Esquirla 7×7-41: Noche templada (4ªparte: Noche)

Música para ambientar el capítulo

Una luciérnaga entre los árboles.

 

Cuando anocheció, la puerta de la capilla se abrió y el vampiro salió. Archímedes, a pesar que su instinto le pedía salir corriendo y alejarse todo lo que pudiera, se mantuvo en su sitio, impertérrito, con la mirada fija en la muralla. No se giró ni al notar que Riot se acercaba a él, a pesar que había empezado a temblar de manera imperceptible.

―Tiene su mérito ―reconoció el vampiro― que todavía sigas esperando a esa maleducada.

El chico se encogió de hombros. La verdad es que estaba cansado, pero no tanto como para rendirse. Se regía por la filosofía de hacer lo mismo que le gustaría que le hicieran: y a él le haría muchísima ilusión que, tras regresar de un peligroso viaje, hubiera alguien esperándole, preocupado por lo que le habría pasado.

―Es tarde ―escuchó a Riot bostezar―. No para mí, por supuesto, pero tú pareces agotado. ¿Regresamos?

Archímedes se giró para mirarle con disimulo. Le había sorprendido el tono reconciliador de su voz, muy diferente del exabrupto molesto de hacía varias horas. Curioso, observó al vampiro. Era más bajito de lo que esperaba, quizás de su misma altura. Tenía algo de aire de niño, como si esa hubiera sido su edad cuando le trasformaron, pero el tiempo había diluido sus rasgos, otorgándole cierta madurez. Vestía un traje similar al de los paladines, pero gris sucio y con pequeñas cruces colgando de la punta de esquinas y mangas. Destacando entre los grises, su piel blanquecina y las marcadas ojeras, estaba su pelo: de un rojo intenso,  más parecido al fuego que a la sangre.

―¿Qué? ―gruñó el vampiro, al hacerlo sacudió la cabeza dejando ver unas pequeñas orejas puntiagudas de las que colgaban dos cruces a modo de pendientes―. ¿Tengo yetis en la cara?

―Lo siento ―farfulló, desviando la cara para volver a mirar la muralla.

―Sentido estás ―el vampiro echó los hombros atrás y suspiró―. Oye, ¿has visto salir a alguien? Ya sé que la maleducada no, pero por si han pasado otros miembros de la fortaleza.

―Sí… ―agachó la cabeza―. Pero no me he fijado mucho.

Riot refunfuñó por lo brazo, pero tampoco pareció darle mucha importancia.

―Da igual, si hubiera alguien relevante me habría enterado. Entonces, ¿te vienes o te quedarás aquí toda la noche?

Archímedes levantó la mirada. Estaba cansado, mucho más que los días en los que habían estado entrenando bajo las órdenes de Oviseth. Aunque también era cierto que era un agotamiento diferente: más mental que físico, que le inundaba de una desazón que consumía toda su energía.

―De acuerdo―accedió mientras se levantaba del banquillo.

Torció el gesto al hacerlo, dolorido tras tantas horas de espera. Tras lanzarle una última mirada triste a la muralla, siguió al vampiro para regresar al camino que conducía hasta Sapraz. Al pasar entre dos árboles, el muchacho se detuvo.

Le había parecido ver algo.

―¿Todo bien? ―le preguntó Riot.

Archímedes asintió mientras se frotaba los ojos. Y con un par de pasos cansados, volvió a ponerse en marcha.

Dos luciérnagas sobrevuelan un riachuelo.

 

Había muchos riachuelos cerca del poblado, pero la mayoría eran de una inutilidad equiparable a las habilidades de Nabu para redactar una frase larga y compleja. Vamos, que eran inútiles. Aun así, a veces se les podía sacar algún provecho: como identificar huellas incrustadas en su barro. La chica y varios de sus vecinos, tras terminar las oportunas reparaciones, se habían centrado en la tarea de buscar más pistas sobre la bestia que había provocado tantos daños. Los paladines se habían limitado a señalar que era un hipogrifo antes de reanudar su caza de brujas, pero para ellos eso no era suficiente: necesitaban saber la edad, si había más de uno, si era una madre ansiosa por alimentar a su nido o si el animal estaba herido. Buscar, sin embargo, no era tan fácil. Los riachuelos estaban plagados de las huellas del lobo fantasma que había convertido en suyo aquel territorio.

