Esquirla 1+7: Cuando una puerta se abre

Música para acompañar al capítulo

                En medio de aquella gigantesca sala con toques de iglesia, Skaiell pasó del asombro a la incredulidad, seguida de una pizca de agobio que en seguida se convirtió en escepticismo. Puede que su cuerpo acabase de efectuar un viaje asombroso, pero era su estado de ánimo el que había ido más allá al auparse al carrusel de las emociones atónitas. Sin embargo, y a pesar de lo inexplicable de aquella situación, la joven logró dar con cuatro verdades a las que se aferró en un desesperado afán de encontrarle algo de sentido a lo que acababa de suceder.

                La primera de ellas es que no estaba soñando. De eso estaba segura: era difícil de explicar, pero sentía que, de verdad, aquello era real. Los sueños no tenían tanto color, y aunque los de la sala fueran algo apagados, estaban lleno de matices y detalles. Era todo demasiado nítido, demasiado complejo como para formar parte de una ilusión. Sin contar que ella se sentía tan espabilada como siempre. Y por si aún quedase alguna duda, la prueba definitiva de que aquello no era un sueño era el olor.

                La habitación, sencillamente, apestaba. No es que oliera mal, es que había toda una amalgama de olores comprimidos en sus cuatro paredes: desde el olor a libros, óxido, madera hasta la peste propia de un lugar que nunca ha disfrutado de las ventajas del detergente.

                Lo segundo de lo que Skaiell estaba segura es que no estaba ni borracha ni drogada. No solo no recordaba haber tomado alguna sustancia sospechosa, es que ni siquiera había pisado los laboratorios de la universidad (Los cuales solo tenían de laboratorio el nombre y poco más) en los últimos días.

                Por lo tanto, y tras meditar sobre las dos primeras posibilidades hasta descartarlas, nuestra joven llegó a su tercera afirmación: no había ninguna explicación lógica para lo que había sucedido.

                Y tras aceptar esta tercera verdad, dejó de darle vueltas a lo sucedido para centrarse en un problema más real, más sensato y mucho más auspiciante en ese mismo momento: que se le hubiera roto el móvil era una faena.

                Porque la cuarta cosa de la que Skaiell estaba segura es que no podría volver a comprarse otro en mucho tiempo.

 

Lo más correcto sería decir que todo empezó con una puerta abriéndose.

                Solo que la puerta no era una puerta, sino un pedazo de cristal que una familia de ratones había adoptado para proteger su madriguera. El fragmento era irregular y de bordes punzantes, pero tenía el tamaño exacto para cubrir la entrada de su hogar; un agujero bien situado en una de las esquinas de una gigantesca sala, descomunal, titánica, pero tan fría como amplia. En realidad a los ratones no les hacía mucha gracia haber adoptado una esquirla como puerta: abrirla era todo un desafío que, en la mayoría de los casos, terminaba con sus patitas repletas de cortes y heridas. A efectos prácticos, no era el material más adecuado para construir un hogar, pero no había nada más en aquella sala. Habían tenido la mala fortuna de habitar un castillo abandonado en el que apenas había donde sustraer. Excepto cristal: de eso estaba más que provisto. Había cristal en la mesa de la sala, montones de cristales que se agolpaban en montañitas ordenadas, también en el suelo y encima de las carcomidas sillas. Había cristales por los pasillos y en las habitaciones más inesperadas, y cristales tirados en el bosquecillo que rodeaba al castillo.

                Había quien decía que todo ese cristal provenía de un espejo roto, pero eso a los ratones les daba lo mismo. Utilizar una esquirla para su madriguera tenía poco de práctico, pero a pesar de ello y lo que pudiera parecer, los ratones eran muy prácticos, así que habían utilizado lo que tenían al alcance de sus patitas.

                Tras accidentes, desventuras y una cola cercenada, los roedores se habían acostumbrado a no confiar en su puerta. Como tampoco necesitaban tenerla siempre cerrada, habían colocado la esquirla de tal manera que solo cubría parte del agujero, protegiéndolo, cubriéndolo, pero dejando el espacio necesario para que ellos salieran sin cortarse.

                Aun así, había un ratón en particular al que le gustaba usar aquel pedazo de cristal como si fuera una puerta. Se tomaba, incluso, la molestia de ponerse encima de sus patas traseras mientras empujaba ligeramente la esquirla. Lo suficiente como para sentir que estaba “abriendo una puerta”.

                La esquirla que los ratones habían elegido para proteger su hogar poco tenía de común. Era de cristal, cierto; sus bordes arañaban, cierto; pero en su superficie pulida no se reflejaba nada. O, por lo menos, no reflejaba nada de lo que le rodeaba.

