Cuando el cuco abandonó el nido

                Cuando Laurel abrió la puerta supo que él se había ido para siempre. La casa olía a abandono, a prisas por terminar de hacer las maletas y desaparecer. Incapaz de cruzar el umbral, la joven se quedó inmóvil, observando un lugar que había pasado de ser su refugio a un antro desconocido, ajeno. Colgadas en la pared unas sobre otras, ametralladas con mil grapas para que no se cayeran, todavía estaban las fotos. Él, ella, todos ellos, en grupo, en quedadas, en las decenas de noches que se reunían bajo ese mismo techo armados con varias botellas de coca cola y un par de pizzas.

                Laurel cerró la puerta. Sabía que si cruzaba lo único que encontraría sería nostalgia y recuerdos perdidos entre las esquinas. Él se había ido.

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