Esquirla 4+4: Lo que sucede en el mercado se queda en el mercado

                 Tras el disparatado, desastroso e infructuoso primer día de entrenamiento, Zelos no volvió a vigilar a los novatos. El autómata de tanto en tanto siguió apareciendo para darles instrucciones de parte de Ovseth, una elfa con cornamenta y armadura roja, que se presentó como señora de la guerra y las estrategias. En su lugar, fue ella la que se encargó de darles diferentes misiones, todas igual de sencillas, aburridas y algunas bastante desagradables, supervisadas por el primer mozo de cuadras o escudero que pillaba libre. Hasta el momento, y a pesar de lo que les había contado Nabu, su trabajo consistía en limpiar, hacer recados y ayudar en problemas puntuales.

                Aunque al final siempre se las apañaban para esconder la porquería, escaquearse y provocar más problemas.

                Varios días después, durante el primer reparto de tareas de la mañana, Skaiell por fin encontró una manera de hacerse destacar.

                Se encontraban reunidos en el patio. Había más grupos aparte del suyo, de muchachos bastante más mayores que parecían tener ya un trabajo fijo. Acompañada por su ayudante y un par de colaboradores, Oviseth iba repartiendo las tareas. Cada dos pasos se acercaba un grupo, les daba su misión y se encaminaba a otro mientras los elegidos se alejaban corriendo. Los cuatro novatos eran siempre los últimos: dado que no tenían ninguna función asignada, eran algo así como el comodín de los desastres. Lo que nadie quería, lo que nadie podía hacer o en lo que faltaba gente, iba para ellos. Aquella mañana en concreto, cuando la elfa se acercó al grupo lo hizo ojeando un par de hojas garabateadas que llevaba consigo.

―¿Alguno de vosotros sabe sumar? ―Preguntó.

De inmediato, Skaiell y Nabu levantaron el brazo con entusiasmo.

―¡Yo! ¡Yo! ―Gritó la chica lagarto―. ¡Sé contar con todos los dedos de la mano!

―Yo sé sumar, restar, multiplicar y dividir ―enumeró Skaiell con un tonito triunfal―. También puedo hacer raíces cuadradas, derivadas, sistemas con dos incógnitas…

Bueno, sabía eso y mucho más, pero sin una calculadora la verdad es que sus habilidades eran poco más avanzadas que las de Nabu. Sin embargo, para Oviseth fue suficiente.

―Está bien ―la elfa sacudió la cabeza mientras les hacía un gesto para que se callaran―. Necesito que vayáis al mercado a comprar material.

Les tendió una hoja con todo lo que necesitaban anotado y una bolsita de cuero repleta de tintineantes monedas. De un zarpazo, Skaiell agarró el dinero. Luego la lista.

―Pero hay un problema ―protestó Nabu―. No sabemos leer.

Oviseth masculló una maldición por lo bajo. Aunque lo hizo en un idioma desconocido, mucho más musical y sibilante, Skaiell pudo imaginarse su significado: debía ser el equivalente en élfico a “¿Qué he hecho yo para merecer a semejante panda de inútiles?”. En otra ocasión la chica habría aprovechado aquel fallo para escaquearse del trabajo y no volver a hacer nada, pero de todas las misiones que les habían mandado a la fecha, aquella era la más interesante de todas. Podría salir de la fortaleza, podría conocer un poco más sobre la ciudad que había al otro lado de las almenas, podría perder todo un día dando vueltas por un mercado en vez de arrastrarse por el suelo limpiando baldosa y, lo más importante de todo, quizás encontraba la oportunidad de conseguir ropa limpia.

No, no pensaba dejar escapar aquella oportunidad.

―Yo sé leer un poco ―mintió mientras se adelantaba un par de pasos―. Si no os importa, podemos repasar la lista para que no haya dudas y no nos equivoquemos al comprar.

                Oviseth aceptó la idea con cierto entusiasmo. Era la primera vez que veía que en ellos no solo cierto interés en hacer las cosas, sino en hacerlas bien. Con voz clara, aunque algo aprisa, enumeró todo lo que necesitaban y su cantidad. La mayoría de las cosas que había que comprar tenían nombres absurdos como esencia de mariposas o polvo de tejón, pero también había cosas más normales como frascos de vidrio o una pipa de madera. Skaiell no sabía para qué querían todo eso, tampoco sabía qué aspecto tenía la mitad de las cosas, pero asintió como si supiera de qué le estaban hablando y luego se lo hizo repetir a Nabu. Quizás entre la memoria de las dos lograban aprenderse parte de las cosas que les pedían.

