Esquirla 7×2-6: Noche templada (3ª parte: Tarde)

Una luciérnaga entre los árboles.

 

Archímedes levantó la cabeza y contempló la muralla. Con el paso de las horas el cielo se había ido enturbiando, perdiendo parte del brillo e intensidad de la mañana, y oscureciendo la parte más elevada del muro. Había sido un cambio paulatino que él había tenido la mala suerte de observar. El chico se frotó los ojos. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba ahí, esperando en vano, sin saber si preocuparse porque Skaiell no regresaba o entristecerse porque se hubiera olvidado de él.

Su estómago protestó.

―Tengo hambre ―murmuró para sí mismo, cambiando de postura.

―Yo también.

El chico se estremeció al escuchar la voz del vampiro. Al no verle se le olvidaba una y otra vez que también estaba ahí, tan aburrido como él e igual de atento a cualquier cambio en el ambiente por mínimo que fuera.

―Podríamos comer ―sugirió el silfo, desviando un poco la cabeza, lo suficiente para ver el ventanuco de la capilla.

Su primera impresión del vampiro no había sido buena. Algo inevitable dado que todo lo que había oído sobre ellos solía estar ligado a asesinatos, desmembramientos e ingentes cantidades de sangre derramada. Sin embargo, después de tanto rato compartiendo su aburrimiento había llegado a comprenderle un poco, una pizca de nada, pero lo suficiente como para ponerse en su lugar en lo referente a esa situación en concreto. Ahora se sentía algo culpable de la desconfianza con la que había sido tratado por los cuatro aun cuando él no había hecho nada para merecerla.

Tratarle como a alguien normal era una manera indirecta de pedirle perdón.

―Claro, comer ―refunfuñó Riot con sorna―, ¿qué tal pajarito en salsa?

Con una sacudida indignada, el ventanuco se cerró.

Archímedes suspiró, triste, demasiado desanimado como para intentar arreglar las cosas. Le había quedado bastante claro que ni sabía encajar en un grupo ni hacerse amigo de los monstruos.

Era poco más que un pájaro perdido y sin bandada.

Dos luciérnagas sobrevuelan un riachuelo.

 

Nabu se balanceó un poco al compás de una liana. Esperaba a Skaiell, pero la chica parecía haber desaparecido del poblado. Quizás estaba durmiendo, aventuró, o puede que por fin se hubiera atrevido a entrar en uno de sus hogares, pero incluso en su imaginación le costaba imaginar a su amiga haciendo algo de ese estilo.

―¡Eh, Nabu! ―gritaron a lo lejos.

La muchacha se giró al escuchar su nombre. Varios de sus vecinos la llamaban desde un puente cercano. La chica corrió hacia ellos, saludándoles entre gritos. Al instante se puso a su altura, sin dejar de llamarles por sus nombres y preguntarles qué tal estaban. Desde que había llegado no había dejado de encontrarse con todos ellos, amigos, vecinos, compañeros de cabaña. Eran muchos y no había manera de coincidir con todos en un único momento para ponerse al día de lo sucedido. Pero dado que a ella no le importaba repetir las cosas ni escuchar, tampoco le dio mucha importancia que le hicieran las mismas preguntas.

―¿Qué tal estás?

―Se te ve muy delgada, ¿estás comiendo bien?

―¿Cómo te tratan en la fortaleza?

Nabu respondió a todas sus preguntas a trompicones y con más aspavientos, gruñidos y onomatopeyas que palabras. Y al mismo tiempo, ella también les preguntó por la cosecha, por el incidente de la cerca o las últimas novedades en general. Las preguntas iban y venían, mezcladas de tal manera con las respuestas que era imposible determinar un único hilo en aquella conversación múltiple y entremezclada.

Envuelta por los suyos, animada por su interés y atención, la chica se olvidó de Skaiell. Siguió hablando mientras caminaba, embriagada por diferentes sentimientos que se iban turnando según contaba todo lo que había sucedido: emoción, risas, cansancio, dudas… pero también una pizca de tristeza que desapareció con la misma rapidez con la que vino, sin avisar ni despedirse, pero dejando un recuerdo amargo en el corazón de la joven.

