos para qué nos saque?

El encantador de pájaros sacudió la cabeza. Había empezado a jugar con el pestillo de la puerta con una pizca de impaciencia.

―No me gustan los sitios tan cerrados ―a Capucha Mostaza le sorprendió ver que le respondía de inmediato, aunque, como no, lo hizo sin mirarla, dirigiéndose a una presencia imaginaria―. Prefiero estar afuera. Con los pájaros.

―Y yo nunca he estado en un crucero ―la chica se acercó hacia la puerta que tenía más próxima, la de la izquierda, mientras evaluaba su resistencia y la fragilidad del cristal―. Ya que tengo la oportunidad, me gustaría ver algo más aparte de su garaje.

Y los dos asintieron, aunque cada uno centrados en sus propias motivaciones, lados y pensamientos. Al final lograron escapar con la ayuda de una de las muchas ganzúas que llevaba Capucha Mostaza en el bolsillo. Cuando salieron, la chica lo primero en lo que se percató fue en la oscuridad innecesaria, asfixiante y opresiva del garaje. Sin pensárselo mucho más, agarró a su amigo y lo arrastró escaleras arriba, siguiendo el brillo de un letrero rectangular y verdoso que había junto a una puerta. Así fue como llegaron a un amplio pasillo unido a una encrucijada de puertas, escaleras y dos ascensores. En cada dirección había varios letreros que marcaban el nombre de los posibles destinos, ninguno atrayente, enigmático o curioso. Eran opciones simples y comunes que uno podría encontrar en cualquier hotel: Recepción, Habitaciones 123-1345, Baños… La superheroína se las quedó mirando un rato, como si al escudriñarlas fuera capaz de dar con una opción más interesante oculta entre palabras aburridas. Hasta que descubrió que Härgermazen había empezado a alejarse sin ella y, una vez más, sin avisar. La chica de un brinco y corrió tras él. Pensó en reñirle un poco, pero volvió a contenerse: llamar la atención de la seguridad del barco le era una posibilidad tan atractiva como la de atraer a los muertos. Así que, y haciendo uso de sus habilidades aprendidas tras tantas noches luchando en nombre de la justicia, se acercó a él en silencio, pero veloz.

―¿A dónde vas? ―le chistó mientras le agarraba del cuello del chaleco.

―A cubierta. Hay gaviotas fuera.

Capucha Mostaza suspiró, divertida ante la simple e inocente motivación de su amigo.

―¡Pues vayamos afuera!

Elegido el destino, los dos se encaminaron por uno de los pasillos más iluminados. Tras desviarse un poco y perderse mucho, lograron alcanzar por fin una de las muchas cubiertas que tenía el crucero. Esta estaba menos transitada: cómo pudieron ver al asomarse por la barandilla, todo el mundo parecía concentrado en otra cubierta que había abajo, más grande y con varias piscinas. Aquella era más pequeña y sin más agua que las gotas arrebatadas a las olas, pero era también más relajada. Ideal para disfrutar de las últimas horas de sol. Capucha Mostaza estiró todo lo que pudo de la cremallera. Había refrescado un poco, no mucho, pero era un cambio radical en comparación del calor del desierto.

―Oye ―dijo, mirando la estela blanquecina que el crucero dejaba a su paso―. Esto está en movimiento.

―Ya.

―Quiero decir, ¿a dónde porras estamos yendo?

Hägermarzen levantó la cabeza y contempló las nubes. O, más bien, a los pájaros que revoloteaban junto a ellas, formando formas caprichosas en medio del cielo.

―No pasa nada, va hacia el oeste ―afirmó con una tranquilidad rotunda que no admitía ni dudas ni inquietudes.

Capucha Mostaza se encogió de hombros y se acercó a la punta del barco. Nunca antes había estado en un lugar similar, y aunque el navío iba tan lento que no se notaba al caminar, sus desarrollados sentidos se revolvían al notar que aquel era un ambiente extraño, ajeno a lo que estaban acostumbrados. La chica se acercó a la barandilla y se llenó los pulmones de aire de mar. Una calma inesperada, discordante en comparación del estrés y la adrenalina de sus últimos días, se adentró en ella. Estiró los brazos y dejó que el aire sacudiera su cuerpecillo.

―Esto es como volar ―suspiró.

Al instante notó la presencia de su amigo justo detrás de ella. Luego sus manos agarrándola de la cintura, con delicadeza, pero firmes.

―¿Qué haces? ―rio, divertida, mientras parpadeaba.

―Es para que no te vayas volando.

Capucha Mostaza rompió a reír y volvió a desviar la mirada para centrarse en el mar que se extendía ante ellos, infinito, inabarcable, un manto azul que devolvía el reflejo del cielo.

―Es igual que Titanic ―dijo sin dejar de sonreír.

Su amigo se encogió levemente de hombros. Se quedaron un rato en silencio, disfrutando de la brisa marina y aquella experiencia irrepetible. Pronto una mancha empezó a perfilarse sobre el horizonte. Comenzó con un montículo blanco, similar a un conglomerado de espuma, pero según se acercaban se fue haciendo más grande, una presencia enorme en medio del mar a la que el barco se dirigía sin dudar ni cambiar de rumbo. Capucha Mostaza bajó los brazos. Estaban todavía bastante lejos, tanto, que era imposible discernir con exactitud qué era aquella cosa. Pero ella podía imaginarlo, o más bien, intuirlo tras su poco acertado comentario.

―¿Qué es eso? ―musitó.

Hägermarzen se llevó una mano a las gafas y ajustó las lentes.

―Es blanco…

La chica se estremeció.

―Es grande… ―siguió―. Es algo que no debería estar aquí, tan cerca de la costa y en temperatura tan cálida…

―Cari, te he preguntado qué es, no que juguemos al Veo Veo.

El joven le lanzó una mirada ofendida y dejó de enfocar con las gafas. De todas formas, la chica no necesitaba más pistas: se trataba de un peligro común dado que estaban en alta mar y en un trasatlántico de lujo. Las posibilidades eran pocas y solo una encaja con algo inmenso, blanquecino, que aguardaba al final del camino para destrozar el barco y hacerlo naufragar.

Una ballena gigante.

―Es un alivio ―comentó Hägermarzen― que no sea un iceberg.

―Pero nos vamos a hundir igual.

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