                Tras asegurarse que todo estaba claro, las dos chicas se despidieron de sus amigos y marcharon afuera de la fortaleza. Skaiell dejó que una vez más fuera la otra muchacha la que les guiase. Aunque tendía a desviarse y a tomar siempre el camino más largo, al menos sabía cómo funcionaban las cosas en aquel lugar. Además, era uno de esos días en los que no le importaría tomar el camino largo y disfrutar un poco del paseo. Emocionadas, las dos chicas estuvieron haciendo cola en la puerta de la fortaleza para luego perderse por las laberínticas calles de la ciudad.

                Aunque, como no tardó en descubrir la joven, la ciudad tenía lo de ciudad lo mismo que un gato a una pantera: era poco más que un pegote de casas de madera y yeso apiñadas las unas sobre las otras, dejando apenas una estrecha abertura que conformaban los callejones. No obstante, según iban caminando, comprendió que su impresión había sido equivocada: se parecía tanto a una ciudad como un banco de peces a un banco de un parque.

                Según se iban alejando de la fortaleza, las casas tradicionales empezaron a alternarse con torreones torcidos, parques, lagos en miniatura que parecían brotar como setas y puentes de piedra con barandilla y adornos que servían para pasar de una calle a otra. Había setos que saltaban en las esquinas, tabernas que parecían escavadas en la tierra y estatuas apiñadas en los rincones más inoportunos. Su conjunto era un sinfín de maravillas mezcladas entre ellas.

Y aun así, lo que más le sorprendió a Skaiell fue lo limpia que estaban las calles. No los humos de colores que salían de algunas chimeneas, tampoco una plaza que había en torno a un patíbulo o la cola de gente alrededor de un pozo tan grande como un autobús. No, todo aquello, a su manera, entraba dentro de lo normal. Estaba en otro mundo, uno en el que a la gente le salía cuernos de la cabeza, los contratos podían provocar tu combustión inmediata y en el que puedes aparecer en una habitación cerrada de la nada. Ver casas en lo alto de los árboles, puentes de flores que servían para cruzar de un torreón a un campanario y pasar al lado de un río circular era bastante previsible. Asombroso, pero no mucho más después de todo lo que había vivido.

No, después de haber sufrido varios días los primitivos métodos de limpieza que había en el castillo no podía entender lo limpias que estaban las calles y su gente. Se esperaba más barro, cubos de mierda asomando por las ventanas y perros piojosos. Tampoco es que la fortaleza fuera especialmente sucia, pero dado que el castillo era un símbolo de estatus, había dado por hecho que sería la excepción, no la regla.

Sin poder aguantarse, se giró hacia Nabu:

―¿Esto no está muy limpio?

―¡Sí! ―La muchacha esbozó una sonrisa tan amplia como sus deslumbrantes ojos que lo miraban todo maravillados―. La ciudad es preciosa, me encanta haber venido a Sapraz.

―Lo que quiero decir, ¿cómo hacen para que las calles estén tan limpias? ¡Que en el castillo limpiamos nosotros a mano los suelos!

Se encogió de hombros, como si aquel asunto no fuera para ella ni sorprendente ni relevante.

―Magia.

Otra vez, ahí estaba la palabreja que tanto odiaba Skaiell y a la que todavía seguía sin aceptar. Irónicamente: lo único que justificaba con cierta lógica aquel misterio era el factor mágico.

A regañadientes, y por una vez, la joven aceptó como buena la respuesta de Nabu.

―¿Y el agua de los ríos y estos mini lagos? ¿De dónde sale?

―Magia.

―¿Y ese puente de hiedra y flores? ¿Cómo es que todavía no se ha roto si acaba de pasar un tío con una armadura?

―Magia.

Aquella estaba empezando a ser demasiada magia como para sentirse a gusto.

―Vale, mi última pregunta, ¿por qué sale el sol, aunque sea una birria, de día y desaparece por la noche?

―Magia.

―¡Lo sabía! ―Gritó Skaiell, extendiendo el brazo mientras la señalaba―. ¡Dices que se trata de magia cuando no tienes ni idea!

―Pero es que eso es la magia, ¿no? ―Se defendió―. A ver, ¿cómo lo explicarías tú?

