Esquirla 7+3-2: Noche templada (1ª parte)

Una luciérnaga entre los árboles.

―¡Peligro de orejotas!

Ante la advertencia, Skaiell y sus tres compañeros recularon a un lado del camino, justo detrás de un árbol y varios setos. Al rato, un caballo y su jinete pasaron al galope, aunque su trote se fue haciendo más lento según pasaba a su lado. “Lo está haciendo a posta”, gruñó la chica para sus adentros mientras veía cómo Azrael se alejaba con una lentitud exasperante.

Por supuesto que aquello era a propósito. Tras su amenaza en la sauna, había estallado una guerra silenciosa entre ambos: la joven evitaba que él la viera mientras que el elfo hacia todo lo posible para acercarse a ella y obligarla a seguir escondiéndose. A veces, cuando la pillaba desprevenida, la mandaba a hacer recados absurdos e inútiles, como mirar si el sol todavía estaba en el cielo o contar cuantas orejas tenía el cocinero. Mandatos que ella asumía de mala gana para no volver a provocarle. Una vez resueltos, volvía a seguir con esa especie de escondite que habían establecido: si no la veía, no habría más chantajes ni más obligaciones ni Azrael se pondría de malhumor y caería en la tentación de delatarla.

Flauta y el resto de sus amigos se habían unido a ese juego con un entusiasmo exagerado. La ayudaban a buscar sitios en los que resguardarse o la avisaban cuando el alquimista se acercaba. Como en aquella ocasión, en la que no habían tenido más remedio que apartarse del sendero para que el otro siguiese su camino.

El problema de aquel jueguecito con Azrael es que el elfo estaba demostrando tener la misma mala baba y el mismo rencor que un niño pequeño. Cuando los cuatro salieron de los matorrales y él no era más que una figura en el fondo, sin previo aviso, retrocedió. Desprevenida, y al ver que el caballa trotaba como un relámpago hacia ellos, Skaiell se tiró a un lado. Al ver que caía de frente, se protegió la cara con los brazos, aunque al final no fue necesario: derrapó con sus rodillas, llevándose la mayor parte del golpe en las piernas. Dolorida, malhumorada y algo humillada, la muchacha se quedó tirada mientras escuchaba una risilla detrás suyo. Y de nuevo, los cascos del caballo alejándose.

La joven contuvo un grito de frustración. Llevaba ya demasiados días lamentando no haberle ahogado en la bañera.

―¿Estás bien? ―le preguntó Nabu, acercándose a ella para tenderle una mano.

―¿Azrael sigue vivo?

―Eh… Sí, acaba de pasar a nuestro lado.

―Entonces no estoy bien ―conteniendo un quejido, Skaiell comenzó a levantarse. El pelo le cayó en la cara, revelando la colección de hojas y ramitas que se le habían enganchado entre los mechones―. No, no estoy nada bien.

Y entonces, al sentarse, se dio cuenta que tenía la piel de las rodillas desgarrada. Cada una tenía un rasguño que recorría parte de la pierna y luego se extendía por toda la superficie de la rodilla. Escocía como mil demonios y, al estirarse, el picor se convirtió en dolor. Un dolor pequeño, soportable, pero para alguien tan poco acostumbrado a las heridas, fue como si se le hubiera partido el hueso en dos. Pero lo peor no era lo mucho que molestaban: ambas heridas estaban embadurnadas de sangre, la misma que prefería tener a buen recaudo circulando por su cuerpo que viendo deslizarse gota a gota.

―Uau ―Flauta se arrodilló―. Tiene muy mala pinta.

―¡Anda ya! ―Nabu sacudió la cabeza, restándole importancia―. Eso no es nada.

―Que sí, que sí, mira parece que se le están saliendo las tripas.

―¡Eso es solo una hoja que se le ha pegado!

Al oírlas hablar de tripas, casos más graves en los que había habido que amputar y piernas partidas por la mitad, Skaiell sintió que le estaban entrando ganas de vomitar. Su lado más quejica y racional, el que desde su llegada a Miscelánea tenía la costumbre de tomar las riendas de sus pensamientos, le susurró al oído todos los problemas relacionados con no desinfectar heridas. Necesitaba gasas estériles, antibióticos, betadine… A la joven se le escapó una carcajada que sorprendió a sus amigos. También necesitaba unas deportivas, internet, un coche y su casa, ya puestos.

