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Primer cuento del reto de los doce relatos de El aullido del lobo.

El inicio de su obsesión fue el resultado de un encuentro desafortunado. Él podría no haber estado allí: su presencia en el laboratorio era meramente anecdótica, una formalidad que en ningún momento especificaba que ese día a esa hora tendía que estar presente sí o sí en el laboratorio C-8. Fue casualidad, un capricho de su libre albedrío y mucha mala suerte.

También fue casualidad que ese día, a esa hora y en ese laboratorio sucediese un accidente.

También fue mala suerte que por culpa de dicho accidente él perdiera un ojo y parte de la cordura.

El suceso fue archivado, investigado y condenado a un sinfín de papeleo que únicamente sirvió para incrementar las medidas de seguridad. A él le dieron una indemnización y unas cuantas disculpas insuficientes. Luego, todo cayó en olvido.

Solo él pareció percatarse de la auténtica naturaleza del accidente. No fue un despiste, no fue una mala calibración del sistema de seguridad ni un cúmulo de errores humanos. Él vio con perfecta claridad al intruso que ese día decidió colarse a esa hora en ese laboratorio por algún capricho de su libre albedrío.

Aquel fue el inicio de su obsesión hacia el intruso. Nadie más pareció verle. Y, por descontado, nadie le creyó cuando les dijo que se trataba de un monstruo.

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