Esquirla 5+3: De cómo dos sinvergüenzas se dedican a hacer spoilers mientras discuten sobre su OTP

                A Ratablanca le gustaba considerarse el señor del castillo. Y aunque no vivía solo en la fortaleza, sí era el único ser vivo que parecía darle importancia a ese hecho. Los demás se limitaban a subsistir, resguardándose tras sus muros de las bestias de afuera y la inclemencia del mal tiempo. Él era diferente: un soñador, un nostálgico, un romántico obsesionado con las aventuras, los cantares y las historias lejanas. Le gustaba investigar el castillo y a sus antiguos dueños, corretear en las almenas y pensar en todas las historias que conocía. La verdad es que tampoco eran muchas: solo había tenido acceso a los libros que había en la biblioteca, y que eran una ruina equiparable a su hogar. No había volumen que no estuviera algo mordisqueado, algo podrido, algo desgastado, algo roto o algo desmenuzado. A él no le importaba: solo con pasear entre sus gigantescos estantes y observar las ilustraciones que habían sobrevivido al deterioro, era suficiente para él. Para su familia, aquella era una extravagancia más de las suyas, como diseñar una puerta para su hogar u ordenar los fragmentos de cristal roto que había en el salón. Sin embargo, aquella en particular le había conllevado el apodo de “rata de biblioteca”.

                Un sobrenombre que era, al mismo tiempo, tan idóneo como errado. Y es que Ratablanca era un completo analfabeto. Le gustaban los libros, pero a decir verdad, todavía no había podido leer ni uno solo. Aun así se las daba de lector, pero porque desconocía lo que significaba y no había conocido a nadie capaz de leer. Así pues, y dado que era el único que le prestaba atención a la biblioteca y sus libros, se había quedado con aquel apodo.

                A fin de cuentas, Ratablanca era un ratón que vivía en la biblioteca del castillo.

                Sin embargo, y a pesar de su condición de roedor iletrado, conocía bastantes historias. Se las había oído a los bípedos que de tanto en tanto poblaban las ruinas, al haya del bosque o a su familia, cuando se reunían todos para rememorar las anécdotas familiares. No eran grandes cuentos, es más, a la mayoría de ellos había tenido que ampliarlos por su cuenta y sin más ayuda que las ilustraciones de los libros, pero habían sido suficientes para llenar su cabecita con brujas y maldiciones, espejos encantados y gatos gigantes.

Todo, sin embargo, había cambiado con la llegada de las esquirlas.

Los trozos de cristal estaban por todas partes, incluso contaba con uno para proteger su agujero, algunos eran más grandes que él, mientras que otros tenían el tamaño exacto para sujetarlos con sus patitas. Eran diferentes, irregulares, cada uno con su propia forma, pero todos ellos, sin excepción, tenían una característica común: mostraban en su interior algo muy diferente a lo que se reflejaba en su superficie. A veces una imagen, a veces una escena. Y en todas y cada una de ellas salía siempre la misma chica.

Para Ratablanca, aquel descubrimiento había sido un antes y un después más marcado que la llegada de las lluvias. Aquellas esquirlas estaban ahí para contarle unas historias mucho más complejas, emocionantes e interesantes que las que había conocido hasta ahora. Era su nueva obsesión, un vicio que le tenía subyugado, obligándole a buscar más fragmentos y a descubrir el momento exacto en el que las escenas comenzaban. Parte de su flechazo por aquellas historietas había sido por lo mucho que se identificaba con la protagonista. Primero, porque ambos tenían el pelo blanco. Bueno, el de la chica humana era algo más oscuro, pero el roedor estaba tan sucio que casi tenían el mismo tono. Además, ninguno de los dos sabía leer. Y no había nadie que les comprendiera.

Bueno, él tenía una amiga que también compartía su curiosidad por las esquirlas, pero su interés era muy diferente: quería saber si al final habría o no un drama amoroso.