Y aun así, entre los cientos de rastros dejados por Magnolio, habían encontrado varias señales e indicios que parecían apuntar al hipogrifo.

―Es macho ―corroboró el anciano Kappa, uno de los miembros más mayores del poblado y el que más cuentos sabía. Le encantaba compartir información, pero no siempre esta era cierta―. Y un ejemplar joven, no tendrá más de cinco años. ¿Veis la profundidad de la pisada? Es más honda que de normal. Eso solo lo hacen los hipogrifos que cargan algo encima, como un jinete.

―Entonces ―dijo alguien―. ¿Iba acompañado?

―Puede o puede que no, pero lo que es seguro es que se trata de un animal ameastrado.

Nabu se cruzó de brazos. Había muchos detalles en ese asunto que le escamaban. Empezando por la presencia del hipogrifo: no era habitual verlos tan lejos de las montañas. Pensar en las montañas le hizo acordarse de un amigo del pasado, y recordar a ese antiguo amigo hizo que sus pensamientos volvieran a centrarse en las amigas del presente: ¿dónde estarían Flauta y Skaiell? ¿Les iría todo bien?

La mestiza levantó la cabeza y miró hacia la colina.

Todavía no había ninguna luz en ella.

Tres luciérnagas llegan a la montaña.

Flauta observó con una sonrisilla taimada como Skaiell daba media vuelta y desaparecía entre los árboles. Engañarla había sido sencillo: solo había tenido que recurrir a su orgullo, su afán de recompensas y enemistad con Azrael. Satisfecha, la joven estiró los brazos mientras inspiraba. Le gustaba aquel bosque: se sentía llena de vida en él, una más con la naturaleza. Pero ahora tenía que regresar.

―Adiós ―le dijo al Caballero Fénix―. Mucha suerte con tu espera.

―Me temo que mi espera ha sido en vano ―el guerrero, tras un suspiro pesado, empezó a incorporarse entre el rechinar de las piezas de su armadura―. Hoy no habrá otro combatiente.

―Qué pena ―se lamentó la muchacha―. ¿No insistirás?

―Él sabe que estoy aquí: desde que ha llegado a este bosque mi canción le ha estado persiguiéndole, retándole, recordándole nuestro duelo, pero él ha elegido ignorarla. Así que yo también tendré que ignorar su valía y buscar a un nuevo rival.

―Eso significa que ese gran guerrero tuyo está cerca de aquí, ¿no? En ese caso, ¿podrías decirme cómo es de guapo?

El Caballero Fénix se giró para mirarla con su yelmo sin ranuras. Parecía extrañado. Ante su silenciosa interrogativa, Flauta se encogió de hombros.

―Antes hemos visto una luciérnaga de Salmuera ―se explicó―. Y parece que por fin anochece, así que no me importaría buscar a alguien con quien pasar la Noche templada. O quizás no tengo que buscar mucho ―añadió con una sonrisilla y una mirada cargada de indirectas.

El cuerpo del caballero se estremeció con una carcajada amable.

―Regresa a las tierras soleadas, niña. La noche no es para ti y menos una como esta.

―Me da lo mismo: solo hay un momento y quiero vivirlo tan intensamente como pueda ―la joven se giró un poco, lo suficiente para mirar los árboles por los que había venido. Reconocía el camino a seguir en el viento que pasaba entre ramas y cortezas―. Hay oportunidades irrepetibles y yo no quiero dejar pasar ni una.

Nadie le respondió pues ya no había nadie más en el claro. Solo ella. La silfo suspiró y empezó el camino hacia la fortaleza. Aunque para llegar a ella antes tendría que regresar a la montaña y de ahí al poblado de Nabu.

Silbando una cancioncilla alegre, Flauta se puso en marcha. Noche templada o no, ella pensaba seguir haciendo lo que quisiera. Y en ese momento lo que quería era regresar con los suyos. Y quizás un encuentro fortuito por la magia de las luciérnagas, pero de no ser así, también se contentaba con lo contrario: un muy ansiado sueño en su catre.

Cuatro luciérnagas alrededor de un farol.

