Esquirla 7-3+4: Noche templada (2ª parte: Mediodía)

Una luciérnaga entre los árboles.

 

Skaiell no regresaba.

Archímedes no contaba con que la chica lograse subir tanto. Pero lo había hecho: hacía rato que su figura había desaparecido, primero empequeñecida por la altura, luego invisible por las nubes. Se había ido y él todavía estaba atrás, incapaz de armarse de su mismo valor. Nervioso, el silfo empezó a pegarle pataditas nerviosas a las piedras que había en el suelo hasta que ya no quedó ninguna a su alcance. No había contado con que la espera iba a ser tan larga, aunque en parte lo entendía: la joven, con su exagerada cojera, iba a tardar en subir, tanto, que lo más probable es que luego alargara el tiempo en la cima, justificando así el ascenso.

Y a él no le quedaba otra que esperar.

El chico dio media vuelta y regresó a la capilla. Había un banco de piedra al lado de sus paredes. Puestos a elegir, prefería estar sentado a de pie todo el tiempo que quedara hasta que Skaiell regresara. A fin de cuentas, luego les tocaría deshacer su camino y volver andando hasta la fortaleza.

Con un suspiro apesadumbrado, se sentó y apoyó su espalda contra la pared. Paciente, sin pensar en nada ni buscar una distracción, se limitó a esperar a que los minutos pasasen. Hasta que sucedió algo, más pronto de lo que esperaba, pero sin ser lo que él quería.

Una de las ventanitas de la capilla se abrió, no del todo, pero sí lo suficiente para dejar entrever la oscuridad absoluta que había en su interior. Y a esos dos brillantes, aterradores y sagaces ojos rojos.

Había algo hipnótico en ellos, algo que, y a pesar del miedo que despertaban en él, hizo que Archímedes fuera incapaz de sacudir la cabeza y romper el contacto visual. Ahora que se fijaba, aquellas pupilas eran extrañas, diferentes a todas las que había visto antes: en vez de ser redondas, salían de ella cuatro aristas. Como las de una cruz.

―¿Qué haces aquí? ―le preguntó el vampiro.

No notó maldad en su voz, solo curiosidad, pero aun así fue incapaz de tranquilizarse y responder. A duras penas logró apartar la cabeza. Dejó de ver los ojos, pero seguía sintiendo la presencia de aquella mirada sangrienta fija en él.

―¿Todo va bien, Comida?

Archímedes contuvo un escalofrío. “Por favor, Skaiell”, pensó, “Regresa pronto”.

 

Dos luciérnagas sobrevuelan un riachuelo.

Skaiell quería regresar. La subida había sido tan horrible como había imaginado. Ahora que por fin se habían terminado los escalones, podía notar como sus rodillas protestaban de mil maneras diferentes: con escozor, con más gotas de sangre que ella sentía como goterones, con un débil tembleque y la amenaza de tirarla al suelo. Era una molestia insoportable y su cabeza no hacía nada para ayudarla: no podía dejar de pensar en todo el tiempo que había pasado desde que se había hecho la herida y que seguía sin desinfectarla. Por no hacer, ni siquiera se la había limpiado. Y aunque puede que quizás estuviera exagerando, tampoco ayudaba que fuera la única que se preocupara por sus heridas. Al principio sí, Flauta se había interesado en ellas al verlas como un posible billete para regresar a la fortaleza, pero la silfo ya se había olvidado de ello: la ascensión en la muralla la tenía completamente cautivada. Y aunque había sido la primera en subir, y mucho antes que el resto, todavía estaba allí, con la mirada perdida en el cielo como si esperara que en algún momento aparecieran más escalones.

Skaiell estaba sentada a su lado. Temblaba de manera inconsciente cada vez que una corriente pasaba por lo alto del muro. Hacía más frío de lo que había imaginado, también aire que, aunque tolerable, seguía siendo una amenaza: una ráfaga podía empujarles a cualquiera de los dos lados en una caída fugaz y, sin lugar a dudas, mortal. Solo por esos dos factores tenía que haber bajado de inmediato, pero sus piernas seguían protestando y ella no se sentía satisfecha.

Había subido a un muro impresionante, quizás de varios kilómetros de altura (O así se lo había parecido) para ver las Tierras Oscuras y, nada, no veía nada. Había demasiadas nubes. O demasiada niebla. O una maldita combinación de ambas que convertían el otro lado en una mancha grisácea, brumosa, en la que no se distinguía ni una mota de color ni una silueta o un amago de montaña. El olor era lo único que llegaba el otro lado, pero no era suficiente como para acallar sus agujetas y compensar sus expectativas.

Y por su orgullo que no pensaba retroceder sin sacarle algo de provecho a su esfuerzo.

Más gruñona que de costumbre, y sin dejar de maldecir por lo bajo, Skaiell se acercó al otro par de escaleras que bajaban hacia las Tierras Oscuras. Lo bueno de aquella niebla es que paliaban parte del vértigo. Como no se veía el suelo, tampoco había sensación de caer y acabar reducida en nada. Animada por aquella observación, la joven empezó a descender. Cada paso era una molestia, pero al menos no tan dolorosa como subir. Se podía tolerar. Como animadas por su decisión, Nabu fue tras ella, arrastrando consigo a Flauta, quien, tras protestar un poco, se unió a la comitiva. Las tres bajaron en silencio, una triste por volver de nuevo a la tierra, otra contenta por regresar a su tierra y otra ansiosa por ver esas tierras. Y fue ese deseo el primero en realizarse: más o menos a medio camino, las nubes pasaron a hacerse más claras hasta acabar desapareciendo.