Todavía recordaba cómo se le habían tensado los bigotes y la cola al ver el último fragmento, en el que la protagonista y su amiga se iban al mercado y se encontraban con un augurio sobre amores. Ratamoteada, que así se llamaba su amiga, no había tardado en dar brincos y más brincos sobre lo que aquello supondría.

Ratablanca tenía otras cosas en mente. Entre ellas, y aparte de soñar, estaba la de ordenar todas las esquirlas para conocer su historia en orden y entender lo que sucedía de una a otra. La idea no había sido suya: fue Ratamoteada la que un día comentó que quizás todos aquellos fragmentos fuera en realidad partes de una única historia más larga. Era una teoría que se le ocurrió después de analizar una y otra vez las interacciones de sus parejas favoritas. Aunque había hechos que parecían no tener cohesión alguna (¿Qué pintaban los principales protagonistas en un teatro a punto de consumirse por las llamas? ¿Por qué se irían a un castillo de hieloo en los confines del mundo?), si las analizaban, podían ver que había escenas que se podían relacionar las unas con las otras.

El ratón también tenía otro objetivo, y ese estaba grabado en un grupito de esquirlas que había apartado en una esquina. Eran todas muy pequeñas, del tamaño casi de una pulga, pero él también era muy pequeño, así que ver en ellas nunca supuso ningún problema.

Y una de sus escenas, estaba a punto de comenzar…

 

―¿Nabu?

La chica se giró al notar cómo Skaiell se sentaba a su lado. Estaban en el patio, disfrutando del engrudo que tenían por desayuno, cuando de repente, a la joven le había dado por dejar su escudilla en el suelo y aproximarse a ella. Desde su esquina, Flauta y Archímedes levantaron la cabeza con curiosidad.

―El primer día dijiste que sabías escribir, ¿es eso cierto? ―le preguntó Skaiell.

Nabu se rascó la cabeza.

―Bueno, sé escribir mi nombre y dos palabras más, pero ya está ―farfulló, algo incómoda―. No sé gran cosa…

―No pasa nada, es suficiente ―la joven rebuscó de entre los bolsillos de su pantalón (Un pantalón nuevecito que había conseguido a base de gorronear la calderilla del dinero que les daba Oviseth para comprar) hasta sacar un pedazo de pergamino―. ¿Podrías escribir lo que sepas?

―Vaya, ¿de dónde lo has sacado?

―Del suelo, por aquí tenemos a muchos cochinos y a muchos despistados ―sacudió la mano, restándole importancia al asunto―. Necesito que escribas todo lo que sepas.

Nabu ladeó la cabeza, confusa y recelosa. Desde que había empezado a conocer mejor a su compañera ya no se fiaba tanto de ella.

―¿Para qué?

―Quiero aprender a escribir.

―Como tienes pinta de saber escribir siempre se me olvida que no sabes ―rio―. Claro, ningún problema, pero no sé qué significa cada dibujo. Yo me aprendí las palabras y punto.

Pero aunque fueran con vocablos diferentes, Skaiell sí sabía las reglas de la escritura. Solo tenía que averiguar cómo se escribía cada letra para poder leer y escribir.

Entusiasmada, Nabu empezó a garabatear sobre el pergamino…

y al otro lado del espejo, Ratablanca empezó a hacer lo mismo. Si Skaiell quería y podía aprender, ¿por qué no él? Quizás así podría dejar de ser una rata de biblioteca literal para serlo metafóricamente. La de historias que tenía que haber encerradas en aquellos libros. Con suerte, alguna habría sobrevivido.

Y mientras el animal intentaba imitar los garabatos de las chicas sobre el polvo que cubría el suelo, la escena seguía tras el cristal…

 

…al final los cuatro acabaron enfrascados en dibujar siglas sobre el suelo. Aunque Skaiell era la única realmente interesada en aprender, los otros tres se habían motivado con esa facilidad con la que siempre dejaban a mitad sus tareas para seguirle la corriente. Eran buenos chicos, reconoció la joven, pero con un serio problema de atención.