 

Siendo al final la única que estaba cumpliendo la misión, Skaiell se sintió idiota. Molesta, miró con desagrado la vela que todavía llevaba en la mano.

―La puedo vender en el mercadillo ―dijo en voz alta. Escuchar su propia voz la tranquilizó y logró enmascarar los acelerados latidos de su corazón. Estar perdida en un sitio hostil no era la mejor de las situaciones para estar calmada―. Y con el dinero contrataré a alguien para haga el trabajo sucio…

Suspiró. Sabía que había tocado fondo por la de tonterías que estaba diciéndose a sí misma.

Como hablar sola tampoco era la solución a sus problemas, la joven volvió a ponerse a caminar. De lo que sí estaba segura es que quieta no llegaría a ninguna parte. Y a grandes rasgos, tampoco había mucho a dónde ir: podía llegar por casualidad a la montaña, regresar al poblado de Nabu, al claro con el Caballero Fénix o perderse todavía más. Y en la mitad de las opciones se encontraría con alguien que le diera indicaciones, así que tampoco era tan catastrófico.

Hasta que consiguió, por puro azar, regresar al claro donde descubrió que ya no había nadie. “Si logro regresar”, pensó, “Cenaré pollo asado durante una semana”.

Molesta, evaluó las diferentes posibilidades. A través de las copas de los árboles se distinguía la que sería la silueta de la muralla y otra más discreta que correspondería a la montaña. O así esperaba que fuera: estaba tan oscuro que era difícil precisar. Al final optó por seguir la posibilidad de la montaña. La idea de la pequeña recompensa seguía fija en su cabeza, inamovible, mucho más resistente que la mayoría de sus pensamientos habituales.

―Oye, ¿Musa del amor? ―dijo en un momento dado, al pasar entre flores gigantes―. ¿Me oyes?

Se permitió conversar con una entidad desconocida porque, a fin de cuentas, no era lo mismo que hablar consigo misma. Y porque estaba muy aburrida.

―Espero que me estés oyendo porque no me vendría nada mal tu ayudita: mira, resulta que me he perdido y estoy aquí sola, herida y cansada. Así que me preguntaba si me podrías echar una mano. No sé,  como enviarme una luciérnaga para que me señale el camino correcto.

La chica hizo una pausa prudencial y empezó a mirar a ambos lados. Se sentía ridícula, pero después de su encuentro con el fantasma, su fe en aquella clase de criaturas había aumentado un poquito. Seguía pensando en ellas con escepticismo, pero al menos ya no las consideraba imposibles del todo.

Aun así, no pasó nada.

―Musa rácana ―gruñó para sí misma―. De acuerdo, tus luciérnagas están muy ocupando prediciendo partos y bodas, pero, ¿de verdad que no te sobra ninguna para mí? ¿No? ―giró la cabeza, arriba y abajo, derecha e izquierda―. Ya veo que no. ¡Tampoco tiene porqué ser un bicho! Que si se asoma el propio Cupido tampoco le miraré muy mal. Al no ser que venga armado, claro está.

Y una vez más, nada sucedió.

Skaiell suspiró. Estaba empezando a perder la paciencia. Con la musa y consigo misma por estar enfadándose con alguien que no existía.

―¿Pero eres o no la todopoderosa Musa del amor? ―recurrió entonces al peloteo, pero con el tono de voz equivocado―. No pensé que diría esto, pero allá va, mi última oferta: ya que tanto insistís con amores desdichados, partos y otras ñoñerías, ¿podría aparecer mí, según lo que vosotros creéis, interés amoroso para que me señale el camino correcto?

Y esperó. De nuevo, no pasó gran cosa.

―Gracias por nada ―gruñó y siguió dando vueltas.

La joven caminó hasta detenerse en un árbol para valorar la posibilidad de escalarlo y ver así la presencia o no de la muralla o la montaña, pero descartó la idea con la misma velocidad con la que se le había ocurrido. Lo último que necesitaba era partirse la crisma haciendo acrobacias nocturnas. Si ninguno de los anteriores milagros había sucedido, tampoco se iba a convertir de golpe en una perfecta escaladora. Frustrada, se llevó las manos a la cintura. Al hacerlo notó la suave forma del cuchillo en su bolsillo y al mapa inútil.