Y, por fin, Skaiell pudo ver las Tierras Oscuras.

Quizás fuera por todas las expectativas que se había hecho, pero se esperaba otra cosa. Como volcanes saliendo de la tierra, ríos de agua negra o campos reducidos a cenizas. Eso sí, era diferente al lado que habían dejado atrás, hasta ahí podía verlo. El color del cielo, por ejemplo, era más oscuro y rosado, y se iba volviendo más magenta según se alejaba de muro. Y el bosquecillo que había a sus pies era más mustio que los del otro lado y con árboles diferentes, tal y como pudo ver según se iba acercando, no tan esbeltos y resplandecientes, sino más bien achatados y torcidos, con ramas gruesas que se curvaban hasta rozar el suelo y hojas gigantescas del tamaño de una mano. Cuando la joven llegó, por fin, a tierra, lo primero que hizo fue coger una de aquellas hojas del suelo y ver que sí, que en efecto eran más grandes que las suyas. Al dejar caer la hoja se percató que la tierra era rojiza. Quizás por la arcilla o el efecto óptico de aquella luz que atenuaba los colores. Incluso su pelo había adquirido cierto matiz rosado.

Era, en definitiva, un paisaje curioso, uno al que se merecía echarle un vistazo, pera nada tan sorprendente como para quedarse allí por mucho más tiempo.

Y entonces, en cuanto la hoja tocó de nuevo aquella tierra de color rojo, Skaiell se dio cuenta que se había ensimismado tanto mirando los alrededores que había bajado del todo. Y que ahora le tocaría volver a subir de nuevo.

Mientras la joven se llevaba las manos a la cara de frustración y desasosiego, Nabu le estaba enseñando la zona a Flauta.

―Si vamos todo recto llegaremos al montecito ―le aseguró, con una confianza que contrastaba con la sonrisita incrédula de su amiga―. Pero antes me gustaría dar un rodeo y pasar por mi aldea. ¡Está aquí al lado! ¡Eh, Skaiell! ―giró―. Ya que has bajado, ¿te vienes con nosotras?

―No, ni hablar ―respiró profundamente, pensando en el camino que le esperaba hasta el descanso definitivo―. No me veo capaz de dar un paso más. Y si voy a darlo es para volver con la pseudocivilización y el agua.

―¡Aquí hay agua!

Y en efecto, así era. Había un riachuelo cercano que salía de entre los árboles y continuaba todo recto hasta la muralla. Cosa extraña dado que en ningún momento habían visto que continuara por el otro lado. Y aunque no sería lo más raro que hubiera presenciado, a Skaiell le seguía enervando la falta de lógica.

―Imposible ―le lanzó una mirada de recelo a esas aguas turbias en las que no se distinguía ni el fondo marino―. Quiero limpiarme las heridas, no facilitar el camino a mil bichos.

―Yo siempre me he lavado con ella mis heridas y no me ha pasado nada malo.

―Porque tendrás un sistema inmune a prueba de bombas.

Nabu levantó el brazo, como dispuesta a replicarla, pero se detuvo en medio acto, con la boca entreabierta y el ceño fruncido.

―No termino de entender lo que has dicho―dijo.

―Olvídalo.

La chica lagarto se encogió de hombros. No insistió, cosa que Skaiell agradeció, pero tampoco parecía satisfecha.

―Bueno, al menos has podido ver mi lado. ¿Qué te parece?

Parecía tan emocionada, tan entusiasmada, tan esperanzada en recibir una respuesta positiva, que la chica dudó antes de decir nada.

―Curioso ―dijo tras meditarlo un poco―. No había visto nada igual.

Lo cual era cierto. Y aunque podía ser tanto como para bien como para mal, Nabu lo aceptó como un cumplido que se metamorfoseó en ella en una sonrisa inmensa y un brillo ilusionado en su mirada.

―¡Estupendo! ―gritó y se fue a coger a Flauta del brazo para arrastrarla consigo―. Al menos tú podrás ver mi casa. Ya verás, con suerte mi familia no se ha ido a cazar moscas y podrás conocerles.

Reculó un poco, lanzándole una mirada lastimera a Skaiell en una petición silenciosa para que cambiara de idea y fuera con ellas. Pero esta hizo como que no había visto y se fue cojeando hasta el río. Desconfiaba de sus aguas, de los peces que hubiera en ellas y los cientos de parásitos, larvas o microorganismos que estuvieran nadando, flotando o sumergidas en su interior. Y aun así se dedicó a mirarlas con sumo interés a la espera que Nabu aceptara que estaba cansada, malherida y con el mismo entusiasmo de siempre en hacer algo que requiriera un mínimo de esfuerzo. Usando el reflejo de las aguas, observó como las dos muchachas empezaban a alejarse hablando entre ellas.

Satisfecha, la joven se incorporó sin contener una exagerada mueca de dolor, y dio media vuelta para regresar a las escaleras. Una idea desalentadora, pero mejor que la perspectiva de dar vueltas sin rumbo guiada por Nabu y su entusiasmo y luego escalar una montañita para encender un farol. Todo ello para tener que regresar por ese camino tan largo que estaban haciendo. Con o sin heridas, era algo para lo que su condición física no estaba preparada.