Estaban tan entretenidos con su juego que no se percataron que había sonado la corneta del reparto de tareas hasta que escucharon un carraspeo detrás suyo: Oviseth había llegado. Como todas las mañanas, parecía entusiasmada, como si todavía creyera que ese sería el día en el que harían algo de provecho.

―Tengo buenas noticias ―anunció―. Os vamos a asignar como aprendices a una de las principales ramas de la fortaleza. Seguiréis formando un grupo hasta que se os acepte formalmente y yo os seguiré supervisando, pero a partir de ahora vuestras tareas serán más especializadas.

Los cuatro asintieron, dedicándole una atención que nunca antes le habían prestado. Skaiell notó como el corazón empezaba a latirle con fuerza. Aunque estaba harta de aquella birria de misiones que les encargaban todos los días, había aprendido a desarrollar todo tipo de habilidades para escaquearse de ellas. No, ella no quería especializarse: lo único que quería era regresar a casa y no volver a fregar un suelo en su vida.

El resto de sus amigos, a excepción de Nabu, tampoco parecían muy entusiasmados. También se habían acostumbrado a la poca supervisión y las tareas sencillas. Archímedes había empezado a temblar y se había vuelto a cubrir casi por completo con su capa, Flauta estaba mirando la cornamenta de Oviseth con expresión soñadora y la última chica estaba casi a un ataque de nervios.

―Nabu ―dijo la elfa―, te quedarás aquí en el patio con nosotros, los guerreros…

La muchacha se llevó las manos a la boca mientras contenía un gritito de felicidad. A su lado, sus amigos le dieron un golpe cariñoso en el brazo, celebrándolo.

―Flauta y Archímedes ―continuó―. Subiréis a las almenas para ayudar a los arqueros, vigías y exploradoras.

Mientras que el chico pareció empalidecer, la joven asintió con cierta satisfacción. Aun así parecía igual de emocionada que si la hubieran enviado a fregar platos.

―Y por último, Skaiell ―la susodicha se tensó a escuchar su nombre―, irás al laboratorio a ayudar a los alquimistas y sanadores.

La chica se mantuvo impertérrita. ¿Había escuchado bien? ¿De verdad se había librado de fregar y el esfuerzo físico? Recordó que todo lo que sabía de la fortaleza y su sistema se lo había enseñado una persona de tendencia a distraerse y que solo prestaba atención a lo que le interesaba. Recordó también que le había hablado sobre las otras alternativas a la servidumbre y los guerreros, pero no había sido gran cosa.

Y aunque una parte suya temía que se tratase de un error, aceptó su destino con una satisfacción casi equiparable a la de Nabu. Podía haber sido peor, es más, si lo pensaba con detenimiento, era el mejor lugar al que podía estar. Era débil y venía de una época poco acostumbrada a lavar la colada a mano. Sin embargo, sobre medicina y ciencia, contaba con años de ventaja. O siglos.

―¡Es estupendo! ―la felicitó Nabu mientras le daba una palmada en la espalda―. ¡Eras demasiado lista para quedarte aquí!

―O a lo mejor quieren que deje de ser una mala influencia para nosotros ―aventuró Flauta―. Te echaré de menos para escaquearme del trabajo.

…Ratablanca había dejado de mirar la escena. Se sabía el resto de memoria: a partir de ahí y tras bromear, despedirse y reír hasta que Oviseth les mandaba a trabajar, el grupo se dividía, y mientras unos se quedaban en el patio, la joven y la imagen se alejaban para entrar en el interior de la fortaleza.

A él solo le interesaban aquellos garabatos que había visto en el cristal y que estaba intentando imitar.

Mientras seguía con su proceso de autoaprendizaje, una mancha moteada saltó sobre él, empujándole un par de centímetros por el suelo. El roedor intentó incorporarse, molesto, pero volvió a ser sacudido por un ratón algo más grande que él y que parecía incapaz de quedarse quieto.

