1/52-Propósitos de año nuevo

La tentación pudo conmigo y aquí estoy de nuevo enfrentándome al reto de escritura de Liter up. Y por si no fuera poco, este año será en forma de una historieta: Siempre al oeste, cueste lo que cueste, que empieza aquí y ahora. Espero que os guste y que me acompañéis todo lo que dure esta aventura.

                Tenía algo de justicia poética empezar año nuevo con una resaca monumental. Más allá del dolor o de haberse levantado como si le hubieran sustituido el cerebro por un estropajo, a Alattia le hizo bastante gracia que por culpa de la borrachera de Nochevieja no recordara nada de lo las últimas horas del 2016. Nada, ni una pizca, ni una imagen borrosa o algún sonido perdido. No recordaba ni lo que había cenado y eso que la cena había sido, a su manera, muy ligera. El alcohol se lo había reservado para sus amigos y las doce campanadas.

                A Alattia le gustaba tomarse las cosas con cierto optimismo. Así pues, en vez de quedarse acurrucada en la cama sin dejar de lloriquear, se levantó como una tromba tras calificar a la resaca como “justicia poética”.

                En cierta manera, olvidar sus últimas preocupaciones del 2016 garantizaba que este 2017 empezase como una libreta nueva, como una gigantesca hoja en blanco por estrenar. Eso significaba que todos los fracasos, problemas o dudas pendientes se habían quedado atascadas en el filtro que separaba ambos años.

                Estaba repantingada en el sofá escuchando el concierto de año nuevo cuando el teléfono sonó.

                ―¡Ey! ―Exclamó Marcelina al otro lado, una de sus mejores amigas―. ¿Quieres salir mañana a comprar el material?

                Alattia cerró los ojos. Podía intuir que aquella llamada y aquella pregunta tenían poco de casual. Apestaban a locura de Nochevieja.

                ―Claro, claro ―dado su carácter perezoso, solía dejar a mitad la mayoría de planes que organizaban sus amigos. Luego se arrepentía, claro, pero eso no quitaba que al final solo quedara con ellos un par de veces al año. Quizás ya iba siendo hora de cambiar su actitud y cumplir alguno de sus propósitos―, esto… ¿Te importaría refrescarme lo que tenemos que comprar?

―Ya sabes, lo imprescindible para escalar una montaña: botas, arneses, quizás una tienda de campaña…

Y siguió enumerando como una ametralladora imparable que en vez de balas disparaba objetos de una lista cada vez más larga y compleja. Llegó a un punto que cuando Alattia quiso darse cuenta, Marcelina ya había colgado después de arrancarle la promesa de verse mañana en la parada de metro.

Con el auricular todavía en la mano, nuestra joven resacosa comenzó a analizar punto por punto lo que acababa de suceder. Tampoco es que necesitase mucha imaginación para descubrirlo: no era la primera vez que, en vísperas de año nuevo, comenzaba a prometer todo tipo de ideas. Propósitos que nunca cumplía.

Colgó. Bueno, la mayoría de planes que hacía con sus amigos comenzaban como imposibles que al final se adaptaban a metas algo más sensatas. No le apetecía nada ir a escalar una montaña, pero seguro que cuando llegase el día aquella locura se habría reducido a algo más tranquilo como dar un paseo por el campo o ir un fin de semana de acampada.

Sin darle más vueltas al asunto, volvió a acomodarse en el sofá para seguir disfrutando del concierto. En esas estaba cuando su teléfono sonó de nuevo.

―¿Hola? ―Preguntó una voz tan desconocida como el número que aparecía en pantalla―. Alettia, ¿verdad? Nos conocimos anoche…

―Ah, claro ―lo cual quería decir que no tenía ni idea, pero lejos de reconocerlo, la joven buscó una salida más elegante―. Anoche conocí a mucha gente, ¿tú eres…?

Se escuchó un carraspeo.

―Ya… Hum… Bueno… El camarero…

Había algo en su tono, en esas pausas premeditadas, que le aconsejaron no insistir.

―¡Ah, claro! Bueno, ¿qué querías?

―No es por parecer muy insistente, pero, ¿recuerdas lo que te comenté sobre la exposición? Está a punto de acabar y me pareció que te interesaba, así que me preguntaba si te apetecía ir mañana a verla.

―Mañana no puedo ―se excusó mientras seguía rebuscando en su mente alguna pista sobre esa exposición y la persona a la que se lo había prometido. Para el colmo de los colmos, esta hablaba tan bajito que por no saber, no tenía ni idea de su género o edad.