Y aunque ella seguía sonriendo, feliz en esencia, satisfecha por poder ayudar y llena de energía para levantar piedras y tablas, aquella sombra oscura que mezclaba pensamientos y emociones seguía ahí, clavada como una diminuta espina, sin llegar a desaparecer.

 

Tres luciérnagas llegan a la montaña.

Skaiell entrecerró los ojos mientras observaba el camino que  había para subir hasta la cima. O, más bien, la ausencia de camino. La montaña se extendía ante ellas, no muy alta, pero sí con una pendiente considerable; había árboles, matorrales, zarzas, malas hierbas y montículos de piedra repartidos entre la maleza. Y aunque los troncos y las ramas de los árboles no eran tan frondosos como para impedir que se viera el cielo, a ojos de la chica, su presencia era desbordante y exagerada.

Para su gusto, sobraba naturaleza.

La joven pegó un brinco al escuchar cómo varios matorrales se revolvían. Y aunque no tardó en distinguir dos ojos verdes, brillantes como piedras jade, lejos de tranquilizarse, agarró a Flauta del brazo y estiró de ella para empezar a subir. Todavía quedaba mucho ascenso y en ese momento se contentaba con regresar a un lugar seguro para cuando anocheciera. Su compañera se dejó arrastrar. Parecía más distraída que de costumbre, tanto, que ni siquiera parecía fijarse en lo que las rodeaba. Su mente volaba, abstraída en sus pensamientos, mientras su cuerpo seguía sin rechistar a Skaiell.

Hasta que, de golpe, se detuvo.

―Lo escucho ―dijo con voz soñadora―. ¿Tú no?

La joven prestó atención, pero le fue imposible centrarse en un único ruido. Había demasiados, empezando por su propia y agitada respiración. Luego estaba el viento al remover las hojas, el sonido de un riachuelo lejano, el caminar de Magnolio detrás de ellas. Incapaz de descubrir a qué se refería, la chica se encogió de hombres y sacudió la cabeza.

―Sí, sí ―insistió Flauta―. Es la canción de un ave moribunda…

La muchacha giró sobre sí misma, observando el cielo, las raíces, perdiendo su mirada de lado a lado en busca del origen de esa melodía que solo ella podía escuchar. Hasta que se detuvo y extendió el índice derecho para señalar una dirección.

―Por ahí ―aseguró.

Skaiell entornó los ojos y miró a dónde le señalaban. Era un camino diferente al que tenían que seguir, uno que abandonaba la colina y regresaba al bosque para adentrarse entre sus árboles embarrados.

―No veo nada.

―No hay nada, es solo que viene de ahí ―Flauta se giró para mirarla. Le brillaban los ojos―. Creo que se trata del Caballero fénix.

―No tengo el placer de conocerle.

―Es una leyenda entre los hijos del aire ―se le escapó un suspiro, melancólico, soñador―. Fue un fénix, uno de los grandes, ¿sabes qué es un fénix?.

Skaiell profirió un ruidito neutral y abierto a cualquier interpretación. Aquella palabreja le era extraña, pero no tanto como otras. Traía consigo el recuerdo de una película muy famosa que había visto de niña en una excursión del colegio. Pero eso había sido hace mucho y el paso de los años había reducido sus recuerdos a la imagen de un pájaro rojo y naranja, más bien feo, que ardía y luego resucitaba.

Flauta, poco dada a entender matices, interpretó su evasiva como afirmación y siguió hablando.

―Pues él era uno de esos fénix. Maravilloso, soberbio, cada vez más poderoso según regresaba de sus cenizas…

Skaiell sonrió y empezó a asentir con la cabeza.

―…hasta que se convirtió en caballero y dejó de volar.

―¿Por qué?

―Nadie lo sabe. Hay quien dice que se trata de un castigo, otros de una maldición ―la chica se encogió de hombros―. Eso es lo que dicen los cuentos: dejó de volar y empezó a vagar por Miscelánea. Aun así, sigue siendo libre y nada, ni siquiera la muralla, puede detenerle.

―Bonita historia ―comentó un poco por decir algo―, pero, ¿de verdad está aquí? ¿Es malo? Espero que no, es decir, también eres algo pájaro, ¿verdad? Si aparece le puedes decir que no somos enemigos.

―Es como las luciérnagas: sus propósitos son extraños y únicos. Aparece cuando quiere y solo ante quienes lo merecen.

