Esquirla 2×4: La sensatez de lo absurdo

El ratón abandonó su agujero, primero a dos patas, luego a cuatro. Dio un par de pasos, se acicaló los bigotes, y empezó a corretear entre los escombros y la basura de la habitación. No estaba solo: había más ratones cerca, royendo pedazos de papel o cazando bichos, apostados bajo las patas de una mesa, delante de un trozo de cristal o entre el hueco que dejaban las baldosas rotas. Eran muchos, casi una veintena, y de todos los colores posibles: blancos, negros, moteados…, colores cálidos que daban un toque de color a esa habitación oscurecida y destartalada.

                Se escuchó un ruido, pisadas que estremecían con su presencia de gigante, de amenaza.

                Cuando la puerta del cuarto se abrió, todos los ratones se habían ido.

               

                Cuando la puerta de la sala se abrió, tras un sonoro chasquido, un paladín y un alquimista entraron, secundados por media docena de guardias. Delante de la puerta, sentada en la butaca más cómoda, más grande y alta, había una chica malhumorada, una muchacha de unos veinte años con las piernas cruzadas y los dedos tamborileando encima de la mesa. Los guerreros se mantuvieron en el umbral, apostados en un segundo plano con la discreción de  una antorcha o muebles decorativos. Los únicos que reaccionaron fueron los otros tres. Ninguno con sorpresa, como si aquel encuentro hubiera estado acordado desde hace mucho.

Casi parecía que aquella era una reunión a la que dos llegaban tarde, haciendo esperar a una orgullosa señorita cada vez más aburrida.

Pero lo cierto es que la orgullosa señorita estaba sentada en un lugar que no le correspondía, pero en el que igualmente se había acomodado tras examinar la habitación. Sin más salidas que aquella puerta cerrada, no le había quedado otra que esperar a que alguien la abriera. Lo único que sabía es que acababa de aparecer en aquel lugar de una forma cuanto menos peculiar (Por orgullo y obstinación se negaba a decir que era cosa de magia). Y aunque no tenía ni una sola pista sobre la identidad de aquel lugar, podía intuir que le esperaba una buena en cuanto la descubrieran. No había que echarle mucha imaginación para deducirlo: ¿cómo si no reaccionaría alguien ante la súbita aparición de una extraña en su casa? Así que había optado por esperar a que abrieran la puerta y explicar lo sucedido. Si es que encontraba la manera de justificar algo que ni ella misma entendía.

Mientras esperaba había intentado descubrir algo de aquel lugar. La habitación estaba llena de libros, todos ellos encuadernados en cuero y escritos a mano. Sin embargo, estaban escritos en un alfabeto desconocido para ella. Quizás fuera un código secreto o runas de alguna lengua antigua. Fuera como fuese, fue incapaz de leer una sola línea, así que dejó los libros y se sentó en una de las sillas. Eran tan grandes que casi sería más preciso llamarlas butacas o trono en miniatura. Al subirse en ellas la chica se sintió importante. Seguía siendo la misma de siempre, pero estar a la cabeza de una mesa gigantesca, rodeada por columnas, candelabros y estantes repletos de libros, le hizo sentirse como si fuera alguien poderoso.

Cuando la puerta se abrió todavía estaba embargada por esa pizca de prepotencia. Había escuchado cierto movimiento al otro lado, un trajín de pasos y voces amortiguadas, por lo que, cuando por fin se abrió, adoptó una postura más aburrida que cansada. Luego se corrigió, consciente de la pésima imagen que estaba dando teniendo en cuenta que la intrusa era ella, pero ya era tarde: uno de los dos jóvenes que acababa de entrar le dirigió una mirada de asco, auténtico asco, auténtico y profundo asco.

―Bájate de ahí ―le ordenó.

Algo avergonzada, la chica le hizo caso. Y entonces, ya con los pies en tierra y la cabeza otra vez en su sensatez habitual, se fijó en los recién llegados. En ningún momento se había preguntado cómo serían los habitantes de aquel lugar. Su imaginación era más bien nula: ni se le ocurría dónde podía estar ni con quienes se iba a encontrar. Por eso, cuando por fin se fijó en ellos con detenimiento, descubrió que no eran humanos.

Y entonces sí que se sorprendió.

