7/52-Memento

Ya está el séptimo capireto de Siempre al oeste, cueste lo que cueste. Antes de dejaros leer tranquilamente, os pido dos segundos para anunciar una cosa: resulta que he ganado el concurso de microcuentos de abril de Sevents Magazine. Aquí está mi microcuento para leerlo.

Y nada, esto es todo, dije que serían dos segundos. ¡Disfrutad de la lectura!

En una sucesión de brumas e imágenes inconexas, contradictorias y extrañas, Liralaik sintió como si acabara de despertar: aturdida, con los pensamientos pegajosos y una leve desconexión de la realidad. No ubicaba el lugar en el que estaba, tampoco a los dos jóvenes que había delante suyo, solo seguir siendo ella, fuera lo que fuera que significase.

Todavía algo aturdida, contempló el lugar en el que estaba: el techo de un edificio, polvoriento, con restos de cagarrutas de pájaro y una porción considerable de tierra amontonada en su centro. De fondo había más edificios, la mayoría resquebrajados y sin cristales en las ventanas, pájaros que volaban y postes caídos de teléfonos. A sus ojos era un decorado indivisible, sin profundidad, como el fondo de un cuadro. Los únicos con los suficientes matices como para destacar era el tejado en el que ella estaba y los dos desconocidos que discutían asomados al vacío.

Liralaik se acercó a ellos en silencio, lo suficiente para escuchar su conversación…

―Me parece ―musitó él. Era alguien extraño: vestía con chaleco y pantalones de traje, elegantes, pero desgastados. Parte de la cara estaba cubierta por un híbrido entre gafas y prismáticos, el resto le era familiar. Como si hubiera visto en otra ocasión aquel mismo conjunto de rasgos. Le entró un irrefrenable impulso de juguetear con sus rizos castaños, de acariciarle el mentón o tomarle de la mano cubierta por un guante de cetrería, algo que supo sin necesidad de verla.

―Así me gusta, ¿qué? ¿Bajamos? ―propuso ella. También era rara: llevaba un jersey viejo, feo y de un espantoso color mostaza. En su caso no sintió nada al verla, solo desconocimiento. Tampoco le sorprendió: a fin de cuentas, aquella estrafalaria joven se cubría la cara con la capucha de su jersey y un antifaz negro.

…y los latidos de sus corazones, acelerados los de la chica, tranquilos los de su compañero. Estaban cerca, apenas un suspiro de distancia, pero al mismo tiempo sentía que estaban muy lejos de ella, quizás a años luz. Como una espectadora invisible, observó como la encapuchada saltaba y desaparecía de su vista. Solo quedó el otro, quien tras mirar hacia abajo, se giró hacia ella.

Y la miró, la miró de verdad, la estaba viendo.

―Hola, Liralaik ―dijo. Su voz era tranquila, pausada, quizás demasiado bajita, pero ella pudo escucharla sin problemas.

Le gustó aquella voz. Era la que tenía que ser.

―Hola.

―Estamos en una ciudad abandonada. Hay muertos, pero las aves nos protegerán ―le explicó―. Voy a saltar. No te asustes: hay una terracita aquí abajo.

―Espera ―le pidió al ver cómo volvía a mirar hacia abajo―. ¿Me conoces?

El joven se giró. Era difícil interpretar su mirada tras aquellas aparatosas gafas.

―Te conozco ―dijo―. Y tú me conocías. A mi amiga tienes que volver a conocerla: es Capucha Mostaza. No puede verte: eres invisible.

Liralaik asintió. Ahora todo empezaba a tener más sentido.

―¿Y tú? ―le preguntó.

Como única respuesta, el chico se llevó un dedo a la cara y golpeó el cristal de las gafas, demasiado traslúcido para ser uno normal.