―Pero tú le estás oyendo ―frunció el ceño―. Significa que si quisiéramos buscarlo le encontraríamos, ¿no?

―Supongo.

―Entonces propongo que vayamos en dirección contraria.

Y para remarcar sus palabras, dio la vuelta y empezó a andar de nuevo hacia arriba. Flauta se mantuvo inmóvil, mirando el camino sin hacer amago alguno de moverse.

―Podríamos acercarnos un poco ―murmuró con un tonito suplicante―. Nunca antes he estado tan cerca  de él y nunca más volveré a estarlo.

―Ah, no, ni hablar ―dijo cruzándose de brazos―. Estoy hasta las narices de fantasmas y bichos supuestamente mitológicos. Vuestras leyendas tienen la mala costumbre de ser demasiado reales. Eso sin contar su manía con meterse en mi vida privada.

―Tranquila, el Caballero Fénix no es ningún augurio.

―Y yo voy y me lo creo ―sacudió la cabeza para reafirmar su postura―. No, no, seguro que hay por ahí algún cuentecillo que dice que también se aparece ante los enamorados o algo así.

―Bueno, hay uno, pero no habla de amor: dicen que se aparece ante los grandes guerreros para retarles a un duelo.

―Pues yo aquí no veo a ninguno, así que mal asunto.

Flauta rio.

―No, aquí no hay ningún guerrero. Quizás busque a los paladines de la aldea, aunque no creo que ningún blanco se digne a enfrentarse contra él. Por eso mismo no pasará nada si nos acercamos: no somos dignas, nadie a quien tener en cuenta.

Skaiell suspiró.

―Flauta, estoy cansada. Quiero terminar esto de una maldita vez y regresar a la fortaleza.

―¡Puedo ir sola! ―se ofreció―. Entiéndelo, es, es… es un sueño. Sería conocer o solo ver a alguien a quien siempre he admirado. Es algo único y no puedo dejar pasar esta oportunidad.

Skaiell se pasó la lengua por los labios. No es que le importara separarse de ella, pero la idea de dejarla sola por aquella zona no terminaba de tranquilizarla. La chica no estaba proponiendo ir a dar un paso por los alrededores de la muralla, sino de internarse aún más en aquel bosque, alejándose de lo seguro y lo conocido. Y ella nunca antes había estado ahí y ahora quería adentrarse en busca de un mito armado y beligerante.

―Imposible. No voy a dejarte irte tan lejos sola.

―¿Entonces vienes conmigo?

―Ni hablar del peluquín.

―¡Porfa! El Caballero Fénix no es mala gente. Incluso da una recompensa a los que se enfrentan a él. No es que pelee por violencia o el placer de matar…

Flauta siguió hablando, buscando argumentos con los que convencerla, pero sin darse cuenta que Skaiell había dejado de escucharla. La joven había abierto los ojos con mucha atención, súbitamente interesada en una palabra suelta que se le había colado por la cabeza y a la que no podía ignorar.

―Un momento ―dijo, interrumpiéndola―. ¿Has dicho recompensa?

―¿Eh? ―la adolescente parpadeó, confusa―. Sí. La leyenda cuenta que entrega una recompensa acorde al valor de sus rivales.

Y toda la sensatez, cansancio y precaución de Skaiell se esfumaron de golpe.

―Podríamos asomarnos un poco ―comenzó a andar, regresando junto a Flauta y el camino hasta el bosque―. Solo un poquito de nada.

―Skaiell ―la silfo ladeó la cabeza, percatándose por fin del porqué en su cambio de actitud―. No estarás pensando en desvalijarle, ¿verdad?

A la joven se le escapó una sonrisa codiciosa.

―Míralo de esta manera: puede que consigamos una recompensa mejor que encender un dichoso farol. ¡Y sin subir la montaña!

―Oh, tienes razón.