Eran dos, aunque les acompañaban otros tantos que se habían quedado afuera, y aunque parecía ir juntos, había cierta distancia entre ambos: uno de ellos parecía ir un par de pasos por delante, mientras que el otro se había quedado algo rezagado y oculto tras su espalda. Y aunque los dos eran igual de raros, su rareza era muy diferente: el primero vestía con una mezcla entre bata y vestido (Una túnica, se corrigió) de mangas amplias y faldón que le cubría hasta los pies. La tela era de un blanco inmaculado, un blanco sorprendentemente nítido que contrastaba con el resto de aquel lugar más bien tirando a sucio. Su piel era igual de clara y tenía el cabello de un rubio deslucido, y corto, muy corto. En conjunto parecía un espectro, un ser irreal que no parecía ni de su mundo ni del de ella. El único color que parecía permitirse era el granate: decoraba la túnica en largas cintas que recorrían los extremos y bordaban un símbolo en el pecho, justo encima de su corazón.

No parecía agresivo, tampoco enfadado. Entró en silencio y se quedó mirándola sin pronunciar ni una sola palabra. De alguna manera, la joven sintió frialdad en él. Parecía analizar la situación con la misma preocupación como quien mira una grieta en el suelo o una rata muerta. Intentó mirarle a los ojos, pero enseguida apartó la mirada: había algo extraño en ellos, como si pudieran ver algo que solo era visible para él. O puede que le contrastara ver que tenía los ojos negros, en perfecta disonancia con el resto de su cuerpo.

El segundo era el que la había recriminado al verla sentada. Al contrario que su compañero, vestía con toda una gama de prendas y colores: capa corta, jubón, calzas… Aunque predominaban los marrones y granates, también había algún que otro toque de negro, azul o verde en forma de broches o hebillas. Había algo en él que parecía querer atraer toda la atención. Incluso detrás del otro sobresalía lo suficiente para dejarse ver. Quizás su llamativo aspecto fuese una manera más de remarcar su presencia. A fin de cuentas, su extravagancia no se limitaba solo a la ropa: llevaba el pelo bastante largo, casi por los hombros, liso, recto y negro. Su flequillo, no obstante, era blanco, al igual que varios mechones que caían junto a sus pómulos. Y debajo de sus ojos tenía una marca, un tatuaje azul con forma de triángulo invertido. Uno bajo cada ojo.

Lo primero que pensó al verle es que era bastante hortera.

Parecían humanos, en una primera instancia era lo que había supuesto, pero podía notar algo en ellos que los volvía muy diferentes a ella. Quizás su porte, más propio de alguien rico y poderoso, o la ingravidez que parecía envolver al de blanco. O que ambos tenían las orejas puntiagudas: las del rubio eran como  las ella, quitando que terminaban en punta, pero las del otro eran grandes, salientes, dos inmensas orejotas que poco tenían de humano. Y luego estaban sus ojos: aquellos ojos que la miraban con tanto asco tenían la pupila rasgada como la de un gato. Y eran tan azules como las marcas que le decoraban los pómulos.

La chica tenía buen ojo para fijarse en la ropa, el pelo y el estilo de los demás. Pero era terrible para aproximar una edad. Y aunque se había quedado con el aspecto físico de ambos y en su cabeza ya estaba sacando conclusiones, no tenía ni idea de cuantos años tenían. Parecían tan mayores como ella, pero quizás lo fueran algo más. O algo menos.

La verdad es que sin quererlo se había enfrascado tanto con el aspecto de ambos que, por un momento, se le olvidó el contexto en el que se encontraban.

―¿Quién eres? ―Le preguntó el de blanco. Su voz era seca y parecía acostumbrada a dar órdenes, lo que terminó por confirmarle que era el que mandaba de los dos. Sin embargo, y pese a lo que esperaba, se dirigió a ella con cortesía y una sonrisa tranquilizadora.

―Soy… Soy Skaiell ―respondió, nerviosa, antes de empezar a barbotar―. Y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Quiero decir: no sé dónde estoy. En serio, lo prometo. Yo estaba caminando y de repente he acabado aquí….

―Tranquila ―la interrumpió―. No pasa nada.

―Sí que pasa ―refunfuñó el otro, aunque lo suficiente alto para que todos le oyeran―. En primer lugar no debería estar aquí.

Skaiell fue a contestarle, a dejarle bien claro que ella ni siquiera sabía qué era ese “aquí”, pero el rubio se adelantó.

―Azrael ―dijo, con la severidad justa para que se callara―, es solo una niña perdida, ¿para eso nos has movilizado a todos? Mírala: no hace falta usar magia para saber que es la más confundida de todos.