―Tengo que regresar a la fortaleza ―balbuceó, al fin, después de serenarse.

El caso es que no estaban en Sapraz. Ni en el castillo ni en la ciudad. Oviseth, tras tolerar sus intentos de hacer las cosas menos mal que de costumbre, los había enviado a una capilla que había en la muralla. Necesitaban a cuatro inútiles para cumplir una misión y ellos encajaban en aquel perfil. Así que ahí estaban, en un camino soleado próximo a la gigantesca muralla, bordeado por hierbas, matorrales y algún que otro árbol.

―No podemos ―Nabu se cruzó de brazos. Era la única que se había tomado en serio lo de hacer las cosas bien. Para los demás había sido una excepción que había expirado hacía dos días―. Nos han encargado un trabajo, un trabajo de verdad y no podemos fallarles.

―Pero mírala ―Flauta esbozó una mueca de pena―. Skaiell está gravemente herida, ¡no puede moverse! Lo mejor es que sigas tú sola y Archímedes y yo la llevemos de vuelta a la fortaleza…

―¡Esta vez es en serio, no podemos escaquearnos!

Las dos chicas habían empezado a debatir cuando un bicho salió entre la hojarasca y, tras revolotear alrededor de Skaiell, flotó entre ellas. Era una luciérnaga, o eso supuso la joven por descarte: a decir verdad, no se parecía a ningún insecto de su mundo, pero desprendía luz y eso la convertía en luciérnaga. Dejando que su luz era de un verde fosforito con chispas rosadas.

Los otros tres contemplaron al insecto con un silencio reverencial y los ojos bien abiertos por la sorpresa. Ninguno hizo amago de tocarla o siquiera moverse. Y cuando la chica humana levantó el brazo para molestar al bicho, Nabu le dio un golpe en el dorso, quitándole la idea.

―¡Au! ―protestó―. ¿Qué os pasa? ¿Es venenoso? ―se arrastró un poco hacia atrás por si las moscas―. ¿Va a explotar? ¿Es maligno? ¿Viene del otro lado del muro?

―No, nada de eso, es… ―a Nabu le tembló la voz―. Es una luciérnaga de Salmuera.

―¿Qué es eso? ―Skaiell se enderezó, nuevamente motivada―. ¿A cuánto lo podemos vender?

―Pues la verdad es que podrías sacar un dinerillo ―rio Flauta, ignorando la sonrisa indignada de la muchacha lagarto―. ¿Qué? Es verdad, es un bicho legendario. No sirve para nada, pero seguro que algún mentecato la compra. Azrael lo haría: dicen que le gusta coleccionar cosas extrañas y ahora que está rehaciendo su laboratorio está en plena compraventa de maravillas.

―¡No, ni hablar! Y menos a Azrael ―Nabu se puso entre las dos y el insecto, con los brazos extendidos en un gesto protector―. Además, quizás alguien nos castiga por haberla despertado: las luciérnagas de Salmuera solo salen en noche templada.

―¿Sabes? Con este clima tan extraño nunca es posible saber cuándo es de noche y cuándo de día.

―Skaiell tiene razón ―intercedió Archímedes, quien había pasado de mirar al bicho a escudriñar el cielo con recelo―. El tiempo está torcido, quizás sea de noche y no nos hayamos dado cuenta.

Y los cuatro volvieron a mirar a la luciérnaga, la cual seguía revoloteando, algo aturdida, pero tranquila a pesar de aquellos gigantes que la rodeaban.

―Una noche templada ―dijo Flauta mientras arrastraba las palabras, casi paladeándolas―. Siempre he querido vivir una.

―Ya, bueno, ¿qué recórcholis significa? ¿Qué hace buen tiempo? ―Skaiell se apoyó en la corteza del árbol mientras hablaba.

―Es la noche en la que la Musa del amor se pasea por Miscelánea ―Nabu bajó la cabeza. Se le habían vuelto a colorear las mejillas de verde― para bendecir a las parejas de enamorados… ―añadió con un susurro apenas audible.

―En otras palabras ―Flauta le dio un codazo―. La noche en la que se hacen muchos niños.

