Esquirla 3+5: Todo es posible haciendo trampas

                A decir verdad, las cosas no fueron tan mal como Skaiell temía. Dentro de los márgenes de una situación ya de por sí bastante horrible, claro está. Tal y como había sentido en su primera impresión, aquella fortaleza de nombre impronunciable estaba sumida en una actividad frenética. No había esquina, patio o pasadizo en el que no se viese a nadie correteando con prisas o cargando algo, ya fueran pergaminos, sacos o sillas de montar. En el momento en el que Azrael la dejó con los otros tres, estaba bastante inquieta: no en vano el elfo la había estado asustando con combustiones espontáneas, muros y monstruos. Pero durante un buen rato nadie pareció preocuparse por ellos. Y cuando por fin les hicieron caso, en ningún momento preguntaron nada. Tampoco es que estuviera esperando un escrupuloso escrutinio, pero después de todos los problemas que se supone que había con el otro lado del muro y sus famosas tierras oscuras, Skaiell esperaba algo más. Por suerte para ella, nadie cuestionó nada. Las únicas que parecieron interesarse en ella fueron Flauta y Nabu, sus dos nuevas compañeras, pero tal y como había visto hacer al elfo, con un par de respuestas ambiguas fue capaz de eludir todas sus preguntas.

                Tras un rato demasiado largo esperando, al final un chaval se acercó a ellos para guiarles a una habitación que aunque grande, más bien parecía un agujero. Las ventanas que tenía apenas iluminaban, aunque tampoco es que hubiera gran cosa que iluminar: solo había una docena de catres dispersos por el cuarto. Estaban desordenados, amontonados, casi los unos encima de los otros, con las mantas colocadas de cualquier manera y un espacioso baúl en una esquina en el que Nabu guardó su diminuto petate. Apestaba a cerrado, a polvo y a rata muerta. Al ver lo que sería su dormitorio durante un tiempo terriblemente indefinido, Skaiell no pudo evitar pasarse la mano por el pelo. Le encanta cuidárselo, hacerse peinados y lucir una cabellera que había empezado a pasarle la cintura. No obstante, se prometió que se lo cortaría sin dudar al mínimo atisbo de piojos.

                Después de enseñarles sus nuevos aposentos, nadie más volvió a preocuparse por ellos, así que se pasaron el resto del tiempo adecentando el cuarto. Más o menos. El chico, Archímedes, apartó uno de los catres y varias mantas para empezar a montar lo que parecía un nido. Las otras dos se las apañaron para empezar a amontonar el resto de camas en una especie de madriguera de proporciones apoteósicas y cuya estructura empezó a temblar nada más empezar a amontonar los muebles los unos encima de los otros. Nada más adivinar el cariz que estaba tomando aquel despropósito, Skaiell se las apañó para coger un catre y arrastrarlo a la otra punta.

                “Qué largo se me va a hacer esto”, pensó, asqueada, al ver que tendría que dormir sobre un colchón sucio, desgastado y lleno de nudosidades que parecían casi más duras que el propio suelo. Una alternativa que no se había planteado y que a cada rato le parecía más tentadora.

                ―Oye ―exclamó, atrayendo la atención de los otros tres―. ¿Vamos a ser los únicos? ¿No habrá nadie más?

                La cabecilla de Nabu sobresalió entre varias patas y mantas anudadas. En la oscuridad, sus ojos anaranjados parecían brillar.

―No, parece que hasta la siguiente luna del escorpión no vendrán nuevos reclutas.

Su torre de trastos se derrumbó, con ella dentro, para entretenimiento de Flauta que se echó a reír.

―Esto es tan divertido ―canturreó―. No puedo esperar a que sea un día nuevo.

Skaiell le lanzó una mirada recelosa al cielo. Desde los ventanucos seguía viendo ese manchurrón violáceo que no había variado desde que había llegado. Lo cierto es que seguía sin tener claro si era de día, por la tarde o de noche.