La joven se dispuso a hablarle sobre estrellas que giran en torno a planetas cuando pasaron por una nueva placeta. Era cuadrada y estaba repleta de palomas que volaban en corros en busca de comida. Su diseño era igual de aberrante que el resto: una mezcla que compaginaba todo tipo de estructuras, materiales y diseños hasta formar un cuadrado más o menos simétrico. Sin embargo, lo que le llamó la atención fue lo que había en el centro: un árbol gigantesco, milenario, con las ramas secas y la corteza ennegrecida. La tierra a su alrededor no era más que cenizas, un manchurrón oscuro que destacaba en medio de los tonos pardos del suelo del resto de calles. Al principio la chica pensó que no era más que un árbol quemado, pero al fijarse mejor en él, sintió que estaba vivo. Carbonizado, resquebrajado, sin hojas y con las raíces casi asomando de la tierra, pero vivo.

Era inmenso, un gigante que sobresalía entre las casuchas.

―¿Qué es eso? ―Preguntó de nuevo.

Nabu le lanzó una mirada de reojo y después siguió caminando.

―Es el árbol de las brujas ―murmuró con una voz que era casi un susurro―. Todas las ciudades tienen uno, incluso al otro lado del muro. En mi pueblo también hay uno, pero no era tan grande como este…

Skaiell sintió que se le erizaba la piel. Se imaginaba como seguía aquel cuento, pero necesitaba confirmarlo.

―¿Qué son los árboles de las brujas? ―Insistió mientras la seguía―. ¿Son peligrosos?

Recordó que en la plaza, aparte de palomas, no había nadie más. Ni siquiera las casas parecían habitadas.

―Son desagradables, pero no son peligrosos, no te preocupes. Los plantan los paladines, así que no pueden ser malos. Es solo que… ―la muchacha se pasó la lengua por los labios―. No son alegres. Es donde queman a las brujas. Las atan a su corteza y les prenden fuego hasta que arden, hasta que de ellas no queda más que cenizas.

Tras descubrir el destino de las brujas, la joven no se atrevió a hablar sobre el sol girando alrededor de la tierra.

Después de varias vueltas, rodeos y mucho, mucho rato curioseando las calles, las jóvenes recordaron que estaban ahí por una misión. Tras preguntar dónde estaba el mercado, rectificaron su camino hasta dirigirse, por fin, a una estructura acristalada con cierto aire a invernadero. Entusiasmada, Skaiell se adelantó un poco para asomarse a su interior. Puestos de comida, ropa y animales se desperdigaban como las secciones de un supermercado. Había frascos colgando del techo que iluminaban con su luz intermitente y de colorines los improvisados pasillos que nacían entre mesas de madera y alfombras extendidas. Sin dudarlo, las dos chicas entraron, una sin dejar de dar gritos de emoción, la otra aferrando con fuerza la bolsa de dinero. No se fiaba de tanta gente apiñada en un lugar donde las monedas pasaban velozmente de una mano a otra. O, en algunos casos, de una zarpa a una garra.

El mercado era igual que la ciudad: una mezcolanza de cosas imposibles, colores y objetos que Skaiell nunca antes había visto. Solo que en aquella ocasión sí estaba maravillada. Quizás porque, a fin de cuentas, no dejaba de ser algo así como un mercadillo. Y a ella le encantaban los mercadillos.

―¡Nabu! ―Se hizo oír por encima del estruendo general―. ¿Recuerdas lo que tenemos que comprar?

La muchacha asintió con entusiasmo, pero de pronto se detuvo y, tras pensarlo un poco, negó con la cabeza de manera lastimera.

                La joven suspiró. Tampoco es que le hubiera pillado desprevenida. La verdad es que en el patio, mientras Oviseth les indicaba lo que era cada cosa, se había permitido hacer un poco de trampa: tras restregarse un poco de barro en el dedo, lo había anotado todo con su propio abecedario.

                ―Vamos a buscar un poco de esencia de mariposas ―dijo mientras agarraba a Nabu del brazo para no perderla.

                Las dos atravesaron la marea de gente, preguntando por lo que buscaban, pero también cotilleando. Atrapados en jaulas de latón, había animales que ninguna de las dos había visto, prendas de ropa de colores espantosos y diseño todavía más horroroso que, aun así, Skaiell miró con ansia, armas diversas, puestos de comida y tenderetes en cuyas mesas descansaban todo tipo de artilugios.