A Skaiell se le escapó una mueca en parte de risa, en parte incrédula. Era demasiado mayor para aquellas tonterías, pero la idea tenía algo de tierna. O quizás solo ver a Nabu tomándosela tan en serio era lo que lograba que no la calificara de inmediato de ñoñería.

―No es así necesariamente ―dijo Archímedes, serio, quizás demasiado―. Las luciérnagas significan presagios y no siempre agradables…

―¡Alto ahí! ―Skaiell sacudió las manos, atrayendo la atención de todos, pero perdiendo también su soporte con el árbol. Aunque estaba tan distraída que no se dio cuenta―. ¿Otro presagio más? ¿Aquí no tenéis muchos? Ya tuvimos suficiente con el fantasma de una dama agorera, no quiero que otro bicho se vuelta a meter en mi vida privada con sus profecías abstractas.

―No es culpa nuestra ―se defendió Nabu―. Quéjate a la Musa del amor.

―Lo haría si creyera en ella.

―Además, el presagio de las luciérnagas es diferente: es un mensaje que varía según el número de ellas que una persona ve. Una es un parto.

―En otras palabras: ¿nos han invitado a los cuatro a un bautizo?

―O que de aquí saldrá un niño ―rio Flauta―. Y Archi y yo no podemos, así que… ―y les guiñó un ojo a las otras dos.

Skaiell ignoró la indirecta y la sobrereacción de Nabu: acababa de escuchar algo mucho más interesante que aquellas paparruchas sobre bautizos y premoniciones.

―¿Cómo que no puedes? ―le preguntó, aprovechándose que había ya entre las dos la suficiente confianza como para ser indiscreta y cotilla.

Flauta negó con la cabeza mientras sacudía una mano.

―Cosas de mi especie, soy una silfo, ¿no lo sabías? ―ante su negativa continuó hablando―. Pues Archi también lo es―el aludido se arrebujó en su capa―. No parimos: anidamos.

―Espera, espera, ¿nido de huevos?

―Ajá, somos las hadas del viento y por nuestras venas corre sangre de pájaros.

Skaiell asintió como si aquello tuviera sentido para ella. Que no era el caso.

―Pues yo, yo… ―Nabu levantó el brazo para llamar su atención―. No os lo había dicho, pero yo tengo sangre de lagarto.

―Sí, Nabu, lo sabíamos.

―Vaya ―decepcionada, le dio una patadita a una piedra, hasta que su mirada se le volvió a iluminar―. Y también tengo sangre de sirena por parte de abuela.

Flauta giró su cabeza hacia Skaiell con tanta fuerza que la joven, después de sobresaltarse, temió que se hubiera hecho daño en el cuello.

―Sirena y lagarto… Creo que Nabu también es de las que ponen huevos ―rio la chica silfo―. Eso te deja solo a ti.

A Skaiell se le escapó una risa exagerada.

―Ya, claro, oye, ¿y los presagios se cumplen si me cargo a la luciérnaga?

Nabu gritó, horrorizada, aunque fue innecesario: hacía rato que el insecto se había ido revoloteando con parsimonia.

―Era broma, era broma ―le dio unas palmaditas en la cabeza―. Es lo mismo que con tu Dama Reseca: no creo en ellas. Nunca le he hecho caso ni al horóscopo, fíjate tú por donde, así que ni un bicho bombilla ni una Musa cursi me van hacer cambiar de opinión. Como mucho los metería en un frasco y los vendería…

―Skaiell, eres mala ―protestó mientras se alejaba un poco de ella, regresando al camino―. Pero tienes razón: si no es de noche sus presagios no se cumplen. Y hace mucho sol, así que no es de noche.

Y siguiendo a rajatabla su lógica indiscutible, el tema quedó zanjado y el grupo retomó su camino. Todos menos la muchacha que seguía sin ganas de dar un solo paso con las piernas doloridas. Pero tampoco quería fastidiar el encargo y acabar de nuevo en la prisión, así que, y tras hacer de tripas corazón, se unió a ellos arrastrando las piernas y quejándose cada dos pasos. El dolor era soportable, pero ella estaba poco acostumbrada a él, por lo que lo sentía mucho más de lo que realmente era.

―Decidme ―logró decir tras una serie interminable de quejas, más quejas, insultos a cierto elfo y su suerte en general―. ¿Las luciérnagas también predicen heridas?