―Ya, yo tampoco ―murmuró, cautelosa, pero dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad para conseguir algo de información―. ¿Hay algo que estés esperando en particular?

―Mi cumpleaños.

―Ya, bueno, ¿y quién no? ―mientras hablaba pudo escuchar como detrás suyo Archímedes hacía un ruidito ahogado―. Me refería a estos días. Quiero decir, ¿por qué estáis aquí?

Flauta esbozó una sonrisa soñadora.

―Es un buen lugar como cualquier otro en el que estar.

Skaiell contuvo las ganas de llevarse las manos a la cara y gritar. Necesitaba un manual de instrucciones para entender a esa muchacha y lo necesitaba ya.

―¡Yo! ―Gritó Nabu mientras intentaba salir del desastre que había organizado. Con la escasa luz que había no se apreciaba muy bien, pero parecía como si toda la suciedad de las camas se hubiera trasladado a ella―. Siempre ha sido mi sueño formar parte de la filas de la fortaleza. En los pantanos siempre veíamos a los soldados y a los caballeros y a los paladines y a los magos y nosotros siempre íbamos a verlos y a ayudarles ―parecía tan entusiasmada con aquel tema que hablaba de carrerilla, casi sin dejar espacios para respirar. O quizás solo fuera su manera habitual de expresarse―. Llevo soñando con esto desde que era una renacuaja, ¡hasta estuve entrenando para formar parte de las filas de los soldados!

De alguna manera, Skaiell estuvo más que segura que aquel “renacuaja” era bastante literal.

―¿Eso es lo que seremos todos? ¿Soldados? ―Preguntó.

―Es lo normal, creo ―la chica se encogió de hombros―. No sé mucho de estas cosas. Lo que yo veía eran soldados y para luchar contra los monstruos hacen falta soldados. Y los soldados son los que más mueren así que hacen falta más soldados para reemplazarlos… ―tras una sacudida, asintió energéticamente―. ¡Sí, creo que seremos soldados!

Cuanto más escuchaba más segura estaba Skaiell que no pensaba ser un guerrero.

―¿Y si no eres lo suficientemente cualificado?

Nabu giró la cabeza.

―No te entiendo.

―¿Y si eres una inútil que no sabe pelear ni defenderse ni nada?

―¡Ah! Bueno, tranquila, no solo se necesitan soldados para pelear, también para morir… creo. No sé cómo funcionan estas cosas ―de repente, su mirada se iluminó―. ¡También hay sirvientes! Pero como no quiero ser sirviente, nunca me he interesado mucho en esa parte.

―Yo he oído ―intercedió Flauta. Mientras hablaban había aprovechado para acomodarse en lo alto de la pira derrumbada que habían organizado― que te dan un trabajo según tus habilidades. Los elfos y los nobles suelen empezar como aprendices de los grandes maestros de la fortaleza. A veces también vienen paladines y magos en entrenamiento, pero ellos siguen sus propias reglas. El resto empiezan como polluelos hasta que les encuentran un hueco como sirvientes o soldados ―se encogió de hombros―. Se supone que te eligen según tus habilidades, pero dado que no tengo habilidades no me importa a dónde me manden.

―No es tan sencillo ―intercedió una vocecilla aguda y muy bajita, las chicas se giraron, sobresaltadas, al ver que por primera vez Archímedes iba a decir algo más a parte de su nombre. Al ver tanta atención, el muchacho se arrebujó en su capa―. Hay más divisiones: soldados de a pie, arqueros, cazadores de demonios… O cocineros, jardineros, escribas, porquerizos… Según tengo entendido, te dejan bajo el cuidado de alguien que se encargará de enseñarte tu oficio. Los sirvientes suelen ser los nobles de casas pequeñas o los que saben alguna habilidad. Los inútiles van a las armas.

―Oh, entiendo ―dijo Nabu llena de determinación―. Entonces solo tengo que ser muy inútil para ser un caballero, ¿verdad?

Y Skaiell estaba empezando a sospechar que no le iba a costar mucho.