―¡Claro! ―gritó al recordar las señas que le habían dado en el poblado de Nabu―. ¡Las margaritas soleadas!

La joven rompió a correr, enfocando su mirada a los huecos que había entre las ramas de los árboles. Tras una precipitada carrera, por fin dio con un brillo entre la oscuridad: era una mota insignificante que habría pasado desapercibida si no la hubiera buscado a propósito. Instigada por aquel descubrimiento, siguió corriendo. Pronto notó que el suelo y la flora cambiaba, al igual que la pendiente: había regresado a la montaña. Escuchó unos aullidos familiares, aunque lejanos, y por primera vez se sintió animada al reconocer en ellos la presencia de Magnolio.

“Lo logré”, celebró mientras seguía corriendo hacia la cima, “¡Lo he conseguido y yo solita!”

Y entonces tropezó con alguien y su felicidad se evaporó.

Dolorida, Skaiell se llevó la mano a la nariz, justo donde se había golpeado. Aturdida por el golpe, empezó a levantarse muy despacio.

―¡Detente! ―gruñó una voz enfadada, familiar―. ¡Vas a pisar las margaritas!

La joven esbozó una mueca de asco y miró a Azrael. El elfo estaba sentado en el suelo, pendiente de la trayectoria que hacía su pierna. A su lado había una cesta de mimbre repleta de flores, aunque la mayoría se habían caído al suelo por consecuencia del impacto, y unas rudimentarias tijeras para podar.

―No ―gruñó la chica―. Joder, no.

―Sí, a mí también me apena el destino de las pobres margaritas que acabas de aplastar.

―¡No, no, cállate! ―se llevó las manos a la cabeza mientras se apartaba un poco, pero eso sí, teniendo mucho cuidado en no pisar ninguna planta más de las necesarias―. ¿Pero qué haces aquí?

El elfo puso los ojos en blanco.

―Alguien achicharró todas las reservas de margaritas ―señaló con retintín―. Y están en su mejor momento, ¿no lo sabías? No, claro que no ―negó con la cabeza y empezó también a levantarse―. Cuidado la ortiga.

La joven pegó un brinco y se separó del sospechoso matorral al que se había acercado sin darse cuenta. Azrael esbozó una sonrisilla malévola al ver su mirada de aprensión.

―De todas formas, ¿a qué viene ese susto? ―le preguntó―. Nos hemos visto esta mañana.

Skaiell frunció el ceño, dedicándole una mirada de odio absoluto. Se acababa de acordar de su encuentro. Sentía que había pasado hacia mucho, pero, ¿cómo olvidar algo que le había dejado una marca imborrable?

―Sí, me acuerdo ―gruñó―. ¡Mira lo que me he hecho por tu culpa! ―gritó señalándose las rodillas.

El alquimista miró sus heridas durante un par de segundos y luego procedió a sacudirse la ropa de hojas y restos de hierbas que se habían quedado adheridas a ella.

―No es nada ―dictaminó―. ¿Y tú qué haces aquí?

La joven levantó la vela con una mano y el mapa con la otra.

―¿No lo sabes? Este mapa tiene tu firma.

―¡Ah! ―exclamó―. Sabía que Ovi os quería mandar a encender el farol, pero no cuándo ―el elfo alzó la mirada hacia un punto impreciso de la noche que se mantenía oscuro, sin rastro alguno de estrellas o fuegos―. Sí, ya veo, tan eficientes como siempre.

Skaiell enarcó una ceja. Esa fue la única reacción que se permitió. Encajó la puya con elegancia sin permitir que le afectara. Después de tanto tiempo de batalla, había empezado a acostumbrarse a las salidas de Azrael y sus interminables comentarios. Y aquel en concreto había sido bastante predecible. En realidad, lo único que en aquel momento la enfurecía era lo poco casual de aquel encuentro: si de verdad existía una Musa del amor, más le valía esconder su nariz en el rincón más recóndito de Miscelánea, porque pensaba estrangularla por aquella broma sin gracia. Aunque, si el elfo no le señalaba el camino correcto, tampoco cumpliría el papel de interés amoroso que ella había invocado.

