Esquirla 6+2: Grandes amigos, peor enemigo

Lo más sensato habría sido disculparse.

Skaiell lo pensó más tarde cuando ya se le había pasado el enfado. Porque ella también tenía motivos para enfadarse, o al menos así lo veía desde su punto de vista: ella no había quemado el laboratorio a propósito y, sin embargo, la estaban tratando como si fuera una pirómana. Había sido un error comprensible, humano, que le hubiera podido ocurrir a cualquiera con un cinturón como el suyo. No obstante, y valga la casualidad, los demás no eran ni comprensibles ni humanos ni llevaban cinturones salientes. La actitud que había sufrido por parte de los elfos antes del accidente tampoco había ayudado a calmar su genio. Y saber que parte de la culpa también la tenía el mentecato que había encendido un fuego en una habitación que era prácticamente entera de madera solo había contribuido a que se defendiera en vez de disculparse y ayudar a controlar el fuego.

Eso sí, más tarde reflexionó sobre lo sucedido. Puede que fuera demasiado tarde o puede que ese retraso fuera mejor que un nunca, pero en la tranquilidad de una celda oscura y fría, la joven encontró el tiempo y la calma necesaria para reconocer que quizás algo de culpa sí tenía.

La celda había sido idea de Azrael, por supuesto.

En realidad primero había intentado tirarla a la habitación en llamas. Y casi lo había conseguido de no ser porque todos los que habían venido a ayudar a apagar el incendio le habían detenido. Fue Mäer en concreto quien se puso entre los dos y, con esa voz suya calmada y tranquila, dijo:

―Azrael, cálmate. Tenemos que sofocar el fuego, no alimentarlo con más combustible.

A decir verdad, Skaiell hubiera preferido que Mäer y el resto de paladines se hubieran mantenido alejados. Habían venido en calidad de expertos en incendios para controlar el del laboratorio, pero una palabra del alquimista podía animarles a empezar uno nuevo: en concreto, uno con la humana ilegal que había enfadado al único que conocía su secreto.

Fue en ese momento cuando la joven se dio cuenta de hasta donde había metido la pata. Asustada, miró a Azrael con miedo, pero el elfo parecía haberse serenado. Sentía que seguía enfadado, pero al menos se le había pasado el arrebato de lanzar a la gente al fuego.

Cuando mandó que la encerraran en los calabozos, Skaiell pensó que podía haber sido mucho peor. Ir a una celda era un pensamiento horrible, pero resultó ser más terrible en su imaginación: la enviaron a la primera planta de la torre prisión, un lugar algo habitable con una pizca de luz, celdas con paja no muy sucia y un jergón mugriento en el que acostarse y reflexionar.

La chica no se acostó: ni siquiera se atrevió a tocarlo con la punta de su bota, pero sí reflexionó. Tampoco mucho: malgastó parte de aquel tiempo dedicado a meditar sus errores para autocompadecerse y ya, cuando se quedó sin nada más que pensar, asumió que lo más sensato hubiera disculparse.

Pero era tarde. Y por culpa de su ego desmedido esa noche la iba a pasar con el estómago vacío y sin pegar ojo.

En un momento indeterminado de la noche, la puerta que llevaba al pasillo de las celdas se abrió. Skaiell se revolvió un poco. Tenía el cuerpo entumecido después de varias horas recostada sobre los barrotes de una de las paredes. Las otras tres eran de piedra, pero estaban demasiado sucias y con tantos y sospechosos agujeros que ni se había atrevido a acercarse a ellas.

Se escuchó un ruido tenue de pisadas, discreto, como si quien caminaba no quisiera llamar la atención. La chica agudizó el oído: tenía la esperanza que fuese alguien que había venido a sacarla de ahí. Ropa blanca comenzó a perfilarse sobre las sombras del pasillo, adoptando una forma menuda, encogida sobre sí misma y tendencia a circunvalarse.

Archímedes.

La joven ladeó la cabeza, confusa, al verle.

―¡Ho…hola! ―tartamudeó el chico con un silbido agudo. Parecía decepcionado. Asustado y decepcionado―. ¿To…todo bien?