Y los dos, tanto la intrusa como el que debía ser Azrael, fruncieron casi al mismo tiempo una mueca de inconformidad. La primera porque le había sentado como una patada en el orgullo que alguien de casi su misma edad la llamase “niña” y el segundo, bueno, parecía dado a protestar por todo.

―Pero la puerta estaba cerrada con llave ―insistió―. ¿Cómo ha podido entrar?

―¿No me estabas explicando hace un rato que fuiste tú el que había cerrado para que no escapase? ―El de blanco fingió sorprenderse―. Tranquilo, vamos a discutir este asunto, pero no aquí. Ni vamos a entretener más a nuestros compañeros. Podéis iros ―les dijo a los pacientes guardias―. Ya me encargo yo del resto.

Se escuchó un trajinar metálico. Desde donde estaba Skaiell solo pudo ver de refilón al resto de acompañantes de aquellos dos. Distinguió el brillo de varias armaduras, más jubones, más emblemas desconocidos, además de pezuñas, colas, brazos acabados en garras y cuernos que sobresalían de rizos. Así que prefirió hacer como que no había visto nada.

―Esto, perdón, ¿quiénes sois vosotros? ―Les preguntó mientras les seguía afuera de la sala.

―Soy Mäer de las cumbres rotas ―el de blanco sonrió mientras inclinaba ligeramente la cabeza―. Paladín de la fortaleza Zapraz.

―Azrael ―refunfuñó el otro mientras cerraba la puerta con un sonoro portazo―. Y lo que soy no te importa.

La chica se encogió de hombros. No, en eso tenía razón, no le importaba en absoluto.

Al salir de la sala habían llegado a un amplio pasillo, repleto de ventanucos alargados y antorchas llameantes. No le sorprendió ver que la habitación estaba comunicada con un pasillo ni que este fuera de piedra y estuviera igual de mal iluminado y mal limpiado. Lejos de preocuparla, en parte le alivió que aquel lugar mantuviera cierta lógica. Quizás sí fuera posible encontrar una explicación a su llegada.

“Están rodando una película y yo me he metido en el escenario sin quererlo”, pensó, barajando una posibilidad que, según caminaba tras los otros, se iba haciendo menos factible. Primero porque las películas de ahora casi no usaban escenarios cuando se tenían unos bien conseguidos efectos especiales, y segundo por aquel pasillo era largo y convergía con más puertas, más pasillos e inicios de escaleras. Mientras caminaban Skaiell pasó al lado de una puerta entreabierta que le permitió ver un cuartucho pequeño, mal iluminado y repleto de frascos que brillaban envueltos por una luz azulada. También pasaron cerca de varios arcos que parecían conducir a una terraza. A través de ellos pudo distinguir el exterior y ese extraño cielo morado, además de varios tejados, almenas y torreones.

Y con cada paso que daba, más se iba convenciendo que, en efecto, aquel lugar no su ciudad.

Al final se detuvieron delante de una puerta de tamaño más que considerable. Al contrario que todas las que habían visto, era de metal y no tenía cerradura. Mäer estiró el brazo y trazó un símbolo sobre su superficie. Un truco, quizás, o una manera de accionar un mecanismo secreto, aventuró la chica al ver que la puerta se abría.

La verdad es que era un método bastante efectivo si lo que quería es que ningún desconocido entrase.

El paladín fue el primero en entrar en lo que parecía un despacho. Tenía su mesa abarrotada de papeles, su butaca, sus estanterías y libros. Solo que en vez de bolígrafos había plumas, en vez de cuadros había armas colgando de las paredes y en vez de una lámpara del techo colgaba un frasco de vidrio que alumbraba el cuarto con una intensidad irregular. Cuando Skaiell entró, la puerta se cerró tras ella.

La chica tragó saliva. Por un lado se sentía incómoda; la habitación tenía un aura oscura, oprimente, como la del director de un colegio. Por otro lado, se sentía segura al saber que el que parecía mandar era alguien más bien sensato. Dada la estética medieval que parecía tener la fortaleza, ya podía agradecer que no la hubieran metido en un calabozo mugriento y apestoso.

Mäer se sentó en la butaca y empezó a revolver entre los papeles que había en la mesa hasta dar con uno en blanco y una pluma.

―Antes de dejarte en libertad necesitamos conocer tus intenciones ―le explicó―. Por favor, firma tu nombre con sangre.