Ignorando el hecho que el alquimista le acababa de señalar dónde estaba el farol al girar la cabeza, la joven observó aquel trozo de bosque. En realidad lamentaba tener que abandonarlo tan pronto por las prisas y la compañía, pues era realmente precioso, lo más mágico que había visto hasta entonces. Quizás volvería más tarde, para disfrutar de las margaritas brillando sobre la oscuridad de la noche.

Y de repente, al fijarse en las orejotas élficas del joven, se le ocurrió una idea.

―¡Ah! ―gritó con toda la fuerza que pudo invocar de sus cansados pulmones―. ¡Un bicho! ―pegó un brinco, reafirmando la farsa―. ¡Bichos! ¡Bichos horrorosos!

Azrael que se había agachado para recoger su cesta, levantó la cabeza. Sonreía, divertido, pero también algo molesto. Como si estuviera aburrido de sus chillidos.

―Estamos en un bosque, ¿qué esperabas? ¿Peces?

―¡Me dan asco los bichos que vuelan! ―se quejó con exageración―. ¡Y este era horroroso! ¡Una luciérnaga pero verde! ¡Qué espanto!

Y con perversa malignidad, que ocultó tras su máscara de asco, observó cómo la cara del elfo perdía color. No mucho, pero lo suficiente como para confirmar que había picado el anzuelo.

―Yo no he visto nada ―dijo con una pizca de incertidumbre en la voz, un sonido que la chica disfrutó como si fuera el más bonito que hubiera escuchado nunca.

―Porque estabas ocupado contando flores. Han pasado dos de esas luciérnagas horrorosas y ni te has fijado ―fingió estremecerse―. Mira, me voy a encender el farol y a ver si por fin puedo descansar. ¡Hasta luego!

Y se largó mientras contenía la risa, dejándole meditar sobre los presagios de las luciérnagas de Salmuera. Tras realizar aquella pequeña venganza, la joven se sintió más satisfecha. Tanto que hasta saludó a Magnolio con una carantoña cariñosa cuando el lobo se acercó a ella. Y así, por primera vez feliz en lo que llevaba de día, alcanzó la cima de la montaña. En ella había lo que esperaba: un árbol inmenso, de raíces nudosas que asomaba entre la tierra, y hojas que habían caído hasta tapizar el suelo y las rocas. Colgando de una de sus ramas había un farol. Parecía insignificante, pero si la fortaleza le había dado tanta importancia sería por algo. Sin darle muchas vueltas, y oliendo ya su ansiada recompensa, Skaiell se acercó a él con la vela en la mano. Por una vez deseó que la magia fuera real y se encendiera solo, porque ella no tenía fuego. Ni un mechero, ni siquiera una cerilla.

Al acercar la vela al interior del farol, esta se encendió por sí misma. Con un suspiro, y con sumo cuidado para no quemarse, la chica la depositó adentro.

Misión cumplida.

Skaiell se giró al escuchar a Magnolio revolverse. El lobo había arqueado la espalda y erizado el lomo. Gruñía, mostrando todos sus dientes, con los ojos fijos en la linde y los árboles que marcaban el inicio del bosque. La joven reculó un poco, inquieta, deseando que se tratara de una falsa alarma, como una ardilla o un gato.

De repente, al animal se le escapó un quejido lastimero y rompió a correr, huyendo de allí con el rabo entre las patas. Incapaz de creer lo que estaba viendo, la chica chilló, llamándole por su nombre, pero Magnolio había desaparecido.

Y entonces una figura salió entre los árboles y susurros de hojas. Skaiell la miró, recelosa, lista para salir corriendo por si las cosas se torcían, pero se contuvo al ver que se trataba de una joven, quizás algo mayor que ella, pero era difícil precisar su edad por culpa de la venda que le cubría la cara. Vestía con harapos, ropa raída y retales, y se movía a trompicones, tropezando cada dos por tres con los árboles.

Pero lo que más le llamó la atención fue que llevara un ajado sombrero de bruja de cuya punta colgaba una estrella de cristal de cinco puntas y tan grande como la palma de una mano. Y revoloteando a su alrededor, atraídas por su forma y brillo, había cuatro pequeñas luciérnagas.