―Al no ser que las tuercas hayan dado la vuelta, estoy en una celda roñosa ―señaló―. Bien, bien no está el asunto.

―No, no, me refería a eso…

La joven cerró los ojos y suspiró. Quizás su extrañeza había sido más obvia de lo que había creído. O puede que Archímedes fuera más sagaz de lo que pensaba. Sí, estaba decepcionada, pero porque pensaba que la iban a sacar, no porque hubiera venido él a verla. Claro que eso no podía decírselo sin que lo malinterpretase.

―No te he reconocido ―se encogió de hombros, disipando la inseguridad de su amigo con una respuesta inocente―. Es raro verte sin capa.

Al escucharla, el chico hizo amago de abrazarse a sí mismo. Se notaba que la echaba de menos.

―La he… he dejado en las almenas ―musitó a trompicones, bien por frío, bien por otro tartamudeo―. Sujeta a un palo. Si nadie se fija mucho parece que esté haciendo guardia.

―Eso es brillante ―Skaiell asintió con la cabeza, admirada, logrando que Archímedes esbozase una sonrisilla satisfecha―. Eres tan ingenioso como Flauta cuando se trata de escabullirse del trabajo.

El muchacho sacudió la mano para restarle importancia al asunto, pero se notaba que estaba orgulloso. No parecía que a lo largo de su vida hubiera recibido muchos cumplidos. Tampoco es que tuviera pinta de haber hecho muchas cosas bien a lo largo de su vida.

―Flauta y Nabu han ido a hablar con Oviseth para sacarte de aquí ―le explicó mientras se sentaba en el suelo, justo enfrente de la puerta de la celda―. Hemos investigado las leyes de la fortaleza y para sacar a un miembro de la guardia que esté confinado basta con el apoyo de un miembro del consejo.

―Vaya, qué reglas más raras… ¿y cómo lo habéis descubierto? ¿Resulta que también sabes leer?

Apesadumbrado, Archímedes sacudió la cabeza.

―Lo escuchamos mientras espiábamos una conversación entre Azrael y Mäer.

Mientras hablaba sacó una hogaza de pan y fruta de uno de sus bolsillos y se lo tendió a Skaiell.

―Gracias ―la chica aceptó la comida. Su estómago gruñó, bastante más que hambriento tras haberse saltado la cena, pero contuvo las ganas de abalanzarse y devorar el pan, en su lugar lo masticó poco a poco. Tenía hambre, pero también dignidad y educación.

―De nada. Tú nos diste pan el primer día ―sonrió―. Me da pánico hablar con Oviseth, pero puedo quedarme aquí y hacerte compañía.

Skaiell se lo agradeció. No obstante…

―Y de paso te escaqueas del trabajo ―aventuró mientras le lanzaba una mirada acusadora.

―También.

Sin embargo, una cosa no quitaba la otra. Y aunque había algo de beneficio en aquel acto no tan desinteresado, la chica agradeció su presencia, las novedades y la comida que había traído. Y tenía algo de sorprendente estar ahí hablando con él cara a cara. Hasta donde recordaba, era la conversación más larga que le había visto mantener con alguien.

Una conversación que no se repitió: los dos se quedaron sin temas de los que hablar y acabaron pasando el resto de la noche en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos, y recibiendo la visita del sueño sin llegar a dormirse del todo. Podían notar como su mente se iba aletargando y la pesadez se extendía desde sus párpados al resto del cuerpo, pero en aquella situación tan incómoda era imposible llegar a dormirse del todo,

En un momento dado, cuando la luz que se asomaba tras los ventanucos empezó a hacerse más clara y nítida, la puerta del pasillo volvió a abrirse. Archímedes y Skaiels, los dos con marcadas ojeras sombreando sus ojos, se sobresaltaron al escuchar el chasquido del pestillo. Un hombre prominente, el mismo que había cerrado la puerta de la celda, entró seguido de Nabu y Flauta que parecían contenerse para no gritar.