                ―¿Qué es eso? ―Preguntó Nabu, señalando lo que parecía una pecera verde―. ¿Y eso? ¿Y eso otro?

                ―Pues no tengo ni idea.

                Las dos chicas compartieron una mirada cómplice antes de decir al mismo tiempo:

―¡Magia!

Y entre risas, Skaiell dejó que Nabu curioseara un poco mientras le preguntaba al tendedero por lo que necesitaban. Al principio se sintió algo cohibida al dirigirse a una criatura con agallas, ojos hundidos como los de un pez y cuerpo encorvado, pero una vez logró convencerse que aquello era como hablar con un humano en una tienda cualquiera, empezó a notar como la confiaba regresaba a ella. Y no solo se atrevió a hablarle, sino que también empezó a regatear. Años de experiencia batallando en los mercadillos la habían convertido en una regateadora agresiva, deslenguada y bastante persuasiva. Sabía cuándo ceder, cuánto bajar un precio y cuál era el tono de voz adecuado para hacerse oír. Fue tal su descaro que varios curiosos se acercaron para verla discutir sobre el precio de un frasco de cristal rallado. Mientras hablaba, la joven sintió como su orgullo se hinchaba, pero enseguida se le desinfló al recordar las advertencias de Azrael. No había vuelto a hablar con el elfo, ni siquiera le había vuelto a ver, pero no podía olvidar lo que le dijo en su primer día. Y a pesar de todo, ahí estaba ella, llamando la atención en un lugar donde no parecía haber ningún reparo en quemar a las brujas.

Aunque, ¿no era menos sospechoso actuar con naturalidad que esforzarse en pasar desapercibida?

Tras terminar de regatear, Skaiell recogió sus compras y volvió a reunirse con Nabu. La muchacha había pasado de mirarlo todo con admiración a mirarla a ella y el espectáculo que había organizado.

―¡Guau! Eso ha sido genial ―celebró mientras la ayudaba a cargar las cosas―. ¿Qué nos falta?

―Nada.

―Nos falta algo: Oviseth nos dio el dinero justo y todavía te queda media bolsa llena.

La joven le guiñó un ojo.

―Ventajas de regatear: ha sobrado un pelín de dinero.

―¡Estupendo! ¡Cuando regresemos por fin nos felicitarán!

―Eso sí lo regresamos.

―¿Qué quieres decir?

Skaiell giró la cabeza para observar un par de puestos cercanos.

―Que estoy harta de llevar la misma ropa sucia.

Al entender lo que quería decir, Nabu se llevó las manos a la boca, conteniendo un grito.

―¡No te atreverás! ―al ver como su amiga empezaba a caminar, le tironeó de la camisa―. ¡No, no lo hagas! Como nos pillen nos caerá una gorda, aún más que cuando Flauta dejó la comida de los paladines en las escaleras. Es rastrero, no es justo, es faltar a la confianza de los que nos han acogido en su techo. Además, hace un rato estabas diciendo que toda esa ropa era horrorosa, hortera, un atentado a la moda y a la vista.

―Te compro una manzana de caramelo si no dices nada.

―¿Puede ser un paquete de moscas azucaradas?

―Hecho.

Y en cuestión de minutos, Skaiell lapidó todas las monedas que les habían sobrado en varias prendas de ropa, la mayoría de ellas azules, y unos dulces para Nabu, quien se quedó saboreándolos en una esquina con los ojos cerrados con fuerza para no ver nada.

Apenas acababa de terminar de comprar cuando la joven notó que empujaban de ella. Se sobresaltó, pero el susto desapareció al ver que era su amiga, quien estaba intentando arrastrarla afuera del mercado.

―¿Pasa algo? ―Preguntó.

―No mires atrás ―siseó.

Por supuesto, Skaiell miró atrás. Al principio no vio nada extraño. Los mismos compradores de hace un rato, los mismos puestos, los mismos objetos peculiares. Nada fuera de lo común dentro del escenario sorprendente que llevaban viendo durante varias horas.

Hasta que se percató de la cosa.

Había una sombra en una esquina, un manchurrón de aspecto vagamente humanoide cuyo cuerpo se estremecía en volutas de humo. Nadie más parecía verlo, nadie más parecía percatarse de aquel ser que se había apostado en un rincón y que, cuando las chicas empezaron a alejarse, también empezó a moverse, deslizándose entre las personas, ingrávido, etéreo, un espíritu oscuro cuya ausencia de rostro estaba clavado en ellas.