―Emm… ¿Hola? ―le dijo a la recién llegada. Le costaba creer que alguien llevara aquella prenda a propósito teniendo en cuenta todo el miedo que había sobre las brujas. Quizás se tratara de una ignorante o puede que en Miscelánea el significado de aquel sombrero fuese diferente.

O puede que fuera una auténtica bruja.

La desconocida sacudió la cabeza al escucharla. Intentó dirigirse hacia ella, pero tropezó con una raíz y cayó de bruces contra el suelo. Enternecida por todos los prejuicios injustos y el batacazo que se acababa de dar, Skaiell corrió hacia ella para tenderle una mano y ayudarla a ponerse en pie.

En el momento en el que sus dedos se rozaron, el mundo se detuvo, se hizo oscuridad, madeja de colores. La joven dejó de sentir, de ver, de oír. Incluso sus pensamientos se congelaron, detenidos en un “¿Qué demonios está pasando?”. Un centelleo blanco, otro azul y luego rojo.

Y de repente Skaiell sintió que algo la tiraba al suelo, que hacía calor y la boca le sabía a sangre. La joven se quedó tumbada en el suelo, confusa, mientras el farol, el árbol y todo lo que había en la cima estallaba en llamas. Le llegó el calor, abrasante, y luego el dolor. Se palpó la cara con dificultad. Le salía sangre por encima del ojo izquierdo. La chica giró la cabeza: no había rastro de la bruja. Esta había desaparecido, dejando en su lugar un rastro de fuego y humo. Y este estaba haciéndose más grande, alimentado por la hojarasca, mientras ella seguía  a pocos metros, aspirando ese aire ardiente y sintiendo su calor sobre la piel enrojecida.

La chica se incorporó a trompicones. Una nueva explosión la obligó a correr colina abajo, dejando atrás el inicio de un incendio que se auguraba como incontrolable. Pero ella no pensaba en las consecuencias, solo en poner cuanta más tierra por medio y llegar a un lugar donde estar a salvo. Si es que eso era posible.

En su precipitada carrera apenas veía por donde pasaba, tanto que, al esquivar un árbol, volvió a darse de bruces contra un joven orejudo que seguía recolectando flores. Los dos cayeron al suelo entre margaritas y quejidos, rodando un poco hasta colisionar contra un abedul torcido.

―¿Qué ha pasado? ―protestó Azrael. Al levantar la cabeza y descubrir el incendio que había en la cima, la mirada del elfo pasó de la sorpresa al estupor―. ¡Pirómana insensata! ¿Qué has entendido por encender un farol?

―¡Yo no he sido! ―se defendió, levantándose―. Había una bruja y…

Se escuchó un silbido veloz. Skaiell notó como algo tiraba de ella desde la cintura, empujándola contra el suelo. Al caer vio como un destello sobrevolaba justo por encima de su cabeza hasta dar al árbol. Aturdida, distinguió una flecha clavada en la madera justo donde, momentos antes, había estado ella.

Dolorida, se incorporó un poco y giró la cabeza. Había sombras oscuras entre los árboles, indefinidas, y a las que la luz de las margaritas arrancaba destellos metálicos. De armaduras, de espadas, de flechas que les apuntaban. La chica sintió como el corazón se le detenía y la bilis le subía por la garganta. Desesperada, miró a su alrededor, pero aquellas sombras estaban por todos los lados, envolviéndoles en un círculo imperfecto pero exacto.

A su lado, el alquimista masculló algo por lo bajo en un idioma desconocido. Élfico tal vez.

―Tiempo sin vernos ―dijo mientras se levantaba―, Igneel.

Una de aquellas sombras se adelantó. Skaiell sintió que se le encogía aún más el corazón, como si este se hubiera comprimido hasta desaparecer. La luz de las margaritas y la lejana lumbre del fuego iluminaron a un hombre joven, robusto, imponente, que andaba como si quisiera hacer temblar el suelo con cada pisada. Tenía el pelo oscuro y la piel de color ceniza, y de sus lacrimales goteaban lágrimas negras, casi tanto como la armadura que vestía. Le sobresalían una especie de agallas donde tendrían que haber estado las orejas y sus irises eran alargados como los de un lagarto. Y aquellos ojos, brillantes como ascuas, rojizos, se posaron en ella, haciéndola temblar. Asomarse en su mirada era como vislumbrar el interior de un pozo profundo, sin atisbo de final, en el que la locura brillaba sobre las aguas.