―Es difícil ser nombrado caballero. Casi todos tienen ya a su escudero.

―Yo aquí lo que veo es mucho enchufismo ―refunfuñó Skaiell―. No es como si me interesase, pero veo difícil ascender si no eres el primo de tal o tienes las arcas llenas de monedas.

Los tres la miraron sin entender porque se quejaba de algo que para ellos era más que obvio.

―En realidad no es tan difícil ―dijo Flauta―. Solo hay que esperar a que tu superior fallezca para encontrar una vacante libre.

Después de aquella conversación, Skaiell asumió que quizás sí iba a ser todo más complicado de lo que en un principio había supuesto. Al rato sonó una campana, indicando que era el momento de comer. O de cenar. O desayunar. Tras caer que todos no paraban de hablar sobre cierta luna llena, la chica asumió que se trataba de la cena. Dado que Nabu, aunque no parecía muy espabilada, era la que más cosas sabía sobre la fortaleza y sus costumbres, dejaron que fuera ella la que les guiase. Mientras caminaban por un pasillo, Flauta se acercó a Skaiell.

―¿Y tú? ―Le preguntó―. ¿Sabes ya lo que quieres hacer o también te da lo mismo?

―Me da lo mismo siempre y cuando no arriesgue mi vida ―le respondió tras meditarlo un poco.

A su lado, Archímedes le dedicó una mirada de profunda admiración. Parecía coincidir bastante con sus objetivos.

Siguiendo a Nabu, el grupo salió de nuevo al patio, el cual parecía sumido en una luz algo más apagada. El cielo seguía siendo morado, pero había pasado del violeta claro a un púrpura más oscuro. El patio estaba lleno de grupos dispersos que comían en escudillas en torno a hogueras improvisadas. Skaiell contuvo un escalofrío: de piojos no estaba del todo segura, pero un resfriado sí acabaría por pillar.

Supuso, entre lo que le habían contado y lo poco que sabía del medievo, que serían los miembros de rango más alto los que comerían adentro, en sus salones, mientras que los don nadie como ella y sus compañeros les tocaba hacerse un hueco afuera. Los cuatro se acomodaron en una esquina solitaria, fresca, pero tranquila, y enseguida se pusieron a devorar unos cuencos que Nabu sacó de algún lugar. El aspecto de la cena era del todo menos apetitoso, así que Skaiell se esforzó por comerlo mientras continuaba observando su alrededor. Por suerte, no sabía tan mal como aparentaba: estaba soso, duro y le fue imposible determinar con exactitud en qué consistía, pero al menos no le estaban entrando ganas de vomitarlo.

―¡Por nuestra nueva vida! ―Exclamó Nabu alzando su plato (¿Se le podría llamar a eso un brindis?)

―¡Por nuestra nueva vida! ―Coreó Flauta, dándole un codazo sin querer a Archímedes que empezó a toser y atragantarse.

―No habrás traído agua, ¿verdad? ―Le preguntó Skaiell a la chica lagartija, quien enrojeció ligeramente (Aunque su rubor tenía más de verde que de rosa.)

―Sabía que se me olvidaba algo ―farfulló antes de levantarse e irse corriendo.

Las ramas de los árboles muertos se extienden como estacas apuntando al cielo, en una enmarañada zarza de espinos, ramas y hojas secas. Parece que estén formando una red capaz de atrapar al viento y las palabras que se escurren en él.

“Ya está aquí”, susurra el viento, “Ya ha llegado. La chica de las esquirlas por fin ha venido”. Pero su advertencia está atrapada entre las ramas, prisionera junto con el ruido de un lejano riachuelo, el batir de alas de los murciélagos o el runrún de las cigarras. El bosque ha atrapado todos los ruidos en su frontera, convirtiendo su interior en un sepulcro silencioso, un panteón de madera que se extiende más allá de la colina.

El bosque es silencio y por eso mismo la Bruja de los Retales todavía no sabe que la chica ha llegado.