Skaiell hizo una mueca de desagrado.

―¿Sangre?

―A nosotros tampoco nos gusta la magia de sangre, y a mí el que menos ―él también esbozó una mueca de asco―, pero el que se encarga de estos menesteres no se encuentra en este momento en la fortaleza.

Azrael, que se había sentado en la esquina de la mesa y miraba el papeleo con disimulo, levantó la cabeza con una mirada interrogante que su compañero ignoró.

―Ya, pero… ―siguió protestando la chica―. ¿Tiene que ser con sangre?

―Por suerte la magia roja tiene todo un abanico de alternativas ―dijo Azrael con una sonrisilla―. Puedes elegir entre sangre, sangre y sangre. Y también sangre.

La muchacha le fulminó con la mirada. Aunque seguía algo cínica con el tema de la magia, no podía ignorar que de donde venía también se podía usar la sangre para saber mucho de una persona. Su grupo sanguíneo, por ejemplo, pero no entendía para qué eso les iba a servir a ellos.

Recelosa, aceptó la hoja, aunque más bien era un fragmento irregular y apergaminado que un auténtico folio de papel, y la pluma. Nunca antes había tenido una en sus manos, por lo que se permitió el observarla con interés sin llegar a olvidar su miedo.

―¿Y cómo firmo?

El elfo de ojos felinos bufó con exasperación.

―Clávala donde quieras y se acabó. Si me permites un consejo, yo probaría con la carótida.

Lo que le ganó una mirada de reprobación por parte de Mäer.

Skaiell observó con desconfianza la punta de la pluma. Olía a hierro oxidado.

―Por casualidad no estará esterilizada, ¿verdad?

Azrael se llevó las manos a la cabeza, incapaz de contener ya su desesperación, mientras Mäer parpadeaba, confuso.

―¿Estereli…qué?

La chica dejó la pluma sobre la mesa. Le temblaban las manos, las mismas que no pensaba agujerear. Por su mente pasaron mil imágenes: infecciones, sangre, tiritas, cicatrices…

Perplejo, Mäer desvió su mirada de la chica hasta Azrael.

―¿Qué le pasa?

―Que le estás pidiendo a una pobre damita que se dañe sus delicadas manos.

―Ah, entiendo ―el paladín se volvió hacia ella―. Tranquila, basta con un corte superficial. No dolerá, te lo prometo, y luego te curaremos la herida.

Skaiell se aferró a esa promesa. No es que nunca antes se hubiera hecho un arañazo, pero eso era en su mundo civilizado con agua oxigenada, tiritas y algodón. Con las tripas encogidas, cogió la pluma para arañarse el dorso de la mano izquierda (De manera muy superficial, eso sí). Se mordió los labios al notar como la fría punta raspaba la piel, pero lo que sintió fue más escozor que auténtico dolor.

Mientras los otros suspiraban de alivio, y algo de cansancio, Skaiell fue a firmar. Antes que la pluma tocase el papel, Mäer la interrumpió:

―Ahí no, abajo, sí, muy bien.

Y ahí donde le dijeron, la chica estampó su garabato.

Casi al instante, empezaron a salir letras rojizas sobre el papel. Eran las mismas runas que había visto en la otra sala y que aparecían de manera desordenada y poco a poco, como si una mano invisible las estuviera derramando. Las letras que salían se agrupaban formando lo que serían palabras, frases y oraciones. Muy pronto en la hoja se grabó un texto que se metamorfoseaba al mismo tiempo que los dos elfos leían. Cuando ambos compartieron una mirada afirmativa, las runas dejaron de moverse.

―¿Y bien? ―Preguntó Skaiell, tan impaciente como curiosa―. ¿Qué dice?

―No eres una amenaza ―Mäer le dedicó una sonrisa.

―¿Eso es lo que dice literalmente?

―No, para nada. Pero si fueras una amenaza te habrías consumido en fuego ―sin dejar de sonreír, el paladín se levantó―. Ahora si me disculpáis, tengo que llevar este contrato con el resto. Azrael, acompáñala con los otros.

Y se fue.

Skaiell desvió su mirada hacia Azrael. Sonreía con ese tipo de sonrisas frías, cabreadas, propias de quien no tiene ni idea de lo que está sucediendo pero aun así intuye que no es nada bueno.

―¿Qué porras está pasando? ―Le preguntó, intentando no gruñir ni gritar―. ¿Cómo que consumirme en fuego? ¿Y qué es eso de un contrato?

