Bibliophilia

Segundo cuento del reto de los doce relatos de El aullido del lobo. La temática de febrero es el amor, que inesperado, ¿verdad? Aunque para variar un poco con tanta saturación romántica, mi especial San Valentín va sobre un amor algo más especial 😉

                Conoció a la chica entre dos péndulos gigantescos que se balanceaban en dirección opuesta. De inmediato notó que había algo diferente en ella, un aura de extrañeza y curiosidad infinita que resonaba en su mirada entreabierta, en su afán por observarlo todo y examinar las piezas más extrañas, rocambolescas e inesperadas de los gigantescos relojes que conformaban su mundo. No le fue difícil imaginar que venía de algún lugar lejano: se notaba en su aspecto, en su piel quemada y sus ropas de colores. Y por ello, a pesar de su miedo innato a lo desconocido, se acercó a ella. El resto de sus vecinos y compañeros, engranajes de la gigantesca máquina que conocían como hogar, la ignoraron como si no fuera más que una molesta mota de polvo que acabaría por desaparecer. Pero él no: se sintió  incapaz de ignorar esos ojos rojizos sin preguntarle antes de dónde había venido, qué hacía aquí, qué quería… La extraña le había contagiado su curiosidad y afán de resolver preguntas.

                ―No lo sé ―fue, sin embargo, lo que le respondió la chica cuando por fin pudo preguntarle―. Empecé a caminar buscando algo y llegué hasta aquí.

                ―¿Qué buscabas?

                ―No lo recuerdo.

                Su respuesta era sincera, al igual que su angustia y desconcierto al haber olvidado algo tan importante. A él le sorprendió, pero ella no le dio más importancia:

                ―Al final sabré qué es lo que busco ―dijo―. Lo notaré en el momento que lo descubra. Hasta entonces seguiré investigando este lugar. Es bonito ―añadió mientras le dedicaba una mirada soñadora a las agujas y péndulas que decoraban las paredes―, pero misterioso.

                Y la chica se quedó con ellos durante una temporada. Al principio se dedicaba a merodear por las esquinas, curioseando pasillos, cañerías y salas de control, pero luego empezó a ir detrás de él para hacerle preguntas; “¿Para qué sirve esa palanca? ¿Por qué las luces son de color rojo? ¿Qué significan esos números? ¿Cuál es tu nombre?”. Sus preguntas nunca terminaban, ni siquiera cuando le dabas una respuesta. Siempre había algo más que investigar, que conocer o profundizar. Llegó un momento en el que sus preguntas empezaron a ir más allá de lo que él conocía: empezó a interrogarle sobre mecanismos que le eran desconocidos o rutinas que tenía tan asumidas que nunca se había preguntado por qué eran así. Sus respuestas empezaron a volverse menos precisas, más hipotéticas, pero a ella no parecía importarle. Siempre le escuchaba, con sus inmensos ojos rojizos fijos en él y la boca fruncida en el inicio de una nueva duda.

                Una mañana, no obstante, sus preguntas acabaron. Había encontrado su conclusión.

                ―Ya sé qué era lo que estaba buscando ―le dijo.

                ―¿El qué?

                ―A ti y a este mundo mecánico.

                Él la miró sin entender.

                ―Porque me gustáis ―intentó explicarse la joven―. Empecé tu historia y me enamoré de ella.

                ―No te entiendo, ¿qué historia? ¿Cómo pudiste enamorarte de nosotros sin conocernos?

                ―Os conocí en las páginas de un libro, ahí fue donde me enamoré de su trama, de su mundo y sus personajes. Y es por eso que estoy aquí.

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2 comentarios en “Bibliophilia

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