En principio, todo tendría que haber sido perfecto: sus amigos se encargaban del trabajo duro, ella se quedaba la recompensa y encima se iba a descansar. Pero había un problema, uno alto, muy alto, con más de setecientos escalones. Y otro problema más pequeño, que le había pasado inadvertido hasta ahora que se fijaba en él, con muchos dientes y zarpas.

Había una bestia al lado de las escaleras.

“¿Para qué porras tienen una muralla tan alta si luego no ven cómo se les cuelan los monstruos?”, pensó la chica. Ambos problemas se habrían resuelto con un muro más pequeño: habría menos que subir y los arqueros de arriba habrían matado al monstruo. Pero los guardias estaban muy lejos, en las nubes, y eran incapaces de ver nada. Ni la tierra ni las montañas ni mucho menos al lobo gigantesco que estaba olisqueando los escalones. Podía haber pasado por un perro grande, si los perros tuvieran el tamaño de un caballo, garras monstruosas en vez de patas y unos ojos que brillaban como jades, sin pupila ni blanco. No parecía agresivo, aunque solo fuera porque les separaban varios metros y todavía no se había fijado en ella.

Y dado que no pensaba darle esa oportunidad, la joven no se lo pensó dos veces y echó a correr. Sus mimadas rodillas protestaron, pero entre ellas y su vida, estaba clara cuál era su decisión.

El monstruo no debió darse cuenta porque no hizo amago de seguirla. Y eso que la joven estaba corriendo en línea recta sin hacer amago alguno de esconderse. Podía estar asustada, pero no tanto como para cruzar el río y ocultar su rastro, o que se la comiera un pez, o meterse entre los árboles para ocultarse y toparse con una bestia peor.

Su carrera la llevó, como no, con Nabu y Flauta. Las dos se giraron al escuchar como algo se acercaba a ellas, jadeante, pero sin dejar de correr.

―Veo alucinaciones ―dijo la silfo en cuanto Skaiell se detuvo para coger aire.

―¡Hay un monstruo! ―les gritó mientras señalaba hacia atrás.

―Los monstruos son normales, que estés aquí no ―observó Nabu―. ¡Pero me alegro!

―No te alegrarás tanto cuando veas esos dientes y esas zarpas y esos ojos y… ―se detuvo al notar que se quedaba sin aire―. Nadie me dijo que habría monstruos ―añadió con un deje acusador.

―¡Pues claro! ¿Para qué crees que hemos traído armas?

Mientras Oviseth les hablaba a Nabu y Archímedes sobre el recorrido, ella y Flauta se habían encargado de ir al arsenal a recoger un cuchillo pequeño para cada uno. Eran más grandes que los que ella usaba en su mundo para pelar naranjas o cortar el pan, pero en comparación de las espadas que había visto, no parecían gran cosa. Ni siquiera una amenaza contra una bestia que contaba con el equivalente a media docena de cuchillas.

―¿Un complemento? ―dijo con genuina sinceridad―. Combinan con nuestro papel de aventureros.

Y por eso mismo ella había elegido el más pequeño, para que no la estorbase al andar, el menos puntiagudo, para no cortarse, y el que mejor quedaba con los colores de su vestido.

Flauta y Nabu compartieron una mirada que dejaba claro todo lo que no se atrevían a decir en voz alta.

―Entonces ―esta última abrió los ojos hasta lo exagerado―. ¿Seguirás con nosotras?

Skaiell refunfuñó para sí misma. No quería, pero tampoco se atrevía a regresar y mucho menos sola.

―Puedo ir hasta tu aldea ―reconoció a regañadientes―. Y me quedaré ahí mientras vosotras seguís…

―¡Genial!

Nabu, con la mano que tenía libre, la agarró del brazo y empezó a estirar de ella, haciendo caso omiso de sus quejas.

―¡Es por aquí! ―empezó a decir, señalando el final del único camino que había, como si hubiera acaso posibilidad de duda―. ¡Y de paso podemos comer ahí!

Y siguió hablando sin parar ni siquiera para hacer una pausa y coger aire. Cansada, Skaiell desistió de la posibilidad de deshacerse de ella y su entusiasmo. A su lado, Flauta compartió con ella una mirada de comprensión. Seguía igual de tranquila que siempre, aunque puede que algo emocionada ante la posibilidad de ver cosas nuevas.

El camino de tierra rojiza empezó a embarrarse según avanzaban y, a partir de cierto punto, empezó a internarse dentro del bosquecillo. Cuanto más se iban adentrando en él, más pringoso se hacía el avance, pero sin llegar a ser barro del todo. Los árboles, por su parte, cubrían el cielo con sus ramas y hojas, confiriéndole un aire a túnel al camino que estaban haciendo. En un momento dado, Nabu les indicó la presencia de una escalera de cuerda que servía para escalar por el tronco de una gigantesca secuoya. Con reticencia y una mueca dolorida, Skaiell la siguió, alcanzando una superficie de madera que había a varios metros por encima del suelo. De ella nacían varios puentes de cuerdas y lianas que se estremecían ante cualquier cambio, bien por el viento, bien por una persona al pasar por encima suyo. Tomaron uno de ellos y se internaron entre las ramas y las hojas, las cuales había que apartar a manotazos y con cuidado para no despertar la furia de las arañas y mosquitos que vivían en ellos, criaturas a las que la chica miró con repelús. Harta de enredarse el pelo, se detuvo durante un momento, el suficiente para ver que el suelo había desaparecido entre barro y miles de ríos diminutos que irrigaban la tierra como un conjunto arterial.