                Y, sin embargo, había una imagen dentro de aquel cristal. Una y varias más que conformaban una escena que se repetía siempre. Podría parecer raro, extraño o, como mínimo, infrecuente, pero era bastante común en los cristales de aquel castillo. Y como los ratones nunca habían salido de aquel lugar, para ellos eso era lo normal.

                Si de todas las esquirlas habían elegido aquella, era porque la escena que había en su interior era la de una puerta al abrirse…

               

                Azrael parecía especial. Era algo que saltaba a la vista con la misma obviedad con la que se puede asegurar que un jarrón es de cristal o esa rosa está marchita. Él lo sabía y estaba orgulloso de serlo. Cualquier otro quizás podría haberlo asumido con una pizca de vergüenza o de cansancio o hasta de miedo, porque ser especial era ser único, diferente y eso no siempre era aceptado de manera positiva. Y en un lugar como el que vivían, lo especialmente negativo solía acabar en la hoguera, en un altar de sacrificio, en una mesa de disección o, con suerte, al otro lado del muro.

                Azrael lo sabía de la misma manera que era consciente de lo afortunado que había sido al ser aceptado con normalidad. Solo que en vez de agradecerlo con una sonrisa y luego retirarse a una esquina modesta, se había situado bajo el foco de la importancia. Y por ello se permitía hacer lo que le apeteciera sin responder ante segundos o hacer cosas que muchas veces no parecían tener sentido.

                Y eso era algo que todos sus compañeros habían aceptado a regañadientes: aquel joven, excelente alquimista, curandero y botánico, eran tan excepcional como ilógico. Lo que hacía siempre tenía sentido, pero para él y sus retorcidas intenciones. Te lo podías encontrar cocinando tierra un día y al siguiente verlo pasear desnudo por los jardines. A veces se ofrecía para ayudarte sin que se lo pidieras y otras veces no había manera que echase una mano ni bajo súplicas ni amenazas.

                Por eso, cuando aquella mañana Azrael se fue hacia la Sala de los Suplicantes un par de horas antes de la reunión acordada, nadie se molestó en decirle que iba demasiado pronto ni en preguntarle qué es lo que tenía en mente. Se limitaron a ignorarle y a seguir cada uno a lo suyo.

                El estrambótico alquimista, por su parte, pidió prestadas las llaves sin necesidad de dar ninguna explicación y se fue directo a la sala. Como siempre que se le antojaba hacer algo en particular, fue sin distraerse ni terminar las tareas que había dejado a mitad. Eso era lo que le sucedía cuando se le metía algo entre ceja y ceja: necesitaba sí o sí hacerlo antes de regresar a su rutina habitual.

                Cuando abrió la puerta fue cuando, ya sí que sí, todo comenzó.

                Porque en la Sala de los Suplicantes, a pesar de lo que dictaba la lógica, había un intruso. O una intrusa, más bien. Azrael entrecerró los ojos, inquieto ante una presencia posiblemente enemiga que había burlado defensas mágicas y físicas, como una pesada puerta de roble cerrada con llave, para arrodillarse ante una de las estanterías y rebuscar entre los atlas, inventarios y libros de contabilidad de la fortaleza.

                La primera impresión que tuvo de Skaiell fue mala, pésima y su aspecto no ayudó, precisamente, a mejorarla. De alguna manera, todo en ella parecía disgustarle: empezando por su pelo, de una tonalidad indefinida que no era ni blanco ni rubio ni marrón claro. Luego estaba aquella ropa tan extraña que no se ajustaba ni a la moda que él conocía ni a la estética natural o al sentido común (¿De qué clase de piel estaban hechos esos pantalones? ¿Qué finalidad tenía esa camisa tan ligera a pesar de ser de manga larga?). También su altura pues intuyó que, seguramente, sería tan alta como él. Tampoco le gustó su nariz puntiaguda o la sonrisita complaciente que se le asomaba por la comisura de los labios cada dos por tres.

                Harto de mirarla, revisarla y observarla una y otra vez y solo encontrar quejas, Azrael cerró la puerta con sigilo.

                Y luego le dio un par de vueltas con la llave.

                Dado que era la primera vez que la fortaleza Sapraz se encontraba ante un caso como este, el joven se quedó pensando a quién ir a avisar de lo sucedido, ¿a los paladines? ¿A los soldados de la propia fortaleza? ¿Al vampiro? Al final decidió contárselo al primero con quien se tropezara y así desatenderse de aquel marrón lo antes posible.

                Si Azrael estaba tan molesto era porque sabía que acababa de aparecer alguien mucho más especial que él.

                No obstante, lo más preciso sería decir que todo terminó al abrirse una puerta.

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