El elfo se encogió de hombros. Él también sonreía, pero la suya era una sonrisilla algo más taimada.

―¿Eso? Un hechizo de nada. Si tus intenciones fueran atacarnos, tu sangre estuviera contaminada o tu misma fueras una criatura oscura, el papel encantado lo habría sentido y te habría atacado con fuego hasta consumirte. Medidas de seguridad.

―Vale, eso tiene un pase: ¿Pero qué ha querido decir con un contrato?

―Lo que significa: que has firmado un contrato.

―No, no y no ―Skaiell golpeó la mesa, logrando que los papales se elevaran un par de centímetros―. ¡Vosotros o la magia esa habéis puesto palabras donde he firmado! ¡Eso no es legal!

Azrael enarcó una ceja, divertido.

―Allanar una fortaleza tampoco.

La muchacha contuvo un grito.

―¿Qué dice el contrato?

―Acabas de vendernos tu alma. A partir de ahora serás nuestra sierva: tendrás que trabajar ochocientos años con nosotros antes de regresar a donde perteneces.

La joven le lanzó una mirada desesperada, incrédula, que reflejaba el colapso mental que estaba empezando a sufrir.

―¿El alma existe? ―Preguntó por decir algo.

El elfo rompió a reír. Sus carcajadas eran tan exageradas que estuvo a punto de doblase por la mitad y caer al suelo.

―Era broma ―farfulló mientras se llevaba la mano a la cara―. Bueno, algo.

―¿Algo? ―La chica frunció el ceño.

―Acabas de firmar un contrato para unirte al séquito de protectores de Miscelánea. En otras palabras: a nosotros, leales sirvientes de la fortaleza de Sapraz. Esta noche es la luna llena del escorpión, momento en el que las puertas se abren para aceptar a aprendices que se unan a nuestras filas. Nobles, pordioseros y errantes. Guerreros aventajados o niños. Elfos, mestizos ―extendió un brazo, señalándola― o extrañas criaturas que aparecen en habitaciones cerradas. Ah, y es un contrato vinculante de por vida, así que, sí, pueden ser ochocientos años y más, con suerte, o menos, si mueres antes.

Skaiell se quedó en silencio. Patidifusa, anonadada, superada de tal manera que sus pensamientos habían dejado de tener sentido. La explicación del contrato flotaba frente a ella, clara, sin sitio para dudas u alternativas, pero ella no podía entenderlo. Ni eso ni nada de lo que estaba sucediendo.

Hacía menos de una hora que estaba caminando por la calle mientras miraba el móvil.

Y ahora su vida parecía estar precipitándose por un laberinto sin salida de incertidumbre y sinsentidos.

―Esto es absurdo ―farfulló― ¡Es de locos!

―Pareces una chica sensata. Mäer también lo es, ¿sabes? Es muy sensato, a veces ―añadió por lo bajo―, aunque poco abierto a otras posibilidades. Así que como buena sensata, ¿no te parece todavía más absurdo pensar que en uno de los lugares más protegidos frente a la magia y a las maldiciones ha aparecido de la nada una criatura de otra dimensión? Piénsalo.

La chica asintió débilmente.

―Muy bien ―continuó―. Entonces vamos a olvidarnos de las ideas absurdas y vamos a pensar con sensatez. O con la sensatez de los paladines, que es una simpleza lógica que seguro que te encanta.

Y empezó a rebuscar entre los papeles de Mäer hasta dar con otro pedazo de pergamino.

―Acércate ―le pidió mientras cogía la pluma que había usado―. Esto es Miscelánea. ―Y acto seguido dibujó un gran círculo.

―¿Miscelánea es dónde estamos?

―No, no ―suspiró, exasperado― estamos en Sapraz, ya te lo hemos dicho. Miscelánea es todo… nuestro mundo, podría decirse.

―¿Cómo un país? ¿O como un continente?

―Exacto.

―¿Un país o un continente?

―Ambos ―y con una raya dividió el círculo en dos. Luego dibujó una marca en su centro―. Esto es Sapraz, la ciudad fortaleza.

―Vale, entonces, ¿vivís en una porción de tierra que da la casualidad que es redonda y nosotros nos encontramos en su epicentro?