Y dado que era ella la primera interesada en buscar al Caballero Fénix, se encogió de hombros y no hizo más comentarios, ni sobre la dudosa moralidad de su compañera ni los inconvenientes de aquel plan. Así pues, empezaron a caminar, siguiendo aquel rastro musical que Flauta oía. Muy pronto la montaña quedó atrás y con ella Magnolio. El lobo fantasma dejó de seguirlas una vez empezaron a intentarse entre los árboles y el barro. Skaiell esbozó una mueca de asco al ver por dónde tenían que caminar, pero al rato dejaron atrás el lodo y la tierra enfangada y regresaron a una parte seca, de hierba brillante y algo urticante, árboles gigantescos y tan tupidos que cubrían casi por entero la cúspide. No había manera de ver el cielo o su luz, de saber si seguía siendo de día o había empezado a anochecer. Las dos chicas avanzaron junto a flores casi igual de altas que ellas, nidos de conejos que no se molestaron en ocultarse y arbolillos que se estremecían sin que hubiera viento.

En un momento dado, Flauta se detuvo.

―Está muy cerca ―comentó con los ojos cerrados―. Pero no sé si deberíamos avanzar. Nos hemos alejado mucho.

―Paparruchas, tú piensa en la recompensa.

―Skaiell, ¿de verdad prefieres seguir caminando por aquí a subir la montaña?

La aludida se encogió de hombros. A decir verdad, tenía la piel de gallina y el corazón latiendo de manera algo acelerada. Una parte suya se sentía expuesta en aquel lugar, consciente que no debería de estar ahí. Y eso sin contar que había algo en el ambiente que la ponía muy nerviosa. Quizás fuera la excesiva calma o la sensación de mil pares de ojos, diminutos, camuflados, curiosos, observándola al caminar. Pero había otra parte, la mayoritaria, que se negaba a retroceder para subir a un lugar al que había rechazado desde la primera vez que había oído hablar de él. Era ya una cuestión de orgullo posponer su subida a la montaña. Y de codicia insistir en conseguir un tesoro, aunque solo fuera para recompensar todos los esfuerzos que estaba haciendo ese día. Como si así justificara todas las penurias que le estaba tocando pasar.

―Sigamos ―insistió con autoridad.

Flauta se encogió de hombros y siguió caminando, indicándole por dónde había que ir. Las dos continuaron en silencio, sin decir nada como si cualquier ruido pudiera desvanecer aquel rastro musical. En un momento dado, Skaiell comenzó a escucharlo ella también. Empezó como un silbido entre las ramas que acabó por convertirse en una melodía tranquila, triste, pero desafiante. Un canto que llamaba a un nuevo enemigo, guiándole hacia el lugar del combate. Al escucharlo, la joven sintió como todo su cuerpo se estremecía y se le aceleraban aún más los latidos del corazón. Estaba nerviosa, demasiado, y no podía dejar de pensar que quizás aquella no había sido una buena idea.

Pero era ya demasiado tarde para detenerse. Podían haberlo hecho, pero la posibilidad de retroceder había quedado atrás.

Y entonces, Flauta se detuvo. La muchacha se agachó, sigilosa, y con un dedo en los labios, le indicó a Skaiell que no hiciera ruido. La chica asintió y se encogió junto a ella. Las dos avanzaron un poco y se quedaron escondidas tras unos árboles.

Pues al otro lado, sentado en un claro calcinado, había un caballero de armadura oscura y cubierta de cenizas. Era bípedo, como ellas, pero la chica no se hizo ninguna esperanza de ver un rostro humano detrás del yelmo que llevaba. Más bien se imaginó un cuerpo con muchas plumas, rojas y naranjas, y un pico a la par del que decoraba el casco con cara de ave que le ocultaba el rostro.

El guerrero estaba arrodillado en el suelo, con sus manos enguantadas en torno a la empuñadura de una espada clavada en la tierra, y al lado de un cofre que captó de inmediato la atención de Skaiell.

La joven respiró profundamente, intentando serenarse, y luego se levantó. Flauta ululó al ver cómo se adelantaba y abandonaba el refugio, pero no hizo amago alguno de seguirla. Al contrario, la dejó andar y enfrentarse ella sola ante la leyenda. Al darse cuenta de aquello, la chica se giró para lanzarle una mirada recriminatoria que la silfo ignoró.

―Lo siento ―susurró―. Yo solo quería verle, lo material nunca me ha interesado.

Y dado los harapos que siempre llevaba, invariables y llenos de suturas, Skaiell la creyó. Pero eso no quitaba que estaba sola en el claro, a escasos metros de un desconocido armado.

