6/52-El día en el que todo cambió

¡Saludos! Tras la colaboración de una simpática musa, de aquí en adelante los retos de Liter Up van a pasar a ser los capiretos de Siempre al oeste, cueste lo que cueste, una novela improvisada con los 52 desafíos. Así que nada, un saludo y espero que os gusten esta y el resto de aventuras de Capucha Mostaza y el resto de personajes.

Primero llegó el olor: nauseabundo, putrefacto, tan intenso como cien depósitos de cadáveres apilados en un único lugar. Luego, la visión de una ciudad en ruinas, descarnada y envuelta por muros y alambres. Tras lo ocurrido en las últimas horas, lo cierto es la Capucha Mostaza estaba algo cansada de murallas. Y más recelosa que de costumbre ante la presencia de cualquier atisbo armamentístico. Y aun así, era casi peor aquella peste que la posibilidad o no de una trampa, un ataque o más problemas.

Para su desgracia, la temblorosa plataforma circular en la que estaban asentados ella y Hägermarzen había empezado a descender, rumbo a aquella ruina perdida en medio de un desierto rojizo. Y es que, eso era lo único que había visto durante todo aquel viaje inesperado: ausencia de vida, calor, plantas desecas, tierra yerma y, de tanto en tanto, alguna que otra roca o promontorio.

―¿Es necesario que bajemos aquí? ―le preguntó a su amigo según la ciudad se iba haciendo más grande y la peste más intensa.

―Sí, no debemos forzar a nuestro vehículo.

―Ya, bueno, ¿pero tiene que ser necesariamente en ese lugar? ¡Es que no sientes todo este olor a muerto!

―Hay pájaros ―se le escapó una mirada soñadora―. Cualquier lugar en el que haya pájaros es un buen lugar.

Y en efecto, había pájaros en un número considerable, muchos más que todos los que habían visto durante su viaje. No obstante, su variedad era más bien escasa: todas eran aves carroñeras. Capucha Mostaza las vio revolotear, solitarias, en cuando aterrizaron en una azotea. Había muchísimas de ellas, tal vez cientos, concentradas en un mismo lugar. Las vio sobrevolar las calles, apoyarse en los roídos postes telefónicos y acercarse a los habitantes que deambulaban por el suelo para arrancarles un pedazo de carne. La joven contuvo una arcada mientras arrugaba la nariz. No había necesitado investigar mucho para dar con el origen de la peste. Esta estaba ligada a la condición cadavérica, inerte, pero móvil, de los cuerpos que se balanceaban sobre sí mismos en las calles. Algunos daban un par de pasos, otros se apoyaban sobre las paredes, pero todos se mantenían en el mismo estado latente, a la espera de un estímulo que les hiciese seguir caminando.

―No me gusta este lugar ―masculló.

―Últimamente no te gusta nada ―señaló el encantador de pájaros.

―Últimamente han intentado matarme demasiadas veces ―la joven se aproximó un poco más al borde de la azotea para observar mejor el panorama que les rodeaba―. Esto está lleno de zombis ―anunció―. No parecen agresivos, pero por si acaso no deberíamos hacer ruido y evitar así llamar su atención…

Y un despertador empezó a sonar con la estridencia característica de un molesto, insistente y chillón despertador. Al instante, un grito apagado reverberó en la ciudad, cobrando vida, durante un instante, mientras los cuerpos aletargados de los cadáveres empezaban a sacudirse. Se levantaron, se estiraron, alzaron los brazos, salieron de sus escondrijos y empezaron a andar. Primero sin rumbo, sin destino, solo una maraña de extremidades y cabezas extendidas en busca del origen de aquella señal. Y según esta iba haciéndose más fuerte, duplicada por el eco y la ausencia de cualquier otro ruido, más se fueron encaminando los muertos, adivinando en cuestión de segundos la procedencia exacta del estímulo.

Capucha Mostaza pegó un brinco y, con una pizca de retraso en comparación de la veloz respuesta de los muertos, se giró justo para ver como su amigo sacaba de su chaleco con una parsimonia exasperante, un despertador clásico unido a su bolsillo con una cadena.

―Vaya ―masculló, mirando la esfera y sus números sin hacer amago alguno de apagarlo―. Así que es hoy.

―¡Pero quieres detener ese trasto!