Cuanto más conocía aquel lugar, menos entendía que alguien hubiera elegido vivir ahí.

Y siguieron caminando, pasando por más plataformas y nuevos puentes, guiados por Nabu y la promesa de un plato de comida caliente. En un momento dado a Skaiell le pareció ver una mancha grisácea moverse entre la foresta y a dos ojos de un verde intenso, como piedras jade, que se detenían sobre los suyos antes de desaparecer.

Tras lo que le pareció eternidad, el poblado empezó a perfilarse. Al igual que el camino que habían hecho, este colgaba de las copas de los árboles, siendo sus calles puentes de lianas y tableros. Emocionada, Nabu apretó el paso, convirtiéndolo al final en una carrera por llegar a su hogar. Lo hizo, como no, a gritos, llamando a los suyos por su nombre. Al instante, varias caras se asomaron por huecos y ventanas, revelando un sinfín de rostros curiosos y sonrientes.

Los vecinos de la chica no tardaron en salir. Eran menos de los que Skaiell esperaba, bastantes menos, y casi todo niños pequeños que no sobrepasaban ni la cintura de Nabu. Eran, también, la mezcla más extraña de rasgos que nunca antes había visto en una comunidad tan pequeña. Todos tenían cierto aire familiar, pero no compartían ni siquiera el color de piel: pardo, verde, rojizo… Desde donde estaba pudo ver ojos rasgados, cornamentas y restos de branquias. Mestizos que no formaban parte de ninguna raza, sino que compartían un poco de cada una. Para ella que solo conocía la fortaleza y la pequeña selección que había cruzado sus puertas, ver aquel conjunto fue algo extraño, como un carnaval. Aquella debía ser la auténtica realidad de Miscelánea: una mezcolanza de leyendas y criaturas fantásticas sin definirse en una sola.

Alentadas por los gestos que les hacía Nabu para que se reunieran con ellas, las dos chicas se adelantaron.

―¡Venid, dejad que os presente a los peques! Son Paperas ―dijo cogiendo en brazos a una niña con orejas y cola de tigre―, este es Quito, su hermano, Sabia, Abedul, Narcisa…

Skaiell asintió, como si aquel torrente de nombres significase algo para ella. Con suerte lograría retener uno o dos, aunque quizás al rato olvidaría a cuál de todos aquellos mocosos inquietos se refería. Porque esos niños eran como Nabu: nerviosos, incapaces de quedarse tranquilos un solo instante. No paraban de revolverse y de acercarse a ellas con curiosidad, pero luego retroceder un poco.

―¿No son muy pequeños? ―la joven frunció el ceño. No les echaba más de diez años.

―Claro, son los peques.

―¿Y los adultos? ¿Qué ha sido de ellos?

―¡Ah! ―Nabu miró a su alrededor, escudriñando las esquinas del poblado, consciente por primera vez de su ausencia―. Estarán fuera, aunque es raro que no esté nadie. Eh, Pap ―le dijo a la niña que tenía en brazos―, ¿dónde están los mayores?

―¡Están cerca! ―aulló la niña―. Hay un bicho malo cerca.

―¿Cómo de cerca?

―En cerca.

―¡Ah, la cerca! Gracias ―la dejó sobre el puente y esta no tardó en corretear lejos―. Tenemos una cerca que protege nuestras despensas ―les explicó―. En realidad nuestro problema con las bestias es que les encanta robarnos la comida.

Skaiell rememoró su encuentro con el monstruo y todas las veces que le había parecido verlo.

―¿Sabes? Empiezo a pensar que no estamos seguras aquí ―inquieta, se pasó la mano por el bolsillo donde tenía guardado el cuchillo.

―Tranquila, estamos muy cerca de la muralla. Es raro que vengan monstruos peligrosos. Bueno ―rectificó―, vienen, pero cuando estamos en guerra. Y no hay guerra. Que yo sepa.

Lo cual no era garantía de nada.

―Ya que hemos llegado aquí ―dijo Skaiell, cambiando de tema a otro casi o algo más urgente. No tenía sentido darle más vueltas a peligros que ella no podía remediar cuando había otro asunto que requería su atención―, ¿puedo por fin descansar y limpiarme las heridas?

―Claro, ningún problema.

Nabu las guio a través de uno de los puentecillos hasta llegar a una choza. Si es que podía llamarse así: por descarte la joven supuso que era el equivalente a una casa para ellos, pero tenía más forma de colmena de barro que de vivienda. Cada árbol tenía una o dos construcciones como aquellas, bien asentadas entre varias ramas o colgando de un lado del tronco. Todas eran ovaladas y con múltiples orificios. Bien ventanas, bien puertas, bien una mezcla de ambos. La chica les hizo pasar por uno de ellos, llegando a lo que parecía una cueva de paredes arredondeadas, espacio pequeño y un aire opresivo, viciado, como si se pudiera acabar en cualquier momento. Había túneles por todas partes que debían conducir a otros pisos o a otras cavernas, y estantes socavados en las paredes en los que se acumulaban armas, ropa o cuencos de barro. El suelo era mullido gracias a varias pieles y alfombras que habían tirados en él.

Solo por ver ese desorden y aspirar su aire cargado, Skaiell notó como crecía en ella un repentino y justificado ataque de alergia. Sin pensárselo dos veces, salió afuera sin dejar de estornudar y con los ojos humedecidos por las lágrimas.