Y la canción dejó de sonar.

La joven se dio la vuelta hasta volver a mirar el cuerpo arrodillado. Y aunque este no se había movido, incluso ella notaba que se había dado cuenta que estaba allí. Su corazón volvió a acelerarse mientras se preguntaba qué pasaría y si todavía estaba a tiempo de salir corriendo. Pero lejos de moverse y enfrentarse a ella, el caballero se mantuvo en su sitio.

Y entonces habló. Tiene una voz grave, raspada, pero tan musical como la de Flauta o Archímedes que logró trasmitirle cierta sensación de familiaridad.

―No deberías estar aquí ―le dijo sin volverse.

―Lo sé ―a Skaiell se le escapó una risilla nerviosa―. Ahora me voy, tranquilo, no quería molestar.

Pero a pesar de lo que había dicho, siguió en su sitio sin moverse.

―Molesta más quién no viene cuando debe que quien viene en vez de cumplir su deber.

―Si nos ponemos así, hay muchas cosas que molestan. Las heridas en las rodillas, los elfos con orejotas y el brócoli en los macarrones ―la joven carraspeó―. Oye, una leyenda dice que das una recompensa a los que se enfrentan contra ti, ¿es cierto?

Un matorral se revolvió tras su espalda. Desde donde estaba le fue imposible predecir si era Flauta riéndose o a punto de correr lejos de un posible desastre.

El guerrero, sin embargo, siguió inmóvil.

―No eres digna, ni siquiera sabes empuñar el arma que llevas.

―Pero me estoy enfrentando a ti. La leyenda no dice nada de peleas.

―Se sobrentiende.

―No, de eso nada ―Skaiell se cruzó de brazos, envalentonada por el escaso interés que tenía el Caballero Fénix en ensartarla con su espada―. Dice enfrentamiento, no combate. Y podemos enfrentarnos de muchas maneras.

El hombre suspiró.

―¿Y de qué manera quieres enfrentarte? ―preguntó con un deje cansado.

―Te reto a un duelo de estatuas. Nos vamos a sentar tú y yo y el primero que se mueve o se largue pierde, ¿qué te parece?

Del matorral salió una risita nada contenida a la que se sumó las propias carcajadas del guerrero. Cosa extraña teniendo en cuenta que este seguía sin moverse de su postura. Es más, en ningún momento se había movido. Solo escuchaban su voz, el resto de su cuerpo seguía inmóvil, congelado, como si la armadura estuviera hueca.

―Está bien, puedes sentarte y esperar conmigo. Pero perderás.

Skaiell se adelantó un poco y se sentó sobre la hierba, justo detrás del cofre, pero lejos de la espada y su radio de alcance. Y esperó, cosa que sus piernas agradecieron después de aquella larga caminata.

Siguió esperando. El caballero no dijo nada y, por supuesto, tampoco se movió. Se mantuvo igual de impertérrito, ausente, como si la presencia de la chica fuera algo anecdótico y tan relevante como un escarabajo.

Siguió esperando, tensa y con un ligero cosquilleo recorriéndole por las piernas. Era imposible llegar a aburrirse del todo en aquella situación, pero tenía algo de tedioso. Más bien bastante. Y eso sin contar con la necesidad de cambiar de postura o hacer algo en vez de seguir sentada y sin poder dejar de ver el ansiado tesoro.

Pero a pesar de todo, esperó. Puede que ella no tuviera valor, fuerza o resistencia, pero tenía paciencia y perseverancia. Y luego estaba la promesa de aquella recompensa. Nada le iba impedir hacerse con ella.

A fin de cuentas, había propuesto aquel reto no solo porque era el único a lo que ella podía aspirar, sino porque tenía dos planes.

El primer plan era esperar a que apareciera el auténtico contrincante del Caballero Fénix. En ese caso, este estaría obligado a levantarse y pelear. Lo decía la leyenda, lo decían sus reglas y eso significaba fallar las bases que ella tan astutamente había planteado.

Y entonces ganaría.

Pero en caso que el contrincante no tuviera el oído de Flauta ni sus ganas de conseguir una recompensa, y no apareciera, tenía otro segundo plan. A fin de cuentas, el caballero no dejaba de ser un fénix, así que solo tenía que aguardar a que estallara en llamas él solito.