Con un suspiro, Hägermarzen apagó el despertador. El ruido, sin embargo, tardó en desaparecer. Siguió resonando, más débil, apenas un susurro, un recuerdo acompañado por eco y las voces amortiguadas de miles de gargantas muertas.

―Eres mi amigo y te quiero ―comentó Capucha Mostaza, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarse sobre él y estrangularlo―, pero tu instinto de supervivencia es más bien nulo.

El encantador de pájaros le dedicó una mirada dolida y algo resentida, y volvió a guardarse el despertador en su chaleco.

―Y tú una desconsiderada ―refunfuñó, aunque todavía manteniendo su tono de voz neutro y tranquilo―, ¿no sabes distinguir a un memorial?

―¿Y tú sabes distinguir un momento oportuno del que no?

Él suspiró, sin llegar a oírla o hacer caso a sus quejas. Su mirada, sus pensamientos y sus recuerdos parecían volar lejos del presente, de la ciudad y del auspiciante problema que tenían ahora mismo. De normal Capucha Mostaza tenía bastante paciencia en cuanto a sus extravagancias, pero aquella no era la mejor ocasión para ausentarse de la realidad.

―Está bien, dime ―dijo recurriendo a la única manera posible de atraer su atención―, ¿qué fecha marca ese memorial?

Conocía los memoriales, aunque nunca había visto ni usado uno. Quizás por ello no le daba mucha importancia a que ese fuera el día en el que le hubiera dado por sonar. Habían sido bastante populares hacía ya varios años, pero su fama se deshizo rápidamente, siendo relegados a adornos, caprichos de coleccionistas y bromas de mal gusto. A fin de cuentas, eran despertadores que sonaban una única vez al año para conmemorar una fecha importante de su usuario. Podía ser un cumpleaños, el aniversario de una muerte…

Existían por y para rememorar una fecha concreta de aquí a la eternidad.

―Es el día en el que todo cambió ―respondió Hägermarzen, con la mirada velada, pero algo más enfocada―. ¿Sabes eso que de repente sucede algo y tu vida ya no vuelve a ser igual? ¿Qué todo acaba patas arriba y ni tú ni los que te rodean nunca más volveréis a ser los mismos?

―Más o menos.

―Yo sí ―sacó de nuevo el memorial para observar con melancolía su superficie. Era más bien feo, como un despertador de juguete, pero el valor sentimental debía ser inmenso pues logró llenarle los ojos de lágrimas―. Todo sucedió un frío día de marzo…

―¡Espera un momento! ―gritó Capucha Mostaza, interrumpiéndolo―. Eso mide los años que han pasado, ¿verdad?

El encantador de pájaros parpadeó, confuso.

―Así es.

―Sabes que estamos en abril, ¿verdad?

Hägermarzen se puso tan colorado que hasta las orejas se le tiñeron de rojo. De un arrebato, guardó el memorial y empezó a encaminarse hacia el borde de la azotea, dándole la espalda.

―Qué quejica eres ―rezongó, indignado―. De acuerdo, de acuerdo, si tanto quieres que nos vayamos nos iremos. Mira, ahí a lo lejos viene un coche.

A Capucha Mostaza se le escapó una sonrisita. Sentía herir los sentimientos de su amigo, pero este era tan susceptible, que raro era el día en el que no se picaba por algún comentario suyo. Y dado que había conseguido volver a enfocarle en el asunto que les importaba, no lamentaba en absoluto haber cortado su historia en el inicio.

La joven entrecerró los ojos. Ella también veía el coche. Estaba lejos, detrás de las alambradas, de las calles repletas de muertos inquietos y la distancia entre ellos y el suelo. Una meta complicada, pero no tanto como convertirse en superheroína. Y menos aterradora que caminar por un campo de noche y mucho más confiable que un pedazo de tierra voladora.

―No es mala idea ―asintió, dándole el cumplido necesario para que su pronto desapareciera―. ¿Crees que nos llevarán con ellos?

―¿Llevarnos? ―el encantador de pájaros rio―. ¡Si vamos a robarlo!

Ese era uno de los motivos por los cuales su amistad era algo complicada, más bien imposible: ella era una impaciente defensora de la justicia y él un soñador megalómano.

―Primero preguntemos si nos pueden llevar y ya si eso dejemos el robo del coche como un plan B, ¿te parece?

―Me parece.

Pero aun así lograban entenderse.

Anuncios

¿Algo que opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s