―Creo que no ―Nabu se llevó las manos a la cabeza como siempre que se ponía a pensar―. A ver, una para los partos, dos para las bodas…

―¿Y el orden de normal no es al revés?

―Bueno, primero naces en un parto y luego te casas, ¿no?

―Algunos nacen de parto ―matizó Flauta―. Por cierto, tanto para lo uno como para lo otro, ¿nos invitarás si seguimos de pie y sobre la tierra?

―¿Sabes? ―Skaiell puso los ojos en blanco―. Esa frase tuya abarca dos cosas que me parecen muy inquietantes. No insistas por ahí.

―¿Por qué? ―Archímedes se giró para mirarla con curiosidad―. ¿Por qué te aterran tanto los partos y las bodas?

―No es eso lo que me aterra…

“…Sino quedarme aquí tanto tiempo como para formar una familia”, terminó para sí misma. Aunque, puede que en fondo si le asustasen. Por un lado no era alguien ni con ganas de buscar pareja ni mucho menos de conseguir descendencia, pero la idea de un parto con la higiene medieval, sin médicos ni hospitales, sin antibióticos, pediatras ni ecografías, vamos, sin nada que garantizase un mínimo de seguridad, era una idea cuanto menos escalofriante. Y una boda iba a la par.

―Por lo que veo, creo que la tercera te gustará un poco más ―le aseguró Flauta.

―¿Ah sí? Venga, sorpréndeme.

―Un funeral.

A Skaiell se le escapó un soplido.

―Los pronósticos de las luciérnagas son muchos y variados ―continuó la chica―. Y hay hasta veinte o por lo menos esos son los que se conocen. Aunque muchas veces la gente se los inventa.

―Yo haría lo mismo.

―De todas formas, los primeros son los incuestionables. Es raro ver una luciérnaga,  ¡así que imagínate dos o tres! Sus augurios son de los que nadie se olvida. El resto… ―se encogió de hombros― yo los he olvidado.

―Pues mi abuelo me hablaba de ellos, de los veinte ―a Nabu se le escapó una sonrisa soñadora―. Nunca logré aprendérmelos todos, pero todavía me acuerdo de algunos. A ver ―volvió a llevarse las manos a la cabeza―, la séptima era una traición o eso creo. La octava una calamidad… ¿o era un encuentro con una bruja? ―frustrada, dejó caer los brazos―. Yo también los he olvidado.

―Es normal ―Archímedes le dio un golpecito cariñoso en el brazo―. Solo los elfos se los aprenden: son los únicos a los que les interesan las luciérnagas.

―¿Entonces mi abuelo era un elfo?

―Eso tendrías que saberlo tú.

Nabu se quedó pensativa un rato y luego negó con la cabeza.

―No creo, era verde y con agallas.

Skaiell  rompió a reír. Aunque muy en el fondo una parte suya no podía sino verlos como mucho más pequeños que ella, niños en realidad, gente con la que acostumbraba a no acercarse, se sentía cada vez más cómoda en su presencia. Y aunque seguía considerándose algo superior a ellos, no podía negar el hecho que gracias a su conversación se le había olvidado el dolor de las piernas. La molestia seguía ahí, pero había pasado a un segundo plano.

Es más, ahora que se fijaba, habían recorrido un largo trecho, mucho más del que ella esperaba hacer con aquellas heridas. Ahora estaban casi apegados a la muralla, tanto, que se podía ver con perfecta claridad las muescas que sobresalían de ella o una larga escalera que había para subir. También tenía numerosos desperfectos y todo tipo de grietas y marcas que se iban haciendo más nítidas según se acercaban.

El camino podía seguir hasta la otra punta de Miscelánea, pero ellos se detuvieron en un punto señalado con una cruz roja. Tal y como les había indicado Oviseth a Nabu y Archímedes, tenían que parar ahí y luego torcer a la derecha para llegar a una pequeña capilla que había entre dos encinas. No tenía pérdida, y ahora que estaban delante suyo podían ver que así era, pero la elfa les había obligado a repetir sus indicaciones como media docena de veces hasta que se aseguró que no se volverían a perder.