―¡Eh, Hägermarzen! ―gritó una voz desde abajo, impaciente, pero sin llegar a chillar demasiado. Más bien hablaba en voz alta, lo suficiente como para atraer su atención―. ¿Quieres dejar de mirar las musarañas y saltar de una maldita vez?

El joven se giró con una lentitud exasperante y, tras volver a mirarla para asegurarle que no pasaría nada, saltó. Liralaik observó cómo él también desaparecía de su campo de visión. Sabía que estaba bien, se lo había dicho, pero aun así sintió una pizca de aprensión. Como si algo se revolviera dentro su cuerpo. Recelo. Angustia.

Sin dudarlo, ella también se acercó al borde. Al mirar abajo vio que, en efecto, los dos estaban bien. Por el momento. Estaban bajando usando antiguas terracitas y alféizares de ventanas. Ella parecía tener menos problemas: su constitución era más atlética, sus movimientos más calculados y se notaba que no era la primera vez que lo hacía. Él era paciente y se tomaba su tiempo para avanzar, pero al final lo conseguía. Liralaik también saltó.

Y cayó, atraída por la gravedad, por una presión inexplicable que la empujó contra el suelo de la primera terraza. Y este se deshizo en nada. O quizás fue ella la que se deshizo para pasar entre el cemento y la gravilla. Siguió cayendo, atravesando terrazas, sillas oxidadas y macetas rotas. Hasta que ya no hubo más vacío. Solo ella, acuclillada en el suelo, rodeada de cascotes, restos de coches y suciedad. Estaba sola y no veía a los otros dos por ningún lado. Solo sombras retorcidas, de aspecto humano, que se arrastraban no muy  lejos. Tal y como ella los veía, eran oscuros, sin luz, sin color, esbozos de personas que, inexplicablemente, seguían arrastrándose.

Y por algún motivo no podía dejar de verlos y llenarse de angustia ante su visión. Eran un error, algo que no debía estar ahí.

Se calmó al sentir la presencia de Hägermarzen a su lado. No necesitó girarse para verle: le notó acercarse, con pasos tranquilos, demasiado calmados teniendo en cuenta las criaturas que caminaban a escasos metros delante suyo.

―Tranquila ―le dijo―. Eres intangible. No pueden hacerte daño.

Aun así Liralaik extendió una mano para agarrarse a la de él. Fue un acto reflejo, una petición de ayuda para volver a levantarse, pero su brazo le traspasó.

―En realidad no estoy aquí, ¿verdad? ―dijo, comprendiéndolo por fin.

El joven asintió. La tal Capucha Mostaza apareció de repente. Se la veía cansada, harta de hacer de niñera de su amigo. También se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo por no gritar y ser silenciosa. Por eso mismo le agarró del hombro sin proferir ni una sola palabra y empezó a arrastrarlo lejos de aquellas cosas.

Liralaik les siguió, cerca, pero lejos. Observó cómo se escabullían entre los edificios, cómo burlaban a las criaturas y cómo avanzaban hasta la periferia. Él usó un silbato para llamar a las aves, las cuales se abalanzaron sobre los cadáveres que se entrometían en su camino. Ella apartó los obstáculos y localizó la mejor manera de avanzar hasta la salida. Eran un buen equipo, dispar, extraño, pero eficiente.

Alcanzaron el final: un murete de camiones y coches amontonados. Capucha Mostaza lo saltó con facilidad. Hägermarzen dudó.

Liralaik se acercó a él mientras lo veía pensar la mejor manera de escalar. Se tomó su tiempo, quizás demasiado, pues dos de aquellos engendros empezaron a acercarse. Eran lentos, pero también la capacidad de tomar una decisión del chico. Liralaik observó con aprensión como aquellas cosas se acercaban y él sin moverse. Ni siquiera parecía haberlas visto. Seguía mirando aquella altura mientras al otro lado su compañera le pedía que se diera prisa por primera vez en su vida.

