4/52-Misión (Im)posible

Cuarto capireto para Siempre al oeste, cueste lo que cueste, esta vez sobre un oportuno deus ex machina ¡Espero que os guste!

Estaban a punto de alcanzar la frontera cuando las alarmas empezaron a sonar, delatando con su pitido cacofónico y estridente la presencia de los dos intrusos. Su plan, el único que tenían, de salir aprovechando la tranquilidad de la noche, se fue al traste casi como las pilas de la linterna que llevaba consigo Capucha Mostaza. La superheroína masculló una maldición por lo bajo. Odiaba aquel tipo de misiones, pero odiaba aún más tener que superarlas en medio de la noche. Su compañero, Hägermarzen el invocador de pájaros, se llevó los prismáticos a la cara. Era una noche sin luna ni estrellas, pero tampoco nubes, así que con una pizca de suerte (Lo que estaba visto que no tenían) y mucha imaginación se podía distinguir alguna que otra mancha sobre el cielo. Si él vio algo, no lo dijo, simplemente se quedó mirando arriba como si así pudiera ignorar la necesidad de trazar un plan B. Un urgente y necesario plan B.

Capucha Mostaza le dio un codazo a su compañero.

―¡No tenemos tiempo para buscar pájaros! ―siseó mientras sacudía la linterna―. ¡Tenemos que irnos ya!

Sin embargo, y a pesar de todos los golpecitos que le estaba dando al cacharro para preservar su luz, esta terminó por apagarse con un chasquido lánguido, ya sin fuerzas. La joven contuvo un grito, medio de pánico, medio de frustración, mientras la oscuridad volvía a cernirse sobre ellos. Estaban perdidos en las calles de un pueblo desconocido, enemigo, sin más compañía que una alarma molesta y la presencia cada vez más cercana del ejército que les perseguía.

Y, para el colmo, su fobia a la oscuridad estaba volviendo a hacer acto de presencia.

Y entonces, se dio un golpe de suerte, al mismo tiempo buena, al mismo tiempo mala.

Buena porque alguien alumbró la callejuela en la que se encontraban los dos intrusos, calmando la ansiedad de Capucha Mostaza.

Mala porque se trataba del haz de las linternas y faroles de sus enemigos.

La superheroína apretó los puños, dispuesta a batallar por su pellejo y el de su amigo a pesar de saber que sus enclenques puñetazos no podían igualar a las armas de fuego del Ejército Salado. Aun así, se preparó sin amedrentarse ante la visión de tantos fusiles alineados, de los gigantescos perros que bordeaban la salida, con sus bocas chorreantes de babas y un brillo asesino en sus ojos. Si todavía no se habían abalanzado sobre ellos era por las cadenas que los contenían. También distinguió a varios arqueros y francotiradores apostados en lo alto de las casas y, al otro lado, un tanque que terminaba de flanquear el otro extremo de la calle, bloqueando cualquier vía de escape. Se le ocurrió que podían romper las ventanas y entrar en las casas, pero le llegó el olor del gas y otros productos químicos.

No había escapatoria.

Capucha Mostaza barajó todas sus posibilidades, pero solo encontró el mismo final: morir en pie.

La joven se replegó sobre sí misma, con los puños en alto, una mirada desafiante y su característica chaqueta de color mostaza brillando bajo la luz de aquel foco. Quizás, con suerte, lograba que apartaran la vista ante tan aberrante color.

A su lado, el encantador de pájaros no se movió. Seguía mirando al cielo.

La tierra tembló. Todos, los fugitivos y los cazadores, corrieron a aferrarse a lo primero que tuvieron cerca: un amigo, una farola torcida, el tanque… Los perros se liberaron de sus correas y echaron a correr, huyendo de aquel estremecimiento que había empezado a resquebrajar la tierra. Se formó una circunferencia ahí donde estaban los protagonistas mientras el resto se iba desmoronando, arrastrando consigo las casas, las armas, varios soldados y ese molesto tanque.

Al final, solo quedaron ellos dos en un islote redondo en medio del caos. Con un último temblor, aquella especie de isla en la que estaban empezó a flotar, ascendiendo cada vez más y más alto, hasta sobrepasar la altura equivalente a una pequeña torre.

Con un suspiro cansado, Capucha Mostaza se dejó caer.

―Podrías haberme avisado ―protestó.

―Lo siento, pensé que ya lo sabías.

―¿El qué? ¿Esto?

―Sí, es un favor que le pedí a mi novia.

―¿Tienes novia?

―Ajá.

―¿Y cómo ha conseguido ser tan precisa? ―se asomó un poco por el borde para ver el estropicio que habían dejado atrás: los barrios colindantes a la explosión habían quedado reducidos a escombros. Y en medio de los cascotes y vigas destrozadas, había un círculo perfecto, como trazado con compás, de tierra removida.

―Por favor ― Hägermarzen puso los ojos en blanco―, qué quejica eres. A ver, ¿estás contenta o no de habernos salvado?

Capucha Mostaza no respondió. En realidad estaba enfadada porque se habían vuelto a quedar sin luz. Por suerte, el amanecer estaba cada vez más cerca: era ya una fina línea naranja sobre ese horizonte repleto de promesas que se extendía ante ellos.

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