―No, este es un dibujo para lo entiendan los idiotas. En realidad Miscelánea tiene forma de manzana podrida, pero no estoy explicándote geografía, sino sensatez. Ahora escúchame que esto es importante: esta línea es una muralla que separa Miscelánea en dos partes. El oeste es la zona mala, más conocida como las tierras oscuras ―y para remarcarlo dibujó dos ojos y una boca triste―, y el este, o los Reinos, la buena.

Skaiell se pasó la mano por la frente. Por un lado sabía que la estaban tratando como si fuera tonta y eso la irritaba, pero por otro lado, también sentía que nada de lo que le estaban contando tenía sentido lo que era casi igual de frustrante. “Quiero irme a casa”, pensó.

―Vale, buenos y malos ―suspiró―, así que estáis en guerra…

―Encontrarás muchos malos en los Reinos del este ―Azrael agitó una mano, como restándole importancia a todo lo que él mismo había dicho―. Y guerras, guerrillas y disputas. No es tan difícil entenderlo, ¿sabes? Vas de listilla, pero eres poco espabilada.

―¡O eres tú el que no se está explicando!

―Como te iba diciendo ―siguió, ignorando su queja―, las tierras oscuras son peligrosas. Su aire es ponzoñoso, las plantas que crecen en ella tienen dientes y por sus raíces corre el veneno, hay cuevas que conducen al centro de la tierra y en sus aguas flotan las almas de todos los que se han ahogado. Todas sus montañas en algún momento pueden estallar, convertidas en torrentes de humo y fuego…

―Sí, es bastante normal ―le interrumpió―. Y se llama volcán.

Azrael le dedicó una mirada molesta.

―No es un buen lugar ―concluyó.

―Ya, bueno, eso lo has dejado bastante claro.

―En los Reinos vivimos nosotros, los civilizados, en las tierras oscuras, los monstruos. La muralla es lo único que nos protege del otro lado. Y esa es la misión de la fortaleza Sapraz: evitar que la oscuridad cruce.

―Tal y como lo veo lo que tenéis es un problema muy serio de racismo e inmigración.

El elfo puso los ojos en blanco.

―Bueno, ahora que entiendes lo básico ya podemos retomar nuestra conversación sobre sensatez. Tú estás aquí ―señaló el centro del dibujo―. Lo absurdo puede justificar que hayas aparecido de ninguna parte, pero la sensatez solo deja dos posibilidades: el este o el oeste. Si vienes de las tierras oscuras tu intención es atacarnos, por lo que es más que lógico acabar contigo hasta reducirte a cenizas. La otra alternativa es que vengas de los Reinos, ¿y qué otra buscaría una forastera en nuestra fortaleza en la noche del escorpión sino unirse a nosotros? Aquí tienes tu bonita y bien explicada sensatez.

Skaiell abrió la boca, dispuesta a decir algo, pero se quedó en silencio, todavía rumiando la explicación.

―Entonces ―murmuro, finalmente―, ¿qué pasa si ignoro el contrato e intento volver a mi casa?

―Se te consideraría una desertora y estallarías en llamas ―Azrael esbozó una sonrisa divertida.

―¡Pero es absurdo! Quiero decir, toda tu explicación hace aguas. ¿De verdad sois tan radicales como para engañar al primero que pase? ¿O es que estáis desesperados por conseguir gente en vuestra guerra absurda?

―Bueno, es cierto que hemos tenido unas cuantas bajas últimamente ―se encogió de hombros―. De todas formas, ya te lo he dicho, esta es la lógica de los paladines: simple y de dos alternativas, blanco o negro.

―Pero tú no piensas igual ―aventuró.

―Soy más listo.

―Y sabes que vengo de otro mundo, ¿verdad?

―Soy mucho más listo.

―Ya, bueno ―aunque fuera el único que hasta el momento parecía entender su situación no quitaba que fuera terriblemente irritante―. ¿Y no puedes explicárselo a Mäer?

Azrael se apartó de la mesa y empezó a andar hacia la puerta. Skaiell se fijó que también tenía algo de gato en su manera de andar: elegante, silenciosa, pero también bastante pretenciosa.

―¿Para qué? Esto es más divertido ―dijo antes de salir.

La chica bufó por lo bajo antes de ir tras él.

―Pero ni soy de aquí ni quiero quedarme, ¡y tampoco quiero que me quemen viva!

―No es mi problema.

―¿Pero no se supone que eres muy listo? Algo sabrás, ¿no?

―Soy listo, no clarividente ―el elfo se giró hacia ella―. Y no tengo ni idea de cómo has llegado ni qué haces aquí ni quién eres. Y tampoco me importa.