―¿Y pasado mañana?

Estuvo tentada a decirle que no, a poner cualquier excusa por increíble que fuera, pero hubo algo en ese tonillo esperanzador que le hizo compadecerse. “Total”, pensó mientras aceptaba, “Siempre me propongo socializar algo más y nunca lo cumplo. Por una vez podría intentarlo de verdad.”

Esta vez tras colgar se fue directa al portátil para investigar un poco sobre esa “exposición”. Enseguida descubrió que, en ese preciso instante, había unas tropecientas exposiciones en su ciudad; la mayoría de cuadros, pero también de restos del paleolítico, piezas de ropa tejidas con escamas, aparatos de tortura del Medievo… Cerró el navegador con la misma velocidad con el que lo había abierto. “Bueno”, se dijo haciendo gala, una vez más, de su alegre optimismo, “Siempre me han gustado las sorpresas.”

Aprovechando lo bien que se estaba en su despacho (Sin teléfonos, ni móviles ni inalámbricos), Alattia decidió olvidarse del concierto, del anoche y sus amistades, y se puso a avanzar un poco con el trabajo. Sin embargo, al abrir el correo le esperaba un mensaje de su hermana.

“Alattia, qué feliz me hiciste anoche cuando me llamaste. Hacía tanto que no hablábamos, ¡y de vernos ya ni te cuento! Creía que le tenías alergia o algo a las islas por todas las excusas que me dabas para no venir. Aunque en realidad lo entiendo porque yo también estoy hasta arriba con el trabajo. Pero aun así me jode muchísimo que haya pasado tanto tiempo desde la última vez que pasamos un día juntas. Te añoro, hermanita, así que no te puedes ni imaginar la ilusión que me hiciste cuando sugeriste venirte aquí unos días para verme y hacer un poco de turismo. Como te prometí, ya he empezado todos los preparativos: estoy buscando una buena agencia para alquilarte un coche y ya tienes preparada una cama en casa. Lo único que me falta es confirmar el vuelo. Cuando me digas a qué horas te viene bien te lo reservo de inmediato.

Un saludo, Clara. ”

La joven se pasó la mano por debajo del flequillo, como si apartándose los mechones de pelo el mensaje de la carta cambiaría. Pero como era de esperar, nada sucedió.

Respondió a su hermana diciéndole que por la mañana de dentro de tres días estaría bien. Fue incapaz de romper aquella promesa y de destrozarle la ilusión a una de las personas que más quería. Y, ¿por qué no? Hacía tiempo que quería conocer la casa de su hermana y visitar las islas.

A lo lejos, el teléfono volvió a sonar. Y el móvil, que empezó su propio concierto de año nuevo al intercalar la música de las llamadas con el tono de entrada de mensajes y notificaciones. Por su lado, en la pantalla del ordenador empezaron a salir globitos, números o indicaciones para avisarla que tenía más correos, más mensajes y más tareas pendientes.

―Alattia, ¿al final qué día nos vamos a dar una vuelta por el zoo?

―Estaba pensado que si este verano queremos viajar al triángulo de las Bermudas deberíamos hacer ya la reserva…

―¡He encontrado un restaurante de sushi cordobés! ¿Qué? ¿Vamos el miércoles?

―Te prometí una falda azul eléctrico con tachuelas con forma de mariposa y he encontrado una tienda donde las venden, ¿cuándo tienes libre para venir conmigo a elegir la talla?

―¡Dentro de dos meses estrenan “Maravillas y bilis de tiranosaurios boquiabiertos 8”! Lo de ir al estreno sigue en pie, ¿verdad?

―Al final celebraré mi cumpleaños el 31, ¡cuento contigo!

―¿Cuándo quedamos para comprarle a Eustaquio su regalo de cumpleaños?

Y los planes se siguieron sucediendo uno tras otro a lo largo de aquella mañana y parte de la tarde. Se le empezaron a acumular tantas citas, que al final no le quedó más remedio que sacar la agenda y empezar a organizarlas todas. De alguna manera, cuando se hizo de noche, logró que todos sus propósitos de año nuevo consiguieran encajar sin solaparse.

El único problema es que eran 364 propósitos, uno para cada día.

―Bueno ―suspiró―. Al menos sé que este año no me voy a aburrir.

Alattia era muy dada a dar su palabra, pero le costaba bastante más encontrar la energía suficiente para cumplir todo lo que prometía. Aunque, ¿quién sabe? Quizás este año las cosas cambiaban.

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