 

                El día aterrizó de sopetón. O quizás esa fue la impresión que tuvo de Skaiell al caer de la cama y sentir como ella misma aterrizaba de sopetón. Le dolía todo el cuerpo, estaba legañosa, despeinada, pero hasta el momento, ningún atisbo de piojos. A pesar del más que considerable ruido que hizo al darse con todos y cada uno de sus huesos contra el suelo, sus compañeros de cuarto siguieron durmiendo. Y no parecieron ni inmutarse cuando la luz empezó a hacerse más clara, alumbrando tenuemente el habitáculo. Igual que ayer, nadie pareció preocuparse por ellos. Ni siquiera en decirles lo que tenían que hacer.

                Aburrida, pero consciente que sería imposible volver a dormirse después de la mala noche que había pasado, Skaiell ignoró una de sus necesidades vitales para centrarse en otra de sus necesidades vitales: comer.

Sin hacer ruido para despertar al resto, la chica se escabulló del cuarto y siguió el mismo camino que había usado Nabu para ir al patio en el que habían cenado. Pronto descubrió que la chica había tomado un camino demasiado largo y lleno de vueltas que llegaban incluso a retroceder. Llegar anoche al patio parecía que había sido más cuestión de suerte que otra cosa. Al final, Skaiell se hartó y decidió seguir su propio olfato: sobresaliendo entre la peste característica de la fortaleza, había un aroma a pan recién hecho. Para que nadie le llamase la atención, la joven actuó como si estuviera enfrascada en un trabajo urgente. De alguna manera pareció funcionar: nadie la detuvo ni le preguntó qué estaba haciendo, ni siquiera cuando se coló en lo que parecía ser la cocina para robar un par de hogazas de pan.

En un principio pensó en coger solo una, pero por precaución se agenció un par más.

Cuando regresó al cuarto descubrió que no había nadie.

“Mecachis”, pensó, aunque sin llegar a preocuparse. Si Nabu les había vuelto a orientar para ir a comer algo, lo más probable es que hubieran acabado dando vueltas en la otra punta. Aun así fue a buscarles. Tampoco es que tuviera nada mejor que hacer.

Los encontró en el mismo patio en el que habían cenado. Solo que esta vez los grupos eran de gente (Gente con poco aspecto de gente) entrenando con lanzas, espadas de madera o cuerpo a cuerpo. También había varios chavales limpiando o cargando cestos repletos de ropa de cama y túnicas sucias. Skaiell observó ambos trabajos sin terminar de decidirse cuál de ellos era peor. En la otra punta, Nabu y Flauta le hicieron una señal. No estaban solas: había una criatura junto a ellos, una criatura que no solo es que tuviera poco de humano, sino también, poco de orgánico.

Hay quien podría referirse a aquella cosa como una armadura que caminaba por su cuenta. Si es que se puede llamar armadura a un montón de metal retorcido y carbonizado que por alguna clase de milagro se mantenía en pie. Aquella cosa se balanceaba como si fuera un espantapájaros: con los brazos muy extendidos y su cuerpo girando sobre sí mismo.

Skaiell nada más verlo solo pudo pensar en ello como un montón de chatarra.

La cosa giró al notar su presencia acercándose.

―¡Ya están todos CRIC! ―Graznó. Su voz retumbaba, como si viniese del interior de alguna cueva oculta entre los metales retorcidos que formaban su cuerpo―. La señora Oviseth no puede encargarse de los aspirantes CRIC Así que le ha ordenado a Zelos que trasmita su voz CRIC Y la señora ha dicho que tienen que dar vueltas por el patio CRIC.

Solo Nabu pareció recibir la noticia con alegría. A pesar que Flauta parecía tan desinteresada como de costumbre, se la veía algo desganada. Archímedes, por su parte, suspiró pesadamente. A Skaiell cada vez le caía mejor ese chico.