Ansiosa, la chica se incorporó al comprender lo que estaba sucediendo. Y en el momento en el que el carcelero abrió la puerta, salió al otro lado, agarró a sus amigos y los arrastró lejos de aquel pasillo angustioso al que no pensaba regresar nunca más.

―Vámonos ―ordenó en un intento de poner voz firme que, sin embargo, salió en forma de quejido. Por la mala noche que había pasado y porque sus dos amigas se le habían colgado al cuello mientras canturreaban un himno de victoria.

No tuvieron que andar mucho para salir de la torre. En cuestión de un par de tramos estuvieron afuera, bajo el cielo violáceo y su fría brisa. A Skaiell nunca antes le habían parecido tan bonitos los patios de Sapraz.

Su entusiasmo desapareció en cuestión de segundos. Los necesarios para levantar la cabeza y ver a Azrael discutiendo con Oviseth en la otra punta.

―¡No puedes hacer eso! ―estaba gritando el elfo en el momento en el que los cuatro se acercaron a ellos―. ¡Es mi castigo!

―Pero están a mí cargo y una noche me parece suficiente castigo.

―Esa inútil no sabe hacer nada y lo sabes de sobra. Mejor que esté tras las rejas en vez de destruyendo más reliquias.

Oviseth se encogió de hombros. Se la veía inusitadamente satisfecha.

―Tengo una promesa firmada con sangre de Flauta y Nabu ―dijo mientras sonreía―. Dicen que a partir de ahora todos harán las cosas bien y de manera eficiente.

―¿Y tú te lo has creído? ¡No saben!

―Bueno, en ese caso meteré a los cuatro en la misma celda.

―Sé que todavía esperas que esa cuadrilla de mequetrefes haga algo bien ―el alquimista se cruzó de brazos―. Evítate la desilusión y enciérralos a todos ya.

―Prefiero que por una vez me hagan las cosas bien. Si me disculpas ―sacudió la cabeza en una ligera reverencia y dio media vuelta―. Tengo cosas que hacer.

Azrael contuvo un grito de exasperación y, tras lanzarle una mirada de odio al grupo (Y en especial a cierta chica de cabello claro, sangre humana y ropa azul) dio media vuelta y empezó a alejarse con zancadas furiosas.

Skaiell observó cómo se iba. Por un lado se le había escapado una sonrisilla victoriosa, pero por otro sentía un peso pesado en el estómago que tenía más de emocional que de la digestión del pan. No hacía falta tener poderes premonitorios para adivinar que las cosas no irían bien con el elfo de ahí en adelante.

Es más, podía predecir que todo iba a ir mal, muy mal.

―No me puedo creer que hayáis firmado ese trato ―farfulló, obligando a sus pensamientos a centrarse en otros asuntos.

―Bueno, es solo por una semana ―sonrió Nabu.

―Creo que soy capaz de trabajar una semana ―Flauta estiró el brazo, observando con sumo detenimiento sus uñas―. Por cierto, esto va para los cuatro. Aquí si pringa uno, pringamos todos.

Skaiell escuchó como Archímedes profería esa especie entre piar y quejido que de tanto hacía. A ella no le importó. En realidad quería hacer algo bien. Aunque solo fuera una cosa y en el lapsus esa semana, pero lo suficiente como para demostrarle a Azrael lo equivocado que estaba y que ella era mucho más eficiente de lo que pensaba. Quizás así entendía que lo del laboratorio había sido un accidente.

―¿Sabéis? ―comenzó Flauta. Había empezado a jugar con uno de sus mechones de pelo y otro de los de Skaiell, entrelazándolos―. He oído que han arreglado los baños de la ciudad.

―Por favor ―la joven la tomó de las manos―. Dime que eso significa agua caliente y jabón.

―Significa mucha, mucha, mucha agua caliente y enjabonada.

Le apretó las manos con fuerza.

―¡Podemos ir los cuatro esta noche, cuando terminemos el turno! ―exclamó Nabu―. Así celebramos un día haciendo bien las cosas.

Pero aunque lo intentaron no hicieron nada bien. De todas formas fueron.