―Qué raro ―comentó Nabu, todavía dentro, al verla salir―. Es la primera vez que le pasa a alguien algo así.

―Creo que para alguien como ella, asomar la naricilla ya es todo un logro ―comentó Flauta con malicia.

Skaiell se asomó a una barandilla que separaba la plataforma de madera de una caída de varios metros. Respiró, inspiró y dejó que el aire endulzado del bosquecillo se llevase consigo el recuerdo del polvo, los ácaros, las pelusas y tantas estancias sin ventilar.

Funcionó un poco, pero el moqueo no desaparecía.

―Quiero un antihistamínico ―lloriqueó para sus adentros. Se sentó en la plataforma y dejó que sus piernas sucias, sangrantes y cansadas se balanceasen un poco―. Y desinfectante, gasas y tiritas.

―¿Qué quieres qué? ―Nabu se asomó lo suficiente como para sacar la cabeza de la madriguera―. Perdón, no te he oído bien.

La joven se sorbió los mocos e intentó serenarse lo suficiente como para recobrar la compostura.

―Quiero alcohol, el que sea, incluso el peor vino que tengáis o lo que sea que bebáis aquí. Tampoco mucho: con la mitad de un vaso me basta. Y agua, algo para hervirla y trapos o harapos o lo que sea que uséis para vendar heridas.

―¿Vendas?

Se le escapó una sonrisa de alivio.

―Si tenéis, sí, adelante, perfecto, maravilloso.

―Oh, vale, enseguida te lo traigo.

Hirvieron el agua sin necesidad de fuego y en la propia plataforma gracias a cuatro piedras oscuras, ovaladas y grandes como huevos de avestruces. Según lo que les contó Nabu, eran corazones de volcanes. Quemaban sin llegar a arder, desprendiendo el calor suficiente como para cocinar encima de ellas o templar una habitación. Al final solo bastó con dos de ellas y una cacerola de barro para hervir el agua de los riachuelos. Cuando este empezó a burbujear, Skaiell echó dentro las vendas para limpiarlas y desinfectarlas. Sus dos compañeras miraron el procedimiento con curiosidad, aunque no del todo sorprendidas: no era una práctica tan descabellada. Si poco común, pero útil cuando no había un remedio mágico cerca.

Mientras las vendas se limpiaban y con mucho, mucho ánimo, la joven derramó el vaso de vino que le habían dado sobre sus rodillas. Gritó al mismo tiempo que el líquido rozaba su magullada piel, arrastrando consigo la sangre y la mugre. Las heridas burbujearon, llenándose de un liquidillo blanco similar al de la espuma que arrancó una ovación por parte de Nabu y Flauta. Skaiell les dedicó una mirada de odio y siguió limpiándose las piernas. Protestando, por supuesto, pero más tranquila ahora que sentía que las heridas estaban limpias.

Pasada aquella tortura, se sentó otra vez en el borde y dejó que el aire terminara de secarla.

Y entonces algo le rozó la planta de pie.

Con un grito, la chica se levantó. El monstruo que había visto antes estaba debajo del árbol, saltando para llegar a lo alto. Sus zarpas, al tropezar con la madera del tronco, arrancaron astillas y dejaron una marca. Una más entre las muchas que ya había. El engendro sacudió la cabeza, pero sin dejar de mirar a la copa y a quienes estaban sentadas en ellas.

―¡El monstruo! ―gritó, señalándolo como si hubiera alguna duda de a qué se refería―. ¡Es el monstruo de antes!

Nabu sacó su cuchillo y se asomó por la barandilla.

―No os preocupéis ―les dijo―. Esta es mi casa y no dejaré que os pase nad… ¡Anda, pero si eres tú! ―guardó de nuevo el arma y empezó a saludar a la bestia. Esta aulló mientras empezaba a saltar sobre sus cuartos traseros.

Parecía más juguetona que peligrosa. Pero Skaiell seguía sin confiar en aquella boca gigantesca con tantos dientes gigantescos. Ni tampoco en sus cuatro zarpas monstruosas.

―¿Qué es? ―preguntó con desconfianza.

―Es un lobo fantasma.

―No parece un fantasma ―se estremeció al recordar que alguna parte de la bestia, bien una pata, bien la cabeza, le había rozado el pie―. Es más, yo diría que está muy vivo.

―Es un lobo fantasma, no el fantasma de un lobo.

―Ya, bueno, de donde vengo ni los fantasmas ni los lobos son muy amigables.

―Este pobre chico lo es ―Nabu sacó medio cuerpo afuera para intentar acariciar la cabeza del animal. Era demasiado bajita y tenía los brazos demasiado cortos como para conseguirlo, pero la bestia volvió a saltar para alcanzarla. No lo logró, pero tampoco pareció importarle, pues aulló con entusiasmo y sin dejar de sacudir la cola―. Está amaestrado, ¿no lo ves? Es muy majo. Ronda por aquí desde la última batalla. ¿Sabes? Los muertos suelen dejar muchas cosas atrás. Nosotros ayudamos a Sapraz a recoger los animales, las armaduras, las armas y los cuerpos. Este amigo ―el lobo volvió a brincar, como si supiera que estaban hablando de él― se quedó solo y lo acogimos. Juega con los peques y vigila que no vengan alimañas.

Skaiell lo miró de nuevo. Si se esforzaba en verlo como un perro parte de su miedo desaparecía.

―¿Tiene nombre?