El tal Zelos se mantuvo inmóvil, todavía dando ligeros vaivenes sobre sí mismo, pero sin añadir nada más. Al ver que las órdenes habían terminado, y tras dar un gritito de entusiasmo, Nabu comenzó a correr. Los otros tres se quedaron quietos mirando al despojo metálico.

―¿Y cuantas vueltas tenemos que dar? ―Preguntó Skaiell.

―La señora ha dicho que deis vueltas CRIC.

―¿Y cuándo vamos a desayunar? ―Preguntó Archímedes.

―La señora ha dicho que deis vueltas CRIC.

―Pues parece que tendremos que dar vueltas ―suspiró Flauta, desganada―. Tampoco es que esperase nada mejor, pero al menos pensaba que sería con la panza llena.

―Tomad ―Skaiell les pasó los restos de pan que todavía le quedaban. Los otros dos la miraron con la boca abierta y los ojos brillantes.

―Gracias ―musitó el chico mientras Flauta asentía con un gorgojo feliz.

La joven se encogió de hombros, aparentando indiferencia y tranquilidad cuando en realidad lo que tenía era el corazón encogido ante la mera posibilidad de correr durante tanto tiempo. Ni siquiera en su época de instituto y Educación Física era capaz de estar más de cinco minutos con trote lento. “Bueno”, pensó, buscándole algo positivo al asunto, “Quizás así sirva para convencerles que mi destino no son las espadas ni las peleas.”

Aunque limpiar la porquería de los otros tampoco es que fuera, precisamente, su futuro ideal.

Nabu pasó corriendo a toda velocidad a su lado. Era la única que no solo parecía entusiasmada con la tarea, sino que encima se estaba esforzando por cumplirla. Skaiell se encontró admirando su energía y la velocidad con la que acaba de cruzar el patio.

Ella nunca podría hacer eso.

La joven se pasó la lengua por los labios. Lo único que se le ocurría para sobrevivir a esa tarea era hacer lo mismo que le había ayudado a aprobar Educación Física. Así que sin pensárselo dos veces, empezó a correr con un trote ligero. En seguida se fijó que Zelos no parecía aprobar o desaprobar la velocidad con la que corrieran: con que lo hicieran era suficiente. Así pues, Skaiell empezó a hacer footing durante lo que sería medio patio. Cuando llegó a un punto en el que el autómata no la podía ver, dejó de correr y continuó caminando.

―¿Qué haces? ―Exclamó Nabu cuando la alcanzó de nuevo.

―Dar vueltas.

―¡Pero tenemos que correr!

―Yo no soy como tú, ¿vale? Correré delante suyo y cuando no miré descansaré.

―¡Pero eso es hacer trampas!

―No, se llama resistencia.

Nabu negó con la cabeza, incapaz de entender su planteamiento, y siguió corriendo, dejándola atrás. Skaiell pronto descubrió que su idea había tenido más éxito del esperado: detrás suyo, Flauta y Archímedes habían empezado a imitarla.

Dos vueltas después, Nabu volvió a alcanzarles, casi sin resuello y con la cara verdosa tras tanto tiempo corriendo sin medir sus fuerzas.

―Resistencia, ¿eh? ―Jadeó―. Estaba… pensando… que no es mala idea…

Y así los cuatro siguieron corriendo delante de Zelos y andando cuando el armatoste no miraba, ralentizando cada vez más ese período de descanso.

Desde lo alto de un torreón, una joven lo observaba todo con incredulidad.

―¡Esto es absurdo! ―Exclamó, más atónita que enfada―. ¿Pero qué clase de idiotas hemos aceptado?

Se llamaba Oviseth y si había dejado a su comandante al cargo de los reclutas era por la reunión a la que había sido convocada. En situaciones normales era ella la encargada de echarle un vistazo a los nuevos, pero se encontraban en un momento cuanto menos peculiar: el cielo se había vuelto violeta, los señores de Sapraz estaban fuera y a todos los altos mandos les habían pedido que abandonasen sus misiones para centrarse en la búsqueda de una manzana podrida.

