5/52-Oeste zombi

Quinto capireto para Siempre al oeste, cueste lo que cueste. En el anterior ya repetía Capucha mostaza, pero a partir de este los diferentes relatos van a empezar a unirse. Quizás desemboquen en una historia larga o quizás solo en una gran aventura, ¡pronto lo descubiremos!

En el Oeste se encontraban las ciudades de los muertos.

Así rezaba el folleto turístico que Alattia tenía en la mano, un panfleto con muchos destinos, nombres sugerentes y más fotos de hoteles que información. La joven lo había preferido así: después de lo mucho que había tenido que organizar y comprimir su año, echaba de menos una pizca de improvisación, de regresar a sus planes alocados y hacer cosas según se le iban ocurriendo. Cuando aceptó irse de crucero con sus compañeros de trabajo, aquella fue su condición: un viaje sin más ruta preestablecida que la del barco y margen para caprichos, impulsos y decisiones espontáneas.

Por ahora las cosas habían ido bastante bien. Eso si no tenía en cuenta la vez que perdieron a Pepe en una pastelería o cuando casi les robaron los zapatos en su visita a un templo. Grandes sustos que habían quedado en eso: un sobresalto y un buen recuerdo.

El Oeste también estaba resultando ser toda una sorpresa. El crucero les había dejado en la costa donde, armados con un panfleto, muchas botellas de agua y un descapotable, habían partido en busca de más aventuras. Su ruta les había llevado tierra adentro, hacia el desierto rojizo y sus serpientes de cascabel. El calor era horroroso, mucho más que cuando su visita al corazón de una fundidora y, sin embargo, tenía algo de agradable al sentirlo con el viento en la cara. Todo en aquel lugar era diferente, ni siquiera el sol era el mismo que el de su casa: ahí parecía más grande, más rojo, una gigantesca lágrima de sangre que colgaba del cielo, oscilando, sin llegar a caer del todo.

La sorpresa, sin embargo, se la llevaron cuando llegaron a la primera ciudad del Oeste. Era tal y como el folleto había dicho: una ciudad de muertos. Solo que los muertos todavía estaban en las calles, andando, con sus brazos extendidos y las mandíbulas desencajadas profiriendo un sinfín de lamentos. Había varias cercas, vallas de alambre y muros entre el desierto y la ciudad, pero aun así los pudieron ver a la perfección desde un promontorio. Eran motas diminutas sobre el horizonte y el esqueleto de la metrópolis en la que rondaban, pero con un buen par de prismáticos, fueron capaces de verlos como si los tuvieran casi delante. Lo cual, dado su estado de putrefacción, no era nada agradable. Y por si quedaba alguna duda sobre si era o no posible que los muertos siguieran en pie y en posesión de toda una ciudad, estaba el olor empalagoso, nauseabundo, que sobrevolaba aquella zona y que parecía tener como origen los edificios destruidos de aquella ciudad sin nombre.

Sentada encima del morro del coche, Alattia oteaba el paisaje con sus prismáticos. Detrás suyo sus compañeros se entretenían sacando fotos y comentando todo lo que veían, desde una flor mustia hasta las huellas de algún coyote. La joven, cansada de la tierra, había pasado a mirar el cielo con la vana esperanza de encontrar algún buitre.

Estaba escudriñando las nubes cuando le pareció ver un ovni.

Sorprendida, pero recelosa, parpadeó y volvió a levantar la vista. Al hacerlo, dio de nuevo con un objeto volador no identificado. Estaba tan alto, mucho más que lo que resistía una cometa o un globo, pero no lo suficiente como para diferenciar su forma redonda, perfectamente redonda, impropia de un pájaro o un avión. Quizás un globo, pero era demasiado plana.

“Primero zombis y ahora aliens”, pensó, emocionada.

El ovni, tras planear un poco, empezó a descender rumbo a la ciudad de los muertos. Alattia dudó. Su tiempo se terminaba: pronto tendrían que hacer el camino de vuelta para subirse al crucero y retomar su viaje. Sin embargo, su curiosidad le pedía que se acercara un poco más para ver si, efectivamente, era o no una nave alienígena.

―Vamos, ¿por qué no? ―exclamó, para sorpresa de sus compañeros, mientras se metía en el coche.

A fin de cuentas, este era un viaje de impulsos y ahora mismo ella sentía uno recorriéndole la columna vertebral en forma de escalofrío.

sin avisar ni decirle nada al resto, ni siquiera una explicación, la joven pisó fondo y, envuelta por una nube de humo, descendió por la carretera, rumbo a la ciudad. Con un ligero sobresalto, las ruedas pasaron por encima de un cartel caído, desteñido y sucio, en el que todavía se podía leer: “No pasar. Cuidado con los muertos, ¡muerden!”.

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2 comentarios en “5/52-Oeste zombi

  1. Buenísimo. Desenfadado e intenso. Me parece que voy a estar mas pendiente de tus publicaciones XD. Y espero que esta serie de historias acaben juntas en un bonito libro recopilatorio.

    • ¡Gracias! Los zombis muerden, pero los cuentos no, así que aquí los tendrás 😉

      Te dejo como testigo que si logro terminar los 52 los uno en un librito.

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