Incapaz de quedarse quieta sin hacer nada, Liralaik se aproximó a la sombra más cercana. Intentó detenerla poniéndose delante suyo, pero la criatura la atravesó. Al hacerlo, un dolor intenso recorrió su esencia, su yo, eso que era sin llegar a ser cuerpo. Gritó. Se retorció. Se abrazó a sí misma. Era un dolor que nacía de su interior y que se iba extendiendo por todo lo que era.

Se escuchó un silbato y un batir de alas. Ruidos, carne desgarrada, un aullido de frustración.

―Tranquila ―dijo la voz calmada de Hägermarzen. Estaba a su lado, arrodillado, a espaldas de dos cadáveres que sufrían el ataque de varias aves carroñeras―. No te va a pasar nada.

―Pero duele ―sollozó, todavía encogida sobre sí misma―. No me siento como si estuviera bien.

―Porque no estás bien: estás muerta.

Liralaik levantó la cabeza aunque no no necesitaba para verlo. Porque no tenía ojos, solo un recuerdo, una imagen que no distinguía de lados, solo un extenso campo visual.

―Estoy… muerta ―repitió con incredulidad aun cuando en el fondo era algo que ya sabía.

―Así es. Moriste un día frío de marzo, el día en el que todo cambió ―le explicó. Parecía triste―. Desde entonces estás aquí. Al convertirte en fantasma perdiste la capacidad de guardar nuevos recuerdos, por lo que cada día es como si volvieras a despertar por primera vez.

―¿Cuántas veces hemos tenido esta conversión? ―le preguntó, temblorosa, con miedo a conocer la respuesta, pero todavía más aterrada por el hecho que la volvería a olvidar.

Hägermarzen sacó un reloj de bolsillo de su chaleco. Aunque más bien era un despertador pequeñito unido a una larga cadena.

―Hoy hacen tres años.

Y se levantó.

Liralaik observó cómo se acercaba al muro. Capucha Mostaza, harta de esperarle, se había subido a lo alto para tenderle una mano y ayudarle a cruzar. Y los dos volvieron a desaparecer de su campo visual. La fantasma les siguió atravesando el muro. Luego una alambrada, luego una verja. Ellos tenían que hacer agujeros, escalar y sortear obstáculos. Ella solo tenía que atravesarlo.

Al final salieron a lo que parecía una carretera en desuso, con la pintura desteñida y arena sobre el cemento. El paisaje había cambiado: desértico, con pequeños salientes y promontorios. De nuevo, no supo distinguirlo con precisión. Otro fondo de cuadro, témperas y acrílicos, colores apagados.

Lo que sí pudo ver fue el descapotable que había aparcado en medio de la carretera, a solo unos cuantos metros delante de la primera señal que advertía de los muertos de la ciudad. Y a diferencia de todo lo que había visto hasta entonces, era nuevo, reluciente. Ella no sabía gran cosa de coches, ni siquiera cuando estuvo viva se le daba bien distinguirlos, pero supo que aquel era un modelo caro.

Había una mujer en él, quizás de unos treinta años, vestida con corrección para ese lugar, puede que demasiada, pues había en su elección cierta esencia a falso, a forzado. Debía ser una turista.

―Vaya ―dijo la extranjera. Su acento también era diferente: más vivaz y con cierta musiquilla de fondo―. ¿Sois aliens?

―Somos héroes ―contestó Capucha Mostaza, sacando pecho y poniéndose recta―. Y necesitamos que nos lleves lejos de aquí.

La mujer se miró el reloj que llevaba en la muñeca.

―Vale, ¿por qué no? Tengo tiempo hasta que el crucero zarpe, ¿a dónde queréis que os lleve?

Hägermarzen giró un poco la cabeza, lo suficiente para mirarla de reojo. Y a pesar de las gafas, Liralaik vio cómo le guiñaba un ojo.

―Al oeste ―dijo el joven con solemnidad―. Hay que ir siempre al oeste.

Anuncios

¿Algo que opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s