Eran tiempos tan infrecuentes como los chiquillos que correteaban por el patio.

Azrael le dio un toque en el hombro para que se apartase y le dejase ver. Oviseth murmuró una disculpa y se hizo a un lado. La cornamenta que sobresalía de su cabeza era más que dificultosa cuando se trataba de mirar por encima de su hombro. Y cuando se trataba de situaciones anormales, el elfo era, cuanto menos, un mirón terrible y curioso.

―A mí me parece ingenioso ―rio mientras observaba al grupo de caraduras eludir la vigilancia de Zelos―. ¿Cuánto tiempo les ibas a tener corriendo?

―Un rato. Quiero comprobar su fuerza, velocidad y resistencia ―indignada, la joven estiró el brazo, señalándolos―. ¡Y así no puedo hacerlo! Puede ser todo lo ingenioso que te parezca, Az, pero nuestros soldados deben de ser fuertes.

―Ya, ¿y el matiz de “un rato” se lo has comentado a Zelos?

La guerrera masculló una maldición entre dientes. Era una mezcolanza entre élfico y el idioma de las nieves, la misma mezcla que corría por sus venas, manifestándose en sus orejas puntiagudas, su cabellera blanca como la escarcha o la cornamenta que emergía, orgullosa, de su cabeza. No era una elfa pura, pero eso no le había impedido hacerse un hueco en el consejo de Sapraz. El resto de los presentes eran elfos completos, o eso se decía. Estaba Mäer, el representante de los paladines; Azrael, el quisquilloso alquimista que se encargaba de la biblioteca y las pócimas; y Afyll, el hijo menor de los señores de la fortaleza. En ausencia de su padre y la heredera, era él el encargado de supervisar todos los asuntos de importancia.

El único ausente era Riot, el vampiro, pero nadie lo echaba mucho de menos. Quizás ella, Oviseth, la señora de la guerra y las estrategias. Tras tantos años, había aprendido a apreciarlo incluso a pesar de su naturaleza de parásito.

―Cuando terminemos me encargaré personalmente de arreglar ese desaguisado ―suspiró―. Y de darles un trabajo de verdad.

Afyll carraspeó. Se encontraba cara a la pared, con las manos hacia atrás y los hombros tensos.

―¿Hay alguna noticia sobre la manzana podrida? ―Preguntó con voz monocorde―. El oráculo dijo que el cargamento llegaría con la próxima luna del escorpión. Y esta sucedió anoche.

Nadie dijo nada, convirtiendo aquel silencio en una negativa cuando menos frustrante.

―A mí me gustaría comentar algo ―Azrael se sentó en la mesa. No en una silla, como tocaba (Y había varias a su disposición), sino encima de la propia mesa―. Una manzana podrida no deja de ser una manzana. Una simple manzana, una manzana como cualquier otra.

―Una manzana que no puedes comer ni saborear ni conservar a riesgo que pudra las demás ―señaló Afyll.

―Cierto, pero puede ser un ingrediente.

El noble se giró. Su piel era pálida, violácea, demasiado tersa, como si todo él estuviera esforzándose por estar impolutamente recto.

―¿Insinúas algo?

―Soy alquimista ―sonrió―. Me gustan los ingredientes, cuanto más complejos y difíciles, más divertidos son los resultados que obtienes de ellos.

Mäer, el único que estaba correctamente sentado, carraspeó. En la tenue penumbra de la sala, su ropa blanca relucía.

―Un ingrediente peligroso ―remarcó―. Una manzana podrida que puede venir de las tierras oscuras no es algo en lo que podamos confiar. Ni siquiera bajo llave en tu despensa.

―¿Qué propones si no? ¿Quemarla? Los ingredientes son inocuos: es la mano que hace la poción la que hay que controlar.

―Es imposible controlar las intenciones de todos los que se ponen delante de un caldero. Si la quemamos evitamos todos nuestros problemas.