Los dos ratones seguían discutiendo en medio del pasillo cuando una presencia gigantesca, veloz, pasó a su lado. Corría, haciendo retumbar el eco con sus pisadas, un titán para aquellas dos criaturas, pero estas estaban tan enfrascadas con sus teorías que, ignorando a su instinto animal que les imploraba que se largasen de ahí y se escondieran en un agujero, se mantuvieron en su sitio mientras agitaban sus patitas.

Aquella presencia de aspecto humano pasó convertida en un borrón oscuro que, como una ráfaga, cruzó el pasillo para dirigirse al vestíbulo del castillo. Ratamoteada, demasiado tarde, levantó el morro. Lo único que vio fue desaparecer por una esquina a la punta de un sombrero y la estrella de cristal que colgaba de él.

―¿IIIiicicicici? ―preguntó.

―Iiccc Icccc.

Que venía siendo un: “¿Qué ha sido eso?” y un “Es la bruja de los retales”.

 

La fachada de los baños le recordaron a Skaiell a una mezcla entre termas romanas y un baño turco. Y, a grandes rasgos, eso es lo que debían de ser: unos gigantescos baños públicos no muy diferentes a la piscina a la que solía ir de tanto en tanto. Tenía su entrada con su portero (Que solo les dejó pasar cuando le aseguraron que pertenecían a la fortaleza. Por lo que parecía, ese turno estaba reservado en exclusiva a los miembros del castillo), un habitáculo para dejar la ropa y cubrirse con una rudimentaria toalla y luego ya, un camino inmerso en vapor blanco que conducía a los diferentes baños: la sauna, el de agua fría, el de agua caliente…

Fue en los vestuarios cuando Archímedes se dio a la fuga.

―¡Esto no puede ser! ―exclamó Flauta cuando se dieron cuenta que ya no estaba―. Ha entrado con nosotros, ¿verdad?

Nabu elevó los hombros y las manos mientras abría mucho los ojos e hinchaba los carrillos. Parecía concentrada en pensar cuándo había sido la última vez que le habían visto. Tras un instante de silencio, se relajó y negó.

―Creo que no.

―Inconcebible. Este rato es para los cuatro. Como no venga se quedará como Archi el resto de su vida ―chasqueó la lengua―. Bueno, venga o no se quedará como Archi. Es más bonito, sencillo y fácil de pronunciar que ese galimatías de Archímedes.

―Bueno, en realidad tampoco tiene mucho sentido que…

Flauta agarró a Nabu de un brazo y estiró de ella.

―¡Vamos a buscarle!

Skaiell torció el gesto. Había empezado ya a desvestirse.

―¿Pasa algo si os espero aquí? ―les preguntó―. Se dice que cuatro ojos ven más que dos.

Nabu miró a Flauta y luego a su mano.

―¡Somos cuatro ojos! ―exclamó finalmente―. Entonces no hacen falta más. Puedes quedarte, ahora venimos.

Flauta se sacudió el pelo con una pizca de desdén, tan poco interesada como siempre en todo lo que atañía a los números, y siguió arrastrando a la chica afuera. Sentada en el banco, Skaiell se despidió de ellas con una pizca de remordimiento por haberlas engañado de esa manera tan patética.

Tras desvestirse, calzarse unas sandalias de juncos y cubrirse sus partes íntimas con una de las toallas, se dirigió hacia el pasillo. A lo largo de las paredes había mensajes grabados, pero dado que ella no podía leerlas, las ignoró. Lo más probable es que fueran indicaciones del estilo “Deja tu espada en el vestuario, ¡no queremos armas en los baños!” o “Por favor, no corras descalzo sobre el suelo húmedo”. De todas formas, le pareció bastante estúpido que hubieran colocado aquellos mensajes en un pasillo en el que casi no se veía nada por culpa del vapor.

“Si es tan importante”, pensó mientras entraba por un arco decorado con azulejos azules y rombos verdes, “¿Por qué no lo ponen adentro o en un lugar más visible?”