Y pese a lo que todos esperaban de ellos, ahí estaban, a escasos metros de un edificio pequeño con decoraciones en la piedra. Por lo que les habían contado, era el hogar de un espíritu benefactor que protegía las escaleras. También había más guardias patrullando en lo alto de la muralla, pero por si acaso, habían puesto también a esa pseudodivinidad para proteger aquella entrada.

En la capilla se encontrarían ron Riot. Ninguno de los cuatro sabía quién era, pero tenía que ser alguien importante, pues su nombre sonaba de tanto en tanto entre las comidillas o se escuchaba de fondo, susurrado con respeto y una pizca de miedo.

Nabu, deseosa como siempre por demostrar el valor de una guerrera, se adelantó para llamar a la puerta y entrar. Lo hizo murmurando una bendición dirigida al espíritu. Sin embargo, la puerta no se abrió.

―Yo de ti no lo haría ―dijo una voz desde su interior, sobresaltando a los cuatro. Era una voz neutra que tendía a alargar sus vocales, aunque quizás fuera cosa de las paredes de piedra que había entremedias―. Vienes de fuera, ¿verdad? Del otro lado del muro y sus Tierras Oscuras. Al benefactor no le hará gracia que alguien como tú entre.

―Oh, vaya ―la muchacha dejó caer los hombros, alicaída.

Aquello enfureció a Skaiell. No se le había pasado por alto que la chica tendía a ponerse triste cuando alguien se refería a sus orígenes de manera despectiva o cruel.

―Ya, bueno, Riot, ¿verdad? ―la joven, olvidándose del dolor de sus rodillas, se adelantó para ponerle una mano en el hombro a Nabu y luego dirigirse hacia el edificio―. Si no puede entrar quizás podrías salir tú, ¿no te parece?

Se hizo el silencio.

―Skaiell, ¿verdad? ―dijo la voz. Parecía molesta, muy molesta―. Ya me avisó Azrael de que eres algo irritante e impertinente.

La joven le dedicó un nuevo insulto mental al elfo. Alarmada, empezó a descubrir que se le estaba agotando el repertorio.

―Soy algo más educada que tú ―se defendió―. Lo que le has dicho a Nabu ha sido bastante grosero.

―¿Educada? ―la puerta se abrió de golpe, causando una pequeña ráfaga que golpeó a las dos chicas. Ahora había un agujero sobre la piedra, un agujero que conducía a una cripta oscura, sin atisbo alguno de luz, solo tinieblas. Y brillando sobre ellas, dos ojos enfadados y rojos como ascuas, que miraban a la chica con una intensidad sobrenatural, mucho más inhumana que los de Azrael y sus pupilas rasgadas―. Vienes ensangrentada a pedirle a un vampiro que salga a la luz del sol y aun así tienes la osadía de referirte a ti misma como educada.

Un destello blanco centelleó sobre la oscuridad acompañado de un chasquido de dientes.

―Espera, ¿vampiro? ―Skaiell dio un paso atrás―. ¿De los que muerden y se alimentan de sangre? ¿Pero no se supone que los monstruos están al otro lado del muro?

―Eso ha sido bastante grosero ―señaló―. Tú tampoco puedes entrar. Los dos silfos de atrás ―Flauta y Archímedes dieron un brinco, una emocionada, el otro aterrado―, sí, vosotros, venid.

Los dos se acercaron, pero no pasaron del umbral. Incluso ellos sabían que entrar en un espacio oscuro y reducido con un vampiro no era la mejor de las ideas. Riot debió entenderlo porque no insistió para que entraran.

―Habéis venido a cumplir una tarea, ¿verdad? ―los cuatro asintieron―. Bien, tenemos a una repelente, una chica lagarto…

―¡Soy Nabu!

―Demasiado largo, te llamaré Desayuno ―chasqueó la lengua mientras seguía contando― . Y dos silfos ¿Os importa que para distinguiros os llame Comida y Almuerzo?

―Sí.

―No.

Archímedes hizo un mohín mientras miraba a Flauta de manera dolida. Ésta se encogió de hombros mientras le susurraba algo que sonó como: “Era una pregunta engañosa”.

―Estupendo ―dijo el vampiro, aunque parecía que lo decía para sí mismo―, vuestra misión consiste en encender un farol.

Skaiell soltó un bufido.

―Estupendo―sonrió mientras pensaba ya en la vuelta a la fortaleza.

―El farol están en una colina.