Azrael puso los ojos en blanco. Antes que pudiese añadir nada más, Afyll intercedió.

―Ya hablaremos de lo que haremos con la manzana una vez demos con ella ―desvió su rostro hasta Oviseth―. ¿Y tú qué opinas?

―Si buscasen destruirnos por medio de una manzana ―comenzó, dubitativa―yo no usaría un medio perecedero, sino volátil. Un medio que desapareciese sin dejar rastro una vez cumplida su misión.

―Así pues ―recapituló―. Según vosotros la manzana puede ser un ingrediente, puede ser efímera o puede venir de las tierras oscuras. No pensé que llegaría a decir esto, pero ojalá Riot regrese y aporte algo nuevo.

Y con un gesto cansado, dio por concluida la reunión. Con una leve reverencia, Oviseth y Mäer se despidieron. Ambos tenían otros asuntos pendientes, asuntos que todavía no habían concluido y parecían urgirles mucho más que aquella conversación sobre manzanas hipotéticas.

Solo Azrael no se movió de su sitio.

―Sobre las nuevas adquisiciones del laboratorio…

―Hablaremos de ellas cuando mi hermana regrese.

*

                Aunque fuese andando, dar tantas vueltas alrededor del patio era algo que estaba sobrepasando por completo las capacidades físicas de Skaiell. Sus compañeros no parecían tan afectados por aquel esfuerzo: a excepción de Archímedes, las otras dos parecían estar bastante más acostumbradas a caminar. O simplemente a estar en movimiento. Pero dado que los tres habían optado por imitarla, al final los períodos de andar lento se convirtieron en momentos para descansar cada vez más largos. Hasta que aquella cosa empezó a moverse de nuevo.

―¡Nuevas órdenes de la señora CRIC! ―Exclamó, girándose sobre sí mismo hasta localizar al grupo―. ¡Ordena que la chica lagarto vaya a ayudar en la biblioteca CRIC! ―Nabu salió disparada sin pensarse ni dos veces lo que tenía que hacer― ¡Ordena que el chico silencioso vaya a ayudar en las cocinas CRIC! ¡Ordena que la chica nómada suba la comida a la torre blanca CRIC! ¡Ordena que la chica perezosa dé de comer a los gallostruces CRIC!

Y el autómata volvió a quedarse en silencio. Mientras Archímedes se alejaba, sin dejar de arrastrar los pies ni farfullar por lo bajo, Flauta y Skaiell intercambiaron una mirada.

―Bueno, creo que es obvio que la chica perezosa soy yo ―dijo la humana.

―También puedo ser yo, ¡Soy muy perezosa!

―Ya, pero a mí no me da la gana subir una torre ¿Lo ves? Soy una vaga.

Y sin darle la oportunidad de replicar, dio media vuelta, dejando a Flauta rumiando aquel argumento a todas luces irrebatible.

Skaiell se alejó un par de pasos. No muy segura de a dónde tenía que ir o qué era un gallostruz. Ni se le ocurrió preguntárselo a Zelos: el autómata no parecía entender de matices ni variables a sus órdenes inamovibles. Tampoco podía preguntárselo al resto: todos se habían desperdigado para cumplir su tarea. Como mucho podía buscar a Flauta, pero estaba segura que la muchacha aprovecharía aquel desliz para endosarle su trabajo. Y después de toda una mañana caminando, no se veía con las fuerzas necesarias como para subir hasta lo alto de un torreón. Ni siquiera a una torre pequeñita. Andar era ya de por sí un suplicio, con sus piernas recordándole cada dos pasos lo maravilloso que sería sentarse y no volver a levantarse nunca más.

Así pues, y dado que no le quedaba otra, se fue a buscar a alguien con cara de tonto.

No tardó mucho: con la cantidad de criaturas que caminaban por el patio, solo había que limitarse a esperar a que cruzase alguien con cara de no muy espabilado. Tras un buen rato, por fin apareció uno que parecía encajar en lo que buscaba: tenía el mismo aire de inocencia crédula de Nabu.