*

Cuando Mäer le propuso a Azrael ir a los baños lo hizo para comprobar si era cierto que no callaba ni debajo del agua. Fue lo primero que a su cerebro se le ocurrió después de tenerle todo un día malhumorado y quejándose cada dos por tres sobre cierta mentecata vestida de azul y la pérdida de su más preciada posesión. Después de su pataleta del día anterior, todos habían dado por hecho que se le habría pasado parte del cabreo, pero la insurrección de Oviseth solo había servido para reavivarlo. Al final, lo único que se le ocurrió para calmarlo un poco fue contarle que habían vuelto a abrir los baños. Su plan B era sedarle, pero por suerte el alquimista accedió a lo primero.

Mäer era un elfo comprensivo. Siempre y cuando no se tratase de espíritus, criaturas malignas o brujas era el ser más comprensivo de la fortaleza. Por ello, y aunque también le molestaba el incendio por todo el trabajo extra que le había acarreado (Era él quien tenía que limpiar la sala de todas las toxinas liberadas de los frascos), sabía que era un accidente y no podía echárselo en cara a esa pobre chica que iba perdida por la vida.

La idea de ir a los baños también fue para quitarse el estrés de ese dichoso día.

Azrael estuvo hablando todo el camino hasta el edificio de las termas. Había llegado un momento, a eso del mediodía, en el que Mäer había dejado de escucharle, convirtiendo el sinfín de quejas y protestas de su compañero en un runrún que estaba ahí, de fondo, pero sin estorbarle mucho. Quizás había dejado ya de hablar sobre Skaiell y estaba quejándose sobre las pérdidas de su querido laboratorio (Un tema que iba a durar demasiado tiempo) o quizás estaba protestando por protestar.

El paladín había empezado a sospechar que el joven en cuanto a hablar era inagotable hasta que se hizo el milagro y calló para quitarse la ropa.

El runrún desapareció y el silencio, roto por el ruido lejano del agua, se impuso de nuevo. Nunca antes le había parecido tan hermoso, mucho más que el sonidillo del crepitar de las llamas o el crujir de un leño ardiendo.

Incapaz de ocultar una sonrisilla satisfecha, Mäer comenzó también a desnudarse. Estaba tan enfrascado apilando su ropa en un montón pulcro y ordenado que no se percató que Azrael estaba mirándole con bastante descaro y ni una pizca de disimulo. Molesto, y con el rubor empezando a teñirle las mejillas, se cubrió la cintura con la toalla mientras le lanzaba una mirada de advertencia.

El elfo no le hizo ni caso.

―Tienes muchas cicatrices ―observó mientras recorría con su mirada las marcas que le atravesaban la espalda, los hombros, el antebrazo o el torso.

―Todos tenemos ―se encogió de hombros, indiferente. No necesitaba observar con tanta dedicación como para ver que Azrael también tenía alguna que otra cicatriz. Más de las que se esperaba en un joven larguirucho y poco dado a asomarse por el campo de batalla.

―Pero tienes muchas ―insistió―. Dan ganas de contarlas una a una.

―No ―cansado de la indirecta que había en su tono, en su mirada y, sobre todo, en sus palabras, le dio la espalda mientras salía―, lo que dan ganas es de tirarte a la bañera más fría de todas y dejarte ahí cien años.

A Azrael se le escapó una risa. Divertido, fue tras él. Sin toalla.

Los dos caminaron por el pasillo del vapor. De sus paredes nacían arcos que comunicaban con las diferentes estancias y sus baños. Había una señal sobre la pintura blanca que indicaba qué era cada uno: “Calor, hombres”, “Calor, mujeres”, “Frío, hombres”…

Mäer se dirigió sin dudarlo al de “Calor, hombres”. El agua no era una de las cosas que más le atraían, pero hirviendo podía convertirse en algo incluso agradable. Así que, sin dudar ni mirar otras opciones, pasó bajo un arco de azulejos azules y rombos verdes.