―¡¡ICCCCCCC!! ―chilló mientras le estiraba de la cola―. ¡¡Iicc iccc iccc!! ¡¡¡Iiiiiccccc!!

Lo que, en lenguaje de ratones, quería decir: “¡Ya sé a qué amor se refería el fantasma de la esquirla que vimos! ¡Son Skaiell y Azrael! ¡Estoy segura!”.

Tras varios intentos, Ratablanca logró desembarazarse de su amiga. Molesto, vio como aquel placaje había emborronado las letras del suelo, llevándose consigo todo su esfuerzo por aprender el alfabeto.

―Iiiccc ―gruñó―. Iiiiiccc. Iiiic iccc.

Y por si no hubiera quedado claro, negó con la cabeza, remarcando lo que opinaba de aquella teoría.

Ratamoteada, pues no podía ser otra dada la cantidad de manchas y pasiones concentradas en aquel cuerpecillo, insistió con varios “Iiiic” más. Poco interesado en discutir con ella, el ratón agarró la esquirla que momentos antes estaba viendo para mostrársela.

Porque mientras ellos dos chillaban, la historia había seguido avanzando…

 

…el laboratorio tenía de laboratorio lo que su agujero polvoriento tenía de cuarto. Era más bien una despensa gigantesca en la que no habían perdonado un solo rincón para atiborrarlo de frascos, cajas, libros con hojas prensadas y más frascos, botellas y matraces. Había dos amplios ventanales con vistas al huerto de afuera, un pequeño patio que parecía que solo se podía acceder desde ahí y que Skaiell nunca había visto antes, además de un pequeña biblioteca y lo que parecía una cocina empotrada en un rincón donde había un caldero hirviendo.

Aun así, y a pesar de lo rústico que era, tuvo que reconocer que parecía un lugar agradable. Era tal la cantidad de madera (Todos sus muebles estaban hechos de ella, no había nada de metal salvo el caldero y un par de piezas de la cocina, todas ellas en contacto con las llamas) y hojas que había, que se sentía como si estuviera en el interior de un árbol. Como reafirmando aquella impresión, sus paredes se abombaban por el techo y las esquinas, facilitando en parte la posibilidad de incrustar más estantes y ganchos.

Cuando llegó había bastante gente: elfos con túnicas blancas, aprendices con delantales que parecían examinar raíces en una esquina… y Azrael.

Había pasado bastante desde la última vez que se habían visto. Una semana, tal vez dos, había perdido la cuenta tras tantas días idénticos, casi indiferenciables los unos de los otros, que más que pasar, parecían acumularse sin llegar a avanzar. Aquella mañana, con el cambio de asignaciones, había significado por fin una alteración dentro del bucle de los últimos días.

Nerviosa, se quedó a un lado mientras los demás hablaban. Se sentía todavía más fuera de lugar. El patio no había sido lo suyo, pero a pesar de lo que había creído en un primer momento, aquel tampoco parecía del todo su lugar. Y eso sin contar con las miradas de desconfianza que habían empezado a dedicarle los aprendices de la esquina nada más entrar. Quizás fuera porque era nueva, desconocida, una extraña dentro de su microuniverso; o quizás fuese porque todos allí tenían las orejas puntiagudas, algunos más, algunos menos.

De alguna manera, todos los allí presentes intuían que su sangre no era como la suya.

Durante una espera que se hizo demasiado larga, Azrael fue despachando a todo el mundo. A pesar que de edad no podía ser mucho mayor que ella, parecía que aquel joven caprichoso y voluble era el que mandaba dentro de aquella sala. Alguien le había llamado alquimista, pero Skaiell no recordaba ni quién ni cuándo.

Cuando el último abandonó el cuarto, un adolescente con una cornamenta incipiente que salió por los ventanales para dirigirse al huerto, Azrael pareció fijarse en ella.

―Ovi dijo que vendrías ―asintió para sí mismo, como si no hubiera estado seguro de lo que había sucedido hasta entonces―. Tienes una escoba detrás de ti. Puedes limpiar.