―Uy, sí, muchísimos. Lo llamamos de todo: Ojos de hoja, Peludo, Dientes…

―Qué divertido ―Flauta se asomó para ver también al animal―. ¿Puedo darle también yo un nombre?

―¡Claro!

La silfo entrecerró los ojos. Pensativa, observó al lobo quien seguía dando vueltas alrededor de la base del árbol, contento por la atención que estaba recibiendo. Cuando volvió a proferir esa mezcla entre ladrido y aullido, la muchacha asintió.

―Tambor ―dijo, orgullosa―. Eh, Tambor, ¿quieres jugar un poco?

Y a la bestia pareció encantarle ambas ideas.

Skaiell se cruzó de brazos.

―Pues yo le llamaré Magnolio.

Darle un nombre fue la última pieza para dejar de ver al lobo con miedo. Aunque solo fuera porque se encontraba tranquila y a salvo varios metros lejos de sus zarpas.

―Dejaré que Tambor Magnolio cuide de vosotras ―Nabu se incorporó―. Voy a ir a la cerca para ver qué ha pasado. Ahora regreso.

Se fue, escalando como una lagartija por una de las cuerdas que colgaba de una rama y usándola para columpiarse a otra plataforma. El mecanismo entusiasmó a Flauta, quien no tardó en hacer lo mismo y luego regresar para volver a repetir el proceso. Skaiell la dejó jugando y siguió limpiando y vendándose las heridas. Pero esta vez sin asomar las piernas por la barandilla.

Nabu regresó pasado el mediodía, cuando el hambre empezó a asentarse en sus barrigas con sonora presencia y los niños ya se habían acostumbrado a las dos extranjeras. Su amiga apareció acompañada de más personas, todas igual de variopintas que la camada de chiquillos. Cada uno iba a lo suyo, y aunque muchos las saludaron, ninguno les prestó atención en particular. Skaiell dedujo que debían de estar acostumbrados a ver cada día a gente diferente de la fortaleza.

―Tengo ganas de ver qué nos ofrecerá Nabu para comer ―dijo Flauta mientras se sentaba a su lado. Había un brillo divertido en sus ojos que, de alguna manera, le recordó a Azrael.

Lo cual hizo que la joven se enderezara un poco, inquieta ante su comentario.

―¿Por qué?

―Se la ve muy ilusionada. Tanto que es capaz de darnos su comida favorita.

Skaiell la miró sin entender hasta que recordó con qué facilidad la chica se había dejado corromper en el mercado por unos asquerosos y nada apetitosos insectos. Le entraron arcadas solo de pensarlo.

―¡No hablarás en serio! ―protestó, todavía con una mueca de asco, mientras observaba como su amiga volvía a balancearse por una liana.

―Tampoco es que me importe ―Flauta se encogió de hombros con una sonrisilla.

Por suerte, Nabu no trajo nada negro, pequeñito y con muchas patitas, sino fruta, pan, un bote de miel y noticias.

―La cerca está rota ―anunció mientras se sentaba―. Parece que una bestia la ha tirado abajo.

―Esto me recuerda que todavía no te he preguntado qué le dais de comer a Magnolio.

―¡Él no ha sido! ―cortó un poco de fruta y la lanzó por la barandilla. Al momento se escuchó el ruido de muchas patas al revolverse y saltar―. Los vecinos han examinado el rastro y dicen que puede haber sido un hipogrifo.

―Me gustan los hipogrifos ―Flauta se llevó un trozo de fruta a la boca―. Y lo dulce.

―Diría lo mismo si hubiera visto alguno ―la chica suspiró y usó su cuchillo para cortar el pan. Nada más verla, Skaiell le quitó el arma y la puso a hervir en el cuenco. Nabu no le dio importancia y siguió arrancando cachos de pan con los dedos―. Es raro que haya hipogrifos por aquí. Les gustan las montañas altas. Y aquí no hay ninguna.

―Quizás sea otro animal ―sugirió la joven― Como, no sé, uno muy peludo, con los ojos verdes y zarpas muy grandes.

―¡Pero es que los paladines también opinan igual!

Skaiell notó como el corazón le daba un brinco. Las ganas de comer, de quedarse ahí descansando y bromear habían desaparecido de un plumazo.

―¿Los paladines? ―preguntó.

―Sí, estaban en la cerca cuando he ido ―la muchacha se echó para atrás para asomarse a través de la barandilla y ver lo que sucedía por otros rincones del pueblo―. Mira, también han subido. Están ahí.

Skaiell se asomó un poco, lo suficiente para ver sin ser vista. En efecto, ahí estaban. Eran imposible no verlos: el blanco de sus ropas destacaba sobre los verdes y marrones del pueblo y sus habitantes. Incluso su azul era más discreto que aquel color inmaculado que brillaba por sí mismo. Y aquella vez no había uno solo, sino media docena de ellos seguido de algún que otro escudero sin capa ni símbolos. Caminaban aparte, hablando entre ellos y sin mezclarse con el resto de criaturas. Las cuales tampoco hacían amago de mezclarse con ellos: preferían tomar otro camino y desviarse que pasar al lado de los paladines. A la joven no le extrañó ver que mientras los vecinos de Nabu eran un batiburrillo de especies, colores y rasgos, todos los paladines pertenecían a una raza concreta. La mayoría eran elfos, pero había un par más de otra raza que no supo identificar. Sus carencias en lo referente a la mitología eran bastante grandes.

Tampoco le extrañó identificar a la figura de Mäer entre el grupo.