Y el tal Igneel también la miró, evaluándola durante un momento, para luego añadir sin emoción alguna en su voz:

―Matadla.

Media docena de arcos tensaron sus cuerdas. Media docena de flechas apuntaron a la cabeza de la joven. Y ella, al sentir por primera vez la amenaza de la muerte, solo se le ocurrió gritar una cosa:

―¿Sabes lo que dijo un sabio?

Igneel y Azrael la miraron. El resto se mantuvo en silencio, sin dejar de vigilarla con las puntas de cobre de las flechas. Skaiell tragó saliva. Podía notar como el sudor le bajaba por la frente.

―El enemigo de tu enemigo es mi amigo ―dijo y, sin previo aviso, agarró al elfo del brazo y lo empujó hasta tenerlo delante suyo―. ¿Vienes a por él? ¡Adelante! Yo no he visto nada. Es más, te agradecería que te lo llevaras para siempre. ¿Qué? ¿Cada uno sigue por su camino sin matarnos entre nosotros?

El alquimista puso los ojos en blanco.

―Eres un espectáculo ―suspiró.

Y se giró de golpe, soltándose de su débil agarre. A la chica se le escapó un grito sorprendido ante aquella velocidad inhumana. Volvió a notar como empujaban de ella, apartándola mientras dos flechas más se clavaban en el árbol. Y entonces Azrael la cogió de la mano y tiró de ella para que corriera. La joven se dejó arrastrar, demasiado preocupada por las flechas que surcaban el cielo que de otra cosa. Los dos corrieron hasta uno de sus atacantes, el cual levantó con tosquedad su arco como si fuera una espada. Skaiell cerró los ojos mientras el elfo se precipitaba contra el guerrero, empujándolo contra el suelo. El peso de la armadura jugó a su favor, rompiendo el círculo y permitiéndoles la oportunidad de escapar.

Los dos derraparon mientras a su espalda el grupo de atacantes se reagrupaban bajo las órdenes enfadadas de Igneel.

Un silbido traspasando el aire, una mordedura de dolor.

La joven cayó al suelo, soltando la mano de Azrael. El elfo se detuvo y Skaiell gritó al ver, al ser consciente, al sentir como el metal de una de aquellas flechas le había perforado el muslo derecho.

Cuatro luciérnagas al reflejarse se convierten en ocho luciérnagas.

Mäer detuvo su montura al notar el brillo del fuego. Estaba lejos de ellos, pero próximo a la muralla. Y eso siempre era una mala noticia, bien un ataque, bien una catástrofe natural. Levantó el brazo e hizo que el resto de paladines se detuvieran. No había tiempo.

―¡Seguid sin mí! ―gritó mientras golpeaba los flancos del caballo para que diera media vuelta―. ¡Voy a ver que está sucediendo!

Y rompió a galopar de nuevo hacia la frontera. Aunque intuía lo que podía significar aquel incendio, estaba preocupado, más de lo que había dejado entrever. El paladín cabalgó entre los árboles, forzando al máximo a su montura para que esta regresase, veloz, al punto de partida. No dejaba de pensar en los poblados cercanos, en los novatos que habían salido justo ese día para pasear y en la presencia del hipogrifo. Estaba tan centrado en sus pensamientos que casi arrolló a una joven que estaba cruzando el camino. En el último momento estiró de las riendas, logrando que el caballo retrocediera, aunque con tanto ímpetu que casi le hizo caer al suelo.

Al levantar la mirada, lo primero que vio fue el sombrero andrajoso, repleto de retales y con una estrella colgando en su punta de una bruja. Y a las cuatro luciérnagas que la acompañaban.

―¡Tú! ―exclamó, sorprendido, llevándose por instinto la mano a la espalda, ahí donde colgaba su vara.

La bruja sacudía la cabeza y sonrió.

Y antes que el paladín pudiera hacer nada, desapareció, dejando solo un olor a musgo mojado y un par de huellas sobre el barro que indicaban que, en efecto, ahí había habido un bonito, engañoso y terrible monstruo.

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