*

Skaiell sintió que había encontrado el octavo paraíso. Cuando llegó no había nadie, así que había podido relajarse con tranquilidad en una de las grandes bañeras (Aunque por su tamaño parecían más bien piscinas) que había. Eran poco profundas, lo suficiente como para sentarse en su suelo de mosaico sin que el agua sobrepasase del cuello. Estaba tan cansada, que una vez se metió dentro, no quiso salir ni para buscar una pastilla de jabón. Dejó que el agua, la que estaba quizás demasiado caliente, acariciase su cuerpo cansado, agarrotado y con algún que otro moratón, aliviando, por un momento, todo el estrés acumulado.

Y así, durante ese momento que estuvo con los ojos cerrados y en un estado cercano al sueño, sintió que había regresado a casa.

Hasta que las voces la sacaron de su ensoñación.

Atontada por el calor, la joven parpadeó. Sentía que el ruido venía de muy lejos y, sin embargo, podía notar que estaba más cerca de lo que parecía. Giró la cabeza justo para ver cómo Mäer y Azrael entraban mientras hablaban entre ellos.

“¡Joder!”, pensó, azorada, salpicando sin querer los azulejos. Su chapoteo logró lo que ella intentaba evitar: que se fijaran en su presencia. Sin embargo, Mäer la ignoró y Azrael, tras lanzarle su ya común mirada de desprecio, giró la cabeza sin decirle nada.

Y los dos se fueron al otro extremo de la piscina.

Skaiell respiró profundamente.

“Cálmate, no pasa nada”, pensó, “No estás haciendo nada malo. Es solo un encuentro casual. Ni te pueden quemar ni te pueden meter otra vez en la celda.”

*

Mäer se metió en la piscina y suspiró de alivio. Aunque no llegaba a ser su ambiente favorito, era bastante relajante. Lo suficiente como para olvidar el día y su cansancio natural. Escuchó un chapoteo cercano y toda su tranquilidad se disipó en el momento en el que Azrael se sentó a su lado.

―¿Qué hace aquí? ―protestó―. ¿Es que no saber leer? ―parpadeó, al caer él mismo en la respuesta al asunto―. Pues no, claro que no ―se giró hacia el paladín―. Échala. Y dile ocho veces lo inútil que es.

Mäer contuvo un quejido. El solo quería un momento de paz y calma.

―No me apetece. Además, mírala ―los dos se giraron hacia la chica quien, tras superar el impacto inicial, había vuelto a acomodarse en su esquina sin darle más importancia al asunto―, a ella no le importa. Quizás de donde viene no hay distinción de género, así que en su caso no hay porqué decirle que se vaya. Hay suficiente piscina para los tres.

Remarcó la última frase con la vana esperanza que el otro entendiera que había mucho espacio y que a él le dejasen tranquilo.

―Pero yo no quiero verla ―se quejó.

―Pues díselo tú.

―Tampoco quiero hablar con ella.

Cansado, Mäer se desplazó hacia un lado.

―Sabes, creo que ella tolera mejor que tú el impacto cultural ―le picó, consiguiendo justo el efecto deseado: que Azrael se callase.

Aunque solo por un rato.

*

                Aunque relajada, Skaiell seguía dándole vueltas al asunto. Porque aunque ella no quería darle importancia, no podía ignorar que aquella situación le incomodaba. Quisiera o no: no estaba acostumbrada a compartir baño con alguien del sexo opuesto.

“Podría irme”, pensó, “Y así estaría todo menos tenso. Pero si ellos están comportándose con normalidad, ¿es que aquí no hay división en los baños?”. Suspiró para sí misma, “Venga, por una vez vas a dejar de quejarte y aceptar sus costumbres. Es solo impacto cultural: al rato te acostumbrarás.”

*

                Tras un rato de silencio, Azrael retomó su cháchara quejumbrosa. Harto de aguantarle, Mäer le interrumpió:

―¿De verdad que no puedes ni estar cerca de ella?

El elfo asintió.

―Perfecto ―el paladín se levantó.

Y tras calzarse de nuevo las sandalias y recoger la toalla, se dirigió hacia el lado de Skaiell.

―¿Te importa? ―le preguntó mientras se sentaba.

La chica no vio necesario responder dado que se había sentado sin esperar a que ella dijera algo. Y aunque lo había hecho a la suficiente distancia como para no molestarla ni entrar en su espacio personal, la situación de por sí era bastante incómoda.