Conteniendo un escalofrío, la chica regresó a su rincón. Se había quedado sin hambre. Pensó en darle su ración a Magnolio, pero el lobo también se había escabullido.

―Flauta ―dijo Nabu de pronto―. Quiero pedirte un favor.

―Puedes pedirme todos los que quieras y ya veré si puedo cumplirlos.

―¿Te importa ir sola a la colina para encender el farol? Me gustaría quedarme y echar una mano con la cerca. Hay que arreglarla lo antes posible.

―Claro, claro ―la muchacha asintió con despreocupación―. Solitario es más aburrido, pero ir a mi aire tiene su encanto.

A Nabu se le escapó una sonrisa de alivio.

―Gracias. Oye, Skaiell ―se giró hacia ella―, te quedas, ¿verdad?

―Por supuesto.

Ni el reposo ni unas vendas eran suficientes para apaciguar su cansancio y las pocas ganas que tenía de seguir andando.

―¿Entonces podrías ayudarnos? Nos vendría muy bien tu ayuda. Hay muy pocos que sepan contar y alguien tiene que hacer un inventario.

―¡Puedes contar conmigo y mi infinita sabiduría numérica!

Para qué negarlo, en realidad le halagaba poder sobresalir en alguna cualidad. Y aunque las matemáticas nunca habían sido su fuerte, en comparación con el resto, era la mejor en ese campo de toda Miscelánea. Podría incluso decirse, que en aquel momento era una genio de las matemáticas. Y nunca antes en su vida había ostentando aquel título.

―Gracias, eres estupenda, más que los blancos ―feliz, Nabu se levantó de un brinco y empezó a recoger, para decepción de Flauta que todavía seguía comiendo―. ¡Cuánto antes empecemos antes terminaremos! También va por ti: te queda mucho camino y aquí anochece pronto.

―No me importa que anochezca ―la silfo bostezó. Amodorrada, se acurrucó contra las paredes de la choza―. Puede que sea noche templada y eso no me lo quiero perder.

Skaiell la miró. Había una recompensar en juego. Puede que pequeña, pero recompensa a fin de cuentas. Y de Nabu se fiaba. Poco, pero confiaba en su sentido del honor, en su energía y entusiasmo, en el optimismo que le impedía rendirse y dejar una tarea a mitad. De Flauta no. Y visto el desvío que habían tomado, había altas probabilidades que fuera la muchacha, y no la noche, la que se perdiera.

―Enseguida vuelvo ―dijo.

Hizo una mueca al levantarse, pero ignoró las molestias de sus molestas heridas y se encaminó por uno de los puentecillos en busca de alguien con aire de responsable. Al final se decantó por un señor huesudo, bizco, que trasmitía cierto aire a tortuga, ciervo y pájaro al mismo tiempo. Tortuga por su piel escamosa y  el macuto que cargaba en su espalda como si fuera un caparazón. Ciervo por la pizca de cornamenta que se asomaba entre sus mechones de pelo. Y pájaro porque les estaba cantando una canción de cuna a los niños.

La joven esperó a que terminase para acercarse a él.

―Disculpa ―le dijo mientras se sacaba del bolsillo el mapa que les había dado Riot―. Mi compañera tiene que llegar a una colina que está cerca de aquí. Una en la que hay un farol ―al ver como el hombre asentía, siguió hablando mientras le tendía la hoja―. ¿Podría decirme cómo llegar a ella?

La criatura apenas le dedicó un vistazo al mapa.

―Toma el puente que tienes a tu izquierda ―le indicó―. Y luego cruza a la derecha, cerca del árbol en el que cuelgan dos pajareras. Ese camino te llevará de nuevo al bosque. Una vez ahí solo tienes que ir todo recto rumbo hacia el oeste. Sabrás que te estás acercando a lo alto cuando veas las margaritas soleadas.

Skaiell tomó nota del camino a seguir.

―No conozco esta zona y mi amiga tampoco, ¿cómo son las margaritas soleadas?

―Oh, no te preocupes, son imposibles de confundir. Al anochecer podrás ver cómo empiezan a brillar. Habéis venido justo en su mejor estación, así que van a brillar más que nunca.

―Oh, ¿y por qué se llaman margaritas soleadas si brillan por la noche?

El hombre parpadeó, desprevenido por la pregunta.

―Eh, pues, claro… ―balbuceó.

―Porque reflejan el sol que se ha ido ―respondió una voz detrás de ella.

La joven pegó un brinco, quizás demasiado exagerado, pero proporcional a la sorpresa que se había llevado al oír hablar a alguien a quien no había escuchado llegar. No le extrañó ver que era Mäer, pero tampoco se alegró.

―Hola ―esbozó una sonrisa obligada, más falsa que el mapa que todavía sujetaba en una mano. Aunque el susto lo había reducido a una bola arrugada.

―Buen mediodía ―la saludó―. ¿Qué hacéis todavía aquí? ¿No era hoy el día en el que ibais a encender el farol?

―Sí, claro, estamos en ello ―sacudió lo que quedaba de mapa―. Pero alguien ―remarcó con todo el desprecio que pudo para dejar claro que ese alguien tenía dos orejas enormes― se las ha agenciado para darnos unas indicaciones no muy claras y estamos aquí resolviéndolo.