Y de nuevo, volvería a ganar.

Solo que, cuando el cielo empezó a oscurecerse y a llenarse de resplandecientes estrellas, cuando la chica notó que tenía el cuerpo completamente agarrotado y una necesidad auspiciante de levantarse e irse al baño, entonces comprendió que quizás sus planes no habían sido tan estupendos como le habían parecido en un primer momento. Es más, estaban empezando a demostrar demasiados fallos.

―¡Flauta! ―gritó, llamando a su compañera―. ¡Acércate!

Oyó como los matorrales se revolvían y luego escuchó unas pisadas sobre la hierba. Al rato la muchacha apareció en su campo visual. Parecía algo dormida y menos espabilada que de costumbre, y tenía el pelo lleno de ramitas y hojas. Antes de acercarse a ella saludó al caballero con una timidez impropia, y luego se puso delante suyo.

―¿Te has aburrido ya? ―bostezó―. Se nos está haciendo muy tarde, ¿por qué no lo dejas y vamos a encender el farol?

―Flauta, necesito que hagas una cosita de nada y entonces nos iremos a encender el farol, ¿entendido?

―Oh, claro, ¿qué quieres que haga?

―Empújale y tírale al suelo.

A la silfo se le escapó un piar sorprendido mientras abría los ojos con exageración. Con la oscuridad que había era difícil de discernir si estaba escandalizada o divirtiéndose.

―No me puedes pedir esto.

―Por favor, Flauta, así ganaré y podremos irnos.

―Eso es hacer trampas ―puntualizó el guerrero.

―Oh, vamos, como si fuera justo que una hum… mortal ―se atragantó al darse cuenta que casi había revelado su identidad― se enfrentara contra una leyenda. Lo sabías y por eso aceptaste, así que nada de quejas.

―Fuiste tú quien planteó las condiciones del dueño ―señaló.

―Qué quejicas sois ―bufó―. Está bien, Flauta, no hace falta que le pegues una patada. Solo coge el cofre y vete corriendo.

La chica pegó un sobresalto mientras piaba.

―¡No puedes estar hablando en serio!

―Hablo muy en serio.

―¡Pero me perseguirá! Y no quiero ofender a mi ídolo… ¡y tampoco que me mate!

―¡Hazlo de una maldita vez o te mataré yo!

Flauta ululó, nerviosa, mientras pegaba un brinco. Parecía estar a punto de correr, pero sin ella y sin el cofre. Durante un momento Skaiell temió que huyera, pero al final vio como la muchacha se agachaba y, a duras penas, conseguía coger el pesado cofre y levantarlo un poco.

Para luego tirárselo encima del regazo, cortándole la respiración.

―¡Ya lo tienes! ―exclamó entre píos agudos―. ¡Ahora vámonos!

Con un suspiro pesado, el caballero se giró y cogió el cofre.

―Puedo tolerar los caprichos de una mortal, también sus delirios de grandeza, pero esto es inaudito e insultante ―las recriminó, pero a pesar de todo, no alzó la cabeza. Su casco seguía fijo en el suelo, como si el vaivén de la hierba se mereciera más respeto y atención que la presencia de las dos chicas―. Iros, por favor.

―Está bien ―Skaiell se levantó a trompicones. Al estirar las piernas notó como sus rodillas protestaban tras tantas horas flexionadas. A sus quejas se le sumó el resto del cuerpo, dolorido, en especial ahí donde había chocado el cofre―. Pero antes quiero mi recompensa.

―¿Recompensa?

―Te has movido para recuperar el cofre, por lo que ahora es mío ―extendió la palma de la mano, exigiéndolo―. Venga.

Y entonces, por fin, el Caballero Fénix levantó la cabeza. La miró, o eso fue lo que sintió la joven, pues el yelmo que llevaba no tenía ranuras. Pero la estaba viendo, tras tantas horas ignorándola, por fin se había dignado a fijarse en ella.

―Está bien ―rio―. Has jugado con picardía y las reglas a tu favor, pero te olvidaste de una condición ―empujó el cofre. Este cayó de lado y la tapa se volcó, dejando ver un interior vacío, ausente de riquezas o cualquier otro premio―. Esto es lo que vale tu valor.