―Una colina es una montaña pequeña, me vale.

―Hay que pasar por un bosque.

―Si no hay más luciérnagas, todo perfecto.

―Y todo esto al otro lado del muro.

A Skaiell se le congeló la sonrisa. Algo parecido pasó con Archímedes, solo que este en ningún momento había llegado a sonreír del todo. La única que pareció emocionarse fue Nabu:

―¡Ya lo sé, ya lo sé! ―gritó―. Es el bosquecillo de las Ranas, ¿verdad? ¿Y la colina Musgosa? ¡Eso está al lado de casa!

Aquellos dos ojos rojos se entrecerraron. A lo lejos se escuchó una risa hueca.

―Desayuno lo sabe: es solo un paseo. Comida, extiende la mano, por favor.

Los dos silfos se miraron mientras se preguntaban a quién de los dos se refería.

―Soy demasiado flacucha para ser una comida decente ―suspiró Flauta, dándole un codazo al chico para empujarle hacia delante.

Este, impulsado por el golpe, tropezó con el borde de su capa y cayó de bruces al suelo. Medio cuerpo quedó afuera, el otro medio, adentro de la cripta. Asustado, Archímedes intentó levantarse, pero solo logró enredarse aún más en su capa. Se escuchó un bufido y una mano se acercó a él. Ninguna de las tres jóvenes hizo nada por ayudarle: estaban muy pendientes de lo que iba a hacer el vampiro. Nadie creía que le atacaría, no si pertenecía a una orden encargada de erradicar la oscuridad y a los monstruos, pero estaban expectantes para verle un poco mejor.

Sin embargo, lo único que asomó fue aquella mano, pequeña, casi tanto como la del muchacho, y de un pálido mortecino, vacío, sin color, incluso las mangas grises que le envolvían parecían mucho más vivaces que su piel. Tenía las uñas pintadas de negro lo que acrecentaba todavía más aquella palidez.

Archímedes tragó saliva y se dejó ayudar. Luego corrió a esconderse detrás de Skaiell.

Quien hacía rato que estaba detrás de la minúscula y huesuda figura de Nabu.

Riot suspiró:

―Almuerzo, ten.

Flauta estiró la mano, pero sin llegar a acercarla a las sombras de la cripta.

―Un poco más.

Sus dedos rozaron la oscuridad.

―Por favor ―el vampiro contuvo un suspiro exasperado―. La oscuridad no os hace nada, pero a mí el sol me queda y mucho.

Y ya, sí que sí, Flauta terminó de meter la mano. Cuando la sacó, sujetaba en ella una vela rojiza y un sobre lacrado.

―La vela es para encender el farol ―explicó―. Y en el sobre está el mapa.

La chica le pasó el papel a Skaiell, quien rasgó el sello y luego sacó el mapa. Este era una hoja doblada sobre sí misma que, al desplegarse, reveló su contenido:

―Por curiosidad ―la joven levantó la cabeza―. ¿Azrael tiene algo que ver con esto?

Riot rio entre dientes.

―Podéis ir los cuatro o solo uno ―continuó, ignorando la pregunta de la chica―, pero lo importante es que se haga. Si lo hacéis bien, recibiréis una pequeña recompensa.

―Lo de la recompensa me gusta, lo de pequeña no.

La risilla del vampiro se convirtió en carcajada. Y con una sacudida, la puerta se cerró. Su portazo reverberó durante un momento y luego volvió a hacerse silencio.

Skaiell suspiró mientras se guardaba el mapa en el bolsillo. Era inútil, eso estaba claro, pero al menos Nabu había dicho que sabía a dónde tenían que ir, aunque conociéndola, ¿seguir sus indicaciones no era casi igual de arriesgado que caminar a ciegas? Quizás era demasiado pronto como para descartar el mapa.

―¿Sabéis? ―les susurró Nabu a los otros dos―. A veces Skaiell pone una cara que parece que esté pensando mal de mí.

―Si te consuela, creo que dedica más tiempo a pensar mal de Azrael que de ti ―dijo Flauta.

―No me consuela ―suspiró, con la cabeza gacha, pero enseguida volvió a enderezarse―. ¡Vamos! ¡Tenemos una misión que cumplir!