―¿Qué es eso? ―Farfulló Skaiell.

―¿También lo ves? ―Lloriqueó la muchacha mientras se abría paso a codazo―. No la mires, por favor, no la mires, no la mires…

Pero por más que Nabu lo repitiera y su sexto sentido le implorase que apartase la vista, Skaiell no podía dejar de observar a aquel espíritu. Le recordó a una monja o a una dama cubierta por completo con encaje negro, o más bien, a la sombra que hubieran dejado. De la misma manera que había sabido que el árbol no estaba muerto, notaba que aquella cosa, fuera lo que fuese, no era un ser vivo.

Con un último empujón, Nabu logró sacarla afuera del mercado. Y sin pensárselo dos veces, ni darle tiempo a recobrar el aliento, estiró de ella para empezar a correr lo más lejos posible. Skaiell se dejó arrastrar, todavía intentando mirar por encima del hombro, hasta que no pudo más y se detuvo, obligándola a hacer una pausa.

―Detente ―le pidió entre jadeos―. Ya no nos sigue.

La chica asintió, aunque nerviosa y lista para volver a salir corriendo.

―¿Qué era eso? ―Preguntó Skaiell.

Nabu se mordisqueó el pulgar.

―La Dama Mustia, la Dama Mustia ―masculló―. Es la Dama Mustia, no hay que ver a la Dama Mustia…

―¿Pero quién narices es la Dama Mustia?

―¿Pero es que no sabes nada o qué? ¡Argh! ―Gritó, llevándose las manos a la cabeza―. Es un aviso del infierno. Un presagio.

―¿Vamos a tener más mala suerte? ―Se contuvo de preguntar “¿Más todavía?”.

―Peor ―la muchacha tomó aire―. La Dama Mustia es el fantasma de una doncella que murió por amor. La historia cambia: mi hermano me contó que murió de pena esperando a que regresase su amor, pero hay otras versiones… ―sacudió la cabeza, como ordenando así sus pensamientos―. ¡Lo imparte es que al final del cuento muere!

―¿Entonces? ¿Es una advertencia de muerte?

―No exactamente: te avisa que la persona que amas está en peligro ―al ver que Skaiell no decía nada, añadió―. Peligro mortal.

―Bueno, ¿y cuál es el problema? Te está avisando, ¿no? En realidad habría que agradecerle que se tome la molestia de salir del inframundo para advertirnos. Ahora solo tienes que decirle a la persona que amas que tenga cuidado cuando coma pescado para que no se atragante con una espina o que no pase debajo de las escaleras.

A Nabu se le escapó un siseo:

―No bromees con los augurios: nunca sabes qué sucederá hasta que sucede. Y siempre suceden, hagas lo que hagas para evitarlo.

―Pues si va a suceder, acéptalo y prepárate para lo peor. Quizás haya un peligro mortal, pero estarás ahí para solucionarlo.

―No lo había pensado ―reconoció―. ¡Además! ―Gritó, con las mejillas teñidas de un rubor verdoso―. No solo es para mí, ¿sabes? Lo hemos visto las dos, así que la persona que amas también está en peligro.

Skaiell se rascó la cabeza.

―¿Y si no estoy enamorada de nadie? ¿O se refiere a quien quiero? Porque es una lista bastante amplia: mi familia, mis amigos, los gatos de la facultad, mi pelo…

―Amor romántico.

―¿Por qué será que me lo imaginaba? ―Refunfuñó―. ¿Sabes qué, Nabu? Yo creo que las dos nos queremos mucho, lo suficiente como para que el augurio hable de nosotras mismas. La Dama Reseca…

―Mustia.

―Eso mismo. Si la Dama Mustia se nos ha aparecido ha sido para advertirnos que estábamos pasando demasiado tiempo en el mercado, ¡mira el cielo!

Las dos levantaron la cabeza. El cielo había pasado a teñirse de un morado oscuro en el que ya empezaban a destacar los brillos de las primeras estrellas.

―Nos hemos pasado todo el día de excursión ―dijo Skaiell―. Creo que el peligro mortal al que se refiere es a la bronca que nos pegará Oviseth cuando regresemos.

Nabu no dijo nada. Parecía contemplar el cielo con tristeza, pensando todavía en aquella advertencia, en lo que podía significar y de qué manera se haría realidad.

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