Y toda la satisfacción de apenas unos minutos se derrumbó.

―Espera, ¿qué? ―la chica sacudió la cabeza―. Ah no, ni hablar, estoy harta de fregar y quitar el polvo. ¿No se supone que nos vamos a encargar de tareas más especializadas?

Al elfo se le escapó una sonrisilla.

―Por supuesto: en vez de limpiar de manera general o estáis especializando en un lugar.

―¡Yo no he firmado para esto!

―En realidad sí.

Skaiell contuvo un grito de frustración. Pasase lo que pasase, aunque le tendiera una mano o se estuviera quejando, aquel chico siempre lograba irritarla. Tomó aire, obligándose a controlar su cansancio y rabia.

―Dejemos las cosas claras ―comenzó a decir con voz baja. No podía olvidar a los que estaban al otro lado de los ventanales y sus atentas y puntiagudas orejas. Aunque no había orejas más grandes que las de Azrael―. Tú sabes de dónde vengo y, por tanto, todo lo que sé. ¿Sois alquimistas? Pues yo soy química, bueno, estudiante de química… ¡A lo que iba! Donde vengo la alquimia hace tiempo que se quedó atrás, obsoleta, inútil. Ahora somos químicos, bioquímicos, biólogos, biotecnólogos y mucho más. Soy más útil trabajando en un laboratorio que limpiando.

―Ya… ―el elfo le dio la espalda para vigilar al caldero―. Esta es una de las ramas más complejas e importantes de la fortaleza, ¿lo sabías? Formamos parte de todas las misiones y expediciones, somos los que evitamos que las secuelas de una batalla sean peores que la batalla en sí y los que mantenemos la calidad de vida de la ciudad. Así que, ¿por qué no? ―se encogió de hombros―, tenemos muchos trabajos, seguro que encajarás en alguno. Por ejemplo, podrías ir al huerto a recoger una Dracanis ampullosa.

Skaiell se mordió el labio.

―No sé qué es eso ―reconoció―. El nombre científico no me suena de nada, pero quizás el común…

―Un alquimista que se precie debe conocer todos los nombres científicos ―levantó la cabeza para mirarla por encima del hombro―. Puede que a ti te lo parezca, pero en Miscelánea la alquimia no está obsoleta ―a Skaiell le pareció notar cierto retintín en su tono de voz, como si su comentario anterior le hubiera ofendido―. Así que ahora mismo no eres ni química ni nada, solo una ignorante que tiene que aprender ―suspiró―. La Draconis ampullosa es el nombre científico de la hierba agusanada, ¿puedes traérmela ahora?

―No… no sé qué hierba es esa.

―No pasa nada, tenemos más trabajos: podrías ayudarme con esta receta. Justo ahora me vendría bien que alguien me leyese las instrucciones mientras vigilo la cocción.

A Skaiell desvió la mirada.

―No sé leer…

―Tranquila, tranquilo, estás aquí para aprender ―sin embargo, y a pesar que había vuelto a su tono de voz calmado, había un brillo travieso en su mirada―. En la enfermería necesitan ayuda: hay un brote de fiebre verde y nos le vendría nada mal una mano más para tratar a los enfermos.

―Bueno, creo que eso sí podría hacerlo…

―Pero ten cuidado: es una enfermedad muy contagiosa. Hay que conocer muy bien los síntomas para tratar con ella.

―¡Ya está bien! ―estalló―. Vale, sí, hay muchas cosas que no sé, pero si me indicáis cómo hacerlas puedo aprender…

―¿Sabes leer?

―No.

―¿Conoces la flora de Miscelánea?

―No.

―¿Sabes barrer?

Le respondió con un gruñido.

―Entonces, ¿cuál es el problema? ―Azrael se encogió de hombros mientras esbozaba una gran sonrisa―. Solo estoy teniendo en cuenta tus habilidades.

―¡Mis habilidades van más allá de esto!

―No lo parece.