Al oírla, ahora fue Skaiell la que rezongó por lo bajo. Aquella breve pausa había servido para volver a acordarse de sus doloridas rodillas y sus pocas ganas, en general, de hacer las cosas. En la antítesis de la motivación, sacudió la cabeza para contemplar el muro. Era imposible no verlo: llevaba con ellos desde que habían salido de la ciudad y sus murallas, ridículas en comparación de aquella mole gigantesca que parecía aspirar a rozar los cielos. La joven se preguntó qué habría al otro lado, si sería tan espantoso como le había hecho creer el elfo o tenía el mismo punto de ternura que Nabu. Quizás merecía la pena asomarse un poco y ver cómo eran de verdad esas Tierras Oscuras.

“Venga, solo será un rato más”, se prometió, “No tenemos porqué ir los cuatro, así que no pasará nada si yo no les acompaño todo el camino. Ya son lo suficiente mayorcitos como para hacerlo solos”.

Sin embargo, todas sus buenas intenciones se esfumaron en cuanto Nabu les enseñó el camino que ella había tomado para cruzar. Era el único que había y estaba bien marcado por la presencia de dos soldados con armadura y lanza que les saludaron con desinterés y luego volvieron a lo suyo. Skaiell había esperado una puerta, no una tan grande como el muro, pero lo suficiente como para que pudiera pasar un regimiento y varios caballos. Pero no: la única manera que había para atravesarlo era subiendo unas largas, empinadas y vertiginosas escaleras que recorrían la superficie de la muralla. Los tres miraron aquel ascenso, cada uno con una reacción diferente, pero todas empañadas por el asombro.

Flauta pareció la única que se lo tomó de manera positiva.

―¡Vamos a subir hasta el cielo! ―aplaudió entre gorjeos agudos y cantarines.

Y sin pensárselo dos veces, corrió hacia los escalones. Uno de los guardias, al ver su entusiasmo, se giró para advertirla que ojo con las caídas, y, sin dejar de reírse entre dientes, siguió hablando con su compañero.

Skaiell y Archímedes siguieron petrificados, mirando aquel ascenso monstruoso que no parecía tener fin.

―La subida cuesta un poco ―confesó Nabu al ver su reacción―. Pero la bajada es muy rápida. ¡Y las vistas son preciosas! ―y entonces, al ver las rodillas de Skaiell, pareció darse cuenta de su reticencia―. Lo siento, me había olvidado.

―Tranquila, no es culpa tuya.

Aunque en una situación normal, tampoco habría estado muy interesada en pegarse semejante palizón subiendo unas escaleras. Ella era más de visitar las montañas desde las cómodas páginas de un libro o un documental.

―Ya… ¿Te quedarás, verdad? ―la muchacha esbozó un mohín decepcionado―. Quería enseñaros mi casa. Es más bonita de lo que dicen, ¿sabes? Se habla mucho de las Tierras Oscuras, pero a mí me gustan. Pero si estás herida ―aunque por su tono parecía seguir sin tomarse en serio aquellos rasguños― es normal que quieras regresar.

Skaiell, a pesar de todo, dudó. Las opciones que tenía eran limitadas y ninguna terminaba de satisfacerla. Podía regresar a la fortaleza, pero la caminata que le esperaba con las rodillas heridas era considerable. Si aquel tramito que había hecho había sido un suplicio, no quería ni imaginarse como sería dar media vuelta y repetirlo cojeando. La otra opción era quedarse descansando ahí a la espera que sus amigos regresasen, pero eso significaba hacerlo al lado del mismo claustro donde se escondía un vampiro hambriento al que no parecía haberle caído en gracia. Y aunque hacía sol, nada le aseguraba que en el momento menos oportuno anocheciese. La tercera posibilidad, subir, era la primera que había descartado, pero después de sospesar los contras de las otras dos, empezó a valorar sus pros. Podía intentarlo, es más, podía probar a subir a lo alto a su ritmo, mirar cómo eran las Tierras Oscuras y luego bajar. Los otros ya se encargarían de cumplir la misión: ella tenía una excusa y mucha experiencia mangoneándoles.