Le dio la espalda y siguió caminando.

―Lo único que sé es que eres humana ―añadió―. Y según tengo entendido, los humanos tenéis una asombrosa capacidad para adaptaros. Ese es el consejo que te doy: adáptate y todo te irá bien. Ah, y no me molestes. Que te esté explicando esto no significa que me vaya a convertir en tu niñera.

―Tampoco podría soportarlo ―rezongó Skaiell para sus adentros.

Sin dejar de caminar, abandonaron el pasillo tras bajar por unas escaleras. Después de pasar por varios arcos y lo que parecía un vestíbulo cuadrado, salieron al exterior. La chica se aproximó aún más al elfo: se encontraban en un patio no muy grande envuelto por una muralla pequeña, repleto de arbolitos y con un pozo en su centro. Estaba lleno de gente: criaturas más o menos humanas que trajinaban en silencio o hablando en grupos, cada uno centrado en sus propias tareas y sin mirar a los demás. Aun así Skaiell se sentía expuesta de alguna manera, como si tuviera un letrero en su espalda que, con letras grandes y brillantes, estuviera gritando que ella no era de ahí.

―Ahí están los otros ―le señaló Azrael, señalando un grupo que se mantenía sin moverse cerca del pozo. Eran tres: dos chicas y un chico―. Ahora eres uno de ellos.

Skaiell los observó con cautela. Había dos que podían pasar por humanos: una chica sumamente alta, más incluso que ella, esbelta, pero quizás demasiado delgada. Tanto, que su busto era apenas un esbozo. Tanto su piel como su pelo, una larga cabellera que le sobrepasaba la cintura, eran del color del chocolate. A pesar que estaba peinada con elegancia y llevaba alguna que otra joya, vestía con harapos. El chico que había a su lado también parecía humano, aunque era difícil de determinar ya que estaba embutido en una abrigada capa que lo cubría por completo. Lo único que dejaba ver era parte de un rostro arredondeado y mechones de su pelo, parte azules y parte blancos.

La tercera chica era, sin lugar a dudas, un híbrido entre una adolescente desgarbada y flacucha y un lagarto. Vestía con ropas viejas, rotas y enfangadas, su piel estaba ligeramente tostada y, en algunos sitios como los codos o la base del cuello, se volvía algo verde y con escamas. Sus ojos, amarillos, saltones y redondos parecían observarlo todo con curiosidad y sin parpadear. A pesar de ello, no parecía amenazadora, más bien amigable.

Los tres se giraron al verles llegar, las chicas algo más entusiastas que el muchacho, quien prefirió taparse un poco más con la capa mientras las otras dos agitaban el brazo.

―Podéis presentaros ―sugirió Azrael―. Niños, esta pequeñaja es Skaiell, vuestra nueva compañera.

La susodicha le lanzó una mirada venenosa. Hasta donde alcanzaba a ver, ella era, sin lugar a dudas, bastante más mayor que aquel trío que no parecía llegar a los dieciocho años.

―¡Hola, yo soy Nabu! ―Exclamó la que tenía aire a reptil.

―Yo soy Flauta ―contestó la otra chica. Su voz tenía un toque musical, exótico, que recordaba a frutas tropicales.

―Archímedes ―musitó el tercero de manera casi inaudible.

―¿Lo ves? ―Azrael se giró hacia ella―. Integrarse es muy fácil.

―No lo es ―susurró la joven, evitando que los otros la oyeran―. Yo no soy de aquí, lo descubrirán enseguida.

El elfo se dirigió hacia los otros reclutas.

―¿De dónde sois? ―Les preguntó.

―Del oeste ―exclamó Nabu.

―Del este ―dijo Archímedes.

―De ninguna parte ―añadió Flauta.

―Y tú eres de muy lejos ―Azrael sonrió, mirando de nuevo a Skaiell.

La chica insistió, desesperada.

―Pero no he venido preparada. No tengo ropa ni cepillo de dientes ni…

―¿Habéis traído algo? ―Les preguntó de nuevo a los otros tres.

―Nada de nada.

―Lo que llevo puesto.

―Este hatillo ―Nabu alzó un saquito envuelto en varios trapos que tenía el mismo tamaño que un bocadillo mediano.

Azrael se encogió de hombros, considerando innecesario añadir nada más a lo que era evidente.