Sin dejar de refunfuñar, la joven se giró para agarrar la escoba de un manotazo. Fue tan brusca que los estantes que había al lado temblaron.

―Ten cuidado ―le advirtió el chico―. Como rompas algún frasco, incluso aunque esté vacío, o destroces algo, convertiré tu vida en un infierno, ¿está claro?

―Pues bien vamos, limpiar tampoco se me da bien.

El elfo puso los ojos en blanco mientras murmuraba algo por lo bajo, algo que sonaba muy similar a “inútil”.

―Me tengo que ausentar ―empezó a encaminarse hacia la puerta―. Si ves que tus habilidades no son suficientes para limpiar, no hagas nada… ―se detuvo justo cuando sus dedos rozaban ya el pomo de la puerta―. Bueno, quizás sí: ¿podrías vigilar que la pócima no empiece a hervir? Eso sí puedes hacerlo, ¿verdad?

―Sí ―reconoció la muchacha con un gruñido.

―Estupendo ―sonrió antes de salir y cerrar la puerta.

Skaiell suspiró. Quizás lo que le irritaba de Azrael es que con él nunca conseguía salirse con la suya. Aunque, de todas formas, al menos tenía carta blanca para estar sin hacer nada. Quizás con los días conseguía convencerle para que le dejase encargarse de las compras. Hasta el momento era lo que mejor se le daba y, también, lo que más le gustaba.

Mientras el caldero borboteaba con apacibilidad, la joven empezó a dar vueltas por el cuarto, curioseándolo. Aunque era una habitación grande, no dejaba de ser un habitáculo en el que habían intentado comprimir casi un bosque entero. Le sorprendió descubrir la cantidad de objetos que había almacenados en él, desde plantas hasta líquidos de diferentes densidades y colores. Era un laboratorio, pero también una despensa y una biblioteca. Y aunque seguía creyendo que sus conocimientos del siglo veintiuno eran bastante más superiores, pudo apreciar la cantidad de información que había almacenada en aquel lugar.

Su paseo la llevó hasta la cocina. Era poco más que dos primitivos fogones, uno de ellos encendido, y un cubo con agua. No parecía gran cosa, es más, incluso las cocinas parecían más desarrolladas que aquel rincón, pero debía suficiente para hacer alguna que otra cocción. Aunque Azrael hubiera llamado pócima al líquido que bullía en el caldero, Skaiell se imaginó que aquel sería el lugar en el que destilarían a las plantas para conseguir sus principios activos.

Al levantar la cabeza pudo contemplar un par de estantes destinados solo para libros. Se preguntó si serían solo sobre plantas o también incluirían tratados de medicina. La joven se puso de puntillas y estiró el brazo para alcanzarlos. Era un impulso, un capricho, pero quería abrir uno de ellos y ver si podía reconocer las letras que Nabu le había enseñado.

Se escuchó un chasquido.

Todavía con el brazo extendido, bajó la mirada. El cinturón que llevaba se había enganchado en el asa del caldero.

La chica intentó mover la cadera o retroceder para soltarse, pero lo único que consiguió es que el cacharro temblase. Un par de gotas cayeron desde el borde, varias fueron a parar a la encimera, dejando una fea marca sobre la madera, la otra, sobre la mano de la muchacha.

Skaiell gritó al sentir como aquel líquido abrasador e irritante se posaba sobre su piel. Dio un salto hacia atrás, instintivo, arrastrando consigo el caldero que todavía estaba enganchado a su cinturón.

Y lo que había en él, esa pócima que abrasaba como mil demonios, se vertió por las paredes, por el suelo y las sillas más cercanas, también sobre la mesita que había y las hojas que había en ellas. La joven notó como una gota de sudor le recorría la frente. Estaba ahí, delante todavía de la encimera, mirando el estropicio y sin dejar de pensar en lo que iba a decir, cuando todo aquello que había entrado en contacto con la pócima empezó a quemarse.

Como si fuera gasolina a la que le hubiera caído una chispa de fuego.