Tras valorar las tres opciones, por fin se decidió:

―Voy a intentarlo ―nada más decir aquello, Nabu pegó un brinco de alegría y corrió a abrazarla. Apretujada por su abrazo, la joven se apresuró a matizar―. A ver, no sé si podré: me duele horrores y quiero limpiar las heridas y desinfectarlas cuanto antes, pero ya que he llegado aquí quiero ver el otro lado. Vosotras id a vuestro aire: no voy a retrasaros ni acompañaros, ¿entendido?

―¡Sí! ¡Claro! ¡Porsupuestísimo! ―con aquel último grito a la muchacha se le escapó un siseo―. ¡Será estupendo, ya lo verásss!

A Skaiell se le escapó una sonrisa divertida. Ahora que se fijaba, cuanto más se emocionaban aquellos chicos, más sobresalían sus rasgos animales.

―Yo no iré.

Las dos se giraron. Archímedes, quien se había mantenido, como de costumbre, en un modesto segundo plano, había empezado a retroceder. Estaba pálido, mucho más que de normal, y su voz se había agudizado hasta convertirse en un silbido.

―No, no puedo ―farfulló mientras se cubría aún más con la capa, arrebujándose en ella como si quisiera desaparecer o protegerse―. No puedo ―repitió, con una súplica lastimera.

Nabu fue a decir algo, pero Skaiell la interrumpió. Notaba que estaba asustado y podía imaginarse el porqué. Si no estuviera tan molesta por las piernas, quizás ella también habría dicho lo mismo. O puede que gracias a su escepticismo y curiosidad, quienes la animaban a ignorar su sentido común y echarle un vistazo a ese lugar que llamaban cuna de monstruos,  hubiera respondido lo mismo. Si la idea de visitar las Tierras Oscuras aterraba a Archímedes, ella no era nadie para decirle que superara sus temores. Era un miedo sensato y ella valoraba lo sensato. Y en Miscelánea no es que la sensatez fuera muy frecuente. Lo que le recordó que subir tropecientos escalones sin arnés, en unas condiciones de seguridad precarias y en su estado, era una locura.

Y ya era demasiado tarde para arrepentirse.

―Nabu y Flauta se encargarán de todo ―le dijo al chico―. Yo veré si puedo subir, pero tanto si llego a la cima como si no, regresaré y volveremos a la fortaleza, ¿vale?

El muchacho asintió, agradecido, y el plan quedó sellado. Ya está, lo había dicho dos veces y ya no podía retractarse: tendría que subir. Lo cual resultó ser la peor de sus ideas: si caminar arrastrándose era horrible, doblar la rodilla era peor que un suplicio, una tortura que le tocaría repetir cien veces, o quizás mil. Solo había alcanzado a subir un escalón y ya estaba arrepintiéndose. Miró hacia arriba, envidiando la constitución física de Nabu y su tranquilidad para subir sin miedo a caer o cansarse. Luego miro atrás, hacia Archímedes, quien la observaba con admiración. Con demasiada admiración, tanta, que una parte suya empezó a envalentarse.

La chica entrecerró los ojos y contempló el ascenso que le esperaba. Solo con ver las estrellas escaleras, sus cientos de escalones y su resbaladizo pasamanos, sentía que se le cortaba el aliento. Pero, ¿ese no era el camino que hacían todos los días soldados con armaduras pesadas y encima cargando una o dos armas nada ligeras?

Flexionó la rodilla, hizo una mueca de dolor y empezó a subir.

Llevaba solo unos pocos metros pero fue incapaz de girar hacia la derecha y ver cómo el suelo se empequeñecía. Las vistas podían ser fabulosas, pero solo le recordarían la impresionante caída que había hasta el suelo. En su lugar se centró en mirar dónde pisaba, en asentar bien el pie y no tropezar.

Cuando quiso darse cuenta, había alcanzado la mitad. “Solo un poco más”, pensó, jadeante, mientras se iba acercando a las nubes, “Solo un poco más para descubrir las Tierras Oscuras.”

Volvió a preguntarse qué habría al otro lado, porqué era necesaria una muralla tan descomunal si luego no pasaba nada si cuatro chiquillos cruzaban sin supervisión. Tomó aliento y siguió subiendo. Según lo hacía, el aire empezó a cambiar: se hizo más frío, más cortante, pero también más suave.

Y cuando llegó al otro lado, lo olió: una fragancia a flores mustias, a recuerdo de lluvia y árboles quemados. Una promesa de un lugar diferente, único, salvaje y peligroso.

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