―Pero no tengo ni idea de cómo es Miscelánea ―insistió Skaiell―. Ni sé leer ni soy como vosotros…

―No eres como yo ―la interrumpió―. Eso es innegable, pero te pareces a ellos ―señaló a Flauta y a Archímedes―. A ver, recién llegados, ¿quién de vosotros sabe leer? ¿Y escribir?

Solo Nabu levantó el brazo, los otros dos desviaron la mirada: uno hacia el suelo y la otra hacia las nubes.

―¡Sé leer algunas palabras! ―exclamó con excesivo entusiasmo―. Y escribir mi nombre y el de mi aldea.

Skaiell le pegó una patada a una piedra que había suelta. Todo aquello seguía sin convencerla. Y, por supuesto, sin dejarla tranquila. No obstante, el elfo había dado aquella introducción por concluida, por lo que, y sin despedirse, dio medio vuelta en silencio. Fue tan discreto que la chica no se dio cuenta que se estaba yendo hasta que se había alejado ya varios metros.

―¡Espera! ―Gritó mientras corría hacia él―. ¿De verdad que no puedes ayudarme?

―No quiero, es diferente ―Azrael alcanzó el arco que conducía de nuevo al interior de la fortaleza―. Tus problemas me parecen más divertidos desatados que resueltos.

―¿No quieres o no puedes? ―Haciendo un último esfuerzo, la joven derrapó hasta ponerse delante suyo―. No eres tan listo como dices, ¿verdad? Esto te sobrepasa y por eso escurres el bulto.

Al elfo se le escapó una media sonrisilla.

―Tengo cosas más importantes, urgentes e interesantes que hacer ahora. Ayudarte no me da ningún beneficio, ver cómo una humana malcriada sobrevive entre nosotros… Bueno, al menos me reiré.

Hizo amago de pasar de largo, pero Skaiell estiró los brazos hasta detenerle.

―Aquí os gustan mucho los contratos, ¿no? Nosotros también podrías hacer nuestro propio trato: tú me ayudas a regresar a casa y yo… ―se llevó la mano hasta el bolsillo del pantalón para sacar el móvil y mostrárselo―. A su manera vengo del futuro. Puede que sea el futuro de otro mundo, pero sé muchas cosas que aquí todavía no habréis descubierto. Puedo contártelas. Entonces sí que serás el más listo de todos.

Azrael se pasó la mano por el mentón, meditabundo. La chica le miró a la cara, intentando descifrar el rumbo de sus pensamientos e intenciones, pero esta era tan expresiva como un pedazo de mármol. Tras una pausa, el elfo por fin le respondió:

―No. Ya te lo he dicho: tengo algo más importante que hacer que perder el tiempo con tu problema.

―Pero…

―Además, me parece más interesante descubrir las cosas yo mismo que esperar a que me las cuenten, así que esperaré mis respectivos mil años de evolución para aprenderlas por mi cuenta.

Y con un ligero golpe, apartó a la chica para cruzar a través del arco. Dispuesta a no aceptar un no como respuesta, la joven le agarró de brazo.

―¿Qué es eso tan importante que tienes que hacer? ―Le preguntó, todavía con los engranajes de su mente en marcha para buscar alguna manera de poner al elfo de su parte.

―Tengo que buscar una manzana.

―¿Una manzana?

―Una manzana podrida ―especificó mientras se soltaba de ella.

Parecía sincero. Antipático, burlón, pero sincero.

Azrael dio media vuelta y se alejó sin decir nada más. Skaiell observó cómo se iba. Seguía enfada, pero al menos sentía que ya se le había pasado el aturdimiento inicial. Volvía a ser ella, con su mente despierta y lista para sospesar cualquier oportunidad. Negociar con el elfo había sido un fracaso, pero no pensaba rendirse. Quizás más adelante conseguía que cambiara de idea. O quizás encontraba ayuda en otra parte. Fuera como fuese, lo que tenía claro es que no pensaba quedarse de brazos cruzados sin hacer nada.

Iba a volver a casa. Ya fuera sola o con ayuda.

La joven miró atrás. El cielo parecía recubierto por una espiral morada en la que se distinguían retazos de otros colores como azul marino o naranja. Se preguntó si siempre sería así. También se preguntó cómo sería realmente Miscelánea. Quizás no fuera tan absurda y simplista como le habían explicado hasta ahora. Puede que incluso hubiera algo de sentido entre sus paparruchas sobre monstruos, murallas y reino

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