Como si se hubiera accionado un mechero.

A su espalda se escuchó el chasquido de una puerta al abrirse. Ella se mantuvo inmóvil, incapaz de girarse y enfrentarse a la reacción de Azrael. Porque sabía que era él a pesar que no había dicho nada, ni siquiera un grito de espanto: pudo sentir su sorpresa y su lento metamorfoseo en rabia, en odio, en incredulidad.

―Lo siento… ―se atrevió a decir después de un largo silencio, interrumpido únicamente por el crepitar de las llamas―. Lo siento, yo…

―Largo.

La chica se giró, aunque todavía incapaz de mirarle a los ojos.

―¡Esto tiene una explicación!

A su espalda, algo explotó, dejando tras de sí una vaharada de humo y olor a fresas quemadas.

―Inútil, inútil, inútil ―empezó a farfullar el elfo por lo bajo, como una cantinela que lejos de apaciguar su enfado solo fue haciéndose más intensa―, inútil, inútil ―se acercó a ella a grandes zancadas, agarrándola del brazo con fuerza para arrastrarla fuera de la habitación que, poco a poco, empezaba a ser pasto de las llamas―. ¡Eres una inútil! ―explotó cuando estaban ya afuera.

La soltó con asco, como si aquel breve contacto fuera más de lo que pudiera soportar.

―¿Por qué no has llamado a nadie para detener este estropicio? ―Gritó, ya fuera de sí―. ¿O es demasiado para ti, señoritinga? ¿Sabes lo que había en esa habitación? ¿Sabes cuánto tiempo me ha costado reunirlo?

―¡Tampoco te veo a ti llamando a nadie para controlar el fuego! ―se defendió―. Además, nada de esto habría pasado si alguien no hubiera sido tan palurdo como para cocinar en una habitación de madera. Muy bonita, ¡pero nada práctica!

Un brillo cruzó la mirada de Azrael, un brillo rabioso que consumió cualquier posibilidad de amistad o ayuda que podía haber habido en los últimos días. Demasiado tarde, Skaiell empezó a comprender que el cabreo que tenía el elfo era mucho más flamígero que el fuego que ardía tras su espalda.

Y quizás igual de destructivo…

…desde el polvoriento pasillo, los dos ratones contemplaban la destrucción del laboratorio y cualquier posibilidad de amistad.

―¿Iiccc? ―señaló Ratablanca, indicando hasta qué punto le parecía ridícula la teoría de Ratamoteada.

Con algo similar a una sonrisa, la ratoncita le hizo un gesto con la patita para que le siguiese por el pasillo. Ahí, apoyada en una esquina, había otra esquirla, una que, presumiblemente, había encontrado y arrastrado hasta ahí para enseñársela.

―¡Iiiicc! ―anunció, satisfecha, haciéndole una señal para que se acercase a ver…

 

Skaiell se sobresaltó al escuchar un chasquido. La puerta del cuarto se había abierto, permitiendo que un rectángulo de luz iluminase la habitación. En su umbral, mirándola con sorpresa, estaba Azrael.

El elfo frunció el ceño.

―¿Qué estás haciendo en mi cuarto…?

Y antes que pudiera añadir nada más, la joven separó la distancia que les separaba, apoyando su pecho sobre el del joven, pasando un brazo tras su espalda, una mano para acariciarle el cuello.

Y le besó…

…y la escena se deshizo, acompañada por un chillido histérico de Ratamoteada. Mientras su amiga profería varios “Iiiicc” e “Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiic”, el ratón se sentó sobre sus patas traseras.

―Iiiiic.

―¡¡Iiiiic!!

 ―Iiiic. Iiiiic iiiiic.

―¡¡¡Iicccccc Iiiiiiiiccccc!!!

Y así siguieron durante un buen rato, discutiendo sobre hechos y acciones, miradas y palabras no dichas, sobre sucesos que, en definitiva, ellos conocían pero que no deberían de contarse todavía.

No hasta que llegue el momento adecuado.

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