―¡Eh, tú! ―Le gritó, caminando hacia él con paso fuerte, segura de sí misma y su voz―. Zelos me ha ordenado que te diga que tienes que dar de comer a los gallostruces.

A su pobre víctima se le escapó un gritito quejumbroso.

―Pero tengo que limpiar las puertas ―se lamentó.

La joven se encogió de hombros.

―Yo solo soy una recadera. Y me tengo que ir a dar más recados.

Y se fue, pero a esconderse. Si Zelos no la descubría no tenía por qué darle más tareas. Ni reñirla por volver a escabullirse de las suyas. Encontró un hueco tranquilo detrás de lo que parecían ser los establos. El suelo estaba asqueroso, pero después de todo lo pasado y el cansancio que arrastraba, le dio lo mismo: necesitaba sentarse y ya no le importaba dónde.

Cerró los ojos, notando por fin como el cansancio se cernía sobre ella, no solo sobre sus piernas, sino ya en todo su cuerpo. “Mañana voy a tener agujetas”, se lamentó.

Estuvo así un buen rato, dejando que su mente se adormeciera mientras su cuerpo descansaba. Hasta que notó cómo alguien le daba varios golpecitos insistentes en el brazo. A regañadientes, abrió los ojos.

Enfrente suyo estaba Flauta.

―¡Yo también he terminado! ―Celebró―. ¿Qué haces aquí?

―Esconderme de Zeles ―bostezó―. Si no me ve no puede darme más tareas, ¿verdad?

La muchacha la miró con admiración.

―No se me había ocurrido ¡Qué lista eres! ¿Puedo esconderme yo también?

―Por supuesto ―se apartó un poco, dejándole hueco―. ¿No has terminado muy pronto? ¿Qué era, una torre pequeña?

―Ah, no, es que me he cansado y les he dejado la comida en medio de las escaleras.

Skaiell contuvo una carcajada.

―¿No te da miedo que te riñan por dejar las cosas a mitad?

―Bueno, me dijeron que lo subiese a la torre, pero no especificaron a qué parte de la torre tenía que subirlo.

                Y ahora sí, la joven rompió a reír. Y el hecho que Flauta lo hubiera dicho con toda naturalidad, creyendo de verdad que lo estaba haciendo tenía sentido, fue demasiado para ella. Incapaz de contener las carcajadas, se llevó las manos a la tripa mientras reía, casi doblada sobre sí misma. Notó como le daban un par de palmadas sobre la espalda, pero eso solo logró que riese aún más.

Estaba todavía desternillándose cuando una cabecita con ojos redondos y anaranjados se asomó.

―¡Oye! ―Gritó Nabu, acalorada, jadeante―. ¿Sabéis dónde está la biblioteca?

―No ―le respondió Flauta con una gran sonrisa― pero sabemos dónde podemos escondernos para que Zeles no nos dé más órdenes.

―¿De verdad? ¿Dónde?

―¡Aquí!

―¡Oh, vale, estupendo!

Y sin pensárselo dos veces, se acomodó entre las dos chicas. Al rato, otra cabeza se asomó. A Skaiell no le sorprendió ver que se trataba de Archímedes.

―¿Sabíais que estáis en el peor escondrijo de todos? ―Les preguntó con ese susurro casi inaudible suyo tan característico―. Medio patio se está preguntando qué estáis haciendo ahí. Y hay una dama con cornamenta que parece muy enfadada…

Nabu pegó un brinco.

―Vale, ya he descansado, ¡voy seguir buscando!

                Y volvió a salir corriendo, seguida del chico que tampoco parecía tener muy claro a dónde tenía que irse.

                Flauta y Skaiell se miraron.

―¿Sabes? ―Comenzó la joven con voz melosa―. Conozco un lugar estupendo para seguir escondiéndonos.

La humana ladeó la cabeza, contagiada por su sonrisa.

                ―¿Sabes? Creo que en términos de vaguería estamos empatadas.

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