Skaiell se agachó. Le costaba aceptar que no hubiera nada. Pero así era: el cofre estaba hueco. La joven metió la mano en él y palpó su interior, buscando, confirmando las evidencias que se negaba a aceptar. Se le escapó un grito lastimero al asumir que, en efecto, estaba vacío y nada de lo que había hecho merecía la pena.

Flauta se encogió de hombros mientras la veía quejarse.

―Deberíamos irnos ya ―comentó mientras miraba con aire distraído el cielo.

―¿A la fortaleza?

―Vale ―dijo y dejó caer la vela sobre la hierba, con indiferencia―. Decimos que nos perdimos y ya está. Tampoco es que esperaran más de nosotras.

Skaiell miró la vela. Era bonita, de un rojo intenso similar al del cielo crepuscular. Se resistió a dejarla ahí tirada, olvidada para siempre en aquel bosquecillo intransitado. Podía recogerla, pensó, y llevarla consigo. Podría alumbrar con ella el cuartucho donde dormían los cuatro o podía venderla en el mercado. Quizás así conseguía el dinero equivalente a todas las recompensas que había perdido ese día.

Pero también podía llevarla hasta la cima de la montaña, encender el farol y reclamar ese pequeño premio que Riot había prometido.

La joven estiró el brazo lo suficiente para que sus dedos acariciasen la vela hasta aferrarse a ella.

―¿Y eso? ―preguntó Flauta, sorprendida―. ¿Vas a ir?

―Ni hablar del peluquín, voy a venderla ―decidida, se levantó.

Al hacerlo se percató que había algo brillando al lado de la tapa. Volvió a agacharse. Era algo diminuto, tan inapreciable que no se había fijado en él hasta ahora. Pero era de verdad, brillaba y había salido del cofre.

Skaiell lo cogió con la mano libre. Era una alianza dorada, simple y sin adornos, sencilla, pero elegante. Sin pensárselo mucho, se la colocó en el dedo anular. Al hacerlo notó una pizca de calor ahí donde el metal acariciaba su piel. Era un tacto agradable, capaz de disipar el frío y llenarla de valor, solo una pizca, pero era su pizca y eso la hacía sentirse orgullosa.

Satisfecha, se giró para enseñarles el hallazgo a los otros dos.

―Felicidades ―aplaudió Flauta al ver el anillo. El Caballero Fénix, por su parte, no dijo nada. Había regresado a su pose de espera y no parecía tener intención de alterarla de ahí en mucho tiempo―. Es pequeñito, soso y casi no se ve, pero es estupendo. A ver qué cara pone Azrael al verlo.

La joven retiró la mano.

―¿Por qué Azrael? ―le preguntó con el ceño fruncido y una pizca de escepticismo.

―Porque será el primero en reírse cuando le contemos lo cerca que estuvimos de lograr nuestro objetivo y lo miserablemente que hemos fracasado.

Skaiell se tensó. Molesta, cerró el puño con fuerza. Al hacerlo notó como el calor del anillo subía por su brazo. Lejos de molestarla, le gustó la sensación. La llenaba de energía, de una pizca de insensatez y de la seguridad de poder conseguir cualquier cosa.

―No dirá nada si no tiene nada de lo qué quejarse ―aseguró―. Se terminaron las pausas: nos vamos a la montaña.

Le dio la espalda al caballero y empezó a andar. Con la oscuridad y la cercanía de la noche, el bosque había cambiado. Aun así, pudo intuir por dónde era más o menos el camino de regreso. Solo tenía que deshacer sus pasos, regresar por los mismos sitios que le habían llamado antes la atención y buscar la llamativa silueta de la montaña. Atenta a todo lo que la rodeaba, buscó las flores gigantes y el nido de conejos, pero estos habían desaparecido, ocultos tras sombras que antes no estaban. Tampoco dio con la montaña: los árboles eran tan densos que no dejaban ver nada, solo hojas y más hojas, ramas partidas y telarañas plateadas. La joven se detuvo al descubrir que quizás su idea no era sencilla como en su cabeza. Fue a decirle algo a Flauta, pero entonces se percató que la muchacha no estaba con ella.

Se encontraba sola, perdida en un lugar extraño, desconocido y cada vez más amenazador según la noche lo teñía todo de azul oscuro, lavanda y manchas rojizas.

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