Kenopsia

            La película había terminado. Y, como no tardó en suponer, hacía ya bastante rato: la sala del cine estaba completamente vacía. Del resto de espectadores solo quedaban las palomitas tiradas en el suelo y algún que otro cartón encima de los asientos. Por lo demás, la sala estaba sumida en un silencio absoluto que contrastaba con la intensidad de la película. Y eso que se había dormido porque ya no podía más tras tantas horas disfrutando del festival del cine, pero aun así no podía dejar de pensar en la diferencia entre el estruendo que recorría la sala cuando le habían empezado a escocer los ojos y la tranquilidad que había ahora. Las mismas butacas que habían llegado a temblar con los momentos más intensos ahora estaban encogidas como si también se hubieran puesto a dormir.

            A lo lejos, se abrió la puerta. Un conserje, quizás, o el señor de la limpieza. Con un suspiro perezoso, el último espectador se estiró un poco antes de incorporarse. Lo que debió de darle un susto al pobre desgraciado que había abierto la puerta pensando que no había nadie. Tras disculparse (Al fin y al cabo no había sido su intención dormirse de aquella manera), recogió sus cosas y ya sí que sí salió de la sala pensando en el final de la película, en lo que se había perdido y en si merecería la pena volver a pagar la entrada para enterarse del desenlace de aquella historia o si ya estaba bien y con haberse tragado el principio de aquel bodrio una vez era suficiente.

            Estaba cavilando en esas cuando se fijó que ya no quedaba casi nadie en el cine. Si sus cálculos no fallaban, era pasada la madrugada. A esas horas hasta el más cinéfilo había recogido sus cosas y regresado a casa. Quizás fuera por ese aturdimiento que le había dejado el sueño, o porque todavía estaba dándole vueltas al contraste entre el dormirse y el despertar, pero se sintió sobrecogido al ver que estaba solo. Claro está, todavía quedaban algunos trabajadores limpiando o recogiendo, pero eran poco más que sombras discretas. El espectador, auténtico protagonista de aquel lugar, había desaparecido. Cuando entró para disfrutar de una triple sesión había una cola casi kilométrica, tanto para las entradas como para las palomitas, y el vestíbulo estaba casi a rebosar. Encajar en la sala fue tanto de lo mismo: encontrar su butaca entre un mar de amigos, bebés, sillitas, mochilas amontonadas y vasos de refresco en precario equilibrio, había sido una tarea digna de un acróbata.

            Y ahora, sin embargo, el cine estaba sumido en un silencio tranquilo, apagado, como si al finalizar todas las proyecciones también se hubiera acabado el color, el jolgorio, las risas de los niños y las voces de fondo.

            Al caminar por sus pasillos, vacíos ahora, se sintió extraño, como si fuera la primera vez que caminaba por ellos.

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