Aunque solo fuera porque tenía al otro elfo mirándola con odio desde su esquina.

En el momento en el que Mäer cerró los ojos, Azrael le hizo un gesto. Entre la distancia y el vapor, Skaiell no estuvo muy segura de lo que significaba. Quizás le estaba diciendo que se largara, quizás era un insulto élfico o quizás era otra cosa.

El alquimista se llevó las manos a la cabeza y luego repitió el mismo gesto. La joven siguió sin entenderlo. Exasperado, y tras exclamar un “Inútil” nada discreto, se acercó un poco hacia ellos. Y repitió el mismo gesto. La chica entrecerró los ojos.

Le estaba diciendo que se acercara.

Recelosa, salió de la piscina para acercarse a donde Azrael. En un principio pensó en cubrirse con la toalla, pero dado que el otro estaba igual de desnudo (Es más, no parecía que ni se hubiera traído una), optó por dejarla en su sitio. A ver si así le demostraba que no le costaba tanto adaptarse a las costumbres de Miscelánea.

El elfo puso los ojos en blanco pero ella no entendió por qué.

Al llegar a su altura, se agachó un poco sin llegar a meterse en la piscina.

―¿Qué? ―le preguntó.

―Acabo de caer en una cosa ―el joven esbozó una sonrisa que contrastaba con ese brillo de desprecio que todavía seguía en su mirada. Aquella combinación logró que Skaiell se estremeciera.

―¿Qué cosa mariposa?

Por un momento Azrael la miró con confusión, luego sacudió la cabeza y siguió hablando.

―En realidad es una pregunta algo absurda, pero como tú misma eres algo absurda quizás en ti no sea absurda ―mientras hablaba sacó una mano del agua para señalar al paladín―. ¿Te importa o no que Mäer descubra que eres humana?

―Pues claro que me importa ―siseó, eso sí, bajando el tono de voz.

―¿De verdad? Con lo aficionada que eres a los incendios lo que parece es que estés pidiendo a gritos que te quemen.

―Eso fue un accidente.

―Pues por accidente quizás se me escape tu naturaleza. Es un amigo y a los amigos no se les esconde nada, ¿verdad?

La joven, y a pesar que tenía la piel enrojecida por el calor, empalideció.

Su reacción hizo que el elfo se partiese de risa. Se llevó una mano a la boca, conteniendo, sin éxito alguno, ese torrente de carcajadas que estaban empezando a sacudirle. Skaiell le lanzó una mirada furiosa, replanteándose la posibilidad de ahogarle en ese preciso instante. Si no lo hizo fue porque no se vio capaz de hacerlo y porque era un suicido hacerlo delante de un paladín.

Azrael, todavía con lágrimas en los ojos, se serenó. Seguía con la risa asomándole por la comisura de los labios, pero poco a poco estaba consiguiendo calmarse.

―No voy a hacerlo ―dijo―. No tengo ningún motivo para fastidiarte… ¿o quizás sí?

La chica no supo que decir. Ni siquiera se le ocurrió disculparse: por primera vez su sentido común le estaba diciendo que mantuviera su bocaza cerrada.

Azrael jugueteó con el agua, trazando ondas y espirales con su dedo derecho. Había dejado de mirarla.

―Quizás si estoy de buen humor no digo nada ―añadió con malicia―. Quizás si dejas de molestarme no digo nada. ¿Sabes lo que podrías hacer ahora mismo? ―levantó la cabeza para mirarla a los ojos―. Podrías irte y dejarme en paz. Hoy no tengo ganas de verte.

Y le dio la espalda.

A pesar que toda la tensión que se había ido acumulando en su pecho por fin se había liberado, a pesar que se había fijado en la incongruencia entre la amenaza, su enfado y la tontería que le había pedido, a pesar de todo ello, lo único en lo que se fijó Skaiell es que tenía otro tatuaje en su espalda: dos triángulos azules a la altura de los omóplatos. Justo igual que las marcas de su cara.

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