El paladín suspiró. Había captado su indirecta, reaccionando a ella con cansancio, como si no fuera la primera vez que recibía una queja similar. Una respuesta muy acorde a lo que esperaba Skaiell, pero seguía sin poder estar tranquila a su lado. No sin pensar en gente inocente atada a un poste ardiendo o firmando contratos engañosos.

―Entiendo ―dijo el joven―. De todas formas, os animo a que retoméis vuestra misión y regreséis al muro. No es un buen día.

Y que eso lo estuviera diciendo una de las personas que más respeto lograba imponer en aquel  mundo de insensatos era algo a tener en cuenta.

―¿Por qué? ―la chica frunció el ceño―. ¿El hipogrifo? ¿Alguna bestia grande y sin dueño que anda suelta por aquí?

A Mäer le debió divertir su reacción, pues sonrió al escucharla.

―De todo un poco.

―Yo más bien diría un poco de todo ―miró a ambos lados en busca del resto de paladines―. Porque si habéis venido tantos no será por una causa pequeñita, nada dañina e inocente, ¿verdad?

Y este volvió a sonreír, cada vez más divertido ante sus exabruptos y comentarios.

―Estamos de paso. En principio teníamos que ir más allá, pero oímos lo de la cerca, así que hemos ido a comprobar los daños. Ahora nos iremos.

―¿Sin ayudar? ―Skaiell frunció el ceño al recordar con qué apuro Nabu, la misma que nunca quería rendirse ni dejar una misión incompleta, dejaba todo de lado para contribuir a su reparación.

―Hemos determinado qué bestia era la culpable.

Y lo dijo como si eso fuera más que suficiente y equiparable a las auténticas necesidades de los pueblerinos. Aquello molestó a la chica, en especial porque no le había pasado desapercibido que había ido a saludarla solo a ella. No era la primera vez que hablaban, incluso habían compartido cierta escena de la que no quería pensar mucho, pero para ella eso había sido normal. De donde venía no había problemas en compartir cuatro comentarios con desconocidos. Pero aquí no: el paladín solo había ido a preguntarle a ella, ignorando a la mestiza y a la silfo errante.

Porque aunque inmigrante, y encima ilegal, Skaiell podía pasar por alguien noble, quizás pariente de los elfos. Alguien que, en definitiva, los paladines no tenían ningún problema con tratar como a un igual.

―Ya, bueno ―frunció el ceño―, ¿y qué es eso tan importante que tenéis que hacer?

Mäer le dedicó una mirada fría. No se le había pasado por alto el tono que había usado para cuestionar sus prioridades. Algo que, pensándolo ahora, no había sido una buena idea, pero ya era tarde para solucionarlo.

―Nos han llegado rumores sobre una bruja que anda cerca ―respondió, súbitamente serio―. Vamos a investigarlo y, si se da el caso, a quemarla.

De manera inconsciente, la joven torció el gesto. Cuanto más tiempo pasaba, más se iba posicionando en contra de aquella salvajada que hacían con las brujas. Puede que ese paladín tuviera cara de buena gente y la sonrisa más bonita que hubiera visto, pero era aterrador oírle hablar de condena sin juicio ni pruebas ni reflexión.

―Pero la bruja son rumores ―insistió―. ¿Ya que estáis aquí por qué no buscáis al hipogrifo?

―Tranquila ―Mäer esbozó una sonrisa amarga―, si lo vemos también lo quemaremos.

Y sonó a broma, pero Skaiell estaba segura que lo decía en serio. Y viendo lo extensa que era la lista de cosas que, según los paladines, tenían que acabar en hoguera, seguir manteniendo oculta su identidad se reafirmó como necesidad imprescindible.

―Menudo ánimo más templado tenéis ―rezongó.

Y entonces, por el rabillo del ojo, distinguió la figura de Flauta columpiándose con las lianas. Sin pensárselo dos veces, dio la vuelta y empezó a dirigirse hacia ella.

―Lo siento, tengo que darle las indicaciones ―dijo, escabulléndose por el puente más cercano―. Suerte con tu búsqueda.

―Espera.

Mäer empezó a ir tras ella.

―Quiero hablar contigo ―dijo elevando el tono de voz para ver si así la chica le hacía caso, pero esta siguió andando.

―Ya has hablado conmigo.

―Tengo que seguir hablando contigo.

―No, lo que tienes que hacer es ir a por una bruja ―le hizo varios gestos con la mano a Flauta para que bajara―. Y a por un hipogrifo.

El paladín suspiró, cansado, mientras se ponía a la altura de las dos chicas. Solo una de ellas le sonrió, la misma que no tenía un mapa en la mano ni una sangre comprometida.

―Es sobre Azrael ―dijo, logrando el mismo efecto en Skaiell que si una corriente eléctrica estuviera pasando por su cuerpo―. Desde la tarde de los baños está actuando de manera muy extraña. Y hay algo que me ha dicho que…

―¡Lo siento! ―gritó, interrumpiéndole, mientras agarraba a Flauta del brazo y empezaba a tirar de ella―. Se está haciendo tarde y tenemos una misión que completar. Ya hablaremos en otro momento, ¡adiós!

Escapó corriendo del paladín, de sus preguntas y la sutil amenaza con olor a quemado que le precedía. Lo hizo ignorando las quejas de su compañera, molesta porque de nuevo la arrastraban a tierra firme, y las de sus inaguantables rodillas.

Y es que esas últimas acababan de encontrar un muy buen motivo para dar varios pasos más, los suficientes para poner algo de distancia entre ambos y seguir completando un tramo que, al principio, a ella le había parecido imposible.

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